Capítulo 25


Mi celular vibra antes de que suene la alarma. No me molesta. Lo tomo medio dormido. Es un mensaje de Ariel.

Sonrío.

No por el sueño, ni por la moto verde —que suena completamente fuera de lugar—. Sonrío porque ha pasado más de una semana y él sigue aquí. Porque su presencia no es una ráfaga, sino algo que se acomoda. Que no desaparece.

Le respondo todavía desde la cama, con una foto mal tomada de mis pies bajo las cobijas y un texto:

A los cinco minutos, responde con un audio. Se ríe en voz baja. Está en la calle. Se oye el tráfico detrás. Me cuenta el sueño con detalles inverosímiles: había una cabaña, un horno de piedra y dos pájaros que hablaban. Nada tiene sentido y todo me suena a hogar.

Ese es el ritmo que se ha instalado entre nosotros. Sin declaraciones, sin etiquetas, sin explicaciones pendientes. Sólo... esto.

Una constancia que me devuelve la respiración.

Nos vemos dos o tres veces por semana. A veces en el parque de siempre, otras en cafeterías, una vez incluso caminando sin rumbo, como la primera noche. Hay gestos pequeños que se repiten: Ariel llega, me revuelve el cabello con una mano y luego me pregunta cómo estoy. Yo siempre le contesto con una media sonrisa, como si la pregunta no necesitara respuesta.

Hoy caminamos por una calle arbolada, cerca del centro. Él me lleva de la mano. No lo habíamos hecho en público antes. No hablamos de eso. Simplemente lo hizo. Su pulgar se desliza sobre el dorso de mi mano cada tanto, como si dibujara algo sin darse cuenta.

Me gusta esa textura: la de su piel, el calor leve, la presión exacta. Me gusta cómo mi cuerpo empieza a reconocerlo de nuevo, sin dudar.

Paramos a mirar libros usados en un puesto callejero. Él hojea uno de fotografías antiguas. Me llama y me muestra una imagen de dos hombres en un andén, abrazados. La foto es blanco y negro. Tienen abrigos largos. No sabemos nada de ellos, pero los miramos por un largo rato.

—¿Que crees que haya sido de ellos? —pregunta, en voz baja.

No respondo. Solo tomo el libro y cierro la página.

Todo fluye. Hay algo nuevo en cómo me levanto cada mañana. Como si el aire pesara menos. Me doy cuenta cuando regreso de hacer las compras y pongo la bolsa sobre la mesa de la cocina: no he revisado compulsivamente el celular en todo el camino. No porque no me importe. Sino porque confío. Porque él me habla primero casi siempre ahora. Porque desapareció la incertidumbre.

Pero no todo es perfecto.

Hay detalles.

Cosas pequeñas, como el hecho de que cuando le pregunto por algo que implica planear más allá del domingo, Ariel desvía la conversación. O esa vez que le dije que me había sentido solo durante su ausencia, y solo contestó con un beso y un "pero ahora ya no, ¿verdad?"

Y está el hecho de que, cuando hablamos de emociones profundas -de lo que dolió- él se acomoda a mi lado, me toca la mano, pero no responde del todo. Como si saber que estoy aquí le bastara. Como si él no necesitara estar también aquí conmigo del mismo modo.

Yo noto esas cosas.

Pero las trago despacio.

Porque ha pasado más de una semana. Porque sus mensajes llegan en la mañana y en la noche. Porque algunas veces duerme a mi lado y se queda después del desayuno.

Y para mí... eso es mucho.

Y tal vez —solo tal vez— eso me basta. Por ahora.

No me acuerdo del día exacto en que empecé a hacerlo. No hubo una conversación directa. Nunca un "¿me puedes ayudar?" o un "me urge". Solo pequeñas frases, sueltas, distraídas, como piedras que cayeron sin ruido.

—Esta semana no entró el pago —dijo una vez, mientras revolvía con el popote una bebida que había comprado él mismo—. Y justo ayer se descompuso el calentador. Me siento como una caricatura mala... esas que les cae un piano encima al final.

Yo reí. Lo toqué suavemente en el brazo.

Y al día siguiente le ofrecí algo. Nada grande. Solo un depósito rápido con el asunto de "por si lo necesitas".

Me respondió con un mensaje largo, lleno de emojis, agradecimientos entrecortados y esa frase que se ha vuelto repetida con los días: "Me da mucha pena esto. Prometo que no me estoy acostumbrando."

Yo también lo creí la primera vez.

Lo he hecho varias veces ya. No me lo pide. Pero lo deja caer.

Un comentario sobre la renta. Otro sobre que su primo no respondió cuando le pidió ayuda. Un "qué coraje, justo hoy me cortaron el WiFi". Y entonces el silencio. Uno con eco.

Y yo siempre lleno ese eco con algo mío. Dinero, atención, presencia. Como si dándole algo pudiese asegurar que no se va.

Él nunca lo celebra. Finge molestia. Se pasa la mano por la nuca, se ríe sin ganas, dice cosas como:

—No quería decirte. No quiero ser esa persona.

Y yo le creo. O quiero creerle.

Aunque a veces —muy a veces— algo me roza por dentro. Una sensación leve, como si me hubiera perdido una línea importante del guion. Como si algo no encajara del todo en la expresión de su cara, en el modo en que cambia de tema apenas el dinero ya está en su cuenta.

Pero después viene un mensaje suyo.

Una foto de lo que está cocinando. Una nota de voz riéndose de algo tonto. Un "pensé en ti cuando vi esto" que me deja tibio, suspendido, quieto.

Y entonces todo vuelve a calmarse.

Porque si está.

Si me llama, si contesta.

Si me busca cuando no sabe a quién contarle algo...

Entonces tal vez sí me quiere.

¿No?

Volvemos a encontrarnos en una de esas tardes grises, cuando la luz parece no definirse del todo. Ni clara, ni noche. Solo suspendida. Ariel llega con una chamarra fina, el cabello húmedo por la llovizna. Me sonríe desde lejos, como si no hubiéramos pasado tres días sin vernos. Como si todo siguiera igual.

Trae un té helado en la mano. A pesar del clima. Se sienta a mi lado en la banca de siempre, esa de madera un poco floja, donde el respaldo cruje si uno se recuesta demasiado.

—¿Qué tal estuvo tu mañana? —me pregunta, como quien realmente quiere saber.

Yo le hablo de algo del trabajo, de lo mal que dormí, de un perro que vi en la esquina que se parecía a un peluche. Él se ríe bajito, se acomoda el cuello del abrigo y dice algo como "qué bonito eso". Y entonces, cuando la conversación parece flotar tranquila, dice:

—Hoy fue un desastre... con el banco. Me cargaron un doble pago que no correspondía y estoy en números rojos hasta nuevo aviso.

Lo dice con fastidio, sí, pero sin urgencia. No como una petición. Más bien como quien comenta algo vergonzoso, pero ya asumido. La frase queda ahí, en medio de nosotros, sin peso aparente.

Pero lo tiene.

Yo no digo nada al principio. Me acomodo, saco mi cartera, como si fuera por instinto. Él me mira de reojo, en silencio.

—Si necesitas, dime cuánto —susurro. Y no es la primera vez que lo hago.

Hace días que pasa. A veces es una transferencia. Otras, un billete doblado al fondo de un libro que le presté. Siempre intento disimularlo. Ariel nunca dice que sí. Solo responde con algo como:

—Me da muchísima pena esto... de verdad, Denis. No quiero que pienses que es por esto que estoy cerca.

Y yo niego con la cabeza, como si todo en mí gritara que no importa.

Porque mientras siga viniendo. Mientras me cuente lo que le pasa. Mientras me diga "gracias por estar".

¿No vale la pena?

Él toma el dinero como si pesara, como si cada billete se le quedara pegado a los dedos. Pero apenas lo guarda, cambia el tono. Me sonríe, incluso me acaricia la mano sin apretar. Un gesto breve, rápido, como si eso compensara algo que ni siquiera queremos nombrar.

—Hoy pensé mucho en ti —dice—. Estaba en la fila del cajero, enojado, y no sé por qué imaginé tu cara reclamándole al cajero automático como si fuera humano. Me dio risa. Me hiciste el día.

Y yo... yo me río también. Porque en su boca, incluso mi cara molesta parece algo tierno. Porque me lo imagino pensándome. Y eso me basta.

Pero después, ya en casa, cuando me cambio la ropa y saco el teléfono, veo que no hay mensajes suyos esperándome. Solo los de antes. Las palabras ya dichas. El eco del agradecimiento.

Me quedo mirando la pantalla un rato. El reflejo de mi rostro cansado sobre el vidrio. El silencio.

Y en algún lugar de mí, no puedo evitar preguntarme por qué siento que siempre soy yo quien sostiene el hilo.

Por qué nunca lo escucho decir lo que siente con el cuerpo, no solo con frases bonitas o disculpas medidas.

Por qué, después de verme, parece llevarse lo justo.

Nunca más.

Pero dejo el celular. Me convenzo -una vez más- de que no hay nada malo.

De que Ariel me quiere a su modo.

De que yo estoy bien con eso.

Aunque esa noche, no puedo dormir.

Hace horas que estoy en la cama, boca arriba, con las cobijas hasta el pecho y la cabeza llena de cosas que no puedo ordenar. Hay silencio en el cuarto, pero mi mente suena como si alguien estuviera golpeando despacio las paredes desde adentro. Y cada vez, con más fuerza.

Estoy enamorado. 
Lo sé. No necesito decírmelo en voz alta. Lo sé porque no hay otra forma de explicar lo que me pasa con Ariel. Porque cada vez que llega, todo en mí se acomoda. Y cuando se va, algo en mí se queda a medio cerrar, como una puerta que no encaja del todo en el marco.

Y me está empezando a doler.

Me lo he callado. Todos estos días. Estas semanas.

Cada vez que lo tengo cerca, pienso: ahora sí, dilo. 
Ahora sí, dilo: “Estoy enamorado de ti.”

Pero no lo hago.

Me quedo viéndolo mientras habla, mientras juega con la tapa del café, mientras me cuenta cosas sin importancia. Y siento el impulso venir desde el estómago, trepar por la garganta, empujarme desde adentro como si el cuerpo quisiera confesar lo que yo no me animo.

Y siempre me detengo. 
Siempre.

Porque ¿y si no siente lo mismo?

¿Y si para él esto —todo esto— es una cercanía cómoda, pero no amor?

¿Y si cada “me haces bien” significa “me gusta cómo me sostienes”, pero no “me importas como tú me importas a ti”?

Ese miedo me paraliza. 
Porque no quiero perderlo. 
Porque no quiero escuchar un gracias por decírmelo, seguido de un silencio que me obligue a hacerme el fuerte. 
Porque no quiero poner en riesgo lo único que me da calma desde hace semanas.

Y sin embargo…

Hay algo adentro de mí que insiste. 
Una parte tozuda que me dice que no, que Ariel no se quedaría si no sintiera algo. 
Que nadie manda mensajes a medianoche solo para contar una tontería, si no hay un poco de amor detrás. 

Que su risa, cuando me toca, no es solo cariño. Es algo más. 
Tiene que serlo.

¿O solo quiero verlo así?

No lo sé.

Lo único que sé es que llevo casi una hora mirando la sombra de mi propia mano sobre la colcha, esperando a que este nudo se disuelva solo. Pero no lo hace. Sigue ahí. Cada vez más denso. Más presente. Como si el cuerpo entero supiera lo que yo sigo sin atreverme a decir.

Y entonces me repito que no es el momento. Que aún no. Que quizá más adelante. Que todavía hay tiempo.

Y me trago las palabras, una vez más, como quien guarda una carta sin sello en el fondo del cajón. 
El corazón latiéndome en las costillas, despacio. 

Como si esperara que mañana… 
solo por estar ahí, Ariel lo entienda todo sin que yo tenga que abrir la boca.

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