Capítulo 18

Han pasado algunas semanas desde que Ariel empezó a entrar y salir de mi vida con su afecto impredecible. 

A veces está ahí, llenándome de palabras dulces, diciéndome que me extraña, que no sabe qué haría sin mí. Otras veces desaparece sin aviso, dejando mis mensajes sin respuesta durante horas, a veces días. 

Y yo, sin querer admitirlo, he comenzado a depender de esos momentos. 

Es absurdo. 

Me digo a mí mismo que no debería importarme tanto, que es normal que alguien no siempre esté disponible. Pero cada vez que el teléfono está en silencio demasiado tiempo, algo en mi pecho empieza a cerrarse. Mi respiración se vuelve más corta, mi mente llena los espacios vacíos con preguntas que no tienen respuesta. 

"¿Hice algo mal?"

"¿Ya se aburrió de mí?"

"¿Está hablando con alguien más?"

Intento sacudirme esos pensamientos, pero siguen ahí, persistentes, como un eco en la parte más oscura de mi cabeza. 

Estoy en el café, limpiando una mesa, cuando mi mano se detiene por un segundo sobre la superficie. Me doy cuenta de que he estado revisando mi teléfono cada diez minutos, esperando algo, cualquier señal de vida de Ariel. 

Nada. 

Mi pulso se acelera. 

Un cliente pregunta algo, y me toma un segundo demasiado largo responder. Cuando finalmente lo hago, Paty me observa desde la barra con el ceño fruncido. 

—¿Todo bien? —pregunta, con un tono que parece más atento que curioso. 

No sé qué decir. No sé si quiero admitir que no me siento bien, porque ni siquiera sé cómo explicarlo. 

Pero la verdad es que siento que algo dentro de mí está comenzando a desmoronarse. 

Y lo peor es que Ariel ni siquiera lo sabe. 

El día avanza, pero la sensación de peso en mi pecho no desaparece. 

Paty sigue observándome de vez en cuando, como si esperara que le diga algo, pero no lo hago. No puedo. Hay algo en esta sensación que me hace sentir vulnerable de una manera que no sé manejar. 

El teléfono sigue sin vibrar. 

Ya no sé si quiero que Ariel responda o si prefiero quedarme en este espacio de incertidumbre, porque en algún nivel—uno que no quiero reconocer—sé que cualquier mensaje que reciba de él cambiará mi estado de ánimo en segundos. 

El problema es que no debería ser así. 

No debería depender de un mensaje para sentirme tranquilo. No debería sentirme tan inquieto solo porque alguien dejó de responderme por unas horas. 

Pero lo hago. 

Y el peor pensamiento que aparece en mi cabeza, sin que pueda evitarlo, es este: 

"¿Qué pasa si nunca me responde?"

El miedo es irracional, pero lo siento real. 

Tomo un café solo para hacer algo con mis manos. Lo sostengo entre mis dedos, sintiendo su calor, esperando que me devuelva algo de estabilidad. 

Cuando el teléfono finalmente vibra, el efecto es inmediato. 

Mi corazón se acelera, mis músculos se tensan, mis dedos casi dejan caer la taza. 

Lo desbloqueo rápido, más rápido de lo que me gustaría admitir. 

El alivio me golpea con una fuerza absurda. 

Cierro los ojos y exhalo, sintiendo cómo la ansiedad se disuelve poco a poco, reemplazada por esa calidez que solo él parece poder darme. 

Es como si, con unas pocas palabras, hubiera arreglado todo. 

O al menos, así es como quiero verlo. 

"Te extraño mucho, hermoso. Perdón si he estado distante, pero quiero que sepas que pienso en ti."

El alivio que siento es inmediato, casi ridículo. Como si con solo esas palabras, la ansiedad de las últimas horas se disipara sin dejar rastro. 

Respondo rápido. 

No tarda en contestar. 

El mensaje me deja en silencio. 

Todo lo que había sentido—la distancia, la incertidumbre, el miedo a que Ariel solo estuviera jugando conmigo—parece transformarse en preocupación. 

Siento que algo en mi pecho se comprime. Su tono es diferente, cargado de tristeza. Ahora todo tiene sentido. La ausencia, el silencio, los cambios de actitud. No era que se hubiera aburrido de mí. No era que estuviera alejándose sin razón. Solo estaba luchando con algo que no podía manejar. 

De pronto, me siento culpable por haber dudado. 

Pasan unos segundos antes de que llegue la respuesta. 

El mensaje me envuelve con una calidez que borra cualquier duda anterior. 

No hay razón para seguir cuestionando. Ariel necesita apoyo. Me necesita a mí. 

Y yo, sin pensarlo demasiado, ya estoy convencido de que haré todo lo posible para estar ahí cuando me necesite. 

La puerta del café se cierra detrás de mí y el aire nocturno me recibe con una frescura agradable, disipando un poco el cansancio acumulado en mis músculos. Ha sido un día largo, pero no lo suficiente como para desviar mi atención de lo que realmente ocupa mi mente en este momento. 

Ariel

Camino con las manos en los bolsillos, sintiendo la vibración constante de la ciudad en mis pasos. Las luces de los semáforos parpadean, los autos avanzan en un ritmo monótono, y el murmullo lejano de conversaciones se mezcla con el sonido de mis pensamientos. 

Quedamos en vernos en el Parque de los Gatos, el mismo lugar donde estuve con Paty hace algunas semanas. No sé por qué escogió ese sitio, pero algo en mí se siente extraño con la coincidencia. 

Cuando llego, el parque está bañado en la luz amarillenta de las farolas, proyectando sombras largas en los senderos de piedra. A lo lejos, algunos puestos de comida aún permanecen abiertos, desprendiendo aromas a maíz, pan recién horneado y café caliente. 

Pero lo primero que noto son los gatos. 

Siguen aquí, tan ajenos al mundo como siempre, algunos acurrucados sobre los bancos, otros moviéndose con su elegancia indolente entre los árboles. Me quedo mirando uno en particular, un gato negro con ojos dorados que me observa desde la distancia, como si supiera algo que yo no. 

Entonces, lo veo. 

Ariel está sentado en una banca, su rostro iluminado tenuemente por la farola más cercana. Viste una chaqueta oscura, su postura relajada, pero hay algo en su expresión que parece pesarle. 

Cuando me acerco, levanta la mirada y sonríe. 

—Te ves bien hoy —dice, con esa familiaridad que me atrapa de inmediato. 

Siento cómo mi cuerpo reacciona antes de que siquiera piense en una respuesta. Hay algo en su voz, en la manera en la que sus ojos me recorren, que me hace sentir observado en una forma que me gusta. 

—¿Seguro? —respondo, intentando sonar casual. 

—Obvio. Siempre te ves bien. 

Su tono es ligero, pero la forma en la que lo dice me hace bajar un poco la guardia. 

Nos quedamos en silencio un momento, observando el parque. Ariel suspira, y cuando lo miro, noto el cansancio en sus ojos, la ligera tensión en su mandíbula. 

—No ha sido un buen día —dice, su voz apenas un murmullo. 

Me acomodo en la banca junto a él, sintiendo la frialdad del metal bajo mis manos. 

—¿Qué pasó? 

Ariel deja caer la cabeza hacia atrás, mirando el cielo como si esperara una respuesta de las estrellas. 

—Todo. 

No necesito más detalles para entenderlo. 

Algo dentro de mí se aprieta. Su voz, su postura, el peso en sus palabras—todo en él parece más vulnerable esta noche, más necesitado de algo que yo, sin pensarlo demasiado, ya estoy dispuesto a darle. 

—Estoy aquí —digo, sin pensarlo demasiado. 

Ariel gira la cabeza hacia mí. Su mirada se suaviza, y luego sonríe apenas, como si mi presencia le diera un pequeño respiro. 

—Por eso quería verte. Me haces sentir mejor. 

El aire entre nosotros cambia. 

Esas palabras no deberían hacerme sentir tanto, pero lo hacen. 

Me gusta la idea de ser alguien importante para él. Me gusta que piense en mí cuando necesita escapar de todo. 

—¿Vamos a caminar un poco? —pregunta, levantándose. 

Asiento, y comenzamos a recorrer los senderos del parque, las farolas iluminando fragmentos de nuestro recorrido mientras los gatos nos observan desde la distancia. 

Siento que algo en mí ha cambiado. 

Y lo peor de todo es que no sé si eso es algo bueno.

Caminamos por el parque sin un rumbo fijo, las luces de las farolas proyectando sombras largas sobre el camino de piedra. Ariel mantiene sus manos en los bolsillos, su chaqueta oscura haciéndolo parecer una silueta perdida en la noche. 

Yo sigo a su lado, sintiendo el aire fresco en mi piel, pero más consciente de la proximidad entre nosotros que de cualquier otra cosa. 

—Gracias por venir —dice de pronto, su voz suave. 

Lo miro, y algo en su expresión me hace sentir que, de verdad, mi presencia significa algo para él. 

—No tienes que agradecerme. 

Se queda en silencio por un momento, su mirada perdida en los gatos que se mueven entre los árboles. 

—A veces siento que no tengo a nadie —susurra. 

Su confesión me golpea más fuerte de lo que esperaba. 

—¿Cómo que no tienes a nadie? —pregunto, con una ligera incredulidad. 

Ariel sonríe, pero es una sonrisa triste. 

—No lo sé, hermoso. Hay días en los que todo se siente demasiado pesado. En los que me pregunto si alguien realmente me entiende. 

Y ahí está otra vez. 

*"Hermoso."* 

El apodo me envuelve como una caricia, y la forma en la que lo dice, con esa mezcla de tristeza y cercanía, me hace querer protegerlo de todo lo que lo lastima. 

No sé si debería sentir esto. 

Pero lo siento. 

Me detengo por un instante, como si necesitara procesarlo, pero Ariel sigue caminando, y yo no quiero quedarme atrás. 

—Yo te entiendo —digo finalmente. 

Él me mira con una intensidad que me hace olvidar el frío de la noche. 

—Lo sé. Por eso estás aquí. 

Es una simple frase, pero la forma en la que la dice, el tono, la certeza en su mirada, me deja claro lo mucho que esto significa para él. 

Y lo peor es que me gusta sentir que soy esa persona para él. 

Seguimos caminando, nuestras sombras moviéndose sobre el pavimento, y aunque sé que algo en todo esto se siente demasiado profundo para el poco tiempo que llevamos conociéndonos, no quiero detenerme. 

Ariel necesita a alguien. 

Y yo quiero ser ese alguien. 

Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top