Capítulo 16
«No, no, no, no, ¡no!», era lo único en lo que podía pensar.
El corazón que palpitaba acelerado dentro de su caja torácica yacía roto en miles de pedazos. No daba crédito a lo que sus ojos habían visto, más bien, no quería creerlo.
¿Por qué? ¡Por qué!
¿Qué hizo él para merecer tanto sufrimiento?
Pero, a su vez, estaba consciente de que todo su dolor no tenía una base sólida ni justificable. Ellos no eran más que amigos, solo eso, amigos.
Suspiró.
Anneliese no sentía lo que él. Tenía que aprender a vivir con ello.
Sin embargo, no entendía nada. ¿Quién era el hombre que intentaba seducirla? Si tan solo le hubiera visto la cara al menos conocería la identidad de su rival.
Empuñó las manos y reprimió un gruñido.
¿Qué quería de ella? ¿Por qué a ella? De tantas chicas en el Conservatorio, tuvo que elegir a su musa inspiradora.
La impotencia y la ira se apoderaron de él.
Respiró profundamente, intentaba calmarse, pero sus pensamientos no ayudaban. El simple hecho de recordar esa funesta imagen le provocaba asco.
Su musa, aquella que inspiraba su arte, atraída por alguien que no era él. ¡No! Eso no podía estar pasando.
De pronto, sintió que todos sus esfuerzos por conquistarla habían sido en vano. Los dos compartían sus vidas como si de una misma se tratara, ambos sufrían por igual, ninguno era apreciado en esa mierda llamada mundo. ¿Por qué ahora?
Se llevó ambas manos a la cabeza y se mordió el labio. No soportaba el dolor que estrujaba su cráneo. Todo alrededor le daba vueltas, sintió náuseas y las ganas de sacar todo lo que reprimía en su ser comenzaron a hacerse latentes.
Una oportunidad, solo eso deseaba: una oportunidad de ser feliz por una maldita vez en su miserable vida.
¿Era mucho pedir?
«¡Si tan solo no fuera un cobarde! ¡Si tan solo se lo hubiera dicho!», se recriminaba.
Él quería a Anneliese, no soportaba que otro se la quisiera quitar. Ella era de él. Sus sonrisas, sus confidencias, su historia... todo le pertenecía ahora.
¿Por qué?
¿Por qué?
—¿POR QUÉ? —gritó.
—Uy, cálmate tantito —dijo la chica pelirroja sentándose a su lado—. Quién te escuche dirá que estás loco.
Pero sus palabras no hicieron efecto en él. Matthew mantenía la cara oculta entre las manos, se le escuchaba gimotear.
—¿Qué pasó Matty? —preguntó con un atisbo de preocupación.
—¿Fio? —masculló el muchacho—. ¿Qué estás haciendo?
—Estar a tu lado, ¿fue tu padre?
Por más que quisiera decir que sí, terminó negando la situación.
—No. Es... una tontería —dijo secándose las lágrimas con el antebrazo.
Fiorella frunció los labios y sacó de su bolsillo un pequeño pañuelo rosa con la letra «F» bordada con un ornamento dorado en las esquinas. Le pasó la tela por el rostro, secando las gotas saladas que brotaban de sus ojos nebulosos.
—¿Entonces qué pasó? Tú no te pones así por nada. Vamos, dime —animó.
Matthew se debatía entre confiarle sus sentimientos a su amiga o mantenerla alejada de Anneliese. Por más destrozado que se sintiera no podía permitir que Fiorella, su mejor amiga, entrase en una discusión con la extranjera. Ya bastante tenía con pensar en que era agredida por ella como para ponerlas en una verdadera batalla campal, en donde posiblemente, saldría perdiendo.
—Solo estoy algo estresado.
En la frente de la chica se marcó una arruga.
—Y yo nací ayer —confrontó—. Matty, somos amigos desde hace una eternidad. Sé que algo te pasó, pero no entiendo por qué no quieres decirme, ¿o es que nuestra amistad solo fue de papel y no cuenta en absoluto? ¿fue una farsa?
Matthew negó.
—No puedo contártelo todo, Fio. —Desvió la mirada.
—Entiendo. Entonces me has cambiado. Debí suponerlo desde el momento en que me acusaste de atacarla. ¡Ella te ha lavado el cerebro!
—¿Qué? ¡No! Agh, Fio, somos amigos, y si te pregunté eso la otra vez fue porque... —Se mordió la lengua, no podía revelarle nada, no si quería evitar un desastre.
—¿Porque qué?
—Porque no quiero que haya malentendidos entre ustedes dos, ¿sí?
—¡Pero si nunca le he hablado! —exclamó agitando los brazos en el aire—. Ella dijo eso, ¿no? Okey, Matty, creo entender. Anneliese Beaumont es una chica muy extraña, ella está algo loca, ¿si la has visto no? Sale corriendo del salón porque dice que las voces y no sé que tanta tontería, además es una enferma mental ¡todos lo saben! Que no te hayas dado cuenta es diferente. Por otro lado, por más que lo intento, no logro hacerte cambiar de opinión al respecto, dime, ¿ella es más importante para ti que yo?
—¿Tú como sabes que está enferma?
—¿Enserio? ¿Sólo eso escuchaste?
Matthew se puso de pie. Fiorella hizo lo mismo.
—¡Respóndeme ahora! ¿Cómo lo sabes?
La chica puso los ojos en blanco.
—El día que llegó, vino su madre, una tal Olga de Beaumont, habló con nosotros y dijo que la tratáramos bien porque su hija estaba loca. Ese día faltaste porque tu padre te había mandado al hospital, pero no te conté nada porque supuse que te darías cuenta tarde o temprano, pero fue más tarde —dijo encogiéndose de hombros.
Matthew calló por un momento. Las palabras no fluían y tampoco sabía qué decir.
Por su mente pasaron todos esos recuerdos de aquel día. Sí, terminó en el hospital porque su padre, ahogado en el alcohol, lo alcanzó en la escalera, arrojándolo por ella mientras le gritaba mil insultos sobre su origen. Lo último que recordaba tras quedar inconsciente fue a su hermano intercambiando palabras con el doctor en turno, inventando alguna excusa que exentara a su padre de responsabilidad alguna.
En ocasiones no sabía si su hermano era su enemigo, más prefería creer que lo protegía antes que llevarse una desilusión.
—Oh, mira, ahí va tu Anneliese con Miranda "la loca" Pontmercy —dijo Fiorella en tono de burla—, pues si son tal para cual —rio.
A Matthew le desconcertó esa actitud en su mejor amiga. ¿Por qué decía esas cosas? No la conocía de esa manera, pero tampoco llegaría a conocer a alguien por completo, era un proceso que demandaba mucho tiempo, esfuerzo y energía, eso sin contar la salud mental de la cual carecía.
De pronto, una revelación llegó a él. ¿Podría ser?
Fiorella, a pesar de animarlo a confesar sus sentimientos a Anneliese, se mostraba un poco molesta al respecto. Desde el día en que pelearon le hablaba un poco cortante, le ocultaba cosas y ahora comprendía que posiblemente, lo que Anne le dijo de ella podría ser verdad. ¡Por Dios! La acababa de escuchar burlándose de Miranda y enfrente de él. ¿Qué no diría a sus espaldas?
Matthew dirigió su mirada hacia las chicas, Miranda conducía a Anneliese por el pasillo, su amada parecía ida, como si no estuviera presente en el mundo y solo caminara en forma mecánica.
¿Qué estaría pensando?
La notaba muy pálida, como asustada, pero eso no era impedimento para verla hermosa y suspirar cada que le sonreía.
Volvió la vista hacia Fiorella. Ella parecía realmente molesta y de algún modo, indignada.
—Dime, Matt. ¿Qué tanto le ves a Anneliese? No es bonita, está loca, ni te quiere...
—Eso no es verdad. ¿Acaso tu crees que la belleza se encasilla solo en apariencia física? Ella no está loca y sí me quiere, aunque no sea el amor que tanto anhelo.
—¿Entonces qué esperas? Ya lo admitiste, ella no te ama. ¿No tienes dignidad o qué? —exclamó cada vez más molesta.
—Tengo, pero también soy capaz de distinguir el "no" del "sí". Anneliese no me ha rechazado, y hasta que ella misma no lo diga, seguiré a su lado.
Fiorella rodó los ojos, eso no pasó desapercibido por él.
—Quiero creer que estás celosa —dijo cruzándose de brazos.
Ella se levantó de golpe.
—¿Pero tú estás idiota o qué? —chilló—. ¿Qué te hace pensar que yo estaría celosa de esa?
Él se encogió de hombros.
—Una corazonada. Como sea, la clase va a empezar y no quiero perdérmela.
—Oh sí, claro. Hoy elegimos compañero para el trabajo de fin de semestre, ¡hurra!
—¿Eso fue sarcasmo?
—No, ¿cómo crees? —dijo alejándose de él.
Matthew se golpeó la frente con la mano derecha.
Fiorella estaba celosa, exactamente por qué, no lo sabía, pero sin duda alguna, sentía molestia por Anneliese.
Quería saber qué pensaba en realidad de ella, pero no podía obligarla a hablar. Se consideraba un cobarde por no poder conseguir sus objetivos de esas maneras tan asquerosas que a su hermano y a Kirill le parecían de lo más normales.
Pero, aunque Fiorella estuviera mal, le daba la razón, parecía que no tenía dignidad y no entendía que Anneliese no quería nada con él, pero no se podía dar por vencido sin siquiera intentarlo.
Además, no mintió cuando dijo que ella no lo había rechazado y, aunque su amiga pronunciara aquellas palabras tan desgarradoras, no podía negar que estaba perdiendo la cabeza por alguien que no sabía si le correspondía o no.
De cualquier manera, él haría todo lo posible por tenerla de compañera en el trabajo colaborativo. Siempre había anhelado componer música a su lado, si por lo menos no podía tener su amor, al menos tendría las satisfacción de cumplir uno de sus mayores anhelos: convertirse en la música que tocaría con su violín.
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