Capítulo 37
–Carlos, se que todo lo que te cuente va a sonar a cuento chino, pero de verdad, no me voy a inventar nada.
Charlie asintió y esperó a que Blas comenzase a narrar, pero este estaba totalmente en silencio mirando al suelo como si fuese la cosa más interesante.
–Oye, si no quieres contármelo...
–Necesito soltarlo ya –Dijo Blas notando que le faltaba el aire.
Carlos tiró de su camiseta y lo tumbó en la cama para así el poder aportar su cabeza en su pecho. Blas sonrió ante el gesto y llevó una de sus manos hasta el pelo del rubio. Comenzó a acariciarle el pelo suavemente, consiguiendo relajarse a si mismo.
–25 de febrero de 1935...
*Flashback*
Un fuerte viento golpeó contra la fachada de una casa, provocando así que una de las ventanas se abriera de golpe, asustando al joven que se encontraba dentro de ella. Aún con el corazón acelerado consiguió cerrar la ventana y volver a sentarse en el escritorio, delante de un papel totalmente en blanco. Miró fijamente el papel sin saber que escribir. Estaba obligado a contestar a la carta que su amigo Miguel le había enviado hacía apenas dos días.
Mojó la pluma en el tintero y presionó la punta contra el papel, haciendo que la tinta pasara de la pluma al lugar donde él quería escribir. Sin si quiera pensar lo que estaba escribiendo, el papel se fue llenando de palabras.
Querido Miguel:
La verdad es que ha pasado una semana sin verte y ya te echo de menos. ¿Cuanto tiempo estarás en Barcelona? Me suena que dijeras que te quedabas más de un mes allí. ¿no hay manera de que se acorte la estancia o de que el tiempo pase más rápido? Te echo mucho de menos, amigo.
Hoy ha habido fusilamiento, habían dos acusados de espionaje y de estar compinchados con Alemania y otro zagal al que han acusado de ser homosexual. ¿Te acuerdas del chico rubio que siempre estaba en el parque leyendo?
¿Qué tal por allí? ¿Cómo están las cosas en Barcelona? ¿Ha habido algún fusilamiento desde que has llegado? Espero que no, no es nada agradable.
Bueno, me despido ya, mi padre debe estar a punto de llegar y no creo que le haga gracia verme escribir en vez de atender la tienda con mi madre.
Tu amigo, Blas.
Finalizó la carta con un punto e inmediatamente la dobló por la mitad para poder meterla en el sobre, que ya tenía escrita la dirección a la que tenía que llegar y la suya, por si había algún fallo.
Bajó corriendo las escaleras y salió corriendo al primer buzón, cuanta menos gente le viera echar esa carta mejor.
Blas vivía en un periodo de guerra donde cualquier rumor absurdo podría costarte la vida. Y la verdad que dos chicos se cartearan sin ser por motivos de trabajo despertaba cierta inquietud entre sus vecinos.
Blas, a sus diecisiete años no había tenido novia nunca, cosa bastante extraña en su época, porque la mayoría de los hijos de sus vecinos prácticamente ya estaban casados. Esto hacía que la gente del pueblo lo mirara mal o cuchichearan cada vez que se lo cruzaban por la calle o entraban en la tienda y él los atendía.
Blas miró a su alrededor antes de tirar la carta para evitar que alguien le viese, pero siempre había alguna cotilla que miraba a través del visillo todo lo que pasaba en el exterior.
Con andares despreocupados y con confianza se dió la vuelta y comenzó a andar, de vuelta a su casa, con esperanza de llegar antes que su padre y así evitar la bronca que le echaría por dejar a su madre sola a cargo de la tienda.
Llegó en a penas cinco minutos y abrió la puerta con cierto temor, pero al ver que nadie le recibía con gritos pudo respirar tranquilo. Pero esa calma a penas duró segundos, su padre se encontraba frente a él con un montón de papeles escritos en una mano y un cinturón en la otra.
–¿Qué te he dicho de escribir, hijo? –Dijo su padre mostrándole las hojas. –Creo que te lo dejé bastante claro la última vez.
Los dientes de Blas castañearon ante la idea de ser golpeado brutalmente de nuevo.
–Lo siento...
–Si lo sintieras dejarías de escribir mariconadas cómo estas. ¿No puedes hacer lo mismo que todos los chicos de tu edad?
–Pero padre...
–Ni peros ni peras. Estoy hasta los cojones de que me recuerden la mierda de hijo que tengo, eres el hazmerreír de todo el pueblo. Nadie te conoce por Blas Cantó, te conocen por Blas Sarasa, algo bastante triste la verdad.
–Yo...
–Blas, yo no te crié para que me salgas poeta como el chico este, Lorca, creo que era. Yo te crié para que pudieras sacar una familia adelante siguiendo el oficio familiar.
–Padre, pero es que no quiero ser panadero toda mi vida... Quiero dedicarme a las letras, quiero ser poeta, quiero...
Pero no pudo terminar de hablar porque su padre le cruzó la cara con el cinturón, dejándole la marca del cuero en su mejilla derecha, la cual ardía y dolía a rabiar.
Blas se tragó el sollozó que amenazó con salir de sus labios, sabía que si hacía el menor ruido su padre se cabrearía más con él y acabaría peor que lo que estaba.
–No me dejas otra opción que usar la violencia, hijo. Pero no cambias tu parecer...
Blas asintió y bajó la mirada totalmente arrepentido, escribía "mariconadas", no hacía caso a su padre y encima no se sentía atraído físicamente por ninguna mujer. Tenía todas las papeletas para ser uno de los siguientes en morir en el pelotón de fusilamiento.
–Es la última vez que te lo digo, deja de escribir y deja de coquetear con los chicos del pueblo, ellos no están enfermos como tú.
–Yo no coqueteo con nadie...
–Y pretendes que me lo crea, te vi con ese amiguito tuyo, Miguel, menos mal que se ha ido a Barcelona durante un tiempo.
Blas no levantó la mirada en ningún momento, como su padre se enterará de que estaba profundamente enamorado de su amigo era capaz de fusilarlo él mismo.
Su amigo no tenía ni idea de sus sentimientos, cosas que facilitaba la relación entre ambos jóvenes, los cuales se habían hecho muy amigos en los últimos meses.
–Estás enfermo, sentirte atraído por alguien de tu mismo sexo... –Dijo el padre acariciando con malicia el cinturón –Con lo bien que se está entre las piernas y el pecho de una buena mujer...
–Padre, no me siento atraído por...
Otro golpe hizo callar a Blas, el cual se esforzó por retener el alarido de dolor que amenazó con salir de su garganta.
–No le mientas a tu padre, Blas, sabes perfectamente que tengo razón.
Blas se quedó totalmente estático mientras veía a su padre romper uno a uno todos sus escritos donde narraba en verso todas y cada una de las historias que se le venían a la cabeza.
Al final blas no pudo retener más las lágrimas y lloró en silencio, viendo como su gran sueño se iba haciendo añicos frente a sus ojos.
–Lo siento padre...
Blas no se atrevió a subir la mirada, su padre acababa de rejuntar todos y cada uno de los trozos de papel, menos una hoja, una hoja que seguía intacta.
–Creo que este poema le haría gracia a tu amiguito, creo que merece verlo.
Blas subió la mirada rápidamente y leyó el título del poema, justamente ese no... Fantasía de Amor.
–No, por favor...
–Creo que no sólo debería verlo tu gran amigo, debería conocerlo todo el barrio, ¿no crees?
Blas negó repetidamente dejando que las lágrimas fluyeran por sus mejillas.
–Padre, por favor, no lo hagas... ¡Me mataran!
–Lo siento hijo, pero es lo que debo hacer...
–¡Para! ¡No! Por favor...
Blas cayó de rodillas y le suplicó que no saliera a la calle, como algún policía escuchara el poema lo matarían y era muy joven...
–Padre, de verdad, atenderé la tienda con madre, dejaré de escribir y buscaré esposa, pero por favor no lo recites...
–No hará falta que yo salga a recitarlo, la persona que quería que lo leyese ya lo ha hecho y doy por hecho que te ha delatado a las autoridades.
Blas tembló de puro miedo y miró a su padre con ojos temerosos.
–Tu amiguito del alma, ese que te prometió que no te iba a fallar nunca... Que irónico, ¿no? Te acaba de entregar a la muerte.
El padre de Blas se rió con malicia y le tiró el poema a la cara a la vez que le abría la puerta a dos policías, que en seguida cogieron, exposaron y se llevaron a Blas.
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