Capítulo 36

El agua tibia golpeaba mi espalda en un murmullo constante que, por un instante, me arrancó de la cabeza esa pregunta: ¿qué demonios quería Ariel? Cerré los ojos bajo la ducha, dejando que el agua deslizara su calor por cada vértebra, disolviendo la tensión en los hombros. El vapor nublaba el espejo y me envolvía en una bruma íntima que parecía decirme «aquí no llegan las llamadas, aquí no hay manipulación».
Pero esa voz sorda en la nuca —esa curiosidad que me carcomía— no cedía del todo. Inspiré hondo, llenando los pulmones de vapor, y traté de hacerla a un lado. —Ya no importa —, me repetí. —Se acabó —.
Sacudí la cabeza como para despejar la duda y, con la mano libre, alcancé el frasco de gel. El jabón hizo espuma en mi palma, aromatizada con notas cítricas que me hicieron arquear la palma: un pequeño lujo en medio del caos interno.
Terminé de enjabonarme y cerré el grifo. El chorro cesó con un clic seco que retumbó en las baldosas. Salí del cubículo y, en automático, tomé el cepillo de dientes. El pasillo olía a detergente fresco, a piso recién trapeado. El cepillo crujió contra las cerdas, el dentífrico mintoso explotó en mi boca, y el rechinar al frotar mis muelas era casi terapéutico. Me detuve un instante frente al espejo empañado y vi unas ojeras marcadas, un leve rubor en las mejillas por el contraste de temperatura. Escupí el enjuague, abrí la llave y sentí cómo el agua fría estrujaba el calor remanente, dejándome despierto.
Con la rutina cumplida —lavado de cara, peinado rápido, un abrazo a la toalla que colgaba en el gancho— cerré la puerta del baño y avancé hacia la habitación, sintiendo el cabello todavía húmedo resbalar por mi nuca. El colchón me recibió con un suspiro de muelles. Me desnudé del todo menos de mis pensamientos y me metí entre las sábanas acolchadas, que olían a suavizante y promesas de descanso. El mundo se estrechó al contorno de la cama y el edredón me acunó con su peso suave.
Apoyé la cabeza en la almohada y extendí el brazo hacia la mesita de noche. El teléfono descansaba boca abajo, la pantalla apagada, guardiana de mi pequeño experimento de silencio. Miré el reloj: hora y media. Me descubrí conteniendo el aliento. Sentí el pulso vibrar en las sienes, un leve hormigueo en las manos.
¿Por fin sería el momento de volver a mirarlo?
Inspiré una bocanada profunda de aire fresco y, con el corazón latiendo un poco más fuerte, llevé los dedos hasta el botón de encendido.
La pantalla tardó unos segundos en cargar. Todo se veía normal… demasiado normal. Sin notificaciones, sin mensajes, sin llamadas en pantalla.
Durante un instante, creí que la noche había hecho lo que prometía: silencio. Paz.
Pero apenas dejé el móvil sobre la mesita, vibró una vez. Un mensaje. No de texto.
Una notificación del registro de llamadas.
"Tienes más de 40 llamadas perdidas."
Mi cuerpo se tensó como si me hubieran arrojado agua helada.
Las manos, que segundos antes se sentían tibias por la ducha, se entumecieron de golpe. Miré la pantalla fija, el corazón latiendo en la garganta, y el sudor comenzando a nacer en la línea de la espalda. Todas eran de él.
Ariel.
La incertidumbre se instaló en mi pecho como una piedra. No sabía si era miedo, enojo, preocupación o esa mezcla extraña de emociones que se sienten cuando alguien que te hirió empieza a comportarse como si fueras su salvavidas.
No hice nada. No toqué ninguna llamada.
Solo volví a dejar el teléfono boca abajo, como si con eso bastara para silenciar los fantasmas que insistían en hablarme.
Me levanté, todavía descalzo, y tomé el libro que había dejado sobre la cómoda.
La portada me daba una bienvenida muda, la tinta desgastada en los bordes como promesa de refugio. Volví a la cama, me envolví entre las sábanas aún tibias, y empecé a leer.
Las letras comenzaron a hacer su trabajo.
Me perdí entre frases largas, entre los pensamientos de personajes ajenos, entre descripciones de lluvias imaginarias y silencios escritos. Me aferré a cada página como quien se agarra a un tronco en medio del río.
La habitación tenía ese aroma a jabón y papel, y el tiempo se deslizó sin ruido.
Media hora pasó como si fueran cinco minutos. Las palabras, por fin, habían logrado separar mi mente de la ansiedad.
Hasta que vibró de nuevo.
Un solo sonido. Seco. Contundente.
El teléfono, descansando en la mesa, encendió la pantalla con un resplandor azul. Me incorporé lento.
Extendí la mano.
Un nuevo mensaje. De Ariel.
Lo leí.
Y algo en mí se congeló. Literal. Helado.
Como si la sangre decidiera no avanzar.
Como si el aire se volviera más pesado.
Como si el mundo, por un segundo…
dejara de moverse.
No pude pensar.
Denis…
No creas que te escribo esto por lástima ni por rabia. Te lo digo en serio: no puedo más. Apenas desperté hoy sentí un vacío tan enorme que tuve que sentarme al borde de la cama y preguntarme por qué sigo respirando si ya no tengo nada a lo que aferrarme.
Te fuiste, y en tu silencio arrancaste todo lo que me mantenía en pie. Me juré que aguantaría, que seguiría adelante, pero cada latido me recuerda que solo vivía para ser tu apoyo, tu confidente, tu amigo incondicional. Ahora… ya no me queda aire ni esperanza.
Quizás tengas tus motivos: te cansaste de mis inseguridades, te pesó mi dependencia, te hartaste de mis súplicas. Lo acepto. Pero me duele pensar que, sin mí de por medio, no te importe lo que pase.
No busco que me salves. No vuelvas a escribir “tendrás tus motivos” y desaparezcas otra vez. Solo tenía que decirte, antes de cruzar el umbral, que fuiste lo único real en mi vida. Que aprendí a soñar contigo y ahora el sueño se deshace.
Si en algún momento quieres ser esa mano que me detenga… sabré que valió la pena todo este tiempo. Pero si sigues en silencio, dentro de unas horas ya no habrá nadie aquí, y te habrás convertido en el responsable de mi final.
Te quise. Te quise más de lo que tú sabés.
Adiós, Denis. Ojalá tus silencios puedan soportar mi grito final.
La pantalla brilló de nuevo antes de que yo pudiera siquiera pestañear. Un segundo mensaje de Ariel: una imagen adjunta. Mi pulgar titubeó antes de deslizarla.
En la captura de pantalla se veía el buscador de un teléfono—¿el suyo?—con una pregunta escrita en letras negras:
“¿Qué pasa si ingiero muchas pastillas a la vez?”
Abajo, los resultados mostraban fragmentos de respuestas médicas y advertencias: “sobredosis”, “daño irreversible al hígado y al cerebro”, “puede ser letal”. Era el eco frío de algo demasiado real, demasiado definitivo.
Ni tiempo tuve de reaccionar cuando otro globo de texto apareció:
“Aquí está la solución a mis problemas.”
En ese instante, mi corazón se me detuvo un segundo. El sudor me subió por la nuca, el aire me pesó en los pulmones, y el mundo alrededor se tornó borroso. ¿Era verdad o otro truco más de su arsenal de manipulación? ¿Estaba Araiel de verdad al borde del abismo, o jugaba sus viejos resortes de culpa para arrastrarme de vuelta a su lado?
Me quedé clavado en la cama, con las sábanas retorcidas entre los dedos. El teléfono latía en mi mano como un animal herido. El silencio de la habitación me golpeó con fuerza: no había el murmullo de la tele, ni el aroma del jabón recién usado, ni el viejo crujido del piso al caminar. Solo mi respiración temblorosa—larga, irregular—y el palpitar urgente en mis oídos.
Quise gritar, pero no salió sonido. Quise apagar la pantalla, ignorarlo todo, volver al libro como si nada. Pero las palabras eran un peso que se derramaba dentro de mí, haciendo vacilar mis certidumbres. Un torbellino de miedo, rabia, compasión y enojo me atravesó de un solo golpe.
Mi pulgar tembló sobre el botón de cerrar la app de mensajería. Pero no lo presioné. En lugar de eso, lo hice girar en la palma de mi mano, girar, girar… mientras la duda se enroscaba en mi garganta:
¿Y si esta vez fuera verdad? ¿O es solo otro espejismo para que yo vuelva a rescatar lo que él mismo destruyó?
El teléfono dejó de vibrar. La habitación, de pronto, se sintió más fría. Y el único sonido que logré escuchar fue mi propio corazón, martillando en silencio.
Me quedó claro que, a partir de ese mensaje, mi mundo ya no tendría respuesta fácil.
La pantalla se volvió un taladro de luz en la penumbra de mi cuarto. Sentí un tirón en el pecho, un pellizco frío que empezó en las costillas y se fue abriendo camino hacia la garganta. El aire me faltó de pronto, como si alguien apretara un lazo invisible alrededor de mi tráquea. Mi respiración se aceleró, cada inspiración rasposa quemaba mis pulmones.
Empecé a hiperventilar. Mi corazón golpeaba contra las costillas como un martillo desbocado. Cerré los ojos y vi parpadear la imagen de aquel chico de la captura que decía ser novio de Ariel; su rostro se embaciaba en mi mente, y la duda invadió mi sangre: “¿Dónde está él? ¿Por qué nadie más aparece para impedir esto?” Un dolor punzante se propagó por mi sien derecha, como si mi cabeza fuera a estallar en mil vidrios diminutos.
Me obligué a incorporarme. Apoyé la espalda contra la pared, noté la rugosidad de la pintura y el hilo de sudor que bajaba por mi nuca. Con dedos temblorosos, abrí la app de mensajería de nuevo. Escribí sin pensar:
“¡Ariel, por favor, piénsalo bien! Hablemos, no lo hagas…”
Un “enviado” titiló apenas. Y a los pocos segundos llegó su respuesta:
“Ya estoy harto de esta vida miserable.”
La línea de texto se clavó en mi pecho. Sentí ganas de romper algo: apreté el teléfono contra el pecho hasta que las palmas me dolieron. El aire vibraba en mis pulmones y mi pulso golpeaba tan fuerte que cada latido era un eco de pánico. No podía parar.
Tecleé otro mensaje con la esperanza de rescatarlo:
“No digas eso, no puedo perderte. Háblame, dime qué pasa realmente.”
Un segundo, dos. El “enviado” quedó estático. No hubo doble tilde. No hubo “leído”. Sobrecogido, miré la pantalla con los ojos secos, pero el cuerpo poseído por un temblor descontrolado. La habitación se inclinó a mi alrededor; el reloj en la pared marcaba segundos que retumbaban en mi cráneo como campanas de funeral.
Y ahí, en el silencio que siguió, la certeza: sus mensajes ya no llegarían.
Mi pecho se estrechó, el aire se volvió escaso, y un sollozo hueco emergió de mi garganta. El caos se desató dentro de mí.
Y todo lo que podía hacer era sentir el vacío creciendo.
La pantalla vibró de nuevo antes de que pudiera respirar. Un último mensaje de Ariel apareció en letras pequeñas:
“Lo siento.”
Esas dos palabras cayeron sobre mí como una descarga. Sentí el aire huir de mis pulmones, un vacío helado expandiéndose en mi pecho. Un zumbido intenso me rugió en los oídos, y mis manos—como dos garfios temblorosos—se aferraron al borde de la cama.

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