C u a r e n t a y t r e s

Capítulo 43

—¡Ciento y veinte días! —explotó Russell, apoyándose contra una de las agrietadas paredes de esa pequeña pieza en la prisión donde su hermano menor se debía quedar—. Vaya, qué generoso ha sido el jurado, teniendo en cuenta que eres menor de edad.

—Russell —Sean le lanzó una mirada de advertencia, señalando al guardia que custodiaba la reja justo delante de ellos con la cabeza. Siempre se ponía ese hombre robusto frente a las celdas cuando había visitas de familiares en las celdas.

—¿Qué diablos se supone que vas a hacer ahora, Sean? Esto manchará tus papeles de por vida.

—Bueno... Tendré que ser paciente y esperar a que me suelten, eso es todo.

—No te van a soltar, Sean. Lo sabes tan bien como yo. Estás en medio del Vía Crucis mismo, pues las pruebas en tu contra no tardarán en llegar. ¡Yo te dije que no pasaras la línea! No me hiciste caso, como siempre.

Sean cerró los ojos un momento, como si tratara de recuperar la compostura antes de hablar.

—Tú mismo decías que yo era un tipo astuto. Voy a salir de ésta. Prawel no recuerda nada, ¿o sí? Y los otros dos que estaban conmigo ese día no soltaron toda la verdad.

—Oh, qué maravilloso... por eso te estás secando en la cárcel aquí solo mientras tus dos amigos de barrio andan por allí como mariposas libres. ¿Qué quieres que te diga? ¿Es que mi ejemplo no te sirvió de nada?

—Eres mi modelo por seguir, hermano.

—Eso ya lo sé.

Sean conocía la verdadera razón de la ansiedad de su hermano mayor. Él era el único que aún podía sacar la cara por la familia Glover, pues Russell ya había estado en prisión bastante tiempo y su padre era un completo cero a la izquierda, quien en vez de ser padre se dedicó a su trabajo y a pasar la depresión que la muerte de su esposa le provocó con las bebidas alcohólicas y los golpes desproporcionados que le daba a cualquiera de sus hijos cuando tenía ataques de ira.

—No perdamos la cabeza. Tal vez Zack Prawel no recuerde nada después de todo—Russell ya hablaba como si Sean no estuviese ahí —. Y eres inteligente, ¿a que sí? Tal vez, saliendo del colegio, podrías hacer un curso de mecánica. Tengo un amigo que me está consiguiendo empleo en un taller donde no te piden papeles. Lo otro sería trabajar en un centro comercial, pero los horarios son poco flexibles y el dolor de pies te lo encargo. No me mires con esa cara. Con esto, anda olvidándote de la universidad. En ninguna parte te reciben con los papeles manchados.

Encontrar algo en un centro comercial o en un taller de mecánica. Sean se quedó allí sentado, mientras Russell sopesaba a qué otros trabajos podría aspirar su hermano con sus limitadas cualificaciones y su conocido mal temperamento. Un puesto nocturno en una fábrica, promotor en una compañía telefónica o de plano crear una empresa pequeña donde él fuese el dueño, aunque con la mala relación que ambos tenían con su padre, dudaban mucho que éste prestase dinero. Por primera vez después de años, a Sean le entraron ganas de llorar. En la penitenciaria no tenía un solo colega con el cual charlar, ni siquiera del clima. Los guardias se pasaban menospreciándolos, criticándolos y hasta pegándoles. Ahí estaba tan solo y, ni siquiera con la visita repentina de su hermano pudo sentirse mejor. Lo observó hablar con sus ojos marrones y redondos, siempre en silencio, hasta que por fin se calló porque el turno de visita había terminado.

—Volveré otro día.

No quería que lo hiciera, pues el invierno lo deprimía y las visitas de lástima aún más. Sin embargo, asintió con la cabeza.

—Gracias, Rus —dibujó las palabras con los labios, y luego su hermano abandonó la celda.

-xxx-

Estaban en la sala de estar, como se esperaba. Con puntualidad exacta, su madre había llegado mágicamente a casa para hablar —o más bien discutir —con su marido. Zack abrió la puerta y la cerró con mucho cuidado, abrazándose a sí mismo contra el frío. Al parecer la discusión estaba recién empezando porque no se habían acordado de encender la calefacción, provocando que el departamento fuese un témpano, tan o más helado que afuera. Quiso saludarlos, pero al oír sus voces graves, prefirió apegarse contra una pared y esconderse en la oscuridad para oírlos.

—No lo entiendo, James. Pensé que... pensé que después del accidente de nuestro hijo, querrías intentarlo otra vez —jadeó Susan, bajo las luces pálidas de las lámparas que iluminaban la sala—. Creí que podríamos salvar nuestro matrimonio. Nuestra familia.

Zack dudó un momento contra la pared. Era la única manera en que podría escuchar de qué hablaban cuando él no estaba y ponerse al día. Su gato apareció recorriendo los pasillos y, silenciosamente, se fue a recostar a uno de los sofás, no tomando en cuenta el hecho de que el volumen de las voces aumentaría y terminarían asustándolo. Escucharlos pelear así le daba un pequeño dolor en el pecho, sabedor de que nada volvería a ser como antes.

—¿Intentarlo otra vez? ¡Es que tú estás loca, mujer! El accidente le ocurrió a Zack. Fue importuno, nadie lo esperaba. No manipules esta situación, porque yo no quiero nada contigo ya.

—James.

La miró de reojo. Una fina capa de sudor le cubría el rostro.

—Tenemos que comenzar a ponernos de acuerdo con las cosas que quedaran a mi nombre y las que quedaran a nombre tuyo. También hay que fijar fecha para el juicio final —se pasó una mano por la frente —. Más las terapias de Zack, sus pastillas antidepresivas que de nada sirven, la matrícula del colegio... ¡Dios! Hay tanto que hacer.

—James, por favor.

—No, Susan. No estaré con una mujer que me colocó los cuernos quizás con cuantos.

—Pero no me estás dando una oportunidad para...

—¿Para qué? ¡Joder! Si todavía duermes en la casa de ese patán. ¿Cómo quieres que siquiera reconsidere perdonarte, Susan? ¿Es que te faltan tuercas o qué?

Le dio la espalda un momento. Acto seguido, se giró y la apuntaba con el dedo índice, juzgándola.

—Yo te conozco. Tú no quieres divorciarte porque yo tengo acciones en muchas empresas. Ese amigo tuyo ahora no tiene nada.

—No es eso —dijo ella, con los ojos cubiertos de lágrimas ante sentir que perdía la batalla.

—¿No? ¿Acaso crees que hice mi fortuna vendiendo arrollados primavera en la esquina como lo está haciendo Maximiliano ahora?

Se escuchó un sollozo de parte de ella.

—Ah, ahora vas a llorar. ¡Ahora todo se soluciona llorando! Ya veo de dónde salió Zack tan sensible.

—No ha pasado mucho tiempo desde que descubriste todo esto. ¿Es que no puedo estar ni un rato triste y decaída? Si sé que lo estropeé todo, pero no tengo toda la culpa. Y, por eso mismo, todavía quiero hablar contigo sobre mis errores en el pasado. Errores que tú también cometiste, James.

Pero James no podía entender todavía sus ganas de poseer una nueva oportunidad, sabiendo que el día anterior había mantenido relaciones sexuales con otro hombre. Aquello volvió a hacerle hervir la sangre, pues sentía que se veía como un estúpido frente a todos quienes leyeron la noticia en el periódico antes que él.

—Los quiebres en una relación tienen el potencial de cambiar la vida de la gente, James. —Miró el reloj de la sala para comprobar cuánto tiempo habían estado hablando —. ¿Qué quieres hacer? Podríamos platicar un rato en algún café, para estar más tranquilos, digo yo...

Entonces, James le pegó un puñetazo a la muralla más cercana. El gato maulló y salió corriendo hacia la cocina. Susan se quedó paralizada de pies a cabeza.

—¿Café? ¿Platicar? —se acercó a ella con los dientes apretados, aguantando las ganas de decirle una palabrota —. ¿Es que todavía no piensas en lo más importante? Mi hijo.

—Nuestro hijo—corrigió Susan, mirándose los pies.

—Más hijo mío, ya que tú te las has dado de adolescente rebelde todos estos años. Gente como tú es lo que hace que el mundo no progrese.

—¿Gente como yo? —interrogó indignada, aunque el mentón le seguía temblando.

—Gente que no sabe ver sus errores y remendarlos a tiempo. ¡Es que es inaudito, Susan! ¿Piensas en hablar conmigo antes que hablar con tu propio hijo? ¡Fue él quien lo descubrió todo antes y tú solo lo amenazaste!

—Me entró el pánico...

—¡Tenía siete años! ¡Siete años, Susan! Por el amor de Dios —los ojos de James lagrimeaban —. ¡Es que no me cabe en la cabeza la imagen de él a esa edad pillándote con otro hombre en nuestra cama matrimonial! ¿No piensas lo que esa imagen significó para él a tan corta edad?

Susan guardó silencio finalmente y una lágrima recorrió su mejilla derecha, pálida como la nieve. Sus labios se habían apretado como los de un niño que no consigue lo que quiere.

—No pensaste en nada, Susan. En nada más que en ti misma. Cuando nosotros teníamos relaciones sexuales eras tú la que le ponía pestillo a todo y casi llegabas a ahogarme con la almohada que me ponías encima. Ah no, pero cuando se trata de ese imbécil, ahí se te olvidó todas las precauciones que debías tomar, ¿no?

—Ese día se me pasó la hora.

—¡No valen las excusas, mujer! Lo que hiciste estuvo mal y cómo manejaste el tema fue aún peor. Amenazaste a Zack cuando él era solo un crío. Lo amenazaste bajo mi techo y se supone que tú eres su madre —La miró a los ojos —. Lo diste a luz. Fuiste la primera en cargarlo en tus brazos y... ¿así es como le pagas? ¿Qué clase de madre eres?

La mujer apretó los puños, cansada de oír quejas sobre ella.

—¿Y tú? ¿No has pensado en cuántas veces al día lo ignoras para hablar con tus colegas en Rusia?

—¡Al menos yo trabajo y le doy un buen pasar! Pero ¿tú? —negó con la cabeza como si no pudiese entenderlo —. Te desconozco, Susan. Tú no eras así cuando te conocí.

Se dejó caer finalmente sobre el sillón, con una mano sobre sus labios.

—Quiero que te vayas —le ordenó —. Vete y no vuelvas. Yo me encargo de Zack, de su alimentación y de su vida.

—¡¿Qué?! —se pasó las manos por las mejillas, secándose las lágrimas —. No puedes hacerme eso. Soy su madre.

—Ya tomé una decisión. Sé valiente y sal de mi casa.

—¿Tu casa?

—Pues sí, la compré yo. Si quieres puedes llevarte esos jarrones horribles que trajiste de Europa. No me importa —se quitó la chaqueta con brusquedad y se soltó la corbata.

—No quiero dejar a Zack.

—Puedes venir a verlo los fines de semana.

—¿Quién eres tú para decidirlo? Él ya va a cumplir los diecisiete años. No necesita a un viejo mandón detrás —le gritó ella. Su esposo sonrió de una manera espeluznante.

—Es verdad, se está convirtiendo en un hombre —se agachó para quedar a su altura. Ella era más baja incluso usando esos tacones —. Pero sigue siendo menor de edad. Y mientras sea menor de edad, vivirá bajo mi techo, bajo mis órdenes y bajo mi estilo de vida, ¿escuchaste?

Zack se mordió el dorso de la mano para evitar gemir, ya que había comenzado a llorar desde hace rato. No podía creer que, como siempre, su nombre había aparecido en la discusión, casi como si fuera una de las causas del divorcio. Los malos recuerdos también lo hacían sentir débil, como si una brisa fuese capaz de hacerlo caer.

—Max quiere conocer a Zack.

—¡No lo hará! —golpeó la mesa, casi trisándola —. ¿Cómo puede ser tan descarado de pedir una cosa como esa? ¡Y tú lo permites!

—Si me abandonas, no tengo a nadie más —sollozó ella.

—Y no me importa nada ya —hablaba a gritos —. ¡Ese sujeto traumó a nuestro hijo! Lo cambió para siempre.

Entonces Zack salió de su escondite al fin. Los ojos de ambos se volvieron hacia la figura. James Prawel se asustó como si hubiese visto un fantasma. Su madre no pudo hacer más que llorar en silencio.

—Zack —su padre se pasó una mano por el cabello —. Llegaste más temprano —lo observó bien —. ¿Dónde están las muletas?

—Las doné a la enfermería de la escuela —contestó en voz baja.

Silencio. James miró primero a la mujer que intentaba ahogar el llanto contra un pañuelo de seda, para luego ver la disimulada lágrima que intentó caer por la mejilla de su hijo, pero que terminó yéndose en dirección a su oreja, despareciendo entre su cabello.

—Hijo...—comenzó a decir Susan, pero su marido la detuvo.

—Cállate —se giró hacia su hijo —. Bueno, jovencito, si tiene que hacer deberes, hágalos o si no, descanse.

Zack asintió, retirándose, pues creía que no tenía mucha voz allí. Volvió a escuchar los murmullos entre ellos mientras se alejaba a su alcoba, los cuales se volvieron gritos otra vez antes de que llegara al marco de su puerta. Una vez que entró y la cerró, pudo amortiguar un poco lo desagradable de todo eso. Con los ojos empañados, le echó un vistazo a su alcoba, como si fuese su primera vez ahí. Nunca pensó que sus padres terminarían separándose. Siempre tuvo una pequeña esperanza de que volverían a amarse, se perdonarían y todo volvería a ser como sus primeros años de infancia. Pero se equivocó. Como siempre.

Y nunca pensó que equivocarse en algo podía causarle tanto miedo.

Se quitó la corbata con furia y la lanzó al suelo. Se desabrochó la camisa mirándose al espejo del baño privado que tenía su habitación. Dejó ver sus cicatrices sobre sus clavículas, los moretones del accidente a lo largo de su torso y las marcas en sus brazos que contarían historias terribles de su pasado para siempre. Suspiró, acariciándose sus muñecas. Recordó a Sean en el parque, cuando le dijo una vez que él creía que estaba cerca de hacer eso de nuevo.

¿Y si no se equivocaba?

Con el rostro bañado en lágrimas, apoyó con fuerza sus manos contra el lavabo y comenzó a llorar. Prendió el agua a toda marcha para que nadie lo escuchase. Lo que menos necesitaba era que sus padres entrasen y sintiesen pena por él o hicieran sus comentarios típicos ante situaciones así, que ya se los sabía de memoria. Sintió que el estómago se le encogía.

Minutos más tarde, su infernal dolor de cabeza lo colapsó y terminó vomitando lo que había comido hasta ese minuto, arrodillado contra el suelo de baldosas, con el pelo pegado a la frente y las mejillas calurosas. Oía las voces de sus padres provenientes desde el salón aún, sus protestas. Sintió un miedo que le subió a la garganta al pensar que se darían cuenta que había vomitado, sabiendo que era un chico al que le costaba subir de peso y no era precisamente de cuerpo escultural. Se sentía un fracaso total. Con un gruñido, se incorporó a duras penas contra el inodoro solo para vomitar de nuevo.

Cuando oscureció y las estrellas se apoderaron del cielo, James entró a la ordenada recámara de su hijo único. Encendió las luces y lo vio allí, sentado sobre su cama, con las manos congeladas entre sus piernas. Se había duchado, pero extrañamente se había vuelto a poner el uniforme. Sus párpados yacían amoratados, sus ojos rojos y su respiración era entrecortada. Estaba despierto y era notorio que no se encontraba bien, pero se arriesgó a preguntar.

—¿Todo bien?

La mirada perdida de su hijo, en algún rincón del suelo, subió lentamente hasta llegar a su figura paterna, siempre bien vestido, perfumado y de natural arrogancia.

—Zack.

El hombre cerró la puerta con delicadeza. Entró con un paso ligero y se sentó en la silla de su escritorio para verlo de frente. Nunca le había temblado el mentón antes al ver un rostro tan compungido y gris como aquel.

—¿Es por lo del divorcio?

—Papá...

Al escuchar su voz, aunque sonó débil y baja, pensó que había ganado terreno.

—¿Acaso quieres que nos quedemos juntos? —lanzó un suspiro —. Esto de los sentimientos es algo difícil.

—Papá —había subido el volumen, pero no fue suficiente. Si aumentaba más el volumen, vomitaría de nuevo, o peor, le diría que había vomitado ya.

—Las relaciones y los matrimonios son como las flores. Hay que regalarlas constantemente —lanzó un suspiro —. ¿De qué sirve regar una flor muerta? Cuando ames a alguien...

—Papá, no. No es eso.

Sus ojos, rojos por el llanto y la ira se fijaron en el sorprendido rostro de su padre.

—¿Qué?

—No estoy ni triste, ni enojado, ni preocupado, ni feliz por su divorcio. Son temas suyos.

El hombre se le quedó mirando un momento. Estiró su chaqueta de trabajo y tragó saliva. Su manzana de Adán se movió con lentitud y dificultad.

—Temo decirte, hijo, que estas charlas entre ambos son importantes de vez en cuando.

Zack sintió que sus ojos ardían de lágrimas otra vez. La barbilla le tembló al mismo tiempo que las manos. Quería estar solo. O no estar.

—Especialmente después de un suceso tan dramático como el que vivimos el verano pasado.

—Tú no lo viviste, papá —casi no le salió la voz.

—Sabes a lo que me refiero. No seas tan tozudo.

El muchacho se mordió el labio inferior y escondió las manos entre los muslos aún más. Su padre le miró el uniforme. No había terminado de abrocharse la camisa. No interrogó sobre la vestimenta. La respuesta era obvia.

—Lo que pasó fue...

—¿Sabes lo que pasó después de eso, papá?

Sus ojos se encontraron en un tenso silencio. Afuera, todo era oscuro e inexistente. No se podía oír el tráfico, sino solo el viento soplar con furia, como si quisiese azotar los troncos de árboles viejos.

—¿Sabes? —repitió.

—Fue una horrible agonía, para mí —respondió el señor Prawel.

Zack se levantó de un salto.

—¡¿Puedes dejar de pensar en ti solo por un momento?!

—¿Puedes sentarte?

Tensó la mandíbula y volvió a sentarse. Le dolía todo y sabía que no eran estragos del accidente.

—Zack.

—¿Sabías que yo no quería volver a la escuela?

El señor Prawel miró atontado alrededor de esa habitación desconocida, a las tupidas cortinas de color azul marino, diseñadas para bloquear la luz, a la estantería llena de libros que él jamás había leído ni querido leer, al uniforme que su hijo llevaba puesto. Miró el reloj, que anunciaba que eran las once pasadas de la noche. Y, al comprender dónde estaba, se dio cuenta que jamás había estado allí sentado antes. Se sentía como un náufrago.

—¿Por qué no me dijiste?

—¿No te bastó con verme en esas condiciones solo una vez?

Su voz tembló y tuvo que cerrar los ojos. Nunca le había costado tanto respirar.

—Hijo...

—Nunca te interesó en lo más mínimo mi vida. Siempre creíste que era una actuación.

—No es así.

—¡Lo has dicho siempre!

Comenzó a llorar fuerte y claro, apretando sus ojos con fuerza, con los puños hechos piedra. El hombre no pudo decir nada. A solo unos pasos estaba su mundo de los negocios y una mujer coqueta con la que ya no compartía intereses ni sentimientos.

—Zack, no llores.

Siguió lagrimeando. Su espalda tembló también.

—Eres un hombre —dijo su padre, más fuerte.

Zack lo miró, enseñando su rostro empapado en saladas lágrimas. Sus ojos eran tristes, degradantes, pero vivos a pesar de todo, lo que algo de calma le dieron a James. No podía imaginar la vida sin él.

—Yo quería morir.

—Ambrose... —cerró los ojos de golpe —. Digo, Zack.

Era el padre de Sean, colegas de trabajo desde hace años, mucho antes de que sus respectivos hijos nacieran. Eran íntimos, buenos amigos.

—¿Ambrose? —comenzó a reír —. Ni siquiera en estos momentos...

—Estoy estresado. Tengo mucho trabajo, llamadas que hacer o contestar todo el día, decisiones importantes que tomar. La vida de miles de trabajadores depende de mí. Un error y nos vamos a la quiebra, ¿entiendes? No todo el mundo gira en torno a ti, Zack. Deberías aprender a no ser tan egocéntrico como tu madre.

Se dio cuenta que no había caso. Su padre le pidió que continuara con el relato.

—No.

—Sigue. No quiero que después me lo eches en cara —lo taladró con la mirada —. Es una orden.

Se vio obligado. No quería discutir con él a gritos como antes había sucedido con su madre.

—Ya sabes el resto.

—¿Querías morir y...? —lo ayudó, enfadado.

Bufó, apretando los puños. Los minutos pasaban haciendo que la conversación fuese insoportable. Zack nunca se había sentido tan solo en su vida. No pudo contenerse de echárselo en cara, después de todo.

—Quería morir y todos mis planes se fueron al carajo en cuanto tú abriste la puerta.

Entonces, el hombre le plantó una cachetada en el rostro, dejándosela marcada.

—Nunca había escuchado a un ser más desagradecido en esta vida. ¡Qué despreciable actitud tienes!

El joven se giró, valiente, hacia la cara engorrosa de su padre.

—Tus palizas no me harán cambiar de opinión.

Volvió a pegarle y esta vez pegó un quejido.

—Deja de decir estupideces, hombre. ¡Sabes bien lo que eso significó para mí! ¡El miedo que tuve de perderte!

A Zack se le hizo un nudo en la garganta, el cual se lo tragó, con la cara pegada a la colcha, incapaz de verlo a los ojos todavía. Tenía miedo.

—¿Cómo te atreves a decirme que preferías morir en lugar de que te salvara? —se dejó caer en la silla, furioso —. Te salvé la vida, Zack. ¡Hice todo lo que estaba en mis manos para salvarte ese día!

"¿Y si no?", pensó, y se odió por hacerlo.

—Quería morir —pronunció en voz muy baja.

—Que te hayas desvanecido no quiere decir que no haya sido yo el que te haya llevado a la clínica y mandado un correo a todos mis contactos pidiendo una donación de sangre. Eso ocurrió. ¡Yo te salvé!

—¡No me salvaste! ¡No quiero que tengas ningún poder sobre mi vida!

Volvió a pegarle. Débil, tras el accidente y todos los pesos que ya cargaba sobre su espalda, dejó caer su cuerpo sobre la cama.

—Párate.

No se movió. Entonces, furioso, lo agarró de un costado de la camisa y lo sentó. Sus ojos se abrieron de asombro ante el nuevo rasguño que se había formado junto a la comisura de sus labios, mas no dijo nada.

—Mírame.

—Eso hago —habló con la voz en un hilo.

—Después de aquel suceso, nunca me dijiste que querías faltar a la escuela o cambiarte. Yo podría haberte ayudado.

Zack sonrió levemente, aunque le temblaba el cuerpo completo.

—No me has ayudado nunca, papá. Ni siquiera ahora lo estás haciendo.

Inconscientemente, ladeó un poco la cara y el rasguño fue más visible.

—Lo siento, a ver —le tomó la barbilla y le echó un vistazo a la herida —. No es nada. Cicatrizará pronto.

—No es la primera vez que lo oigo.

James lamentó no poder controlar sus impulsos. Cuando estaba estresado se ponía muy bruto con todo el mundo, lo admitía. Por ello, acarició su mejilla y sopló, creyendo que eso aminoraría el sentimiento de culpa que ya estaba sintiendo en el tórax.

—Si yo no te ayudaba —volvió a hablar, más tranquilo —, ¿quién iba a hacerlo? ¿Eh?

Notó que se estaba quedando sin aliento. Sentía que no entendía a su hijo.

—Creo en Dios, ¿recuerdas?

—Todos lo hacemos. ¿Qué tiene eso que ver?

Zack inspiró hasta que le dolió el pecho.

—Cuando no logré mi cometido... —las lágrimas volvieron a recorrerle su pálido rostro —. Creí... quise creer que era porque Dios me tenía preparado algo mejor.

Su padre calló, arrepintiéndose de haberle pegado.

—Le di otra oportunidad a la vida, papá —dijo, con voz trémula, esperando que se tomase en serio sus palabras.

El ambiente era tan triste, tan depresivo, que James pensó seriamente en abrir las ventanas. La oscuridad de aquella noche era como la boca de un lobo hambriento. No ayudaba.

—No morí. Debía significar algo.

Intentó sonreír. Vio un millón de cosas en esos recuerdos de su cabeza, mas sintió rabia por no recordar los momentos previos que vivió con Sean en la calle el día del accidente. Le dolía la cabeza cada vez que recordaba eso y todo lo demás. Todo lo que había tenido que soportar.

—Tenía tanto miedo...de todo. Del mundo que me rodeaba, de la vida.

Hizo una pausa.

—De ustedes.

Se refería a sus propios padres. Era una sensación tan desagradable de recordar, que un sabor amargo se apoderó de su boca y garganta y por un momento pensó que se había mordido la lengua sin darse cuenta y ahora estaba sangrando.

—No sabía. Podría haberte ayudado.

Lanzó una risa en frente de su cara, tan sarcástica que llegó a ofenderlo.

—Dudo que hubieses hecho algo. Todavía recuerdo cuando Carpenter te habló de los golpes y lo olvidaste —sonrió de lado —. Lo recordaste varias semanas más tarde.

—Pero, hijo —se relamió los labios —. Sé que puede ser complicado, pero... ¿no te he enseñado yo que los problemas siempre deben enfrentarse? Debes ser valiente y no echarte a morir.

Zack lo miró a los ojos de una manera intensa, a pesar de que nuevas lágrimas recorrieron sus mejillas. No pudo decirle nada por casi un minuto, porque creía que sería incapaz de volver a hablar. Entonces, abrió la boca lentamente y el sonido salió un poco después con mucho esfuerzo:

—Papá. Si mostrases un poco más de compromiso, te darías cuenta de cuánto yo trato.

Esta vez, quien derramó lágrimas silenciosas fue su padre.

—Hijo...

Y entonces, así, sin más, el corazón del muchacho se rompió. Se le desencajó el gesto, le abandonó la compostura y lo abrazó con todas sus posibles fuerzas, sin que le importara ya que él le había dado una paliza, o que lo hubiese abandonado a pesar de vivir en la misma casa o que sintiera el temblor de su cuerpo sollozante porque la pena lo había desbordado, aún sabiendo que a su papá no le gustaba verlo llorar. Lo abrazó con fuerza, a pesar de que él tardó en posar sus manos sobre su espalda. Todo lo que estaba sucediendo era algo que lo abrumaba y le desgarraba el corazón y toda su alma. Tiraba de él hacia abajo como si la tierra lo succionara. No lo soportó. Su padre tampoco.

—No llores, muchacho. Estoy aquí.

—Te he echado de menos, papá.

Cerró los ojos con fuerza y apretó más su cuerpo contra el suyo, temiendo que esa fuese la última vez que lo tendría a su merced. Quería que entendiese que todo lo que necesitaba en su vida era amor de su parte. No quería que viese su depresión como algo que puede solucionarse con dinero, amenazas o cambios de un día para otro. No como en su vida laboral.

—Te quiero, papá —susurró contra su camisa. La había empapado.

Entonces, el hombre se separó para ver esos ojos extenuados e infelices. Mostraba compasión y Zack deseó que tuviese ese rostro para siempre. Lo quería demasiado. Quería que volviese su papá, el mismo al que había esperado como la princesa que fue encerrada en la torre más alta esperando por años a su príncipe. Así había esperado a su padre. No quería perderlo.

—¿Cómo es que Dios no ayudó a un niño tan bueno como tú? —apoyó la palma de su mano en su mejilla y con una caricia le secó las lágrimas —. Tal vez yo pueda...

—Oh, Dios sí me ayudó, papá.

Él no le entendió.

—Pero... dijiste que creías que te dio otra oportunidad, pero en la escuela...

—Creí que Dios había impedido mi muerte porque me tenía preparadas cosas mejores —interrumpió, dedicándole una mirada de disculpa.

—No entiendo —susurró el hombre, con el corazón acelerado, esperando que Susan no estuviese espiando detrás de la puerta.

—Mi vida no es mejor a la de antes. No me atrevería a decir eso. Pero... ha cambiado...

—¿Para bien o para mal?

—Para bien. Y sospecho que podría convertirse en una vida mejor a la anterior.

Sus manos estaban muy heladas. Los pájaros afuera habían dejado de cantar.

—Entonces, ¿no tengo que preocuparme por...? —le tomó de la mano y le echó un vistazo a esas cicatrices largas e irregulares que eran difíciles de disimular, por mucho que las escondiese con las mangas de la camisa, pues seguían siendo rojas y amoratadas. Lamentaba que se vieran así habiendo pasado meses desde el término del verano.

—¿Qué hizo Dios por ti? —le preguntó, bajando cuidadosamente la manga de la camisa. Zack pensó que su padre era la única persona en el mundo al que le habría permitido mirarle las heridas así.

Pasó un minuto y por fin levantó la cabeza. Cuando sus miradas se encontraron, en voz muy baja, afirmó:

—Llegó Violet a la escuela, ¿lo olvidas?

-xxx-

El Baile de Invierno se realizó el sábado y llegó tan inesperadamente como aquel único día en que la nieve cayó sobre Canberra y recorrió el mundo, no precisamente por su belleza, sino porque abrió un amplio debate sobre el calentamiento global.

Violet miraba las noticias, extrañando las estadounidenses, por muy estúpido que sonase. Extrañaba el acento o ver a su padre mirándolas antes de la cena. Los echaba de menos a todos, incluso a los vecinos chismosos.

—Vaya, ya estás lista —Liam prendió la luz para admirarla. Violet se levantó como una pequeña hada y posó allí, entre tímida y algo desilusionada.

—Tengo que admitirlo, desearía tener dieciséis años ahora.

Violet lanzó una risa, apoyando sus frías manos en su cuello, que ardía. La tía le había hecho una corona de trenza, dejando parte de su cabello suelto, para no perder su aura, lo que hacía juego con el vestido púrpura que casualmente hacía honor a su nombre.

—¿Y tu pareja?

Violet comenzó a reír, contemplando la hora en su reloj de pulsera.

—Ya debería estar aquí.

Entonces, se escuchó la bocina afuera. El padrastro de Kris pasaría por ellos y los llevaría a la escuela para no hacerlos morir de frío. Repentinamente emocionada, pegó un salto y agradeció a todos por su cooperación y apoyo. La señora Sanders le deseó lo mejor, esperando que se la pasase de maravilla.

Abrió la puerta y se dejó ver. Miró el auto estacionado y a Kris ahí, observándola de pies a cabeza. Se permitió sonreírle. La noche era fría, pero cubierta de estrellas, lo que la hizo sentir como la princesa de un cuento para niños. No pudo evitar dejar de reír, de agradecer los cumplidos que le decía Kris y subir finalmente al auto, observando las calles vacías y las luces pálidas de los faroles. Esa era su noche.

La escuela se encontraba iluminada, resaltando en comparación a otros edificios o viviendas alrededor. La fiesta se realizaría en el gimnasio de la escuela y habría globos, comida, ponche y buena música. Los profesores también podían asistir, vestidos de gala, simplemente para cuidar de que nadie rompiese los aros de básquetbol o alguien terminase con un coma etílico, pues era sabido que todos los años intentaban como sea introducir alcohol a la fiesta.

El padrastro de Kristian aparcó justo en frente de la entrada principal. Violet apenas escuchó lo que dijo el hombre sobre la diversión y el cuidado. Se dedicó a mirar a través del cristal a las parejas que iban llegando. Le pareció una sucesión de estudiantes emperifollados que hacían poses extrañas para sacarse fotografías y contaban chistes a sus amigos para provocar risillas educadas. Abrió la puerta y el viento helado volvió a abrazarla, pero esta vez con más fuerza. Esperó a Kris mientras tiritaba, para luego tomarse de las manos, agradecer al padrastro y caminar al interior de la escuela. La ansiedad aumentaba con cada paso que daba bajo ese cielo estrellado, sintiéndose excitable e hiperactiva. Por otro lado, Kris era la viva imagen de la tranquilidad. Observó a las parejas en distintos puntos del jardín y las escaleras del frontis, para luego mencionar que, si la música lo motivaba, debía estar preparada para sus bailes exóticos. Violet comenzó a reír con ganas.

El gimnasio se había transformado en una pista de baile de ensueño, bañado en una luz azulina que hacía parecer todo como un sueño de los buenos. Un ejército de camareros se hacía cargo de las mesas llenas de aperitivos o de repartir bebidas a quienes iban llegando, lo que hizo enojar un poco a Violet, pues le parecía increíble que Carpenter tuviese dinero para eso, pero no se tomase el tiempo suficiente para pensar en el grupo de apoyo del que le habló. A la distancia había un DJ poniendo música a la moda, mientras las parejas se balanceaban en el medio de la pista de baile. Era como la escena de una película.

—Este lugar está increíble.

—¿Qué?

La música estaba demasiado fuerte.

—¡Que el gimnasio se ha vuelto increíble! Mira esos arreglos florales.

Recibieron bebidas por parte del camarero y estuvieron un rato criticando vestidos como si fueran parte del jurado de algún concurso de belleza. Así, para cuando se les habían acabado los vestidos, también se les habían acabado las bebidas.

—Yo voy por más —le dijo Violet —. Espera aquí. Intenta encontrar conocidos.

Al caminar sola y en tacos altos, el sentimiento de inseguridad tomaba más fuerza, como si todo el mundo hubiese detenido lo que hacía para criticar su vestido o el peinado elegido —tal vez un poco por el karma de haber hecho lo mismo con Kris —. Cuando llegó a la mesa y comenzó a servirse ponche, intentó meterle conversa a un hombre a su izquierda, que resultó ser uno de los profesores de química de los cursos inferiores. Pasaron cuatro minutos de conversación antes de que Violet se diera cuenta que al hombre no le interesaba ni en dónde vivía ni si le iba bien o no en su ramo. Se volvió hacia otro profesor y la dejó ahí, en silencio, con el vaso de plástico vacío entre las manos. Y entonces, cuando se decidió por servir el ponche, la maestra Jones apareció por el otro lado de la mesa y se la quedó mirando.

—Me pregunto quién puso alcohol en el ponche este año.

El tiempo se había dilatado y había perdido todo su significado. Todo era un conjunto de bebidas sin fin y conversaciones incoherentes, especialmente por parte de quienes ya habían probado el ponche.

—¿El ponche es el que lleva algo de alcohol? —preguntó a la maestra, justo después de servir un primer vaso.

—Según mis apreciaciones... porque lo probé, debería haber más o menos lo mismo que una copa de vino en cada uno de los vasos.

La miró horrorizada. Hipó justo antes de hablar.

—Ay, no, es justo lo que quería beber. La bebida me da gases y tengo muchas ganas de bailar.

La maestra Jones alzó una ceja.

—Vaya estudiante estás hecha, Henley —le alzó una ceja —. Y descuida, no voy a chivarme con el rector. Ya muchos han bebido ponche.

Violet sonrió, sabedora de que su misma maestra había bebido del ponche. La admiró. Venía vestida con su traje deportivo, no con un vestido como el resto de las maestras.

—Yo no fui —dijo, antes de que la acusasen.

—¿Lo de poner alcohol? Oh, lo sé. Sé que no lo harías.

Echó un rápido vistazo a las parejas de la pista de baile.

—Siempre tuve el presentimiento de que fue Sean Glover los años anteriores, pero este año me apunto por Kobrinsky y señorita White —decía, al parecer algo ebria, con menos aguante que una polilla —. ¿Tú que crees?

Violet se giró a la pista y sonrió ante el brillo natural que expedía. Estaba muy emocionada de estar ahí.

—La verdad es que no lo sé.

—Ya verán cuando los llame a citación el lunes. Les gritaré como lo hice con mi marido cuando me levantó la mano.

Violet comenzó a servir el segundo vaso para Kristian, pero aquella frase la dejó estupefacta. La maestra comenzó a reír.

—¿Qué? ¿Creíste que nunca había escuchado decir a mis alumnos que me estaban denunciado por maltrato intrafamiliar?

Irónicamente, la profesora también se había servido un vaso, del cual bebía como si se tratase de agua potable.

—¿No fue así? —se atrevió a preguntar Violet, sosteniendo los vasos en sus frías manos.

—Por supuesto que no, niña. Me golpeó una vez y fue más que suficiente para denunciarlo y divorciarme —le guiñó un ojo —. Las mujeres somos más fuertes de lo que crees. Hay que saber demostrarlo.

—Oh.

—Me hubiese gustado decírselo a Bianca Foster, pero yo no le hago clases ni a primero ni a segundo año.

Violet bajó la mirada, observándose los zapatos plateados que brillaban bajo las luces. Por un momento, creyó que le había entrado la nostalgia y extrañó ver a Zack allí, pasándosela bien con el resto del curso. Era una lástima que se perdiese una oportunidad así.

—Lindo vestido, por cierto. Bello color.

Violet volvió a sonreír con nerviosismo.

—Gracias, maestra.

Entonces, algo ocurrió en ese momento. Se atenuaron las luces, así que la mesa de los alimentos donde ellas estaban quedó menos expuesta. La brisa nocturna se colaba a través de los ventanales semi abiertos y moderaba la fragancia embriagadora de las flores y el alcohol. La música retumbaba como un eco por todo el lugar y el baile ayudaba a pasar un buen rato. La maestra Jones intentó no reírse de los adolescentes descoordinados, especialmente los hombres, que bailaban —la mayoría de ellos —como si hubiesen sido electrocutados.

—¿Con quién has venido? —le preguntó a Violet, sirviéndose más. Al parecer, necesitaba una dosis de alcohol en su cuerpo.

—Con Kristian.

—¿Bailey? —Violet asintió, abochornada —. Pensé que vendrías con Prawel.

—¿Zack?

Negó entre risas y usó las manos como recurso para acentuar la negación.

—Creo que él ni siquiera asiste a este tipo de eventos.

—Lo sé —ella también rio —. Lo decía porque ambos son los "chicos contusiones".

Violet volcó los ojos con una sonrisa encantadora.

—De verdad lo digo. No paro de hablar sobre ustedes con mi querida hermana —su lengua se volvía más vivaz con cada vaso —. Bueno, qué importa lo que diga mi hermana. Solo decía.

Entonces, ya colorada, se excusó y le deseó una buena noche, dejándola sola al fin. De buen humor, regresó a donde había dejado a Kris, sorprendiéndose de que ahora estuviese acompañado de Kevin y Diana.

—¡Violet! —Diana pareció contenta de verla —. ¡Estás maravillosa!

Hubo abrazos calurosos y risas. Kevin se había puesto una corbata roja a juego con el vestido de su novia. Violet la elogió varias veces, hasta que pensó que el poco alcohol que había bebido le estaba jugando en contra. Tal vez había ya dos vasos de vino por vaso.

—Me alegro de que hayan podido venir —miró a Kevin, que parecía constipado. A los segundos, se dio cuenta que los tres se lo habían quedado mirando. Se vio obligado a contemplar a sus amigos de nuevo y sonreírles falsamente.

Diana sonrió, pero luego torció los labios. Había una especie de barrera entre ellos, lo que les hizo pensar a Violet y Kris que habían peleado.

—¿Has podido dormir bien, Kevin? Te noto cansado —dijo Violet, alzando la barbilla. En seguida, sintió los ojos cafés de Diana encima de ella, como si aquella pregunta fuese prohibida. Por otro lado, Kevin posó sobre ella sus penetrantes ojos pardos, un tanto más verdosos de lo normal. Aquella mirada demostraba que era inmune a las preguntas con segundas intenciones.

demostraban que era inmune a las tentaciones de los tratamientos cutáneos.

—Intenté tomar una siesta durante la tarde, pero me fue imposible —contestó, mirando a Violet y luego a Diana. —Tenía mucho de lo que conversar con mi novia.

—No. Antes... —Diana vaciló —. Están poniendo canciones lentas, ¿nos echamos un bailecito, Kev?

Kevin asintió en señal de aprobación y sonrió ante la pista de baile, donde las parejas se estaban apegando y susurrando cosas al oído.

—Sí. Kristian y Violet están muy cotillas hoy y eso me estresa —soltó, sarcástico.

Diana volcó los ojos y volvió a mirar a Violet. La animó a bailar con Kris.

—Oh, vamos enseguida. Solo quiero comer y beber algo antes —se excusó Kris, un tanto incómodo ante las miradas de unos alumnos de último año que recordaban perfectamente sus pasos de medusa en la fiesta de cumpleaños de Kevin.

Violet estuvo a punto de decir algo, pero cerró la boca. Se quedó mirando los tacones negros de Diana y negó un poco con la cabeza al ver que sus pantorrillas temblaban. Aun así, sonreía.

—Bueno, chicos, imagino que no les molestará si nosotros vamos a bailar un rato —Kevin ya estaba tirando del brazo de Diana.

Ni Kristian ni Violet se opusieron a ello. Pronto, la pareja estaba bajando las escaleras, siendo vistos por casi todos los estudiantes de Southern Cross, muchos de los cuales jamás apostaron que ellos dos podrían terminar juntos como una pareja formal. La envidia podía sentir a millas de distancia.

Violet estaba tan ensimismada en sus pensamientos que por un momento dejó de escuchar lo que Kris le decía.

—... es maravilloso que ellos dos sean novios y generen tanto drama por aquí y por allá, por así decirlo. Para Diana debe ser muy complicado. Sé que es durísimo adaptarse de forma tan drástica a una vida con nuevas expectaciones.

Violet se los quedó mirando, sin ser consciente de que una sonrisa boba había aparecido entre sus labios, como si estuviese viendo de nuevo la boda real entre el Príncipe William y Kate Middleton por la televisión.

—No estoy segura de si eso es cierto. Quiero creer que ellos dos son felices y que tienen cosas en común. No quiero caer en el mismo juego de críticas que el resto.

Kris los observó durante un momento y luego le lanzó una mirada a su compañera. Violet se preguntó si su cara la traicionó.

—No estoy muy seguro de que pienses así realmente —posó la mano sobre su brazo durante un instante —. Bueno, las cosas buenas toman tiempo en llegar. Supongo que eso ya lo sabías.

Violet le sonrió y el muchacho le alzó las cejas al tiempo que se llevaba por fin el vaso a la boca.

—Alguien le ha puesto alcohol al ponche —señaló Violet cuando lo vio beberlo. Casi se atraganta.

—¡¿Por qué no lo dijiste antes?!

Violet comenzó a reír y le contó que los maestros estaban sospechando de que Alice era la que estaba atrás de todo. Kristian rio y, después de varios sorbos, sintió que la energía perdida durante el día había vuelto mágicamente.

—¿Quieres bailar?

Violet pegó un brinco y sonrió de oreja a oreja.

—Me encantaría.

Kristian sonrió y apuntó la mesa de los aperitivos.

—Voy a ir a comer a la mesa y después podemos bailar juntos. ¿O quieres ir a comer conmigo?

—Estoy bien. Te espero aquí.

—Bueno. Lo que pasa es que gasto muchas calorías haciendo mis envidiables pasos.

Violet le dio un empujón sin dejar reír, hasta que por fin Kristian se alejó, perdiéndose entre los alumnos que recién iban llegando y observaban maravillados la decoración del gimnasio.

Y era cierto. Observó a chicos que incluso soltaban carcajadas de alegría ante la buena música y los arreglos florales, sorprendidos del gran esfuerzo que había puesto la escuela en ello, lo que le hizo pensar que, tal vez, los años anteriores fueron más aburridos.

Se acercó al borde de la escalera y observó a las parejas que se mecían ante una agradable canción, de esas lentas que uno no quiere que terminen nunca. Ese momento era la demostración de que las cosas podían salir bien, que la gente puede ser feliz cuando se está rodeado de las personas indicadas. Todo era muy hermoso.

Stephanie Hall, con un vestido largo negro de brillos, estaba también al borde de la escalera, pero varios metros más allá. Miraba casi con angustia a Kevin dando vueltas con Diana por la pista de baile. El cabello castaño de Diana se veía mucho más sedoso que otros días. Echó los brazos alrededor del cuello de su novio, mientras que él posaba sus manos en la parte baja de su espalda. Un baile bello y delicado, mas Violet sintió un poco de lástima por Fanny. Pensó que era probable que no había comprendido lo que había perdido hasta que fue demasiado tarde. A medias de la canción, la chica no pudo más y se alejó, perdiéndose en la oscuridad azulada del lugar. Violet temió que se pusiera a llorar en el baño de chicas, mas al poco rato la vio hablando junto a Rosie, quien usaba otro vestido de color negro, casualmente el mismo que ella se había probado en la tienda. Sonrió.

Entonces, comenzó a sonar una canción que les recordaba a épocas antiguas, distintas. Se afirmó de la baranda y comenzó a bajar, desviando un poco la mirada hacia el resto de la pista de baile debajo de esas luces centellantes. Y entonces, bajó la mirada hacia el principio de la escalera. No fue capaz de hacer nada más que de afirmarse con fuerza del pasamanos de repente. El corazón le dio un vuelco.

En sentido contrario, con pasos rítmicos y dispuesto a subir la escalera, venía Zack. Se detuvo cuando su pie derecho se apoyó en el primer escalón, para luego levantar la cabeza lentamente y parpadear hacia donde ella se encontraba, estática unos escalones más arriba, incapaz de cerrar la boca del asombro. Venía vestido de traje, usando suspensores y una humita negra. Se quedó tan sorprendido como ella.

—Buenas noches —le dijo, al cabo de unos segundos de incertidumbre.

—Gracias —se sintió una estúpida —. Digo, hola.

Zack miró a sus lados disimuladamente, como si esperase que alguien los estuviese viendo, pero no era así. La música los envolvió y por un momento sintieron que estaban solos entre las luces y la melodía.

—¿Has venido sola?

—Kris está comiendo —hizo un vago gesto de cabeza hacia atrás —. ¿Qué haces tú aquí?

—Quería escapar de la presión familiar en la que vivo constantemente —alzó las cejas —. ¿Es un problema para ti?

—Oh, no, no. Para nada.

Su voz y manos no dejaban de temblarle. Quería dejar de verse tan patética y nerviosa.

—Solo me sorprendí de verte aquí. No te esperaba —bajó un escalón más. Lento, pero seguro.

—Era la idea —señaló en voz baja.

—Oh.

Zack la admiró desde allá abajo un momento.

—Te ves... bonita —admitió.

Violet se sonrojó. Aunque lo negase, era el comentario que más esperaba.

—Sí, no olvido cuando me halagaste diciéndome bonita por primera vez.

—Te dije que no fue un halago.

Su pecho se infló y una sonrisa se extendió por su rostro, la que casualmente le fue contagiada a Zack. Su sonrisa fue lenta, pero finalmente se ensanchó y sus ojos brillaron bajo las luces.

—Entonces... —bajó un escalón más, temerosa por perder el equilibrio y caer de trasero —, ¿sí piensas así?

—¿Por qué no lo haría?

Llegó a estar dos escalones separada de él y aun le parecía una distancia absurdamente grande.

—Es que... sé cómo los hombres contemplan a las chicas bonitas. Y ellos nunca me ven a mí.

—Yo lo hago.

Sintió que el corazón agitado se le subía a la garganta y se quedaba allí. Se sintió cohibida y levemente exultante. Estaba parada frente a él de tal modo que de lejos se podía confundir con una propuesta de matrimonio. Sintió la boca seca y sus ojos comenzaron a lagrimear.

—¿Por qué no me has invitado al baile?

La pregunta pareció divertirle.

—Has venido con Kris —lo buscó con la mirada, pero no se le veía cerca —. ¿O has cambiado de opinión?

—Antes, me refería.

—No pensé que querrías.

Bajó un escalón más sin darse cuenta.

—Habría dicho que sí. Me hubiese costado mucho decir que no.

El muchacho arqueó la ceja. La música subió de volumen.

—¿No te habrías negado?

—¿Cómo lo haría? Eres a quien mejor conozco en esta escuela de pijos.

Él frunció el ceño y alzó la barbilla como si quisiera alcanzar la altura de su rostro que muy lejos no estaba.

—Hemos pasado la mayor parte de este semestre con tutorías en la escuela y el café —agregó, sonriente —. Me has corregido mis tareas y me has dado apoyo moral. Era muy natural que termináramos conociéndonos.

Hizo una pausa, mirando un momento a los hombres que servían bebidas y luego a él. Como seguía mudo, continuó:

—Aun así, ¿no es algo...? —no quiso terminar la pregunta.

—No creo que sea tan malo venir solo —adivinó él —. Ni siquiera tenía realmente ganas de venir —lanzó un suspiro —. Pero mis padres se están divorciando y no quiero ser parte de ello.

—Lo siento.

—No lo sientas, creo que era obvio que sucedería —inclinó el pecho hacia ella —. Así que, bueno, me presenté sin pareja, sin planes, y, aun así, he podido encontrarme contigo, también sola y sin planes, a pesar de haber conseguido una pareja.

Ella comenzó a reír, sintiéndose mal por haber olvidado a Kristian durante esos minutos. Iba a decir algo como que era mejor ir a buscarlo, pero entonces, Zack le ofreció una mano. Lo vio dibujar una sonrisa ladina y esperó. Miró su mano y luego su cara. Supo que quería bailar con ella. Lo supo en cuanto sus miradas se cruzaron.

—¿Crees que a Kris le importará mucho si te hago bailar? —preguntó de todas maneras.

Violet abrió más los ojos y la quijada casi le cae al suelo.

—¿Qué?

—Oh, no vayas a negarte ahora. Creo que el grupo de las porristas nos están lanzando miradas. No quiero quedar como un tonto.

—No me he negado —lo calló, alzando el mentón.

Zack sonrió de lado.

—¿Entonces?

Se escuchaba el comienzo de la canción Can't help falling in love de Elvis Presley de fondo, y la pista pareció despejarse un poco. La mirada melancólica de Zack había desaparecido levemente.

La muchacha hizo un mohín.

—Creo que voy a ofender a Kris.

—¿Qué? —Zack no pudo evitar reír ante tan loca idea —. ¿Desde cuándo te importa lo que piense Bailey?

—Desde que me volví la defensora oficial de los derechos de los estudiantes de esta escuela —bromeó. Tomó su mano con seguridad y sonrió al sentirla cálida.

—Estás loca —dijo en voz baja, atrayéndola a la pista de baile. Ella casi dio un traspié al bajar el último escalón, como de costumbre.

Diana y Kevin trazaban pequeñas vueltas en medio de la pista. Ambos quedaron boquiabiertos, pero sonrieron. Las porristas comenzaron a cuchichear y uno que otro conocido de la clase se dio vuelta a mirarlos, entre ellos Kris. Violet reía, dejándose llevar por su mano. A Zack le reapareció esa sonrisa diminuta que a veces era tan difícil de encontrar.

—¿Ya nos está fulminando con la mirada? —le preguntó, volteándose para tomarla con una mano de la cintura y con la otra de la mano. Acortó distancia.

Ella se volteó. Efectivamente, Kris había dejado de masticar allá a lo lejos, limitándose a mirar.

—Sí —comenzó a reír, dándole la espalda al chico de lentes y colocando finalmente su mano sobre el hombro del muchacho—. Totalmente.

—Nunca falla —dijo, sonriendo.

Violet bajó la mirada con una risa incontrolable, ya no sabía si de nervios o porque de verdad le ponía contenta estar ahí con él. Dejó caer su cabeza por un corto segundo sobre el hombro de éste porque estaba segura de que, si alzaba la vista, se perdería en sus oscuros ojos.

—Tu cabello huele a sandía —dijo.

—Qué extraño, porque mi champú es de esencia de melón —dijo, volviendo a alzar su rostro para verle la cara. Estaba sonriendo.

—Bueno, no es como si fuesen frutas muy diferentes —se excusó.

—Lo son. Admite que te equivocaste.

—Son frutas similares. 90% agua, 5% sabor y 5% pepas.

—Siguen siendo diferentes. Tienen sabores y aromas desemejantes. Incluso son de distinto color —Zack reía mientras la observaba, ladeando su cabeza —. No puedes comparar el melón y la sandía, Zack. Es como comparar las moras con las frambuesas. No tienen por dónde —Una pequeña margarita se dibujó en una de las mejillas de Zack, que intentaba controlar la risa —. Además, yo odio comer melón, pero me gusta la sandía.

—Y usas champú de la fruta que odias.

—Bueno, sí... —Zack soltó tal carcajada que más personas se detuvieron a verlos —. Pero es por lo barato que sale. Nadie lo compra.

Se agarró un mechón de pelo y le tomó el olor.

—¿Huele muy mal?

—No. Para nada.

Girando hacia la derecha, Violet pudo ver el rostro de Kris con una expresión algo decaída.

—Parece triste.

Zack supo de quien hablaba.

—Déjalo. Puedes bailar con él el resto de la noche.

Él adoptó una expresión ceñuda. Ella abrió los labios, meciéndose, roja como una caldera.

—No sé si me entusiasma tanto la idea de bailar con él el resto de esta noche.

—¿Por qué?

—Llamaríamos mucho la atención con esos bailecitos que se da.

Su cuerpo se sacudió como el pelaje de un perro empapado y friolento al recordar la fiesta de Kobrinsky.

—¿Más que ahora?

Entonces se giró hacia Kevin y Diana, que bailaban a unos metros. Les sonreían de modo alentador.

—Sí, creo que estamos llamando la atención también.

—¿Quieres llamarla más?

—¿Eh?

Antes de recibir una respuesta, Zack la dejó caer hacia atrás. Pegó un grito ahogado, atrayendo la mirada de muchos. Él, entre risas, posó su mano en su espalda y la atrajo a su posición original, dando una vuelta con ella en sus brazos. Violet pegó su cabeza en su hombro, con el corazón en la garganta y el cabello enredado. A pesar de todo, no pudo evitar reírse cuando sintió su sonrisa contra su sien derecha.

—Uh —se arregló el peinado, afirmándose con fuerza de sus brazos, mientras él seguía con ese suave vaivén, al ritmo de una canción que tarareaba sutilmente. Sin intentarlo, había causado un ambiente más íntimo, más extraño. La muchacha no quiso despegar la sien de su mejilla.

—No vuelvas a hacerlo —le advirtió al oído, sintiendo su corazón a todo trapo —. Me tomaste desprevenida.

—Últimamente lo hago siempre —contestó con esa sonrisa astuta.

Temió que lo volviese a hacer, pero, al sentirlo tararear la melodía y su calidez corporal, sus músculos se relajaron.

—¿Te sientes bien? —le preguntó él en susurros.

—Sí.

Suspiró y volvió a tomar la palabra, sin despegarse.

—Debe ser extraño para todos verte por aquí.

No todos los miraban, pero cuando lo hacían, parecían quedarse petrificados.

—No suelo salir.

—Y menos después de estar hospitalizado y con riesgo de muerte —agregó ella.

Zack tensó su espalda, apretando más su mano.

—No era tan grave como lo hacían parecer. Mis padres son unos melodramáticos.

Violet rodeó su cuello con sus brazos para cambiar de posición. Sintió el suave aroma de su colonia que le hacía recordar el aroma de las flores en la primavera, cuando recién comienzan a brotar. Cerró sus ojos un instante. Por un breve momento tuvo la sensación de trasladarse en el tiempo a aquel marzo en donde todo empezó, cuando las hojas verdes contra la brisa esperaban entristecidas la llegada de un otoño melancólico.

—Violet.

Ella abrió un ojo, esperando no ser atacada con una de sus bromitas llenas de sarcasmo.

—¿Qué?

Dejó de mecerse y bajó su mano de su cintura, más la otra permaneció entrelazada a la de ella en una conexión única e inigualable.

—Mírame.

Ella se despegó finalmente y sus ojos grises se abrieron para ver su rostro. Se habría pasado toda la noche mirando su cara. Las arrugas que se le formaban en el entrecejo por estar frunciendo las cejas constantemente. Su mandíbula recta o su manzana de Adán que subía y bajaba con lentitud cuando estaba nervioso.

—Quiero que sepas que siempre estaré agradecido por todas las cosas que has hecho por mí —dijo al fin.

Unas arrugas se formaron en el contorno de sus ojos cuando escuchó aquellas palabras. Quiso sonreír, pero a la vez quiso llorar.

—¡Yo debería estar agradecida! —chilló rebosando humildad —. Tú me ayudaste a pasar mis materias y desasosiegos. Sin ti, yo jamás hubiese obtenido 100/100 en francés, ni hubiese podido contra Sean, ni...

Había tantas cosas que quería decirle antes de que fuese demasiado tarde.

—¿Por qué me darías las gracias cuando no he hecho nada por ti, Zack?

El joven sonrió, pero fue una sonrisa un tanto nostálgica otra vez, como si hubiesen regresado las malas memorias a su cabeza. Sus ojos estaban tristes y algo reflexivos al mismo tiempo.

—Has hecho más de lo que yo podría pedir en mil años, Henley.

Sus ojos no se apartaron de los de ella.

—No podía irme a casa sin habértelo dicho...

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