Capítulo 1


Había sido un viaje agotador y muy largo. Esperaba ansioso a que los sobrecargos dieran la orden para finalmente bajar del avión. Cuando por fin sucedió, todos los pasajeros se apresuraron a salir y nosotros no fuimos la excepción.
Agarré mi pequeño bolso del compartimento y salí seguido de mi madre. Mientras caminaba, no podía evitar maravillarme al observar a través de los ventanales aquel majestuoso avión que nos había llevado a este nuevo lugar. Continuamos caminando hasta llegar a migraciones, donde nos esperaba una larga fila. Suspiré pesadamente. Detestaba tener que esperar y más aún después de un agotador vuelo de casi ocho horas.
Mientras esperaba en esa interminable fila, me encontré con personas de diferentes partes del mundo. Me sentía impresionado, ya que era la primera vez que viajaba a otro país.
Minutos más tarde, llegó mi turno y un agente de migración me atendió. Le entregué mis documentos y los revisó detenidamente. Observé cómo tecleaba algunas cosas en el ordenador frente suyo y luego dirigió su mirada hacia mí, comenzando a realizar algunas preguntas. Contesté sin mayor dificultad. Después, tomó un sello entre sus manos y lo estampó en una de las hojas de mi pasaporte antes de devolvérmelo.
-Bienvenido, disfruta tu estancia -dijo de forma seca aquella señora a lo que me limité a sonreírle.
Seguí mi camino y vi a mi madre esperándome. Me acerqué a ella y juntos caminamos por el aeropuerto, que parecía inmenso, hasta llegar a la zona de recogida de equipaje. Enseguida identifiqué nuestras maletas y me acerqué a la cinta eléctrica para recogerlas. Una vez con nuestro equipaje en mano, caminé junto a mi madre hacia la salida del aeropuerto. Había muchas personas fuera, esperando con emoción la llegada de sus seres queridos. Algunas personas se abrazaban, otras incluso lloraban de felicidad al reunirse nuevamente.
Debería haber alguien esperándonos para recogernos, así que buscamos entre la multitud a esa persona. Y allí estaba, un hombre canoso sosteniendo un letrero con el nombre de mi madre. Nos acercamos a él y amablemente se ofreció a ayudarnos con nuestro equipaje.
Una vez que estábamos listos, el auto arrancó y nos llevó a lo que sería nuestro nuevo hogar. Miraba atentamente por la ventana del coche las calles casi vacías, ya que era de madrugada.
Rápidamente saqué mi teléfono. Quería comunicar a mis amigos y familiares que habíamos llegado sanos y salvos, pero me di cuenta de que no tenía señal. Mi operadora no funcionaba en este nuevo lugar y eso me dejó completamente incomunicado. Chasqueé la lengua y fruncí el ceño, sintiéndome desanimado e frustrado. Guardé el teléfono en mi bolsillo y me dediqué a contemplar el paisaje a través de la ventana. La situación empezaba a afectarme.
Mi madre, que me había estado observando de reojo, tomó mi mano con delicadeza, provocando un sobresalto en mí. Dirigí mi mirada hacia ella y mi semblante se suavizó un poco. Ella sabía lo difícil que esto era para mí.
-Tranquilo, cariño, todo estará bien -expresó débilmente mientras sonreía.
Le respondí con una sonrisa y me di cuenta de que tenía que ser fuerte. Sabía lo mucho que mi madre había luchado por esta gran oportunidad y no podía permitir que mis preocupaciones arruinaran su esfuerzo.
Aquel gesto y las palabras reconfortantes de mi madre me tranquilizaron un poco. Seguí observando el paisaje urbano iluminado por las luces de la ciudad.
En ese momento, me pregunté si realmente mis amigos y mi familia me extrañarían, porque yo sí los extrañaba.
El auto se detuvo frente a un edificio no muy alto, de unos quince pisos. El chofer nos abrió la puerta y ayudó a mi madre a bajar. Tomé mi mochila y salí del auto, observando detenidamente el edificio y sus alrededores. Siendo casi de madrugada, la calle estaba completamente vacía.
Una vez que bajamos el equipaje, mi madre se despidió del chofer y le entregó algunos billetes. Yo estaba absorto en mis pensamientos cuando su mano se posó en mi hombro. Volteé para mirarla y ella me sonrió. Luego hizo un gesto para que entráramos.
Tocamos el timbre y un señor nos atendió, preguntando qué se nos ofrecía.
-Buenas noches, señor, mi nombre es Angelina Gaitán y él es mi hijo, somos...
-¿La señora Gaitán? -interrumpió aquel señor-. Claro, ustedes son los nuevos vecinos del 201, ¿cierto? -mi madre afirmó con la cabeza.
-Por supuesto, les estaba esperando, adelante.
El señor nos permitió entrar y nos ayudó con las pesadas maletas. Subimos al segundo piso mientras él nos acompañaba. Luego le entregó unas llaves a mi madre.
-Bienvenidos a su nuevo hogar. Por cierto, mi nombre es Alex, estoy a su disposición para lo que necesiten.
Dicho esto, se despidió y se marchó.
-Vamos, mi niño, entremos -mi madre me llamó mientras abría la puerta.
Cuando lo hizo, quedé boquiabierto al ver el interior de aquel departamento. Tenía suelo de mármol y las paredes estaban tapizadas en colores elegantes.
Una gran sala con un televisor enorme, un comedor para seis personas muy elegante con un candelabro sobre él. La cocina era sumamente amplia, con una isla en el centro, totalmente equipada, el sueño de cualquier persona. Había más puertas y un pasillo que seguramente conduciría a las habitaciones. Sin duda, aquel lugar era un paraíso.
-Bienvenido a nuestro nuevo hogar -dijo mi madre con una sonrisa en el rostro.
Ayudé a llevar nuestras cosas al departamento y observé detalladamente cada rincón de aquel lujoso lugar. Cuadros decoraban las paredes, candelabros colgaban del techo, había plantas y grandes tapetes que combinaban con el ambiente.
Tenía sed, así que fui a la cocina en busca de algo para beber. Me encontré con un refrigerador de dos puertas con una pequeña pantalla. Al abrirlo, descubrí que estaba repleto de comida.
Tomé una botella de agua y cerré la puerta. Según mi madre, se habían encargado de hacer las compras por nosotros. Lo mejor de todo era que ella no tendría que pagar nada, ya que el alquiler era cubierto por la empresa. Así que solo tendríamos que preocuparnos por la despensa, ya que tampoco pagaríamos por agua, luz ni internet. Ni en mis sueños más locos podría imaginar vivir en un departamento tan lujoso.
En la mesa del comedor había un pequeño cartel que decía "Bienvenidos", acompañado de una botella de vino, aperitivos y algunos documentos para mi madre.
El cansancio empezaba a apoderarse de mí. Había sido un viaje largo, casi un día entero sin poder dormir. Un bostezo se escapó de mi boca.
-Vamos, cariño, hay que descansar. ¿Quieres conocer tu habitación? -preguntó mi madre y yo asentí.
Me guió por el pasillo y se detuvo frente a una de las puertas.
-Ábrela -me dijo.
Tomé el picaporte y lo giré. No podía creerlo, mi habitación era simplemente maravillosa. Una cama queen size en el centro, dos mesitas de noche, un amplio armario, un tocador con un gran espejo, un televisor y un sillón frente a él. También había una estantería para libros y un escritorio.
Quedé fascinado, nunca creí tener algo así. El lugar estaba bien iluminado, pintado con colores pastel. Pero lo que más llamaba miatención era el gran ventanal que daba a una especie de terraza.
Mi madre me observaba con una sonrisa radiante en sus labios.
-Sabía que te encantaría -dijo con amor.
Ella había visitado este lugar antes para conocer las instalaciones de su nuevo trabajo como directora general y para elegir nuestra nueva casa de entre las opciones que le habían ofrecido.
-Es... simplemente maravilloso -exclamé emocionado.
-Me alegra saber que te gusta. Quiero que te sientas cómodo y feliz aquí, que este sea nuestro hogar.
Se sentó en la cama y me hizo un gesto para que me sentara a su lado. Me acerqué y me dejé caer, la cama era tan acogedora como una nube suave.
-Sé que esto no ha sido fácil para ti. Quiero agradecerte por todo el esfuerzo que has hecho por mí -acarició mi mejilla con ternura-. No es fácil comenzar de nuevo en un lugar desconocido, lejos de toda nuestra familia y amigos. Pero sé que juntos lo conseguiremos. ¿Crees que podrás adaptarte?
Asentí con determinación.
-Me alegra escuchar eso, mi niño. Vamos a descansar, ya que en pocas horas amanecerá. -Me dio un beso suave en la frente-. Descansa, mi amor.
Salió de mi habitación y me quedé tumbado en la cómoda cama, contemplando el techo sin pensar en nada en particular.
¿Cómo había cambiado mi vida en tan poco tiempo?
Era algo que nunca imaginé. Sabía que existía la posibilidad de mudarnos aquí, pero no estaba del todo preparado para ello.
Poco a poco, el sueño se apoderó de mí hasta que perdí el conocimiento.

Cuando los rayos del sol comenzaron a molestar mis ojos, los abrí lentamente, acostumbrándome a la luz del día. Me froté los ojos con las manos y me senté en la cama, observando fijamente un punto en la habitación sin pensar en nada en absoluto. Cogí mi teléfono para ver la hora y vi que ya era mediodía exactamente.
Me miré a mí mismo en el espejo y me di cuenta de que me había quedado dormido con la ropa del día anterior, incluso con los zapatos puestos.
Decidí buscar un baño para darme una buena ducha, ya que realmente lo necesitaba. Había otra puerta en la habitación que desconocía. Giré el pomo y me encontré con un baño espectacular. El suelo era de baldosas blancas, había una bañera, un espejo enorme. Me sorprendí gratamente, nunca pensé que tendría algo así.
Abrí el grifo de la bañera y añadí un poco de burbujas de jabón. Me desnudé y entré. El agua templada relajó cada músculo de mi cuerpo.
No podía procesar completamente todo lo que estaba viviendo. Parecía un sueño. Nunca pensé que viviría en un lugar tan lujoso, en un país completamente diferente al mío. Tener que dejar atrás a mis amigos y a mi familia fue difícil, pero también estaba emocionado ante la perspectiva de descubrir un nuevo lugar y conocer gente nueva. Me sentía agradecido por esta maravillosa oportunidad que la vida nos había brindado.
Escuché a mi madre llamar a la puerta y avisando que me preparara, que en diez minutos alguien vendría a recogernos para llevarnos a algún lugar, aunque no logré escuchar bien cuál.
Salí del baño con una toalla alrededor de mi cintura y pasé frente a uno de los espejos de la habitación. Me detuve para observarme durante unos minutos. Tenía un cuerpo de complexión normal, con un pequeño vientre, piernas y brazos largos.
Era alto, con una altura de 1.88 metros, de tez morena clara y cabello negro azabache. Aunque no era gordo, siempre me sentía inseguro con mi aspecto físico. Simplemente me veía de complexión normal, osea ni delgado, pero tampoco gordo, al menos así me decían mi madre y mis amigos, pero yo sentía todo lo contrario siempre decían que me veía bien, pero muy a pesar de eso, me sentía inseguro con mi cuerpo. De niño, siempre fui regordete y los malos comentarios de esa época habían dejado una huella en mi presente. Sin embargo, conforme fui creciendo, bajé de peso hasta tener el cuerpo que tengo ahora.
Odiaba el ejercio o todo lo que tenga que ver con actividad física. Recordaba las veces en que mi amigo César me animaba a hacer algo de actividad física, pero nunca lo logró. Simplemente acudía a verlo en sus entrenamientos junto con mi otro mejor amigo Daniel quien era igual a mi, odiabamos el ejercicio.
Me vestí y peiné mi cabello para salir de mi nueva habitación. Mi madre me esperaba sentada en uno de los sillones de la sala, mirando algo en su teléfono. Había olvidado que teníamos internet aquí y decidí conectarme.
Cuando me vio, me regaló una sonrisa llena de amor. Se levantó y me abrazó, dándome un beso en la mejilla.
-¿Estás listo? -preguntó emocionada.
Asentí, sintiéndome un poco nervioso pero al mismo tiempo emocionado por lo que nos esperaba.
-Vamos, cariño, nos están esperando afuera.
Salimos juntos del edificio, donde un hombre nos esperaba. Saludó a mi madre, parecían conocerse. Luego dirigió su mirada hacia mí y me saludó amablemente antes de invitarnos a subir al auto.
Mi madre y aquel hombre, llamado Roberto según alcancé a escuchar, charlaban y reían, hablando sobre nuestro viaje y nuestra vida en nuestra ciudad natal.
Mientras tanto, yo miraba por la ventana del coche, maravillado ante cada rincón de la ciudad. Era mucho más grande que mi ciudad natal y se veía tan lujosa. Había amplias áreas verdes y parques públicos que destacaban entre los imponentes edificios.
Pero lo que más me llamó la atención fue cuando al fin pude ver el mar a lo lejos. Quedé sin aliento contemplando el infinito de sus aguas. Era la primera vez que veía el mar y me invadió una sensación de asombro y felicidad.
Empezaba a gustarme esta nueva vida. Aunque al principio me sentía un poco aprensivo, ahora veía que sería fácil adaptarme a este nuevo entorno.
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