Capítulo 8: Carlos
Cuando Carlos abrió los ojos, no pudo evitar sorprenderse. Estaba en una habitación blanca, acostado en una camilla. Un hombre entró a su habitación.
—¿Carlos Pérez Marco?
—Sí... ¿Qué ha pasado?
—Tuvo un accidente haciendo esquí.
—Magí me mata...
—Ahí fuera hay una chica morena esperándole.
—¿Una chica morena?
—Sí. Una chica con el pelo negro, hasta el hombro, bastante morena. Parecía nerviosa.
—¿Puede decirle que pase?
—Ahora mismo voy —el hombre se marchó.
Pasó apenas dos minutos, hasta que escuchó unos pasos.
Sofía entró en la habitación del hospital. Llevaba un bolso en la mano y tenía el semblante preocupado.
—Carlos... Estaba muy preocupada.
—¿Estoy bien?
—Tendrás que llevar escayola unas dos semanas. Casi te rompes la pierna.
—¿Fue culpa mía?
—No del todo, tranquilo. Había una roca que no viste y caíste mal.
—¿Lo sabe Magí?
—¡Pero bueno, cuántas preguntas!
—Sofía... Si Magí lo sabe, me querrá matar.
—Aún no lo sabe, pero se va a enterar. Recuerda que tenéis concierto hoy. No te puedes esconder para siempre.
—Soy hombre muerto —gimió, asustado.
El móvil de Sofía empezó a sonar dentro de su bolso. Ella rebuscó hasta encontrarlo. Miró el identificador y resopló.
—Es Magí—informó.
—No contestes.
—Lo siento, pero tengo que hacerlo.
Carlos metió la cabeza en su almohada, llorando en silencio. No era una novedad que no tenía buena relación con Magí.
—¿Magí?
—¡Sofía! ¿Dónde coño estáis?
—Te vas a reír...
—¿Dónde estáis?
—En el hospital.
—¡En el hospital! ¿Qué estáis haciendo ahí?
—Carlos ha tenido un pequeño accidente.
—¿Carlos? ¡Yo lo mato!
—A ver, Magí, tranquilo. Sólo son dos semanas de baja. Podrá cantar aunque sea sentado.
—¡Dos semanas! Vosotros queréis matarme.
—Tranquilo, Magí. Todo saldrá bien.
—¡Vamos para allá!
—Pero... Magí...
—¡He dicho que vamos para allá! —y le colgó.
—¿Se ha enfadado mucho?
—Bastante. Viene para acá.
—¿Qué? ¡Me va a matar!
—Tranquilo, Carlos. ¡Mira! Te he traído chocolate... —cantó tratando de animarlo.
—¡Chocolate! —los ojos de Carlos se volvieron brillantes.
—Sí... Así pasarás el rato y te entretendrás mientras no te den el alta.
—¿Y por qué no lo habías dicho antes?
—¡Porque no dejabas de preguntarme! —rió.
—Cierto —puso su mejor cara de pensativo—. ¿Me vas a dar o...?
—Claro —sacó de su bolso una tableta de chocolate y se la pasó.
Carlos la cogió y la abrazó, como si fuera una persona.
—Huele tan bien...
—Eres un poco rarito, lo sabes, ¿no?
—Me da igual. ¿Es qué tú no eres amante del chocolate?
—Carlos... Adoro el chocolate, pero no estoy obsesionada. Como tú.
—Como ya he dicho, me da igual. Toma —le dio dos pastillas de chocolate.
—¿Te has desecho de dos para dármelos a mí?
—Considérate afortunada. Me caes bien, y no se lo doy a todos. Creo que eres especial.
—¿Crees que soy especial?—Sofía se puso roja cual tomate.
—Pues claro. No todos se preocupan por mí. La mayoría se burlan de mí, o me odian, como es el caso de Magí.
—Pues a mí me caes genial. Es cierto que estás un poco loco, pero eres un gran chico.
—¿Eso es un tatuaje?—preguntó Carlos, cambiando de tema.
—Eh... sí.
—¿Y tu padre no te mató cuando te lo hiciste? Parece bastante sobreprotector.
—Por eso es tan pequeño. Para que no se diera cuenta.
—¿Se enteró? —comió otro trozo de chocolate, interesado en la historia.
—Sí... Menos mal que mi madre era comprensiva y ayudó a calmarlo.
—Por cierto, ¿dónde está ella?
—Ella... murió hace dos años.
—Lo siento. No he debido mencionarla...
—Tranquilo —sonrió tristemente.
—¿Qué pasó? Dilo solo si estás lista.
—El embarazo era muy peligroso, pero ella quiso seguir con él. El parto fue complicado...
—Dios... Lo siento, Sofía.
—No importa —soltó una lágrima.
—Ey... No llores... —le quitó la lágrima.
—No, déjalo.
—¿El embarazo era... el de Luna?
—Sí... Cambiamos a una rubia por otra.
—Ya me extrañaba que no os parecíais.
—Pues claro. Ella es igual a mi madre.
—¿Tu tatuaje es de Harry Potter? ¡Es igual que el mío!
—¿También es de las reliquias de la muerte? —sonrió, contenta de la habilidad de Carlos de cambiar de tema con facilidad.
—¡Sí! Es mi película favorita de todos los tiempos.
—Yo adoro Harry Potter, pero mi peli favorita es sin duda "Harry Potter y la Piedra Filosofal". Es la mejor.
—Lo discutiremos en otro momento.
—Sí... Tampoco creo que éste sea el momento.
—¿Me dejas abrazarte?
—¿En serio?
—Sí, porfa...
—Vale, bobo.
Sofía lo abrazó, divertida. Aquel chico era único.
—Ejem...
Se separaron al escuchar una voz detrás de ellos. Álvaro.
—Ya te puedes ir preparando. Magí está enfadadísimo. Tenéis suerte de que haya encontrado yo antes la habitación —él entró como si nada.
—Mierda... Estoy muerto.
—¡Carlos Pérez Marco! —entró Magí, más enfadado de lo que cabía esperar.
—Magí, por favor... Juro que no ha sido culpa mía.
—¿Qué no ha sido culpa tuya? ¡Te mato! ¡Y encima esta noche tenemos concierto!
—Eso no importa. Puedo estar sentado en un taburete.
—¿Cómo vamos a sacarte de aquí? Hay un tumulto de fans en la puerta del hospital.
—Seguro que hay puerta trasera. Y ya verás como nos ayudan.
—Dios... Dame paciencia, porque si me das fuerzas lo mato —susurró Magí, muy enfadado.
—Magí... De verdad que no ha sido culpa de Carlos. Ha sido un pequeño desliz. Todo estará bien.
—Un día de éstos encontraré una razón para matarte, Pérez. De momento, tenemos que marcharnos. Te dejan salir antes.
Sofía ayudó a Carlos a levantarse. Todos se dispusieron a salir por la puerta de atrás del hospital.
—Vamos, vamos, vamos... Darle leña al culo.
—Magí, tranquilo. Llegaremos al concierto.
Ya en el lugar del concierto, empezaron a prepararlo todo.
—¿Te gusta Carlos?
—¿Qué?
Sofía se sorprendió ante la pregunta de Álvaro. ¿Qué más le daba?
—¿Te gusta?
—¡No! Él es solo mi amigo. Estábamos hablando y me dijo que lo abrazara.
—Ya.
—¡Además, tengo novio! Y de todas maneras, ¿a ti qué mas te da?
—Simple curiosidad. ¿Le has dado chocolate?
—Sí... ¿Por?
—Ese ha sido tu peor error. No se te va a despegar en varios días, como no lo pongas firme.
—¿Y eso?
—Adora el chocolate. Ya eres su ídola.
—No, digo que como estás tan seguro.
—Porque el día que lo conocí lo invité a un helado de chocolate. No se me despegó en varios días.
—¿Cuándo lo conociste?
—Hoy estás muy curiosa.
—¡Eh! Tú también has preguntado.
—Vale, vale... —Álvaro rió—. Lo conocí en 2008. Fue al primero que conocí.
—Ah, guay.
Sofía no pudo evitar sonreír. Daba gusto no estar discutiendo con él. Era incluso... agradable.
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