Capítulo 11: Vergüenza compartida

Sofía bajó las escaleras de la autocaravana. Estaba somnolienta, no había dormido desde la conversación con Cristina.

—Hola, chicos... —se sentó en el taburete.

—Hola, morena. ¿Cómo vas?

—Algo cansada. Y encima ahora tengo clase.

—Qué caca de clases particulares...

—No lo sabéis vosotros bien —se detuvo, pensativa. Al rato, reacciona y se dirige a su tazón.

Todos la observaron. Blas y Carlos casi no podían aguantar la risa por lo ocurrido, y Álvaro, la vergüenza.

—Álvaro, ¿te importa pasarme el ColaCao?

Lo pilló por sorpresa. En lugar de hacerle caso, se marchó. No podría mirarla a la cara en mucho tiempo.

—Gracias por tu ayuda —se estira y consigue su ColaCao—. ¿Y a este qué le pasa?

Blas y Carlos no podían más. Estallaron a carcajadas. Los otros tres los miraron, desconcertados.

—Está claro que sabéis algo... ¿Qué pasa, chicos?

—No... no pasa nada. En serio.

—Blas Cantó Moreno. Dime que pasa ya.

—Vale, espera un momento... ¡Luna! Ven aquí, cielo.

Se quedaron mirando como Luna entraba a la cocina, aún con su pijama.

—Mejor que te lo cuente ella. Anda, díselo.

Luna miró a su hermana, y sin dudarlo, repitió, cual loro la frase que se sabía de memoria. La cara de Sofía iba pasando del desconcierto a la vergüenza. Las de Dani y David... Se estaban partiendo el culo.

—No me lo puedo creer. ¿Cómo se lo has podido contar?

Luna se encogió de hombros. Total, ella tenía dos años.

—No me extraña que esté así... ¡Dios, menuda vergüenza!

—Vas a tener que hablar con él. Está paralizado desde que tu hermana se lo contó.

—Uy, sí. El sueño de mi vida es enfrentarme a él tras lo ocurrido. Mejor ve tú, que eres el psicólogo.

—Oye, es tu fantasía sexual. Te encargas tú, guapita.

—¡No es mi fantasía sexual! —gritó, colorada. Todos se reían en su cara—. Sólo dije que me parecía guapo.

—Sí, claro. Y que estaba bueno y tenía buen cuerpo.

—No, no—Carlos rebatió—. Lo de buen cuerpo lo dijo Álvaro de Sofía. Sofía dijo cuerpo escultural.

—¿Qué Álvaro dijo qué?

—Ups...

—Tío, eso era secreto —Blas le dio en el hombro.

—Sofía... ¡Hola...!—Dani pasó su mano por delante de la cara de Sofía. Estaba paralizada.

—Madre mía, ¡qué vergonzosos estáis! ¿No os dais cuenta de que sentís lo mismo el uno por el otro? Dejad de hacer el imbécil y habladlo.

—Definitivamente —se levantó con dificultad—, lo que no me pase con él, no me pasa con nadie.

Caminó fuera de la autocaravana, necesitaba despejarse. ¿Álvaro había dicho eso? Estupendo... Así que él también se sentía atraído por ella. ¿Cómo de complicado puede llegar a ser?

—Sólo espero no hacer ninguna tontería... —susurró.

—¿Estás bien?—preguntó una voz que ya conocía perfectamente.

—Esto... Sí, estoy bien.

—Supongo que te lo habrán contado...

—Sí, me han contado lo que ocurre. Lo siento—se puso roja.

—Debería sentirme halagado, pero no he podido dejar de pensar en ti y en mí...

—Yo tampoco —lo cortó—. Y... sé que tú piensas lo mismo que yo.

—¿Qué?

—A Carlos se le escapó —se encogió de hombros.

—Yo lo mato.

—Déjalo, anda. No se dio cuenta.

—Pero no tiene justificación. Lo dije para que se enteraran ellos dos, no todo el mundo.

—Oye, sería peor si se enterara media España. Para ambos, porque mi novio me mataría.

—Ya, tranquila. Me aseguraré de que no salga de la autocaravana. Tu novio no se enterará de que te atraigo.

Tras estas palabras, Sofía se puso aún más colorada. No era su tema preferido a tratar, y menos con él.

—Debería marcharme...

Dicho y hecho, se marchó y entró de nuevo a la autocaravana. Se cambió y se preparó para dar su clase.

—Ya estás aquí. Eso es nuevo —sonrió su profesor. Era cierto. Siempre era él el que llegaba temprano.

—No tenía ganas de descansar. Estoy lista para comenzar.

—Ese es el ánimo. Bien, hoy toca dar Comunicación y Género...

Sofía prestó atención en las tres asignaturas que le explicaron ese día. No tenía interés en calentarse la cabeza.

—Y con esto acaba la clase de Derecho de la Información —el hombre hizo una pausa—. Te felicito, hoy has estado atenta, participativa y puntual. Ganas puntos con gran rapidez.

—Bueno, estoy en mis clases particulares. Si no prestara atención es para matarme.

—Es que los primeros días estabas muy distraída. Se nota que esos chicos te dan en que pensar.

—En realidad, la diferencia es que a las ocho y media de la mañana rindo mejor que a las seis.

El profesor asintió y se dispuso a marcharse, pero dio media vuelta para hablar con ella.

—Casi se me olvida... La semana que viene tendrás un examen de nuestra primera asignatura.

—Me parece bien —suspiró.

—Recuerda estudiar y dejar de hacer el tonto con esos cinco desastres.

—Lo haré, tranquilo —se rió.

—Te lo digo en serio. Sofía, eres una chica muy inteligente, me lo has demostrado continuamente. No pierdas la cabeza por un chico, ¿sí?

—Sí...

—Buena chica.

Cuando escuchó la puerta de la habitación cerrarse, abrió los libros de nuevo. Lo leyó todo varias veces.

—No de la manera que él piensa, pero estoy perdiendo la cabeza por un chico...

Estudió un buen rato. Que no hubiera ruido en ese lugar era raro. ¿Dónde estaba todo el mundo?

—¡Hola!

Sofía casi se cayó de la silla por la impresión. Este chico no era normal...

—¡Carlos, joder! ¿Quieres matarme?

—¿Es una opción?—la miró, arqueando las cejas.

—No, no lo es. Quiero morir vieja. Gracias...

Le sacó la lengua y ella le respondió. Él se la quedó mirando mientras ella trataba de concentrarse. Al final, lo miró de igual manera, algo enfadada.

—¿Qué quieres?

—Me gusta mirarte —se encogió de hombros.

—Pues mírate el culo y déjame en paz.

—No era eso lo que quería decirte... Es que han venido unas amigas de visita. Y queríamos presentártelas.

—¿Te han dicho alguna vez que eres la persona más pesada sobre la faz de la Tierra?

—¡Sí! —dijo con alegría.

—Anda, presentame a tus amigas.

—Voy. ¡Chicas, pasad!

Sofía se sorprendió al ver quienes entraron.

La primera en entrar tiene el pelo liso, mitad rubio mitad rosa. La siguiente tiene la raíz castaña y el resto del pelo rubio. La última tiene el pelo azul por completo.

Se quedó con la boca abierta. No se lo podía creer...

—¡Sweet California!

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