Dos meses después
—Aibek, quédate quieto. Así no puedo ponerte el pañal.
—Ha batallado bastante para aprender a hacer este tipo de cosas, pero es rápido.
—Lo he notado —dije mirando a Otabek, el cual me acompañaba a mirar a Yurio interactuar con su bebé.
Victor apareció detrás de nosotros, tocó mi hombro y me voltee.
—¿Estás listo?
—Para ti, siempre.
Antes de salir, le indiqué a Otabek donde se encontraba todo lo que llegaran a necesitar, y en caso de cualquier cosa, que me llamaran. Tanto Yurio como Otabek asentían repetidamente y me empujaban para que saliera pronto.
Victor corrió a abrirme la puerta del auto para que tomara asiento, y como agradecimiento, besé su mejilla antes de entrar.
—¿Playa o campo?
Llevé mi dedo índice sobre mi boca de forma pensativa.
—Playa.
—¡Buena decisión!
Sin más, nos dirigimos hacia la costa por el día.
Victor me había invitado como a un tipo de "cita" simplemente porque sí, y era un gesto que me ponía a suspirar como un loco enamorado, pero a la vez me preocupaba. No es que creyera que Victor es del tipo que no hace ese tipo de detalles o algo similar, es solo que, realmente me había agarrado por sopresa, y aquello me hacía creer que había algo oculto detrás de eso.
Pusimos una radio cualquiera y comenzamos a cantar todas las canciones de las cuales tuviéramos conocimiento.
Íbamos con calma, ya que cada segundo juntos valía oro sin importar qué fuera lo que estuviéramos haciendo.
Colgué mis zapatillas en mis dedos y dejé que mis pies tocaran la arena tibia mientras caminábamos sin rumbo alguno por la playa poco habitada dado que era día de semana entrando al invierno.
—¡Yuuri, están vendiendo helados allí!
Comenzamos a correr como dos idiotas dado que la arena dificultaba nuestros pasos.
—Uno de menta y otro de frutilla, por favor. —dijo entregando el dinero correspondiente, para luego voltearse y regalarme una linda sonrisa.
Recibí el helado de frutilla y comenzamos a caminar de vuelta hacia el auto.
Tomados de los meñiques, reíamos por las cosquillas que producía la arena entre los dedos de nuestros pies.
Victor me pasó su helado y sostuve ambos en cada mano, para finalmente sentir como sus manos tomaban mis caderas y me levantaba hasta quedar sentado sobre el capot del auto. Victor se acomodó a mi lado, nos quedamos mirando el color naranja del cielo mientras nuestros dedos se entrelazaban.
—Yuuri, hay algo que quería decirte —volteó su rostro para mirarme—, mejor dicho, preguntarte.
«Sabía que algo no estaba bien...»
—Soy todo oídos. —dije sonriendo con disimulo.
—No sé por donde comenzar —rió con un deje avergonzado—. La cosa es que, bueno...
—Victor, tranquilo.
—Es complicado.
—Lo aceptaré.
Acaricié su mejilla con lentitud y tranquilidad.
—Ya llevamos once años juntos, es bastante, lo sabes.
—Así es.
—Hemos vivido un montón de cosas juntos, como nuestras primeras veces y así —rascó su mejilla—. También nos hemos limitado a tener momentos que personas comunes han logrado tener dentro de su soltería.
«¿S-soltería?»
Mi estómago se hizo un nudo extremadamente apretado y doloroso.
—Nos enamoramos a una edad bastante temprana, y claro, no es necesario explicarlo, lo sabes bien.
Asentí con miedo a moverme. Sentía que cualquier acción que mi cuerpo produciera, haría que mis sentidos explotaran y mil gotas saldrían de mis lagrimales.
—Los amigos que alguna vez tuve, siempre me hablaron y comentaron sobre lo bien que lo pasaban en soledad, sin un amor romántico que los abrazara por las noches, que besaran sus labios y sintieran el mundo desvanecerse por ello.
«Ya está... se acabó».
Con la manga de mi suéter evité que la primera lágrima se asomara por mi ojo, pero las demás comenzaron a salir sin mi consentimiento, y de un momento a otro, tenía ambas manos intentando detener el desesperante llanto.
—Yuuri...
+Continuará
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