Capítulo 12

Al día siguiente, después de mi turno en la cafetería, había acordado salir un rato con Ariel. Al salir del establecimiento, me despedí del resto de mis compañeros. La cafetería se dividía en dos turnos, uno por la mañana y otro por la tarde, ya que solía cerrar a las 9:00 p.m. entre semana y a las 10:00 p.m. los fines de semana. Por suerte, me tocaba trabajar en el turno de la mañana, pero también había aceptado la posibilidad de rotar turnos.
Caminé por las calles hacia el parque donde me encontraría con Ariel. El aire fresco de la tarde me envolvía mientras avanzaba, sintiendo una mezcla de nervios y emoción. Saqué mi teléfono y busqué el chat que teníamos, escribiéndole para decirle que ya estaba ahí.
A los pocos minutos, Ariel me respondió diciendo que estaba cerca. Justo cuando me disponía a responder, recibí una llamada de él. Contesté y nos fuimos guiando para poder encontrarnos. Por suerte, estaba muy cerca.
—Estoy en la parte del parque junto a la fuente —dijo Ariel por teléfono.
—No te muevas, estoy llegando —respondí.
Mientras me acercaba, vi a Ariel a lo lejos. Colgué la llamada y me acerqué para saludarlo. Aunque no era la primera vez que nos veíamos, los nervios seguían presentes. Había algo en su presencia que me hacía sentir una mezcla de mariposas en el estómago y una cálida sensación de alegría.
Nos saludamos con un cálido abrazo, y ambos nos preguntamos cómo estábamos y cómo nos habían ido en nuestros días.
—¿Qué tal estuvo tu día en el trabajo? —me preguntó Ariel, con una sonrisa en el rostro.
—Fue genial. Estoy empezando a sentirme más cómodo y confiado con cada día que pasa —respondí, sintiendo una ola de felicidad al estar con él.
El parque estaba lleno de vida. El sonido de los pájaros cantando, el murmullo del agua en la fuente y las risas de los niños jugando en el área cercana creaban una atmósfera tranquila y alegre. Caminamos juntos por los senderos, hablando de todo y nada al mismo tiempo.
Ariel me contaba sobre su día y sus planes futuros. Era un chico muy tranquilo y respetuoso, y cada conversación con él se sentía natural y fluida. A medida que el sol comenzaba a ponerse, el cielo se teñía de tonos anaranjados y rosados, creando una vista espectacular.
Nos sentamos en un banco cercano y continuamos conversando. Aún sentía un poco de nervios al verlo, pero también una profunda alegría por tenerlo a mi lado. Había algo en su manera de ser que me hacía sentir tranquilo y aceptado.
Después de un rato, decidimos ir al mar. Caminamos por las calles, entre la multitud que abarrotaba las aceras, pero parecía no importarnos. En ese momento, solo éramos nosotros dos en nuestro pequeño mundo.
A mitad de camino, nos detuvimos para comprar un helado. El aroma dulce y cremoso del helado llenó el aire, y el frío del postre contrastaba agradablemente con el calor del día. Continuamos caminando, saboreando cada bocado, hasta llegar a un mirador que daba al mar. El sonido de las olas rompiendo contra las rocas y el olor salado del océano nos envolvieron. Tomamos asiento en una de las bancas vacías y disfrutamos de nuestros helados.
La conversación fluía de manera natural. Hablamos de nuestras experiencias, sueños y miedos. En un momento dado, Ariel comenzó a contar una anécdota de su infancia en su lugar de origen. Sus ojos brillaban con una mezcla de nostalgia y ternura mientras recordaba.
—Cuando era niño, mi padre y yo solíamos salir a pescar todos los domingos por la mañana —comenzó Ariel, su voz suave y reflexiva—. Vivíamos cerca de un lago, y esos momentos juntos eran muy especiales para mí.
Podía imaginarme a Ariel, pequeño, con los ojos llenos de curiosidad y emoción, caminando junto a su padre hacia el lago. La imagen se volvía más vívida con cada detalle que compartía.
—Recuerdo que una vez, mientras estábamos pescando, mi padre me enseñó a lanzar la caña correctamente. Estaba tan emocionado por aprender que, en mi primer intento, lancé el anzuelo directamente hacia un árbol —dijo, riendo suavemente—. El anzuelo se quedó atrapado en una rama y no podía sacarlo. Me sentí tan avergonzado y preocupado de haber arruinado nuestro día.
La risa de Ariel era contagiosa, y podía sentir la calidez de sus recuerdos. Continuó con la historia, su voz cargada de emoción.
—Mi padre se acercó, puso una mano en mi hombro y me dijo: "No te preocupes, hijo. Todos cometemos errores. La clave está en aprender de ellos." Luego, me ayudó a desenganchar el anzuelo y me mostró de nuevo cómo hacerlo. Esta vez, lancé la caña perfectamente, y él me aplaudió con orgullo.
El cariño y la admiración que Ariel sentía por su padre eran palpables. Podía ver claramente la escena: el lago tranquilo, el sol de la mañana reflejándose en el agua y la figura de su padre, siempre paciente y alentador.
—Esos momentos con mi padre significaban mucho para mí —continuó Ariel, su voz quebrándose ligeramente—. Él falleció hace algunos años, pero cada vez que pienso en esos domingos de pesca, siento que todavía está conmigo.
El silencio que siguió fue profundo y lleno de significado. Sentí una conexión aún más fuerte con Ariel, comprendiendo el valor de esos recuerdos para él.
Ariel se levantó de la banca en la que estábamos sentados y caminó hacia los barandales, observando el mar. A pesar de ser de noche, el reflejo de los edificios se veía en las aguas inquietas, y el sonido de las olas era tranquilizador. Me puse de pie y lo seguí, notando cómo su figura se recargaba sobre los barrotes, sus ojos cerrados mientras el viento movía algunos mechones de su cabello rizado.
Lo observé por unos instantes. Ariel era más bajo que yo, probablemente le ganaba por unos 15 centímetros. Había algo en su presencia que me hacía sentir una mezcla de calma y nerviosismo, un remolino de emociones que no terminaba de comprender del todo.
Entonces, Ariel abrió los ojos y dirigió su vista hacia mí. Al darme cuenta de que me estaba mirando, aparté la mirada rápidamente, sintiéndome un poco nervioso.
—Es hermoso —dijo Ariel, rompiendo el silencio.
Lo miré confundido, y él notó mi expresión.
—Esto —aclaró, refiriéndose al lugar—. Es realmente hermoso.
Asentí con la cabeza, aún sintiendo los nervios revoloteando en mi estómago.
—Sí, es muy hermoso —dije, tratando de mantener la compostura.
Ariel continuó, su voz suave y sincera.
—Es lindo estar en este lugar, con la tranquilidad de la noche... —hizo una pausa, sus ojos reflejando la luz tenue de los edificios—. Y estar contigo también.
Mi corazón dio un vuelco. Una ligera sonrisa curvó mis labios mientras intentaba procesar lo que acababa de decir. No entendía por qué me sentía así, pero había una calidez que se extendía por todo mi ser.
—Sin duda, es hermoso —respondí, mi voz un poco temblorosa.
Ariel sonrió, una sonrisa tierna y alegre, antes de regresar su vista hacia el mar.
El silencio reinó entre nosotros, pero a pesar de eso, era un silencio cómodo. Permanecimos así, contemplando el mar y dejando que el sonido de las olas llenara el espacio entre nosotros. Era un momento de tranquilidad y conexión, en el que las palabras no parecían necesarias.
Después de un rato, Ariel volvió a romper el silencio, su voz suave y reflexiva.
—Denis, ¿alguna vez has tenido pareja? —preguntó, su mirada fija en el horizonte.
Me sentí un poco apenado por la pregunta, pero respondí con sinceridad.
—No, nunca he logrado concretar algo serio con alguien —admití, sintiendo una ligera incomodidad al revelar algo tan personal.
Ariel asintió, comprendiendo. Había una calidez en su mirada que me hizo sentir menos avergonzado. Un poco dudoso, le devolví la pregunta.
—¿Y tú, Ari? ¿Alguna vez has tenido pareja?
Él sonrió ligeramente y asintió.
—Sí, hace un tiempo tuve una relación —respondió, su voz cargada de una mezcla de nostalgia y serenidad.
—¿Y qué pasó? —pregunté, queriendo saber más sobre la relación pasada de Ariel.
Ariel suspiró, su mirada fija en el horizonte.
—Terminamos por una infidelidad —dijo, su voz cargada de una mezcla de tristeza y resignación—. Mi ex era muy posesivo y controlador. Me enteré de que me estaba engañando con uno de mis amigos.
Sentí una punzada de empatía por Ariel. Podía ver el dolor en sus ojos mientras recordaba esos momentos difíciles. El sonido de las olas y el reflejo de las luces en el agua parecían intensificar la atmósfera de la conversación.
—Lo siento mucho, Ari. Eso debe haber sido muy duro —dije, tratando de ofrecerle consuelo.
Ariel asintió, su expresión suavizándose un poco.
—Sí, lo fue. Pero aprendí mucho de esa experiencia. Me di cuenta de lo importante que es estar con alguien que te respete y te valore por quien eres.
El viento seguía moviendo suavemente su cabello, y la tranquilidad de la noche nos envolvía. Estaba sumido en mis pensamientos cuando escuché a Ariel llamarme por mi nombre.
—Denis —dijo suavemente, girándose hacia mí con una expresión seria pero cálida—. Me gusta mucho estar contigo y pasar tiempo juntos.
Sus palabras resonaron en el aire, y sentí una oleada de emociones recorrerme. No sabía qué responder, así que solo lo miré, esperando a que continuara.
—A pesar de conocernos poco, me siento muy bien estando contigo —añadió, sus ojos encontrando los míos.
Me quedé mirándolo, tratando de procesar lo que acababa de decir. Había algo en su sinceridad que me conmovió profundamente. Sentí una sonrisa curvar mis labios, aunque los nervios seguían presentes en mi estómago.
—Yo también me siento muy bien contigo, Ariel —respondí finalmente, mi voz un poco temblorosa—. Cada momento que pasamos juntos es especial para mí.
Ariel sonrió, una sonrisa tierna y alegre que iluminó su rostro. La brisa marina seguía moviendo suavemente su cabello, y en ese momento, todo parecía encajar perfectamente. El sonido de las olas, el reflejo de las luces en el agua, y la compañía de Ariel creaban un escenario mágico.
Permanecimos allí, observando el mar y disfrutando de la tranquilidad de la noche, cada uno inmerso en sus pensamientos, pero compartiendo una conexión que se hacía más fuerte con cada palabra y cada mirada.
Ya estando en casa, me recosté en mi habitación, sintiendo el cansancio del día empezar a apoderarse de mí. Y justo cuando estaba a punto de irme a dormir, mi teléfono vibró.
Lo alcancé y vi que era un mensaje de Ariel. Mi corazón dio un pequeño brinco de anticipación mientras abría el mensaje. Lo que leí me hizo sonreír de oreja a oreja:
"Denis, quería darte las gracias por la noche tan bonita que pasamos. Realmente me encantó y espero que podamos repetirlo pronto. Buenas noches y dulces sueños."
Sentí una oleada de emociones recorrerme, desde la alegría hasta una sensación de conexión profunda. No podía dejar de sonreír mientras le respondía, agradeciéndole por la noche y diciéndole lo mucho que también había disfrutado su compañía.
Después de enviar mi respuesta, dejé el teléfono en la mesita de noche y me recosté de nuevo, mi sonrisa aún presente. Las palabras de Ariel resonaban en mi mente: "Me gusta mucho estar contigo". Sentía una mezcla de nervios y felicidad, un torbellino de emociones que no podía ni quería controlar.
Con el sonido suave del viento afuera y el confort de mi cama, me dejé llevar por mis pensamientos. Recordaba cada momento de la noche, desde la caminata hacia el mar hasta la conversación bajo las estrellas. Había algo mágico en esos momentos compartidos, una conexión que me hacía sentir más vivo y lleno de esperanza.

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