IV parte: El hechizo


Algunas semanas después la bruja se había ganado la voluntad de toda la corte.

Las damas y doncellas siempre la llenaban de gestos de cortesía, pajes y caballeros la obsequiaban con palabras de gentileza. La familia real la había acogido con todo el cariño posible, sin embargo, Leah los odiaba a todos.

Con frecuencia en medio de sus paseos por el jardín real se veía asediada por pensamientos odiosos:

"¿Cómo era posible que la princesa Camila pudiera mantener la sonrisa todo el día? ¿Es que no le pasaba nunca algo malo? ¿No le dolía la mandíbula?"

"¿Por qué a Lady Renata no la mordía una ardilla en la cara para que dejara de mirar al príncipe con tanta desesperación?"

Y sobre todo "¿Por qué diablos toda esa gente no la dejaba pasear sola aun cuando la veían de mal humor?"

En un arranque de furia se echó a llorar. Como siempre su gesto fue malinterpretado por sus acompañantes. A su favor, claro está.

— ¿Le sucede algo malo a la princesa? —fue el canto general de las doncellas mientras corrían a socorrerla.

Un par de pañuelos fueron extendidos hacía ella.

—Es la belleza de estas rosas— fingió la bruja. —Desearía poder compartirla con mi familia, si la tuviera... ¡Qué desdicha la mía! —sollozó con vehemencia.

Una ola de suspiros de compasión repercutió entre los botones de los rosales.

—Pobrecilla. —los murmullos se levantaron. —Ella necesita de una familia.

Horas más tarde la bruja se revolcaba de furia en sus aposentos. Su actuación de la mañana había ido un poco más lejos de lo que había planeado.

El rey, al tanto de sus lamentos y llantos, había dispuesto una delegación para que fuera a su "reino tan cruelmente saqueado" e hiciera las investigaciones necesarias a fin de corroborar que no quedara ningún pariente vivo que le sirviera de consuelo.

Leah había señalado, un poco nerviosa, sobre un mapa el camino al supuesto reino. El rey y el príncipe heredero no notaron nada sospechoso, sin embargo a uno de los generales la ubicación no le parecía la correcta. Había recorrido todas las campiñas aledañas y jamás había visto señal alguna de civilización, aun con sus reservas se ofreció a no regresar sin noticias favorables para la princesa Leah.

La comitiva partiría la mañana siguiente.

La bruja conjeturaba caminando por toda la habitación. ¿Cuánto tardaría el general en notar la mentira? ¿Sería mejor actuar antes? ¿Si lo sacaba de su camino, el rey enviaría otra comitiva para realizar la búsqueda?

Pensó y pensó... ¿Qué hechizo era el correcto?

A medianoche lo tenía resuelto. Se puso una capa y salió en busca de los ingredientes para el primer encantamiento, no sin antes esparcir un polvillo encantado que sumiría al palacio entero en un sueño profundo hasta el amanecer.

Reunió raíces y hierbas y las hizo hervir recitando el maleficio, cuando estuvo a punto metió el amuleto que le obsequiaría al general al día siguiente. Con ese objeto la comitiva vagaría sin poder encontrar nunca el camino de regreso.

Sonrió satisfecha.

—Ahora lo más importante...

Corrió a la habitación del príncipe con un cuchillo en manos.

Su majestad, el príncipe, estaba dormido pacíficamente cuando la bruja sopló un poco más de polvillo mágico sobre él y cortó la palma de su mano para extraer un poco de su sangre.

Rojo, rojo, rojo...

La vista del líquido corriendo por su antebrazo la estremeció. No pudo contenerse y se acercó para darle un beso. No fue delicada para nada, incluso lo mordió y ya no solo tenía su sangre en las manos sino en la lengua.

Ella quería más. Quería saciar su ansia en ese momento pero sabía que no podía hacer nada con un príncipe inconciente. La premura del deseo la hizo disponer de los amuletos y hierbas con rapidez sobre el príncipe.

Se subió a horcajadas y empezó a recitar su conjuro de amor.

Llamó a los espíritus para que fueran testigos de su pasión desenfrenada, cantó sobre el deseo codicioso que corría en sus venas; quemándola como el fuego rojo. Rojo como la sangre del príncipe con la que cubrió su pecho. Rojo como su cabello. Rojo como las llamas del infierno que desataría si no la ayudaban a cumplir su cometido.

Sus caderas hicieron movimientos ondeantes sobre el príncipe.

Rojo como el amor.

Rojo como la lujuria.

Rojo como el placer y el dolor.

Cuando el clímax llegó, el viento sopló fuerte y apagó todas las luces del palacio, la bruja se detuvo entonces.

—Mi petición ha sido escuchada.

Las luces se encendieron de nuevo.

              


                                                                             ***

Camila explicó todo lo que había visto ante sus padres y su hermano. Leah se encontraba siendo atendida en la habitación contigua.

Charlie estaba inconsciente tumbado en una cama.

La familia se debatía entre llamar a la policía o esperar a que Leah se encontrara mejor para que ella misma hiciera la denuncia.

—No servirá de mucho en este momento. —explicó el papá de Harry y Camila. —Charlie está dormido. La policía no podrá interrogarlo en ese estado.

Camila lo miró contrariada.

— ¿Vas a tratar de cubrir esto? ¿Es por lo qué la gente dirá de ti?

—Cariño—intervino su madre—. No podemos olvidar que ese niño ha crecido ante nuestros ojos. No podemos dar crédito a lo que pasó.

— ¿No puedes dar crédito a lo que te estoy contando? Ese niño como lo llamas, al que intentan proteger, atacó a una chica indefensa. Yo lo vi. Si no hubiera llegado a tiempo...

Los padres de Harry evadieron la mirada acusadora de su hija menor y en su lugar se acercaron a Harry.

—Hijo—su padre puso una mano en su hombro—. Lo siento...

—Debes decidir qué hacer—secundó su madre.

—Hermano—intentó Camila. —Esto no es tu decisión, sé que es duro porque Charlie es tu mejor amigo pero...

—Tienes razón—la interrumpió Harry. —Es ella quién debe decidir lo que hará y en qué momento. Hablaré con ella, por el momento cierren esta habitación y que alguien vigile la puerta. Papá, por favor ayúdame con esto...

La decisión de Leah, la sucia roja, fue perdonar por supuesto.

No quería que la reputación de la familia se viera perjudicada, tampoco quería ser el blanco de comentarios maliciosos o miradas incomodas en la universidad, no quería atravesar por un interrogatorio angustioso... no quería que nadie más saliera lastimado esa noche.

Harry le pidió perdón de mil maneras y apoyó su decisión sin importar la que fuera. Incluso le sugirió que no tuviera miedo de denunciar, él estaría con ella en ese momento.

Leah se mantuvo firme en su medida. A Harry solo le quedó agradecer que se preocupara por todos en lugar de pensar en ella misma y a cambió le prometió sacar a su amigo de su vida para siempre.

Y así fue como la pelirroja mató dos pájaros de un tiro: se puso en el campo de visión de Harry y despejó su camino de personas que pudieran advertirlo de lo que ella tramaba hacer con él. Charlie solo era el primero.

Se pasaron toda la noche hablando porque ella no quería quedarse sola y llegada la hora de dormir Camila ofreció su habitación para descansar. Leah hubiera preferido la habitación de Harry pero eso era demasiado para el primer día. Iba a tener un poco más de paciencia y seguir su plan paso a paso. 

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