Capítulo 28

El taxi se detuvo frente al edificio con ese frenón suave que solo hacen los autos cuando parece que no quieren despertar el silencio. Apoyé la frente contra el vidrio un segundo más. Estaba tibio, empañado del lado de adentro. Dejé que la humedad me marcara la piel. No por cansancio. Por no saber si quería bajar todavía.
Pagué sin mirar demasiado. El conductor asintió con cortesía. No dijo nada. Yo tampoco. Bajé. Cerré la puerta. La noche me envolvió con ese olor a concreto mojado, aunque no hubiera llovido. El tipo de humedad que se acumula en los árboles cercanos, en el polvo de los autos estacionados, en el hollín de los postes de luz.
Me detuve un instante frente a la reja del edificio. No por algo en particular. Solo porque el cuerpo todavía iba un paso atrás de la cabeza. Sentía los bolsillos llenos, el corazón medio vacío y la garganta con esa resequedad que no es sed, es otra cosa.
El portero de turno de noche, don Emilio, me saludó con una mano en alto desde la garita. Siempre hace lo mismo, como si el día terminara oficialmente cuando yo paso.
—¡Buenas, joven Denis! ¿Todo bien?
Le respondí con una sonrisa que no llegó a la mitad de mi cara.
—Todo bien, don. Gracias.
Y mentí. Porque él no tenía por qué saberlo. Porque yo no sabía cómo decirlo.
La puerta automática tardó más de lo habitual. El zumbido eléctrico me hizo cosquillas en las piernas mientras cruzaba. El piso del hall estaba recién trapeado, olía a cloro y a algo cítrico, como esas fragancias baratas que pretenden levantarle el ánimo al mármol sucio.
Presioné el botón del ascensor con la yema del dedo medio. La luz parpadeó un poco antes de quedarse encendida. Las puertas se abrieron con un suspiro metálico. Entré.
El ascensor olía a limpieza vencida. Como a perfume barato que no alcanza a tapar lo demás. Un poco a humedad vieja. A tránsito humano.
Presioné mi piso. Las puertas se cerraron con esa lentitud que dan ganas de empujarlas. Empezó a subir.
Y ahí…
Ahí se me vino todo encima.
El pecho como con agua adentro. El estómago encogido. El mensaje de voz de Ariel resonando otra vez. Las palabras dulces. La pausa antes de la frase final.
"Eres un gran amigo."
Quise respirar hondo, pero sentí que el aire no alcanzaba. Como si en ese cubo de metal de repente no cupiera lo que estaba sintiendo.
Y entonces, de la nada, se me anudó la garganta. No eran lágrimas. Todavía no. Era esa sensación antes.
Cuando sabés que algo no encaja pero no tenés cómo arreglarlo. Cuando el corazón empieza a entender lo que vos no querés ver.
Miré el número del piso encenderse. Uno. Dos… Y pensé que ojalá el trayecto durara más. Que ojalá el ascensor se quedara ahí, suspendido. Con el mundo en pausa.
Con este dolor medio escondido que todavía no sé si quiero nombrar.
Porque por fuera, todo se veía igual.
Pero por dentro… algo se me había movido. Y no sé si va a volver a su lugar.
Entrecierro los ojos y dejo escapar un suspiro tan lento que casi toca fondo antes de volver. El ascensor avanza sin prisa.
Siento el metal frío en mi espalda, la vibración tenue del motor bajo mis pies, el zumbido de los cables subiendo por el hueco. Cada piso que pasa es un golpe suave en mi pecho: 6… 7… 8… 9. Mi corazón ahora late con un ritmo tan profundo que resuena en mis sienes. El mensaje de Ariel palpita en mis oídos: voz aterciopelada…
"Eres un gran amigo”...
Mi respiración raspa en la garganta; me apresuro a contenerla. Dejo que el aire se me clave en la punta de los pulmones. Intuyo el temblor de mis manos apoyadas en el pasamanos de acero. La luz amarilla sobre mi cabeza parpadea, me pinta el rostro con destellos cortos.
Y de pronto, el ascensor relaja su marcha: un chasquido. El silencio pesa. Sólo yo y mi sombra recortada contra la pared metálica. La puerta promete abrirse y yo apenas quiero moverme…
Se desliza el panel. Sale el pasillo de mi piso: mármol deslucido, olor a detergente barato y a puerta sellada. Doy un paso.
Al cruzar el umbral, me envuelve el calor seco de mi departamento. El eco de mis propios pasos me perfora el pecho. El aire sabe a café frío en la taza que olvidé limpiar, a cartón de la caja que aún no arrojé.
La luz amarilla del vestíbulo se mezcla con el tono cálido de la lámpara del recibidor. Cierro la puerta con un clic que retumba como un aldabonazo contra mi pecho. Siento la madera contra mi espalda, el picor de una alfombra raída que no alcanza a amortiguar mi tambaleo.
Miro a mi alrededor: tazones sin lavar amontonados en la mesa, fotos con risas ajenas, una planta marchita que reclama agua sin que yo la escuche. Y entonces veo mi reflejo en el cristal de la puerta: un rostro que ya no sabe si cree en los “te quiero” ni en los “amigos.”
Me quedo allí, apoyado, escuchando el latido que aún retumba en mi cabeza. El umbral cerrado detrás de mí no es sólo una puerta: es la línea que separa al Denis que ama sin medida, del Denis que acaba de descubrir una herida sin cura.
Estoy sentado en el borde del sofá, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada clavada en un punto fijo de la alfombra. No hay nada ahí. Solo una mancha vieja que no supe sacar y que ahora parece más oscura de lo normal. Afuera, el viento mueve los árboles y el ruido de una moto pasa a lo lejos, como si el mundo insistiera en seguir su curso sin mí.
No entiendo por qué duele tanto.
El mensaje fue precioso. Lleno de cariño, de palabras que cualquier otra persona consideraría suficientes.
"Una de las personas más lindas que he conocido..."
"Me haces bien..."
"Gracias por existir..."
Y sin embargo, ese final.
"Eres un gran amigo, Denis."
Cierro los ojos.
Aprieto los párpados como si eso pudiera borrar las palabras.
Pero no se van. Se quedan. Como una humedad que ya penetró los muros.
No tengo derecho a estar dolido, ¿no?
No dijo nada cruel.
No me rechazó.
No me empujó.
Solo me nombró.
Me ubicó.
Y eso fue suficiente para que algo en mí se agrietara.
Paso la mano por el muslo, con nerviosismo. El calor de la lámpara sobre mi nuca me da la sensación de estar expuesto. Como si alguien pudiera verme pensar esto. Como si Sarita pudiera asomarse por la ventana y decirme, con esos ojos que ya lo saben todo:
"Te estás quedando en el lugar equivocado, mi cielo."
Pero no está.
Nadie está.
Solo yo.
Y la idea de que tal vez malinterpreté todo. Que vi cariño donde solo había gratitud. Que convertí necesidad en señales.
Miradas suaves en promesas que no existieron. Y me duele darme cuenta. Pero más me duele la parte de mí que todavía se niega a creerlo.
¿Y si lo dijo así porque no sabe cómo decir otra cosa? ¿Y si me quiere, pero le da miedo… y por eso solo se anima a llamarme amigo?
Me retuerzo un poco. Acomodo un cojín como si ese gesto pudiera enderezarme los pensamientos. No lo logra.
Miro el celular en la mesa de centro.
No vibra. No brilla. Pero me grita igual.
¿Le respondo? ¿Le agradezco el mensaje? ¿Le digo que lo quiero también?
Y ahí aparece otra pregunta: ¿Qué soy yo para él, de verdad? ¿El que paga? ¿El que está? ¿El que escucha cuando nadie más puede?
Soy útil.
Sí.
Pero no estoy seguro de ser amado.
Y eso—eso no lo aguanto.
Porque no quiero que me quieran por lo que doy. Quiero que me elijan por lo que soy. Con lo poco, con lo roto, con lo bueno que intento ser.
Y en este momento… aquí, en este sofá caliente, en este silencio que duele… siento que no soy eso para Ariel. Que tal vez nunca lo fui.
Y que no importa cuánto lo quiera, eso no va a cambiar el lugar en el que me puso.
Un gran amigo.
Una silla de paso. El silencio que sostiene. La noche no tenía intenciones de irse. Seguía ahí, estirada como un mantel gris sobre la ciudad, con ese silencio que no es del todo calma… sino suspensión. Como si el tiempo estuviera esperando que yo hiciera algo. Que decidiera algo. Y yo… solo estaba ahí. Respirando de más.
Me levanté del sofá como por inercia. El cuerpo dolía. No por enfermedad. Por sostener tanto. Me acerqué al ventanal. Afuera las luces de los postes hacían sombra contra los árboles. Algunas ventanas seguían encendidas. En otras, todo era negrura. Personas que ya habían cerrado su mundo por hoy.
Abrí apenas la ventana. El aire entró tibio. Cargado de un polvo dulce. Ese olor a ciudad húmeda y lejana.
El murmullo de un auto en la avenida. Una bocina breve. El ladrido de un perro a tres cuadras. Ruido lejano, ajeno. Como si nadie supiera que acá, en este rincón, un corazón estuviera intentando no romperse del todo.
Volví a mirar el celular.
La pantalla dormía. Lo toqué solo para ver mi reflejo en el vidrio. Me vi raro.
La boca entreabierta. Los ojos rojos, no por llorar, sino por no haber parpadeado del todo. La piel un poco más pálida. Y un gesto entre la frente que no reconocí.
Uno nuevo.
Me senté en la cama. La colcha tenía arrugas. Un libro sin terminar en la mesita.
Acaricié el lomo con los dedos, pero no lo abrí. Me recosté boca arriba. Los brazos a los lados. Los ojos abiertos.
La bombilla del techo encendida. Un zumbido casi imperceptible. Y entonces, por un instante, no pensé en Ariel.
Pensé en mí.
Pensé en cuánto tiempo llevaba esperando algo que no llegaba. En todas las formas en que había justificado sus ausencias, sus gestos rotos, sus silencios.
Pensé en la primera vez que sonrió. En cómo me hizo sentir suficiente con solo una mirada. En cómo, a partir de ahí, cada vez que aparecía… yo creía que era la señal.
El momento.
Pero ese momento nunca venía.
Y hoy… el “gran amigo” me lo había dicho sin querer.
Lo que yo valía para él.
No lloré. Pero había algo líquido en mi pecho. Una nostalgia espesa. Como si doliera haberme querido así de ilusionado.
Así de entregado.
Y entonces hice lo único que podía hacer:
cerré los ojos. Y me quedé así.
Esperando. Que el sueño me salvara. O que la mañana, por fin, me dijera qué hacer.

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