C u a r e n t a y c i n c o

Capítulo 45

Queridos padres:

He sobrevivido victoriosa a mi primer semestre en la escuela. Ahora estoy disfrutando de las vacaciones de invierno. Hace bastante frío y Liam y la tía tienen panoramas como ir a ver koalas, canguros o hacer patinaje sobre hielo. Me han comprado un celular nuevo también, si no les molesta.

Por ahora, solo he de decir que me ha venido bien distraerme después de tan arduo semestre. He conseguido buenas calificaciones. Les adjunto una copia de ellas para que me crean. Así, papá, si te encuentras a los padres de Jenny o de Kiara, te permito alardear y decir que tienes a la mejor hija del mundo. Mamá, tú puedes hacer lo mismo.

Les echo de menos. También a Boppa. A veces extraño el columpio de la casa de mi abuelo, mis memorias y niñerías, a la vecina de enfrente que siempre me retaba y al director simpaticón de mi antigua escuela de solo chicas. Aquí todo es diferente, pero no puedo quejarme. Tengo excelentes amigos que me encantaría que conocieran algún día. Alice, es una chica fuerte que me ha enseñado el mundo real de un adolescente. He podido salir e ir a fiestas, algo que antes ni se me pasaba por la cabeza. Y, mamá, antes de que saltes de espanto, quiero decirte que he estado bien. No me drogo, ni fumo. No hay de qué preocuparse.

Kris es un excelente alumno y amigo. Creo que se ha transformado en uno de mis mejores amigos. Si lo ves de cerca parece el personaje de un manga, de esos comics que leía el padre de Kiara, ¿recuerdan?

Diana es mi gran amiga y alma gemela. Somos muy parecidas y es muy distinta a Kiara. Con ella puedo hablar de muchas cosas, incluso íntimas. Pensé que me abandonaría cuando se puso de novia con Kevin, otro compañero de clases, pero no sucedió. Al menos ahora, sé que puedo contar con ella.

El último de nuestro grupo es Zack. Es diferente y debo decir que primero le tuve miedo. Pero ha sufrido mucho, lo sé, así que intento hacerle feliz. Creo que lo logré mucho el último día de clases, pero esa es otra historia que luego podré contarles en detalle.

Les escribiré en otra instancia y espero que me contesten la carta. Mando besos a larga distancia para ustedes tres. ¡Los amo!

Vivi.

Ella misma dejó la carta en el buzón al otro día. Sabía que podría haber escrito solo un email y ya, pero le gustaba esa esencia que tenían las cartas y sabía que sus padres y su abuelo se emocionarían mucho cuando le llegara a la casa. Además, ver la caligrafía de su hija les haría sentir que estaba más cerca de lo que realmente estaba.

Las vacaciones de invierno pasaron más rápido de lo que quiso, tal vez porque los días no eran rutinarios. Cada día había un panorama diferente. A veces se trataba de paseos por la ciudad o al lago, o bien caminar por un parque e incluso ir al zoológico para ver de cerca, acariciar y tomar fotografías de koalas, canguros, kiwis, y un montón de animales exóticos que solo podían verse en Australia. Compró dos postales, pensando que se las enviaría a sus padres en otra ocasión.

Una noche, Liam y ella se quedaron en la plaza. Era un sábado y un montón de familias se habían quedado a hacer picnics, por lo que ellos también decidieron quedarse sentados sobre el césped y admirar el maravilloso cielo estrellado sobre sus cabezas. El frío no fue un impedimento para pasarlo bien. Liam se había convertido en algo así como el hermano mayor que siempre quiso tener.

—Siempre me han gustado las estrellas —dijo Liam de repente, apuntando un conjunto de ellas con su dedo índice —. Esa es Andrómeda, la galaxia más cercana a la Vía Láctea, a dos millones de años luz de la nuestra.

—Cielo santo, no pensé que sabías todas esas cosas —se abrazó las piernas, entumecida —. Yo pensé que solo sabías sobre muertos, órganos y cirugías.

Liam comenzó a reír ante su broma.

—Me gustan las estrellas —admitió —. Natalie adora que le diga datos curiosos sobre aquellas galaxias que parecen cercanas, pero, en realidad, están más lejos de lo que uno puede imaginar.

—Vaya —Violet parpadeó, mirándole —. ¿Por qué te gustan las estrellas? Son bonitas, pero no les veo lo novedoso, a menos que estés en algún desierto donde la contaminación lumínica no obstruya la vista. Aquí en la ciudad no se puede ver mucho. Solo salen de noche.

—Pero siempre son las mismas —justificó —. Han estado allí desde hace millones de años y siempre estarán allí.

Se recostó en el pasto y Violet se recostó a su lado.

—Hay pueblos indígenas que creían que los seres queridos se iban a las estrellas y formaban más —sonrió —. Es un bello pensamiento. Quiero creer que mis seres queridos están allá.

Violet pensó en su abuelo enfermo.

—Sí.

Liam giró su cabeza y le sonrió tiernamente.

—Las estrellas son el único registro real del pasado. Es la única cosa que conecta el pasado con el presente y es una idea simplemente hermosa, ¿no lo crees?

Ella asintió y pensó en Zack. Qué hubiese dado ella para que él escuchase eso.

—Nunca lo había pensado de esa manera —farfulló.

Él sonrió, cerrando sus ojos lentamente.

—Ahora lo harás siempre.

Y ya de vuelta en casa, recordó a Alice y su intento por conseguir a Zack como tutor. Inesperadamente, se enojó. No quería hacerlo, pero no hubo más opción. Comenzó a dibujar como una medida escapatoria de problemas de ansiedad. Destrozaba los dibujos que le disgustaban, comenzaba de nuevo, quería llorar, quería reír y finalmente terminaba recostada observando el koala de peluche que se encontraba sobre su escritorio.

"¿Podría Zack estar haciendo lo mismo?".

Se giraba hacia el techo, acalorada, a pesar de hacer frío. No entendía sus emociones ni el por qué no podía conciliar el sueño. Se levantaba, caminaba, se volvía a recostar y luego se sentaba sobre la cama en medio de una oscuridad interminable. Encendía la luz.

No entendía nada.

A veces, tenía las ganas de volver, para que Zack le siguiese haciendo clases particulares. Pero ¿y si no necesitaba más? ¿Y si terminaba nivelándose y entendiendo las cosas por sí misma? ¿Y si ya se había nivelado?

Llena de pánico recordó el otoño, las hojas cayendo, cuando Zack la ayudó en el metro, el koala de peluche, el castigo de suspensión interna, las clases, sus fanfarronadas, su mirada inexpresiva, sus cicatrices, su...

Volvió a lanzarse sobre la cama, enfadada consigo misma. Colocó una almohada sobre su cara y comenzó a asfixiarse, gritando y pataleando. Si la tía la veía así, no dudaría en enviarla a un hospital psiquiátrico.

Lo único que Violet no sabía eran las razones de Alice White. Su compañera de clases se había prometido demostrarle a su madre cuán valiosa era ella. Que iba a convertirse en una mujer digna de admirar. No solo iba a pedir ayuda a Zack Prawel, sino que iba a estudiar por sí misma y demostrar que no era la rubia típica que se emborrachaba en fiestas y tenía amigos delincuentes. No. Demostraría que ella también podía ser un modelo para seguir, tener novios dignos y amigos inteligentes. "No seré un eslabón perdido nunca más", prometió al cielo una noche.

-xxx-

Zack tenía sus propios problemas. Desde que sus padres habían olvidado su cumpleaños número diecisiete, ya no tenía ni tiempo ni ganas de hablar con ellos. Su madre se la pasaba mandando correos a su abogado, ese que gustaba de ella, y también llamaba dos veces al día a Max, contándole sus planes y los movimientos de su marido.

—Créeme, Max. Este simio está tramando algo.

Su padre seguía como siempre. Llamadas a Rusia, en la computadora hasta tarde y siempre hablando del estrés a la hora de la cena. Hasta Laura tenía ganas de renunciar cuando lo oía hablar por horas de lo mismo.

—Por cierto —dijo de repente —. Iremos a la casa de Ambrose a jugar tenis mañana por la tarde.

—¿El padre de los Glover? —se echó hacia atrás con cara de pánico.

—Sé los problemas que tuviste con su hijo menor, pero no estará. Está detenido, ¿no?

—Russell Glover también estuvo preso por tráfico ilegal de armas, papá.

Su padre se mostró nervioso, mientras Susan blanqueaba los ojos.

—Bueno, solo iremos a jugar tenis, ¿no? Todo inocente.

Zack bufó, dejando de comer.

—A ti se te da bien el tenis. Te gustaba mucho de pequeño —tragó saliva, esperando que eso lo animase —. Practicar el tenis es muy caro en estos días. Debes estar agradecido que...

—Sí, papá—lo interrumpió.

James dejó de lado los servicios. Su mujer siguió tomando la sopa como si nada, ignorando la discusión que se formaba entre ambos.

—Entonces, ¿me acompañas? Necesitas distraerte antes de entrar a clases de todos modos.

Zack sonrió de lado, lo cual perturbó a su padre. No lo había visto sonreír así hace mucho tiempo. Tal vez les tenía miedo a los hermanos Glover, pero la cosa era que Zack estaba muy interesado en verlos otra vez. Después de todo, había cosas por descubrir y enfrentar, y Sean no estaría allí.

El día de la junta cayó sábado. Su madre no quiso ser parte y, en cambio, se fue a la peluquería con un par de amigas. James Prawel manejó, escuchando las noticias en la radio para evitar el silencio incómodo entre ambos. Los dos venían vestidos con trajes de tenis que hacían juego a excepción de los shorts, que los de él eran azules y los de su hijo eran rojos con dos rayas blancas laterales.

—Deberías perder en el torneo de tenis cuando juegues con los Glover —dijo cuando estaban a diez minutos de llegar según el mapa de su celular —. Russell no juega tenis bien. Ambrose se lo toma en serio, sí, y es muy competitivo.

Zack había quedado perplejo, observando la autopista.

—Pero soy bueno en tenis y me he mejorado bastante bien desde el accidente.

Su padre respiró hondo, aferrándose al volante con firmeza conforme aceleraba el coche, quemando las llantas contra el cemento.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué no puedo jugar si se me da bien?

—Por eso mismo —dobló suavemente hacia la derecha, cogiendo el bulevar, entrando a un barrio residencial muy caro y perfecto —. No quiero problemas. Es mejor perder. Hablo por mí también.

Zack bajó la vista a la raqueta de color rojo que mantenía entre sus rodillas. Era una noticia lamentable.

La casa de su colega Ambrose era enorme. Jamás había pisado el nuevo territorio de los Glover, por lo que fue un tanto chocante para Zack bajar del carro y pensar que pronto tendría que estar allí dentro junto al padre y el hermano mayor de Sean. Antes vivían en otra parte, y solo después de que Russell fuese condenado a prisión, los Glover se cambiaron a esa dirección para tener más privacidad y seguridad, ya que los guardias pasaban montados en bicicleta cada cinco minutos, por lo que era un poco imposible que la policía estuviese siguiéndoles el rastro o los periodistas curiosos lograsen husmear hacia adentro sin ser interrogados.

Apenas Ambrose salió a recibirlos comenzó a hablar de lo bien que se le estaba dando el comercio en Asia, diciendo que abrir las puertas de su compañía en China y Corea del Sur había sido la mejor decisión de su vida. La claridad del lugar era cegadora. Parecía que barnizaban los suelos dos veces al día. Todo el planeta se reflejaba en él y hasta le daba pena pisarlo, siendo que sus zapatillas de deporte estaban casi como nuevas.

—¿Cómo estuvo el viaje hasta acá? Es largo —soltó Ambrose cuando se dio cuenta que tanto James como Zack caminaban al menos dos pasos detrás de él, como si le tuviesen miedo o respeto.

—Sinuoso —contestó Zack, observando un candelabro de vidrio que colgaba sobre un comedor con incontables sillas. Se preguntó si alguna vez hubo tanta gente como para ocuparlas todas.

—Vaya, lindas palabras que usa tu hijo —comentó Ambrose, guiándolos hacia su infinito jardín verde. En la parte de atrás tenía su propia cancha de tenis, techada y privada, donde supuestamente ya estaba Russell esperándolos.

—Siempre ha sido así de intelectual.

—Pues, te va bien en la escuela, ¿verdad? —le preguntó antes de salir al patio.

—Sí, bastante bien —contestó distraído.

No se había puesto a pensar que tal vez Ambrose podría estar un poco a la ofensiva después de que su hijo, Sean, había sido condenado a 120 días de prisión preventiva mientras duraba la investigación, y todo porque había tenido una pelea con Zack Prawel que terminó en su feo accidente. Sin embargo, la expresión de la cara del hombre decía lo contrario, como si no le importase o bien ya hubiese asumido que tenía un hijo demente.

Intentando pensar en algo más, le echó un vistazo a la casa que ya estaba detrás de ellos. Claramente, Ambrose tenía más dinero que su padre, además de que no tenía una familia numerosa. Su esposa había fallecido durante el parto de su segundo hijo y en la casa no había una sola foto de ella o de la familia. Además, era mayor. Tenía sesenta y pico de años y un cargo gerencial. Aun así, se mantenía muy bien, aunque no había podido detener el crecimiento de las canas que poblaban casi toda su cabeza.

Su casa parecía totalmente surrealista, a pesar de él vivir una realidad parecida. Los pájaros cantaban entre los arbustos, todos verdes, húmedos y podados. Su terraza era divina, de piedra blanca, y el césped estaba cortado de forma pareja. Casi le dio risa lo perfecto que estaba todo. Era un repulsivo emblema de materialismo.

La cancha de tenis estaba fresca, sombría y olía a lavanda. Russell estaba sentado, chateando en su celular. Ni se percató de la entrada de los tres hombres hasta que estuvieron a pocos pasos de distancia de él.

—...la mandé a construir hace unos años. Me estaba intentando decidir si hacer esto o un mini campo de golf —le contaba a James cuando entraron —. Pero ya sabes que no todo el mundo disfruta el golf.

—Ni me lo digas. Susan no hace nada si eso significa un peligro para sus uñas.

Ambrose intentó sonreír, pero no pudo. A su memoria había llegado la imagen de su esposa. Nadie sabía que internamente culpaba a su hijo Sean por la muerte de ésta. Enderezó la espalda y saludó a su otro hijo como si no se hubiesen visto en todo el día. Zack les siguió, callado y de brazos cruzados, haciendo un gran esfuerzo por no hacer muecas de disgusto o volcar los ojos.

Ahora sí que extrañaba estar en el colegio.

—Eh, Zack —Russell se mostró en seguida lioso —. Qué agradable sorpresa.

Se estrecharon las manos.

—Buenas —saludó Zack, sonriendo con falsedad. No recibió contestación por parte de Russell, pues para ambos era un tanto difícil actuar como si se llevasen bien frente a sus padres. En vez de eso, se alejó y se puso a elongar con mucha elegancia, mostrando sus músculos y tatuajes. Zack solo sonrió y se mantuvo alejado lo más posible.

—Empecemos a jugar. Estoy ansioso —dijo Ambrose, estirando sus extremidades —. ¿Quién va conmigo? ¿O prefieren jugar en duplas?

James se encogió de hombros y dijo que le daba exactamente lo mismo.

—Bien. ¿Está bien si juegas con tu hijo?

—Claro que sí —aceptó el juego en parejas.

Ambrose se mostró seguro, sintiéndose joven otra vez. Se colocó frente a Zack, al otro lado de la cancha, y lanzó un comentario en voz baja de que estaba listo para ganar. Golpeó la pelota con su raqueta nueva. Rebotó en el piso. Zack hizo recepción con rapidez al tiro, golpeando de vuelta con mucha fuerza y bastante esquinado. La pelota pasó de largo y el señor Ambrose no pudo con ello. Todos se sorprendieron de que un jovencito de diecisiete años con un moretón pequeño en el pómulo izquierdo pudiese ganarle a la primera ronda.

—Zack —le regañó su padre en voz baja.

—¡Buena jugada! —se rio nervioso Ambrose, como si le diera un ataque de pánico el hecho de perder contra un niño —. Vamos por la segunda ronda.

Zack sonrió de lado, doblando un poco sus piernas y concentrándose en el sujeto. Sin embargo, su padre lo tomó del brazo y asió su muñeca con más fuerza de la requerida.

—No me dejes mal, ¿sí? Ya has hecho suficiente.

Nadie escuchó aquello, pero miraron extrañados. Intimidado, Zack obedeció la orden y dejó ganar al hombre que tenía más poder que su padre. El competitivo e inmaduro señor, estuvo riéndose en la cara de los perdedores, alardeando sobre sus técnicas en el tenis y que su esposa se había fijado en él por eso cuando tenía veinte años.

Cuando por fin llegó el descanso y habían sufrido incontables derrotas, Zack se distanció de su padre y se sentó sobre la banca para beber un poco de agua y secar el sudor de su rostro. Un poco después, Russell se sentó a su lado para hacer lo mismo.

—Te ves bien tras el accidente, hasta más fuerte y todo. ¿O es que te llegaron los cambios hormonales justo después de cumplir los diecisiete? —comenzó a decir él, mientras veía al grupo de adultos conversando a lo lejos, seguramente de los movimientos de Ambrose.

—No tengo ánimos de entablar una plática contigo. Menos cuando conozco tus intenciones.

—Solo lo dices porque sabes que tienes la cara de un niño de cinco años.

—No tengo la cara de un crío.

—Por favor, ni siquiera tienes vello facial. ¡Ni siquiera en las piernas! Además, actúas al menos como un bebé. Te cohibiste con tu padre en seguida cuando te pidió que no le ganarás al inmaduro de mi padre. Aunque no me sorprende, siempre fuiste una gallina.

Zack bebió agua, ignorándole.

—Yo una vez le gané —comentó de repente —. Se sintió genial, pero..., ¿por qué crees que estoy sentado y han repetido mil veces que juego mal?

Zack no quiso mirarlo.

—La gente poderosa destruye a las amenazas —concluyó.

Eso no solo explicaba los actos de Ambrose, sino también los de Sean.

—¿Estaba Sean celoso de mí? —se atrevió a preguntar, enarcando las cejas.

—¿Celoso? ¿Quién podría estar celoso de ti? ¿Acaso te crees el Rey de España o qué?

—Hablo en serio. No puede ser que Sean me hiciese la vida imposible por gusto.

—¿Y qué pasa si sí?

El muchacho parpadeó, quedándose sin argumentos.

—Eso puedes preguntárselo a él cuando salga libre de la cárcel —se inclinó, intimidante —. Pero créeme, Prawel, cuando te digo que, si a mi hermano le dan una condena de varios años, me vengaré.

Zack tragó saliva con dificultad y enderezó su postura cuando Ambrose se les acercó.

—¿Todo bien, muchachos?

—Sí —contestó Russell —. Solo recordábamos las estupideces que hacíamos de niños. ¿Recuerdas, Prawel, cuando una vez metiste la mano en un seto y te topaste con un nido de avispas?

Ambrose empezó a reír, aun cuando jamás había escuchado esa anécdota.

—Tenías como nueve años y gracias a ti salimos corriendo y gritando de vuelta a donde estaban nuestros padres. Derramé el helado en el camino y luego tú lloraste junto a las faldas de tu padre diciendo que nosotros te habíamos obligado a meter la mano allí. ¿No recuerdas?

Zack se mordió el labio inferior, queriendo ahorcarlo, mas su padre seguía con los ojos puestos en él.

—Fuiste tú el que quería que yo robara las frambuesas del seto.

Russell lo fulminó con la mirada, queriendo plantarle un golpe en la cara. El señor Ambrose sonrió con una simpatía estudiada.

—Oh, vamos, chicos, no se van a poner a discutir por lo que hicieron o no a los nueve años.

Se fijó en su raqueta y se dirigió hacia Zack Prawel.

—Parece que no se te da tan bien el tenis después de todo, Zack. Tu padre me había dicho que te desenvolvías bien en algunos deportes como el fútbol, el vóleibol o el tenis..., pero quizás en el tenis sigues siendo un amateur.

Russell dejó escapar una carcajada.

—Es que Zack es mucho ruido y pocas nueces, papá.

Zack sintió sus mejillas volverse rojas de furia. Detestaba que lo tratasen como a una hormiga a la cual pueden pisar cuando plazcan.

—¿Qué le da esa idea, señor?

Russell sonrió como si estuviese listo para ver la acción. Conocía a Zack muy bien y siempre adoró verlo enojado, en especial contra James, quien ya había prestado atención a la escena desde lejos.

—Oh, no sé. Quizás se le dan mejor las finanzas...

—¿Quiere un duelo uno a uno?

Ambrose sonrió de lado con mucha gracia.

—Seguro.

James no pudo interferir. Zack ya estaba decidido a hacer trizas al abuelo, mientras éste estaba listo para quedar como un Dios del tenis. Le pidió que él partiera. Así sin más, le lanzó la pelota y Zack la tomó con una mano, sonriendo de lado. James se acercó a la cancha a la altura de la red, observando a su hijo con algo de miedo. Sabía que Zack era un chico decidido y, a veces, un tanto presumido. Sabía que eso iba a terminar mal.

Si no hacía algo, estaría en apuros.

—No creo que sea buena idea que te agites, hijo. El doctor Dunn...

—El doctor Dunn me ha dado el alta hace días —lo calló, colocándose en la posición de saque —. Me siento mejor que nunca, papá. No interrumpas.

Russell había dejado su celular de lado para poner atención a la gloriosa batalla. Sin hacerse de rogar, Zack lanzó un pequeño jadeo y pegó a la pelota con fuerza. Fue tan rápido que Ambrose no pudo ni mover bien su raqueta, por lo que la pelota le pegó en la muñeca. Pegó un pequeño quejido y se miró la mano con algo de vergüenza, más que dolor. Era punto para Zack.

El chiquillo sonrió de lado, colocándose la raqueta en el hombro e ignorando las negaciones de su padre, que intentaba advertirle lo furioso que se pondría el hombre si perdía.

—Bien —Ambrose comenzó a reírse mientras movía su muñeca en círculos —. Sacaré yo ahora, ¿ya?

Zack se encogió de hombros, esperándolo pacientemente. Russell le hizo una seña de que le cortarían la cabeza, pero no hizo caso.

—Bien, vamos.

Ambrose, haciendo mucha más fuerza de la debida a su edad, sacó el tiro, más Zack se lo respondió sin siquiera correr mucho. La pelota iba y venía de un lado a otro de la cancha, y todos los presentes observaban en un tenso silencio la competencia. Quejidos y bufidos salían de las bocas de ambos personajes. Ambrose, que ya lucía famélico, no quería perder por nada en el mundo contra un muchachito que apenas estaba saliendo de la adolescencia; y Zack quería demostrar que no era un "hijito de papá".

Pasaron los minutos y el fin comenzó a acercarse. Ambos estaban sudorosos. El flequillo de Zack caía ya húmedo sobre su frente, pero no lo detenía para hacer fuerzas y ganarle al señor en una competencia interminable. Sus gritos se incrementaban, no solo en números, sino también en volumen.

—Zack, no... —quiso decir su padre, pero se calló cuando Zack pegó un gran grito y le pegó a la pelota de lado, provocando un efecto de curva que, a veces, solo es posible ver en partidos de fútbol. Ambrose comenzó a correr desde antes que la amarillenta pelota, a gran velocidad, cruzase la red. Sin embargo, a pesar de lanzarse como arquero en busca de ella, no alcanzó a golpearla. Cayó en el suelo, destruido y derrotado, rasmillándose un brazo. La pelota pasó por encima de su cabeza y se estrelló en algún rincón. El juego había acabado y el hombre que se hacía llamar el Dios del tenis había terminado en el suelo, magullado y derrotado ante un chiquillo que no hace mucho había dejado de usar muletas.

Russell comenzó a reírse, tapándose la boca con una mano. Zack sonrió radiantemente desde su lugar. Saltando, celebró su triunfo, a pesar de que su padre corrió a socorrer al indefenso hombre. En ese momento, no solo entendió que Ambrose jamás volvería a invitarlos a nada a su casa, sino que su padre le iba a dar una amonestación de esas que no le daba desde hace tiempo.

—No puedo creer lo que hiciste.

Efectivamente, fue lo que dijo su padre en el carro cuando ya iban de vuelta al centro empresarial de Canberra, donde vivían. Las luces de la autopista no dejaban ver las estrellas de la noche.

—No se lo tomó tan mal —se defendió, colocando su brazo en la ventanilla, que estaba cerrada. Hacían algo así como seis grados afuera.

—Se comenzó a reír de puros nervios. No nos invitará más a jugar.

—Qué castigo, ¿no?

—No te pongas sarcástico. Lo que hiciste estuvo mal, ¿no entiendes? —aumentó la calefacción como si supiera que eso le molestaba —. Me dejas mal a mí frente a uno de mis mejores colaboradores. ¿Por qué siempre te esmeras en hacerlo?

Intercambiaron una rápida mirada.

—Te olvidaste de mi cumpleaños. ¿Por qué tendría que reconsiderar mi actitud?

James cerró la boca hasta llegar edificio. Alban le abrió la puerta, saludándolos con cortesía. Zack se bajó con rapidez, antes de que a Alban se le ocurriese abrirle la puerta para él también y tratarlo como el rey que no era.

—Zack.

Subió por las escaleras de emergencia, sin importarle lo mucho que tendría que subir. Su padre tomó el ascensor, haciéndose una idea de cómo podría arreglar una relación ya rota. El conserje hizo oídos sordos y siguió mirando las cámaras de seguridad que se proyectaban en su computadora, espiando lo que tal vez no debería haber visto nunca.

Zack subió tan rápido que, agitadísimo, llegó antes que su padre. No saludó a su madre y se encerró en su cuarto, tomando a Phil en brazos y entrando con él. La puerta se cerró de un golpe y justo entonces, comenzó a llorar.

—¿Zack? —escuchó la voz de su madre al otro lado de su puerta.

—¡POR UNA PUTA VEZ EN MI VIDA DÉJAME EN PAZ!

Nunca les había gritado de esa manera a ninguno de sus dos padres, mucho menos con un garabato. En cuanto esas palabras salieron de su boca, incluso mucho antes de procesarlas en su cabeza, el pánico surcó su expresión y el miedo a que entraran a darle el forro sucumbió su interior. Sin embargo, ninguno de sus padres se atrevió a abrir la puerta de su habitación y el departamento cayó en un silencio de ultratumba.

Nunca pensó que las vacaciones de invierno tendrían un final tan poco feliz.

-xxx-

El último miércoles de vacaciones, Violet recibió una respuesta a su carta. Era el último día del mes de julio coincidentemente.

Querida hija:

Queremos felicitarte por tus logros académicos y por haber hecho muchos amigos. Estamos felices de saber que lo estás pasando bien, que estás aprendiendo y madurando. Hasta tu ortografía está mejor que antes, y eso lo pudimos notar todos. También nos alegra oír tus experiencias allí, lo bien que te trata esa familia y todos tus amigos parecen ser un aporte a tu vida diaria. Le damos gracias a Dios de que te encuentras bien y, sin duda, también te echamos de menos a ti y a tu innata alegría que coloreaban nuestras vidas. Además, creo que es bueno que ya sepas que es oficial que tu abuelo se vino a vivir con nosotros. No te preocupes por lo del columpio. Tu abuelo sabe lo mucho que adoras esa casa, por lo que solo ha puesto el cartel de arriendo y esperamos que alguien se anime a vivir allí. Después de todo, es una casa muy especial, ¿no? La abuela Theresa estaría de acuerdo.

Gracias por esta carta, ha sido una sorpresa muy grata. Esperamos que este segundo semestre te vaya aún mejor y disfrutes lo que te queda allí. Felicitaciones una vez más. Besos a la distancia.

Papás y Boppa.

A la carta venía adherido un dibujo de una niña en un columpio que su Boppa había dibujado, a pesar de lo mucho que le costaba debido al Parkinson. Parecía el dibujo de un preescolar, pero le sacó unas lágrimas de felicidad a Violet que no pudo contener. Lo atesoraría para siempre.

Con esa mentalidad, se acostó esa noche, lista para empezar el segundo semestre. Se preguntaba si ocurriría algo diferente, algo que pudiese cambiar su estadía allí.

-xxx-

—Necesito de su ayuda muchachos.

Russell se encontraba sentado al borde de una de las fuentes de esos parques medios escondidos en barrios residenciales. Era la noche anterior a la entrada a clases en Southern Cross.

—¿Qué clase de ayuda? —preguntó un rubio que tenía parecido a Nick Carter cuando era integrante de los Backstreet Boys. Él era de último año en la secundaria, ex amigo de Sean, al igual que su grupo de amigos del salón.

—Quiero vengar a mi hermano.

Lanzó una risa.

—¿No estarás pensando en terminar lo que él hizo ese día o sí? Venga, hombre, que toda la escuela se ha enterado de lo mal que dejó a ese tal Zack Prawel. El pobre hace unas semanas no se podía ni el cuerpo.

—No, eso es demasiado —admitió, pero a la vez sonrió —. Solo quiero que él quede mal a los ojos de todos en la escuela.

Les echó una rápida mirada a los presentes. El rubio se llamaba George y el amigo que venía con él, de ascendencia asiática, se llamaba Chen. Ambos eran compañeros de clases y conocían a Russell por Sean y porque él les vendía marihuana de vez en cuando.

—¿Qué quieres que hagamos? Porque tú no puedes entrar a la escuela —preguntó Chen.

—Por Dios, Chen, obviamente no entraré a la escuela, pero debo hacer algo para que Sean quiera volver a verme. La última vez, pues... no fue una visita muy gratificante, ni para mí ni para él.

—¿Terminaron mal las cosas? —preguntó Chen otra vez.

—Ni lo preguntes. Está furioso —se pasó una mano por su cara llena de granos y su cabeza mal rapada —. Y si esos nerds encuentran lo que no deben encontrar, estarán perdidos.

—¿Qué es?

—No quieres saberlo.

George alzó sus cejas hacia el asiático. Este pareció tener miedo, por lo que se quedó encogido, escuchando el agua de la fuente caer como la seda.

—Bueno, ¿van a ayudarme o no? Ustedes son los únicos que pueden hacerle algo dentro de la escuela, pero... recuerden, solo para dejarlo mal. Quiero que todos piensen que Zack Prawel es una basura. Que se merecía lo que Sean le hizo.

Respiró profundo y les clavó la mirada.

—Quiero que la opinión pública apoye a mi hermano. Necesito que Sean salga en libertad.

George y Chen se miraron y asintieron. Estaban dentro. El plan de liberación de Sean Glover se ponía en marcha.

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