42._ En un Pueblo Lejano, una Fuente Negra (1/4)


El paisaje pasó de verdes prados a deprimentes pampas con poca vegetación y varias montañas. Las planicies desaparecieron y dieron paso a las pendientes. La temperatura bajó a medida que avanzaban.

—Malditas ruinas, no podían estar en un lugar más agradable— se quejó Érica por enésima vez —¿A dónde vamos?

—A un pueblo pequeñito entre las montañas— indicó Arturo.

—¡Oh, me encantan los pueblos chicos!— exclamó Liliana— La gente suele ser amable, todos se conocen entre sí... lo malo es que casi nada es secreto, así que Érica, por favor no hagas algo muy malo.

—¿De qué hablas? ¡Yo siempre soy una niña buena!

Liliana y Arturo se miraron, extrañados. No supieron qué decir.

—¡Era broma!— alegó.

Sus amigos suspiraron, algo aliviados.

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En poco tiempo llegaron a Tentorrí, un pueblo en medio de la nada, de casas y edificios feos, calles embarradas, baja temperatura todo el año y gente con cara de pocos amigos. Tentorrí era pequeño, se podía cruzar de un extremo a otro caminando con toda calma en menos de una hora. Los niños se dirigieron a la única posada del lugar. Al entrar, se la encontraron casi completamente vacía. Además del posadero y su joven asistente, que en ese momento limpiaban las mesas, había un hombrecito en la barra, con un trago dejado a medias para revisar su mochila.

Los niños fueron a pedir una habitación. Érica y Arturo quisieron irse cuanto antes, pero Liliana prefirió quedarse, curiosa ante la ausencia de gente. Sus amigos la acompañaron. Así, los tres se sentaron a dos puestos de distancia del hombrecito.

Érica lo examinó de reojo, era de una especie que no había visto hasta el momento; su cabeza y sus manos eran grandes en proporción a su torso, su estatura no sería mayor a un metro, sus patas eran cortas y sus ojos grandes lo hacían parecer un niño. Similar a los lúmini, pero le faltaba ese brillo de superioridad. Su piel tampoco era amarilla, sino verde claro, como las manzanas ácidas.

—Sí, sí ¿Qué se les ofrece?— preguntó el posadero, acercándoseles con mala gana.

—Quisiéramos información— indicó Liliana— ¿Por qué hay tan poca gente?

—¿Pasó algo malo?— inquirió Arturo.

El posadero pareció sorprenderse, pero contestó de todas maneras.

—Pues... sí...— se les acercó para hablar bajo, aunque casi no había nadie en el salón— dicen que hace dos días vieron a cierto monstruo a unos kilómetros del pueblo.

Érica frunció el ceño, extrañada.

—¿Y qué hay de malo con eso? En el viaje hasta aquí cazamos a unos seis.

—Cinco— le corrigió Arturo— el bilantruco se cayó con las alas enredadas y murió solo.

—¡Igual, era nuestra cuerda!— alegó Érica.

—Oigan, el señor no ha terminado— los interrumpió Liliana.

—Ah, claro, lo siento.

Mas el noni los miraba con cierta alegría.

—Ah ¿Entonces ustedes son cazadores?— preguntó— Porque el monstruo que se vio a lo lejos no era cualquier monstruo. Parecía un noni, pero sin carne ni músculos, con los dedos largos como espadas y la piel negra como el petróleo.

Los niños abrieron los ojos como platos al reconocer esta descripción.

—¡Un territi!— exclamaron a coro.

El posadero asintió.

—Eso explica que no haya nadie— comentó Liliana.

—¿Pero no están seguros? ¿Solo son rumores?— reclamó Arturo.

—Admito que es posible que cualquiera venga un día y diga que hay un territi, quizás en un pueblo normal no le creerían, pero aquí es distinto.

El noni les pidió que lo esperaran un momento con un gesto de la mano y se fue a la bodega a buscar algo. Cuando regresó, trajo un mapa en sus manos, que dejó sobre la barra y se los mostró. No era un mapa holográfico, sino uno de papel, como los que ellos conocían. Era antiquísimo y las miles de arrugas lo habían deteriorado, pero aún se podían identificar los lugares en su interior. El posadero les mostró el pueblo de Tentorrí con un dedo, luego una zona más arriba en las montañas que no habían visto antes.

—Esta es una fuente de timitio— indicó.

Érica agarró los extremos del mapa y acercó su cara tan rápido que casi golpeó la barra.

—¡¿Una fuente?!— exclamó.

—Es verdad, el timitio debe provenir de algún lado— pensó Arturo en voz alta— y si hay una fuente, debe haber gente que ha tomado más timitio de la cuenta o que se ha caído adentro.

Las niñas lo miraron, mientras el posadero asentía.

—Y si hay gente que se excede con el timitio...— recordó Érica— hay territi.

—Es verdad, las fuentes de timitio suelen tener muchos territi— explicó el noni— Pero generalmente hay medidas de seguridad. Las fuentes son muy populares, hay muchos guerreros que pagan enormes cantidades de dinero por una oportunidad de ir a recoger timitio. Se han conformado vastos negocios en torno a ellas. Sin embargo, la que se encuentra en estas montañas ha permanecido cerrada por décadas. Los territi no tienen cómo salir.

—¿Por qué no?— inquirió Arturo.

—Bueno, no estoy seguro, pero suele ser así; se quedan en sus cuevas, gracias al Encadenador. Creo que les cuesta separarse de su fuente, de lo que son.

Los niños asintieron, el posadero hablaba con sentido. Érica iba a preguntar qué tenía que ver el Encadenador en todo eso, pero entonces se dio cuenta que era una expresión, "gracias a dios".

De repente, el hombrecito a dos asientos se les acercó y examinó el mapa. Los demás lo miraron, curiosos.

—¿Ya te decidiste? ¿Vas a ir a cazar a los territi?— inquirió el posadero.

Los niños lo miraron extrañados, mas el hombrecito negó con la cabeza.

—¡Vamos! ¿Por qué no?— reclamó el noni— ya tienes un arma de pulso ¿No?

Los niños se giraron hacia él, curiosos.

—¿Arma de pulso?— repitió Arturo.

—Es un tipo de arma, te deja romper la coraza que tienen los territi para llegar al cerebro más fácil. Son eficaces, pero el golpe aún lo tienes que dar tú.

Érica se giró hacia el hombrecito.

—¿Y él tiene un arma para acabar con territi?

Sin embargo el hombrecito negó con la cabeza, buscó en su mochila y sacó algo para mostrarles. En su mano tenía algo similar a un guante con una protección especial en los nudillos. Parecía que la protección podía emitir algo, pues se veía similar al cañón de las pistolas láser, pero esa que tenía él estaba rota.

—¡¿Cómo se rompió?!— alegó el cantinero— de todas formas puedes conseguirte una nueva, seguro. Al menos piénsalo un poco, hombre.

Como toda respuesta el hombrecito sacó un dispositivo holográfico de su bolsillo y lo abrió. Del dispositivo salió una pantalla con una enorme lista, que el posadero y los niños examinaron.

—¿"Robar los huevos de un rakukui"?— leyó el noni.

—"Vengar a Silvana".

—"Conseguir los materiales para la poción de amor".

—"Encontrar al gallo dorado" ¿Qué es esto?

El hombrecito lo miró un rato, luego metió su dedo en la lista y lo deslizó para abajo. La lista se movió con su dedo y se arrastró hacia arriba. En el punto más alto salía el título: "Misiones secundarias sin completar: 67".

—¿Misiones secundarias?— alegaron Érica y Arturo.

—¿Y cuál es la misión principal?— quiso saber el mago.

—¿Ah? ¿No lo conocen? Él es el héroe legendario— indicó el noni.

—¡¿Héroe legendario?!— exclamaron los niños.

—Sí, el héroe legendario de las profecías. Apareció hace unos meses, cuando el malvado Gamborar destruyó un pueblo completo. Después se escondió para llevar a cabo sus planes de arrasar con las criaturas de nivel 9 y comenzar una civilización nueva desde cero... ¿Nunca lo habían escuchado? Está en las noticias.

Los niños se miraron.

—Yo escuché algo así— admitió Liliana— pero creí que era una broma.

—Oh, no, es muy real. Si este pequeñín no hace algo, Gamborar nos aniquilará a todos.

Los niños miraron al hombrecito. Era adorable, con sus ojos grandes y sus piececitos, pero difícilmente daba la imagen de un "héroe legendario".

—¿Y por qué nadie más va a detener a Gamborar? ¿Por qué no lo encierran en la prisión o lo ejecutan?— alegó Arturo.

El posadero se encogió de hombros.

—¿Qué se yo? Debe ser muy poderoso o algo así. Solo sabemos que este tipo tiene la misión de frustrar sus malvados planes ¿Verdad...— se detuvo un momento— ¿Cómo te llamabas?

Entonces el hombrecito mostró una placa en su pecho: "Gilql16".

—¡Claro, claro! Señor Gilcl... señor Gil.

A Liliana le pareció un nombre muy raro, pero supuso que era parte de su cultura, mientras que Érica y Arturo se miraron, extrañados. Ambos pensaron lo mismo, pero ninguno se atrevió a decir nada.

—¿Eres mudo?— le preguntó Liliana.

Gil asintió.

—A veces emite sonidos, pero no puede hablar— indicó el noni— se comunica con gestos y escribiendo en su cuaderno holográfico.

—¿Y qué son todas esas misiones secundarias?— inquirió Liliana— No quiero parecer mandona, pero si tienes una misión tan importante como defender a todas las especies del nivel 9 ¿No sería mejor que te concentraras en cumplirla antes?

Gil se cruzó de brazos, aparentemente ofendido.

—Escuché que toma misiones secundarias para obtener dinero y experiencia para tener más posibilidades de vencer a Gamborar— comentó el cantinero.

—Ah, eso tiene sentido. Disculpa, Gil.

—¿Aceptas cualquier trabajo?— preguntó Érica.

Gil asintió, Érica sonrió como una malvada.

—¿Y qué tal rescatar a mi papá? Tráemelo y te daré todo el dinero que tenga encima.

Gil lo pensó un poco, con un gesto le pidió más información. Érica no le contó toda la historia, pero le dio un resumen de las partes importantes. Al final, Gil asintió y agregó el pedido de Érica a la extensa lista de misiones secundarias en su aparato holográfico. Poco después, se marchó sin decir nada. Más adelante, los niños descubrirían que pertenecía a la antigua especie de los Fufos; seres pacíficos de un mundo pequeño, en un rincón de la red de mundos. Sin embargo cómo ese hombrecito había llegado a convertirse en el héroe legendario era un misterio para todos.

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