Capítulo 10

Una mañana diferente, la cual está cargada de incertidumbre. El silencio reina en la instancia de una manera insana, porque afuera todo es claro, pero adentro hay ruido, demasiado como para poder soportarlo. El vapor de la piscina se apreciaba en la oscuridad de la madrugada y las luces de colores. La piel se erizó cuando saqué el brazo gracias al frío de una mañana gris.

«¿Cuándo fue que perdí el control?» 

Desde la madrugada todo pasó en cámara lenta. Sin orientación.  Sin sentido. Sin emociones. Sin una pizca de consciencia. El sentido de autocontrol se desvanece cada vez que escucho hablar al hombre delante de mí. Y sé que la tormenta aún no ha pasado, ella está por venir, más terrible que nunca.
No puedo detenerme a pensar qué debo hacer, la marea está arrastrándome a ella.
En mi mente la mirada de mis allegados se revela borrosa. Esto es lo que sucede cuando se es un títere. No hay elección.

«¿Hay amor allí afuera para alguien como yo?»

El suspiro raspó cada parte de mí garganta, por lo que en el silencio de una pausa fríamente calculada las personas notaron mi presencia.

—¿Ekaterina?

La mano de Noah sobre la mía me generó sudor. No tengo el valor de verlo a la cara cuando sé que está usándome como lo hace mi padre.
Los nervios de saber que nadie de ellos me estima me produce náuseas.

«¿Quién soy yo?»

Antes no me lo habría cuestionado. Ese hombre hizo un buen trabajo al lavarme el cerebro.
No obstante, las palabras ansiosas de mi mejor amiga, la calidez de una mano al consolarme y la tristeza de mi hermano menor lograron romper el caparazón que mantenía oculta a la verdadera Ekaterina.

Retiro con rapidez la mano sobre la mesa. Sin importar que mis acciones sean analizadas por todos los presentes de la junta. Lo miro de soslayo, preguntándome cómo pude haber sido tan ciega, tan tonta al enamorarme de alguien como él. ¿Dónde está el hombre dulce? Aquel que daba besos y abrazos cálidos. Él que tenía un corazón tan inmenso que lograba encandilarme con su alegría. ¿Dónde está él? ¿Acaso alguna vez existió?

—Caballeros.

Conozco ese tono de voz, demandante de atención y carente de emociones. Lo sé. Él está por advertirme, pero me pregunto sí quiero oírlo.

—Mi querida hija se encuentra indispuesta.

Observo la mano vendada. Nadie hizo preguntas de porqué ella se encontraba así.

—He sido distraída. —digo con falsedad, fingiendo una dulzura amenazante en el momento que empiezo a reír.

Todos me acompañan, excepto mi padre y Noah. Ellos no quieren oírme reír, desean que me marche, pero honestamente no voy a hacerlo.

«Es hora de ver a una serpiente igual de venosa que ese hombre.»

—Caballeros —libero en un suspiro, acariciando las mejillas con las pestañas—, levanto la sesión.

Me pongo de pie.

—Margaret Sinclair le envía saludos a todos.

Los murmullos se avivaron en ese instante. No es para menos. El nombre de esa mujer en Londres pesa más que el de mi padre. Una mujer de la alta sociedad. Una belleza única dueña de innumerables diseños para la realeza.
Entonces observo con suficiencia al hombre en la punta de la mesa, quien mantiene un porte erguido y con la mandíbula bien apretada no despega su mirada de la mía.

—Por favor. —La elocuencia en su voz detiene a la multitud que camina a la salida. —No hemos dado la otra gran noticia, ¿Noah, mi querido yerno?

«¿Es así como piensas jugar.»

Aprieto los puños. Las uñas se entierran en la palma de la mano, por lo tanto la venda empieza a empaparse.

—Por supuesto —dice, poniéndose de pie al ajustarse la corbata—, caballeros. Es un placer informarles que he pedido la mano de la Srta. Wright. No debo aclarar que están todos invitados a la fiesta de compromiso.

La decepción logra que mi corazón se rompa en miles de pedazos. Trago con esfuerzo mientras las felicitaciones en la sala hacen eco en el fondo de mi mente. Quiero llorar. Deseo marcharme lejos de aquí y que mi nombre sea olvidado junto a mi persona con los años.
La primera vez que dije "Te amo" debajo de aquel árbol sentí que mi mundo florecía.
Estaba encantada con Noah. La soledad a la que estaba acostumbrada desaparecía, y los días grises poco a poco tomaban color. La dulzura de sus palabras, la calidez de sus manos, y la gracia de hacer el amor me llenaban por completo. Noah era una persona difícil de ignorar. Cualquier persona volteaba a verlo con una sonrisa. No obstante, cuando la monotonía empezó a aburrirlo él empezó a salir, lo cual no me molestaba, pero sabía lo que hacía. Él tonteaba abiertamente con otras mujeres y la prensa lo cuidaba, porqué es el mejor títere de mi padre.
El anhelo de ser amada me llevó a aferrarme a un hombre que solo me abrazaba cuando se acostaba conmigo, y esa calidez de la cual me había enamorado desaparecía en el momento que terminaba. Luego se iba dejándome completamente sola.

Él dice que soy una mujer aburrida.

Él dice que no es divertido salir conmigo.

Él dice que soy una mujer difícil de tratar.

Él dice que su distanciamiento fue mi culpa.

Él ya no está enamorado de mí.

Él está usándome.

—¡Tranquila, Srta. Wright!

Me tenso cuando una mano se aferra a las mías.

—Entiendo sus lágrimas. Cuando me casé no podía evitar saltar en un pie, fui el hombre más feliz del mundo.

Llevo una mano a mi rostro. Él está empapado. No puedo hablar cuando todos están cerca hablándome eufóricos. Me siento asfixiada. Quiero huir.

«Te odio por hacer esto.»

—Llego tarde...

***

Ingreso a mi oficina. El panorama es borroso. Los pies me duelen. La cabeza punza. La venda ensangrentada manchó mi falda de tubo.

—¿Qué hago ahora?

Me cuesta respirar.

—¿Qué estás haciendo?

Me giro en el lugar para encontrarme con Noah.

—¿Qué estás haciendo? —Ahora soy yo la que pregunta. —¿Cómo puedes hacerme algo así Noah? ¿A mí?

—Quiero casarme contigo.

—No es así —suspiro con dolor.

Camino hacia el escritorio para sostenerme, porque no puedo seguir manteniéndome de pie. Entonces empiezo a llorar con fuerza.

—No llores, Ekaterina.

Él pone una mano en mi hombro.

—¡Lo haces porque él lo quiere así! —grito, y me aparto de él—. A mí no amas, quieres lo que puedes obtener teniéndome.

Mis palabras pasan a tene un peso significativo cuando veo sus ojos oscuros vacíos. Sé que digo la verdad porque Noah aparta la mirada. Luego vuelve a mí y me produce escalofríos cuando sé que esto fue una mentira.

—Vete.

—No voy a hacerlo —dice, y se aferra a mis brazos con fuerza—, eres mía.

Lo miro aterrada.

—Todo lo que tienes me pertenece, y no pienso dejarte ir porqué tu lugar es a mi lado.

El calor asciende por mi cuerpo. Y la tristeza genera una punzada en el pecho.

—No —susurro—. No voy a ser parte de esta farsa, Noah.

—¿Por qué?

—¿Por qué? —indignada, recito su pregunta—. ¡Por favor! La respuesta está ante ti, Noah —temblorosa, suspiro—. ¡Quieres obligarme a estar contigo!

—No, Ekaterina. —Su agarre hace que me remueva gracias al dolor. —Haz cambiado. ¿Acaso es por ese hombre? ¿O por los bastardos?

La sangre que había en mi mano pasa a estar en el rostro de Noah cuando volteo su rostro de una bofetada.

—¡Con qué decencia hablas de bastardia! —rabiosa, exclamo—. No hables de esa manera de ellos. ¡No tienen nada que ver con esto!

—Son un obstáculo.

Me quedo helada. Mi quijada empieza a temblar en ese momento cuando me doy cuenta de lo qué significan esas palabras.

—Escúchame.

Doy un paso al frente, la sangre hierve con fuerza en mi interior. La rabia me obliga a ser valiente, por ellos y por mí, porque no puedo seguir escondiéndome.

—Acércate a ellos, y usaré la fortuna de Sinclair para acabar con La Constructora Wright. ¡No te atrevas a conocer mi ira!

Todos estos años jamás pensé que sería capaz de enfrentar a Noah, ni mucho menos de declararle la guerra a mi padre.

—¿Oíste? —giro, para encontrarme con el susodicho—. Acabaré con todo lo que haz construido, padre.

—Es una lástima. —Él se lleva una mano al mentón, fingiendo malestar. —Tú madre está enferma, cariño. Y en el testamento no está tu nombre. ¿No es una lástima?

«¿Qué?»

—Me pregunto qué clase de estúpido soy para ti, Ekaterina Charlotte Wright.

La rabia, la necesidad de luchar, y las palabras dichas derrumban la esperanza y dejan un vacío desolador cuando lo veo caminar por la habitación.

«Ella jamás tomaría una decisión como esa.»

—¿Qué le hiciste?

Me aterra saber la respuesta, mejor dicho, no quiero saberla. Ella siempre ha sido una mujer fuerte, independiente, incapaz de ser doblegada porque su orgullo es más poderoso que cualquier hombre.

—Por favor —ríe, y hace que me erice cuando lo hace—, un hombre como yo no perdería el tiempo con esa mujer. Piensa, Ekaterina. Deja de subestimar a este viejo.

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