Capítulo 30: De aviones
Álvaro miró de reojo a Sofía. Su relación no pasaba por el mejor momento, todo era demasiado incómodo.
¿La razón? Aquella conversación junto a la playa.
El avión comenzó a despegar. Era hora de volver del paraíso.
La única mala suerte era que tenían asientos contiguos. Dani y Carlos también compartían asientos...
-¿Los ves?
-Sí, pero no hacen nada.
-Sabía que esto no era buena idea, Carlos.
-¿Y qué sugieres?
-No lo sé, pero esto solo está contribuyendo a que no se hablen.
-Tenemos que hacer algo en serio. Esos dos se pasan la vida enfadados.
-Lo mejor ahora es que los dejemos. Eso sí, tenemos que encontrar una manera sutil para que Sofía se dé cuenta de que su novio la está engañando.
-¿Y si se lo mandamos por WhatsApp?
-No creo que eso sea sutil. Y no se lo iba a creer.
-Pues vaya...
Carlos, que estaba aburrido, se dedicó a observar a David. Este estaba dormido al otro lado del pasillo.
-Ni se te ocurra despertarle, que te conozco.
-Me ofendes, Daniel. Con lo bueno que soy...
-Pero durmiendo.
Las casi dos horas que duraba el vuelo se pasaron rápidamente. Sofía se dedicó a estudiar para un examen muy importante que tenía nada más volver a Madrid.
Álvaro se quedó mirando a la nada. Dani trató de dormir, pero al no conseguirlo se dedicó a jugar a las damas con Carlos. Blas y Magí estuvieron pendientes del teléfono para una llamada importantísima. David... simplemente durmió.
Sofía se levantó para ir al baño, despertando a Álvaro de su trance.
-Tienes que hacer algo -le sorprendió ver a Dani enfrente suya.
-¿Qué?
-Que no te quedes ahí parado, Álvaro García-Gango Guijarro. Ve a hablar con ella. Ahora.
-Pero...
-Ahora.
Álvaro se levantó y se dirigió al baño. ¿Pero qué debía decirle? Estaba todo dicho.
-¡Eh! -Blas corrió hacia él, a pesar de estar en medio del avión-. Dale un ultimátum.
-¿Qué haga qué?
-No mereces seguir sufriendo. Dile que le das una semana para pensárselo, y después deberá elegir. Él o tú.
-Eso es de tontos. Está claro que lo elegirá a él.
-Nunca se sabe.
Blas se marchó, dejándolo más confundido de lo normal.
Fue a entrar, pero se chocó con alguien... Sofía.
-¿Qué haces? -Álvaro se la quedó mirando, sin saber que decir-. ¿Vas a entrar al baño o no?
Álvaro negó con la cabeza, sin hablar. Sofía iba a preguntar, pero Álvaro la cogió del brazo y la metió al baño de nuevo.
-¿Qué estás haciendo? Voy a gritar.
-No voy a hacerte daño, tranquila. Solo quiero hablar.
-Ya lo hemos dejado todo claro.
-Falta una cosa -dijo negando con la cabeza.
-¿El qué? -preguntó con el corazón acelerado.
-Te voy a dar una semana, ¿vale? En esa semana, que coincide con nuestras mini-vacaciones, te lo pensarás. Pensarás en quien te gusta más, o lo que sea que te confunda. Nos veremos en Ciudad Real, para el concierto.
-Pero yo...
-Me da igual, te dejo esta semana.
Álvaro volvió a su asiento, pero Sofía aun se quedó un poco más en el baño tratando de asimilarlo.
-¿Qué le has dicho? -se interesó Carlos.
-Que tiene una semana para decidir.
-¿Qué? No me digas que le has dado a elegir.
-Sí. Necesito hacer mi vida, y quiero saber si ella formará parte o no.
-Tú verás, pero yo lo veo una tontería.
-Pues eso es nuevo. Normalmente tú las haces.
Se encendió el aviso de aterrizaje. Sofía volvió a su sitio y continuó estudiando, pero esta vez mirando disimuladamente a su vecino.
Era totalmente cierto que no sabía que hacer. ¿Elegir a José o a Álvaro?
José era cabezota y algo hipócrita, pero estaba muy bueno. Y lo más importante, le daba seguridad y estabilidad. Luego estaba Álvaro. Era atento y cariñoso, sin mencionar lo bueno que estaba. Pero era cantante, una profesión que no requería estabilidad precisamente.
Estaba dentro de un triángulo amoroso del que no sabía cómo salir.
Juan había ido a recoger a su hija y a Auryn al completo. Cual fue su sorpresa al encontrarse el aeropuerto petado de fans deseosas de ver a sus ídolos.
-Ven Luna, vamos por esta esquina.
Llevó a su hija a rastras para encontrarse con los chicos. Estaban en la zona de recogida de equipaje, teniendo serios problemas para encontrarlo. Solo Dani tenía ya su maleta, mientras el resto se esforzaban en encontrar la suya.
-Deberían tirar las maletas más rápido. La cosa esta va muy lenta.
-Carlos, tranquilo. Seguro que aparecerá.
Sonó un grito victorioso. Blas había localizado la suya y la sacó de la máquina. David la encontró posteriormente y Magí casi a la vez.
-Esto es una broma...
-Tranquila, Sofía. Seguro que aparecerá -Carlos imitó lo dicho por ella antes.
-Ja, ja. No tiene gracia.
-Pues si que... ¡Eh! ¡Esa es mi maleta!
Todos miraron donde él señalaba. En efecto, una señora mayor se estaba llevando la maleta de Carlos. Como no podía ser de otra manera, echó a correr para detenerla.
-¡Oiga, señora!
-¿Qué dices, hijo?
-Yo no soy su hijo, eso lo primero. Y segundo, no sé si será consciente de que se está llevando mi maleta.
-¿De qué estás hablando? Esta maleta me la regaló mi marido cuando llevábamos 10 años de casados.
-Siento diferir, pero eso no es así. Esta maleta me la compré a mí mismo para Navidad, no tiene ni un año. Y por si quiere comprobarlo, en esta etiqueta pone Sr. Carlos Pérez Marco. No creo que usted se llame así.
Todos observaban el monólogo que le estaba montando a la pobre anciana.
-Usted máximo puede llamarse Carla, pero no Carlos. ¿Entiende? Yo me llamo Carlos y usted, Carla.
Lo decía lentamente, como para que se lo aprendiera de memoria. Esto hacía que el resto se partieran de risa por la conversación.
-Yo creo que te estás equivocando, hijo. Yo me llamo Ruperta, no Carla.
-¿Lo ve? Yo sí me llamo así, por lo tanto la maleta es mía.
-¿Te llamas Carla? Menudo mariquita.
Esto fue suficiente. Si antes se estaban riendo, ya no podían ni sostenerse en pie. Hasta Magí había empezado a reírse.
-¡Me está hartando ya, maldita vieja!
-Deberíamos hacer algo.
-Dejadme, ya lo arreglo yo.
Álvaro se acercó hasta ellos, donde Carlos parecía estar a punto de descargar toda su ira.
-Disculpe, señora -logró atraer su atención-. Siento molestarla de esta manera, pero creo que esta maleta pertenece a mi amigo. Puede ser que se haya equivocado, ya que hay otra maleta exactamente igual que su hijo acaba de sacar.
-Oh... Lo siento mucho, joven, confusión mía.
Y se marchó tan pancha, mientras Carlos hervía de ira.
-Ya está, Carlos. Ya pasó.
Tras el pequeño incidente, cada uno se fue a su casa, para disfrutar de la semana de vacaciones que tenían.
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