C i n c u e n t a y c u a t r o

Capítulo 54

La atrajo contra su pecho y se fundieron en un abrazo. Era tan pequeña que Zack pudo posar su mentón sobre su cabellera rubia. Una mano la posó sobre su cálida espalda, acariciándola en círculos como a una niña pequeña, mientras la otra la posó sobre su pelo. Sus ojos grises se llenaron de lágrimas, a pesar de que se repetía mil y una veces que no debía llorar. Estar tan cerca, tan íntimos, le provocaba una extraña sensación de abandono. Podía escuchar sus rítmicos latidos de corazón y disfrutar el cómo su pecho subía y bajaba al respirar. No quería despegarse.

—Me da tanta pena por ella. Tal vez ni lo recuerde. Le estaremos contando algo que no existe en su memoria —murmuraba ella, pensando en los argumentos que Kevin había dado para no decirle la verdad a Alice sobre su violación.

—Es difícil, pero tiene que saberlo.

—No lo sé. Si me hubiese pasado a mí, a lo mejor no me gustaría enterarme...

Volvió a sollozar contra su hombro, a pesar de que sabía que ya se había hecho de noche y que él debería estar yéndose a casa de Kris.

—Después tenemos que contarle a Kristian también.

—Hum.

—Y a Carpenter, para que luego hable con la policía y se presente el testimonio a fiscalía y...

—Violet, deja de pensar en eso —la abrazó más fuerte.

—¡Tenemos que solucionar esto!

—Estás haciendo lo que puedes.

En medio del silencio, Zack alzó un poco la vista y pudo ver una danza en el cielo nocturno.

—Mira.

Temerosa, ella se separó e imitó su postura. El cielo estaba más estrellado y allí, como en un sueño, una estrella fugaz viajaba lentamente, dejando una estela de luz que iba desapareciendo poco a poco.

—No veía de esas desde hace años —comentó en un murmullo, como si estuviese prohibido romper el silencio en momentos así.

—Pide un deseo —la animó él, bajando su cabeza hacia ella. Una sonrisa diminuta se formó en su rostro cuando vio sus ojos iluminados, pendientes en la estrella.

—Pero...

—No lo pienses. Solo hazlo.

Ella se relamió los labios y respiró profundo.

—Está bien.

Cerrando sus ojos, pidió su deseo sin decir una palabra. Lástima que no se cumplió.

Esa noche, cuando estaban cerca de ser las doce, se decidió vía mensajes telefónicos que debían contarle a Alice toda la verdad porque merecía saberla. Después de eso, irían con Carpenter, presentarían sus testimonios y esperarían a que la justicia hiciese el resto del trabajo.

Justo antes de apagar la luz para irse a dormir, Violet revisó una vez más su teléfono a eso de la una de la madrugada, sorprendiéndose al notar que tenía un mensaje extra de Kevin Kobrinsky, que había sido mandado con la intención de que lo viesen en la madrugada.

"Hagan lo que quieran, pero si después Alice muere de un ataque, no será mi culpa".

Pensó en contestarle, pero su última conexión había sido hace más de veinticinco minutos y dudaba que lo viese hasta la mañana siguiente, por lo que solo se acostó e intentó dormir, mas no pudo pegar un ojo en toda la noche. Ninguno de los cuatro que sabían del secreto pudieron hacerlo.

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James mantuvo los ojos cerrados durante todo momento, mientras esperaba que Susan atendiese al otro lado de la línea. Ya había tardado bastante, pues estaba llamando por cobro a México, donde su exesposa ya se había instalado a vivir con quien ahora era su pareja oficial.

—Estaba esperando tu llamada —fue lo primero que dijo cuando levantó la contestadora —. ¿Qué pasó?

Su voz era ronca y distante, aunque no le sorprendía. Se llevaban tan mal que dudaba que volviesen a comunicarse después de esa llamada.

—Te llamaba para avisarte que... —abrió los labios un poco más, decaído —. Zack volvió a intentar suicidarse.

Tenía el ferviente deseo que no le hiciese preguntas obvias, pero sabía que iba a hacerlo de todas maneras, aun cuando no parecía importarle mucho.

—¿Otra vez? —se llevó la mano a la boca —. ¿Qué clase de intento...?

—¿Cómo que qué clase de intento? ¿Cuál podría ser?

—Me refiero a si fue tan grave como el último.

—No sé detalles. Carpenter me citó y ahí fue cuando me di cuenta. Me descontrolé y, bueno...

—¿Volviste a pegarle? —soltó una risa corta e irónica —. Tú estás demente.

—Estoy harto de que nos suceda esto, Susan. Tienes que admitir que su intento de suicidio también fue una razón de nuestro distanciamiento como familia.

—Puede ser, pero... si te soy sincera, fue lo mejor que me podría haber pasado.

Un sabor amargo acarició su paladar cuando dijo eso.

—Eso dices solamente tú, que ahora estás con ese tipo. Yo no tengo a nadie. Zack se está quedando en casa de un amigo.

—¿Cómo dices?

—Lo que escuchaste. Se escondió allí y no sé cuánto tiempo más logrará arrimarse a esa familia antes de que lo echen a la calle.

Susan, al otro lado de la línea, solo pudo hacer una mueca.

—James, hay algo que tengo que contarte.

—¿Qué cosa?

El hombre ya sentía que su cabeza explotaría del fastidio. Lo único que recibía eran llamados de abogados, de consumidores, de socios, entre otros. A ninguno le importaba si tenía una vida detrás.

—Estoy pensando en formar una nueva familia con Max.

—¿No lo has hecho ya?

—Hablo de un bebé.

Sus ojos se abrieron de golpe, sintiendo entre furia y confusión.

—¿Tú estás loca? ¿Qué clase de familia podrías formar si no pudiste mantener la primera?

Susan apretó con fuerza el teléfono entre sus manos.

—Zack no está interesado en ser hijo mío tampoco. Hablé con él antes de irme y me dejó claro su deseo de no mantener una relación conmigo, ni siquiera a distancia. Ahora, quiero tener un hijo que me pertenezca a mí y a Max.

James comenzó a reír con ganas, retomando la redacción de un informe en su laptop. Afirmaba el teléfono con parte de su oreja y el hombro.

—No puedo creer que seas así.

—No me des clases de maternidad. Pronto podrás conocer a una rubia de piernas estiradas, rusas como te gustan, y tener otro hijo rubio de ojos azules.

James golpeó la mesa.

—¡Zack es mi hijo! Jamás le daré la espalda.

—Pero eso no es lo que él piensa, ¿o sí? Y te aseguro que ni tú estás convencido de eso —dijo y cortó.

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—Creo que deberías ir a un psicólogo o algún terapeuta —le decía Kris, mientras hacían juntos una tarea de física—. Ya sabes, solo para asegurarnos.

—Lo sé. Iré a ver a un médico... cuando tenga tiempo y pueda financiármelo de una manera que no sea pidiendo dinero a mis padres.

Kris levantó la vista de su cuaderno por fin.

—Estás muy decidido respecto a eso, ¿no es así?

Zack no levantó la vista del cuaderno.

—Sobre tus padres, digo.

—Hum, sí, muy decidido. No quiero hablarles. Tal vez cambie de opinión a futuro, pero no ahora.

Kris comenzó a morder el lápiz.

—Mi mamá conoce a un psicólogo. Cuando tengas los medios, podría pasarte el dato.

—Gracias por el dato —dijo, observando a través de la ventana de nuevo —. Pero yo haré el contacto.

El silencio incómodo dio paso a una nueva conversación.

—Eh, Zack. ¿Has pensado al final en dónde te vas a quedar?

—Sé que tus padres no me quieren aquí...

—No es eso.

—Sí —cerró los ojos un momento —. Es difícil alimentar y educar a otra persona. Lo entiendo.

Kris calló y Zack lo miró con una sonrisa nostálgica.

—No te preocupes por mí. Estaré bien —dijo, aunque sonó como un lamento —. Ahora, ¿puedes prestarme el teléfono?

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Contarle a Kristian Bailey lo que sucedía con Alice no fue una tarea fácil. Violet y Zack se estuvieron pegando codazos en el pasillo, y finalmente él tuvo que agarrarla y meterla a una sala vacía para hablar con ella.

—Creo que es una mala idea decirle a más gente.

—¡Kris es parte de nuestro grupo de amigos! —lo defendió ella con un chillido, lo que obligó a Zack a cerrar la puerta y separarlos del mundo de los pasillos.

—Decirle a Kris —comenzó a decir él, dándole la espalda —. Es una mala idea. "Mala idea" con todas sus letras.

—¿Por qué?

Zack hizo un mohín y ladeó la cabeza.

—Kristian es chismoso. Se le escapará y se enterará gente que no tiene que enterarse.

Violet parpadeó, extrañada.

—Creí que querías que todo el mundo lo supiese.

—No así.

Hizo un ademán, enseñándole una silla, conforme él tomaba otra y se sentaba, dejando el respaldo al frente para apoyar sus brazos.

—Kevin tiene razón tan solo en un punto, y es el hecho de que estamos hablando de una violación.

—Zack...

—Si Sean realmente violó a Alice esa noche, estamos hablando de un delito que puede costar años de cárcel. Incluso puede arriesgar a una cadena perpetua. Nos estamos metiendo en las patas de los caballos y lo sabes.

Violet se pasó una mano por el cuello, el cual pudo sentir sudoroso y tenso. El recreo pronto acabaría y tendrían que volver a clases de biología, antes de la hora de almuerzo, en donde se supone que debían contarle a Kris.

—Me siento de alguna forma culpable.

—Mira, si de verdad quieres decírselo a Kristian, tendremos que hacerlo de una forma en que no se altere.

—Bien —se cruzó de brazos —. ¿Vas a decírselo tú?

—Ni de chiste.

—Zack.

—Vi... Sigo pensando que decírselo a más gente es una pésima idea. Si la escuela se entera...

—Nadie se va a enterar, Zack—la calmó ella, sacando su celular y enviándole un mensaje de texto a Kris —. Pero somos un equipo. No dejaremos a nadie fuera. Además, seguro a Kris se le vienen mejores ideas de cómo contarle a Alice, porque yo no tengo idea.

Zack calló, observando los movimientos rápidos de sus dedos contra la luminosa pantalla.

"Hay que hablar de un asunto importante a la hora de almuerzo. Estaré con Zack".

—Ya está hecho —dijo el muchacho, poniéndose de pie —. Yo solo espero que no se nos escape de las manos.

—Oh, créeme, ya se le escapó de las manos a Kevin hace muchos años.

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Después de discutir con Zack, Kevin había ido corriendo a buscar a Diana para terminar de hablar. Sabía que había terminado con ella de mala manera, pero se había sentido muy presionado. Hace tiempo no le veía futuro a la relación y tampoco confiaba en ella después de que le contase a Violet su más grande secreto. Por ello, corrió lo más rápido que pudo, hasta que logró alcanzarla justo cuando la castaña estaba entrando a su pasaje, cabizbaja y dando pasos cortos, pero rápidos.

—Diana —apenas escuchó que la llamaba, apresuró el paso para llegar antes a su casa, mas él se detuvo en frente y le cortó el paso —. Diana.

—Vete a la mierda. No quiero hablar contigo y dudo que mis vecinos quieran escuchar los gritos que voy a pegarte si sigues insistiendo —se hizo a la derecha y él también —. Muévete.

—Quiero que me escuches. Si vamos a terminar, terminemos de buenas maneras.

Diana colocó bizcos los ojos y logró hacerse a un lado, avanzando hacia su casa, la que alcanzaba a ver a tan solo unos metros.

—¡Diana!

La chica se volteó con rudeza. Traía la cara roja de rabia.

—No vuelvas a gritarme en la calle.

—¡Pero es que tú no te detienes! —chilló él, siempre moviendo sus manos —. No quiero hablar contigo como si estuviese hablando con una pared.

—Estoy molesta —afirmó con más fuerza los libros que llevaba en sus brazos —. Violet tiene razón. Todo este tiempo yo también estuve encubriendo una situación deplorable. ¡Y por ti!

—Diana, estaba ebrio...

—¡¿Quién te mandó a beber?!

—Había alcohol allí —apuntó con sus manos a una mesa imaginaria.

—¡No tenías porqué beber! —le gritó ella —. ¡No tenías porqué permitir eso! ¡¿Por qué lo hiciste?!

—¡No lo sé!

—¡Claro que lo sabes! ¡¿Por qué lo hiciste?!

—¡Para encajar en la maldita sociedad!

Su grito salió de su garganta, dejándola petrificada en plena calle. Si aparecían los policías por un llamado telefónico, no dudaría en que alguno de los vecinos hubiese llamado. Ya podía ver a algunos asomando sus cabezas discretamente por las ventanas, intentando esconder sus siluetas con las cortinas.

Los ojos de Kobrinsky estaban rojos por las lágrimas, tanto de ira como de vergüenza.

—¡Tú más que nadie debería saber lo que es querer encajar en este mundo! —le encaró, sin regular el volumen de su voz —. Si tomé alcohol esa noche fue porque es la única forma de llegar a la punta de la pirámide en esta maldita escuela. ¡Y lo sabes!

Hizo una pausa cuando vio que la castaña evitaba su mirada.

—O quizás no... —se mordió el labio inferior con fuerza —. Quizás estás cómoda encontrándote en la base.

Eso hizo que ella alzara la mirada con prepotencia.

—No intentes voltear la tortilla, Kevin. No intentes echarme la culpa de nada. ¡Yo no hice nada!

—¡Tú misma dijiste que me encubriste!

—Eso es porque eras mi novio.

—¿Y eso que tiene que ver?

—¡Mucho! Estás haciendo un drama innecesario.

—Estamos hablando de mí.

—¿Qué? —casi se ríe —. ¿Acaso el famoso Kevin Kobrinsky no puede estar metido en un drama que no trate sobre su físico espectacular o su cara bonita?

—Tampoco fue mi culpa, Diana. Estaba borracho y...

—¿Y vas a seguir con esa excusa barata?

—Diana.

Ella se acercó, intimidante.

—Yo no dije nada porque eras mi novio y te veía afectado con todo este asunto. Pero, debes entender que ya dos personas más lo saben y no nos podemos quedar de brazos cruzados —su seriedad era de temer —. Ella tiene derecho a saber.

—Estás siendo irracional...

—No —le cortó, bajando la mirada —. Estoy siendo justa y valiente. Algo que a ti te falta.

Hizo una pausa, y aunque le costó decirlo, lo dijo:

—Quizás lo entiendo mejor porque soy mujer. Ya sabrás a qué me refiero.

—Diana.

—Por cierto, estoy de acuerdo con el término de esta relación. No quiero estar con un hombre que normaliza la violación y que hace menos de una hora acaba de decir que no soy lo suficientemente bonita comparada con sus exnovias.

—No quise.

—Pero lo hiciste, Kobrinsky, lo hiciste. Ten más cojones para la próxima y dímelo desde el principio para ahorrarme meses de falso amor.

Los ojos de Diana se desviaron en cuanto comenzó a alejarse. Las zancadas que dio aumentaron de velocidad conforme se alejaba, derramando lágrimas, dejando atrás a quien creía que iba a cambiar por ella.

Cuando volvió a clases, no podía dejar de sentir que todo el mundo la miraba. Sentía que ya todos se habían enterado de que era una muchacha que se dejó manipular gracias a lo ciega que estaba, creyendo estar enamorada, cuando, quizás, no era tan así. Se preguntó a sí misma en clases si Violet, Zack, Kris o Alice pensaron o dijeron alguna vez que ella había sido una tonta por fijarse en alguien como Kevin. Si su querido padre lo decía cada noche a la hora de la cena, ¿por qué sus amigos no?

Después de la clase de biología, vio a Violet haciéndole señas con los ojos a Zack. Este, al otro lado de la sala, le alzó las cejas y salió del salón primero, dirigiéndose extrañamente hacia la cafetería. Los escalofríos que sintió en su espalda no le daban buena espina. Hablar sobre el abuso sexual hacia una compañera no era algo que se tomaba a la ligera. Sabía que Kevin andaba más nervioso que nunca, incluso más que antes de recibir los resultados de los exámenes del semestre pasado. Pudo observar que ni se levantó de la silla cuando sonó el timbre que anunciaba la hora de almuerzo. Se quedó sentando, mordiendo su lápiz y temblando como un perro callejero bajo la lluvia. Lo ignoró, antes que se percatara que lo estaba mirando demasiado.

—Violet.

Su amiga rubia había tomado sus cuadernos que seguramente guardaría en la taquilla. Lucía sorprendida, como si no estuviese dentro de sus planes auxiliar a su mejor amiga.

—¿Sí?

—Te he visto a ti y a Zack intercambiando miradas raras. ¿Vas a hacer algo con él respecto a esto?

Kris pasó por su lado y les sonrió, caminando hacia la cafetería. Eso puso nerviosa a Violet.

—Bueno...

Respiró profundamente.

—Vamos a decírselo a Kris.

—¿Qué? ¡No!

Rosie y Fanny conversaban junto a la puerta. Se dieron vuelta a verlas cuando oyeron el chillido de Diana, quien además se veía muy alterada.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Rosie, parándose de puntillas. Fanny le dio un empujoncito en el hombro.

—Cállate, Rosie.

Volcó los ojos y se retiró, siendo seguida por ella. Por fin se encontraron solas en la sala. Podían oír las risas y conversaciones que provenían desde los pasillos, que parecían deprimir más a Miller.

—Violet..., no lo hagas.

—¿Por qué crees que es una mala idea? Kristian es inteligente y nos ayudará a formar un plan para resolver todo este inconveniente.

Entonces, Diana rompió en llanto. Su cuerpo temblaba y parecía que sus piernas no podrían soportar mucho más el peso de su cuerpo.

—Oh, Diana.

Un tanto confundida, se acercó y la abrazó para contenerla. Sentía su cuerpo temblar entre sus brazos y realmente no estaba segura sobre qué decirle. Sabía perfectamente que lloraba porque se le habían juntado los problemas, colapsándola.

—Todo va a estar bien, ¿vale? No llores. Saldremos de ésta.

Se separó y se tomó su tiempo para pasar delicadamente sus pulgares bajo sus ojos, soplando sobre sus largas pestañas para secarlas.

—Vamos, bonita. Hay que contarle a Kris.

—¿Segura que es una buena idea?

Violet asintió con ganas.

—Somos un equipo, una familia. Tenemos que apoyarnos entre todos.

—Va a hacer muchas preguntas. Será como un interrogatorio —se quejó ella, caminando lentamente a su lado hacia la puerta.

—Bueno, será como un ensayo para cuando nos interroguen de verdad —recordaba cuando la interrogaron en la clínica —. Ahí es cuando de verdad vas a tener miedo, Diana.

Tembló y le tomó la mano con fuerza.

—Solo te pido dos cosas: No me hagas hablar a mí ahora y...

Levantó ambas manos juntas.

—No le sueltes por nada en el mundo.

La rubia sonrió, notando lo ida y fría que se encontraba Diana. Por supuesto que no iba a soltarla. Le prometió que, pasase lo que pasase, jamás la dejaría sola.

Kevin estaba sentado solo sobre una de las mesas, mirándose las manos, manchadas con un poco de tinta azul de uno de sus lápices. Tenía una expresión de odiar al mundo, y los muchachos del último año se reían de él a lo lejos. Kris almorzaba a su lado con ganas. Había carne de res con arroz de almuerzo y parecía gozarlo. Zack, quien era vegetariano, se limitaba a observarlo, sin hacer comentarios, pues no estaba de ánimos de dar oportunidades a Kevin para hablarle.

—Eh... —Violet apareció junto a Diana y movió su mano libre con nerviosismo —. Hola, Kris.

Su amigo dejó de comer.

—Hola —la miró extrañado —. ¿Pasa algo?

Los labios de la rubia temblaron.

—Tenemos algo que contarte.

El tenedor quedó estático en el aire. El ambiente se puso denso de inmediato. Lo que pasaba en las otras mesas dejó de interesar al quinteto. Diana nunca dejó de soltarle la mano a Violet.

—Hubo una fiesta en primer año que fue de bienvenida.

—Oh, sí —se acomodó los lentes —. Eso se hace todos los años. Nosotros también hicimos la nuestra cuando estábamos en segundo..., fue en casa de...

—No importa en casa de quién fue —gruñó Kevin —. Estamos hablando de la fiesta de bienvenida que nos hicieron a nosotros en primer año.

—¿Por qué estamos hablando de fiestas tan de repente?

Violet y Diana intercambiaron una mirada asustadiza.

—Algo sucedió en esa fiesta —comenzó a decir Violet.

Diana soltó un suspiro tembloroso.

—Algo horrible —añadió ella.

—Dios, si se trata de algo que incluya vómito o sexo, no quiero saber.

Los cuatro se miraron, delatándose. Kris soltó el tenedor.

—¿Qué pasó?

Diana comenzó a llorar otra vez, tapándose los ojos con una mano que no dejaba de temblarle. Los de último año pudieron observarla y Kevin no tardó en agacharse e intentar esconder su cara dentro del pote de su almuerzo.

—Me están asustando —Kris elevó su mano y alcanzó el brazo de Diana —. ¿Por qué lloras?

—Alice fue violada por Sean en esa fiesta —declaró Zack entonces.

Kris cerró los ojos y Violet logró ver el nudo que se formó en su garganta. La comida dejó de ser sabrosa y todo a su alrededor pareció volverse silencioso y aislado.

En realidad, enterarse que una compañera había sido abusada sexualmente no era algo de lo que se podía hablar abiertamente. Kristian Bailey se quedó tan callado que hasta pareció que no tenía dudas, como Diana y Violet sospecharon en un primer momento. Quizás no conocía las palabras adecuadas para referirse al tema. Quizás solo quería que alguien lo estrechase en sus brazos y le dijese que todo era mentira o que todo iba a salir bien. De todas formas, la segunda opción también era una mentira.

Zack suspiró con tristeza tras soltar la verdad. Se sentía como una flor en invierno que muere y se esconde tras la hierba. No quería asumir esa realidad. Estaban sucediendo demasiadas cosas en muy poco tiempo. Entonces, las lágrimas de Diana le fueron contagiadas a Kris, aunque las de él fueron muy silenciosas. Su cara pareció volverse de un pálido azul que lucía irreal. Sus manos no temblaron, pero su mandíbula sí.

Alice los divisó de lejos. Antes de que pudiese incluso hacerles una seña, Diana tomó su mochila, se la colgó al hombro y huyó, fracasando en el intento por pasar desapercibida. Su rostro bañado en lágrimas era claro. Alice quedó con la mano en el aire, sin saber si acercarse o esperar a que uno de ellos se animara a saludarla.

Los labios de Kris temblaron.

—¿Cómo?

—Kevin confesó todo —habló rápidamente Zack, observando al rubio que miraba hacia cualquier otra parte —. No hay nada más que averiguar. Sucedió.

—¿En primer año?

Violet contó innecesariamente con los dedos, quizás porque quería distraerse con algo.

—Sí —confirmó Zack, observando de reojo a Alice de lejos, quien había entablado ya una conversación con una de las cocineras —. Kevin estaba muy bebido, pero dice estar seguro de lo que vio.

—Pero... ¿primer año?

Zack casi estalla del estrés.

—Dios mío, Kristian. Te estoy diciendo que fue en primer año. Kevin se lo contó a Diana y Diana a Violet.

—Y Violet a ti —Kris estiró sus brazos —. ¿Por qué soy el último en enterarme de todo siempre?

—¿Eso importa? —lo interrogó Violet, alzando una de sus cejas con esmero.

—No, pero...

—No viene al asunto.

La frialdad que trasmitía Violet lo hizo callar por fin. Le fue imposible hacer reparos.

—Escucha, Violet... —habló Kris otra vez, un tanto confundido —. Este tema es delicado. ¿Y si es mentira?

—No es mentira. Es cosa de verle la cara a Kevin solamente —le dijo Violet, apretando los dientes. Estaba tan molesta con el rubio por haber escondido por tantos años el secreto, que estaba a punto de levantarse e ir a pegarle una patada en el culo.

—Estoy bien—soltó Kevin en voz baja.

—Te ves... deprimido.

Kevin se balanceaba de adelante hacia atrás sutilmente. Tenía unas ojeras marcadas que eran difíciles de no notar, y miraba constantemente en todas las direcciones, como si les tuviese fobia a las personas.

—Más te vale arrepentirte —dijo Zack, colgándose la mochila al hombro —, si es que te queda una cuota de integridad.

—¿A dónde vas? —le preguntó la rubia al notar que se estaba levantando.

—A ninguna parte.

Se alejó con paso rápido y seguro, mirando siempre hacia el frente. La mirada de Violet se quedó clavada en su espalda hasta que ya no pudo verle más. Cuando Alice por fin había recibido su bandeja de comida, se sorprendió al ver que ya ninguno de sus compañeros estaba en la cafetería.

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Kevin no había prestado atención a ninguna clase. Solo quería que la jornada transcurriese lenta, muy lenta. Sabía que era el elegido, el que tendría que escupir el secreto más horrible que alguna vez se le ocurrió esconder. Tendría que hablar sobre un crimen.

Una pierna le temblaba bajo la mesa. Mordía el lápiz y pasaba de mirar a su maestra dando la cátedra al reloj de sala. Cuando el timbre sonó anunciando el fin, Violet respiró profundamente y salió hacia el pasillo de las primeras. Su taquilla nunca había estado tan lejos, sus pasos nunca habían sido tan lentos y sus latidos tan entrecortados.

—Violet.

Casi dejó caer sus cosas ante esa voz que no estaba esperando. Era Zack.

—¿Qué sucede?

Abrió su taquilla y comenzó a ordenar los cuadernos en el interior.

—Kevin, Diana y Kris ya partieron. Alice llegará por su cuenta más tarde.

—¿Qué?

Zack se apoyó contra los casilleros.

—Tiene que hablar con el profesor de historia. Seguramente criticará su futuro.

—Ojalá no se le termine olvidando que nos hemos puesto de acuerdo para juntarnos.

Los pasillos pasaron de estar repletos de estudiantes a vaciarse poco a poco.

—Vamos —la animó Zack —. Vamos juntos.

—Sí.

La idea le agradó. Sería como un momento de armonía en medio de la incertidumbre.

Salieron del establecimiento tomados de la mano. Sus pasos eran ligeros, ignorando las miradas y conversaciones de los presentes. El cielo estaba parcialmente nublado, como si dos emociones se hubiesen reencontrado. Experimentando cada sensación, observando las mariposas de miles de colores sobrevolando los árboles y disfrutando cada perfume de las flores primaverales, dos jóvenes iban de la mano caminando hacia la estación de metro más cercana.

Al momento de llegar, notaron que estaba algo llena. La hora punta se acercaba y había muchos estudiantes volviendo a sus casas, acalorados y desvelados. Zack pagó por él y Violet, ya que ella no tenía dinero para pagar un boleto y había olvidado la tarjeta en casa.

—Perdón, no recordé que hoy debíamos usar el metro.

Eran seis estaciones las que debían recorrer, tal como la última vez. Bajaron la escalera lentamente por la cantidad de gente. Muchas señoras empujaban, queriendo coger un asiento, a pesar de que solo recorrerían dos o tres estaciones. Zack bufaba con cada empujón, pero no soltaba la mano de Violet.

—Zack.

No la escuchó por el ruido.

—¡Zack!

Le dio un tirón y lo obligó a detenerse, a pesar de ser inadecuado. Las personas comenzaron a chillar, dando empujones con tal de pasarlos.

—¿Qué pasa?

—No puedo.

Recordaba el susto de la otra vez. ¿Y si volvían a ver al hombre? ¿Y si otro intentaba acosarla?

—Violet...

—Tengo miedo —miraba a su alrededor. La cantidad de adultos era innumerable —. Son muchos.

El asunto de Alice en su mente tampoco ayudaba.

—No los habrá.

—No lo sabes.

Respiraba con dificultad. No había aire, ni salidas cercanas. Sintió un calor extraño subiendo por sus mejillas y apoderándose de su cuello como si una fuerza surrealista fuese a ahorcarla.

—Creo que me desmayaré.

Zack apoyó sus manos a cada lado de sus brazos y la afirmó.

—Mírame.

Ella negó.

—Mírame, por favor.

Su grisácea mirada dio a parar a sus ojos negros, buceando en ellos. Eran tan hermosos e intimidantes que no le importó que la multitud se quejase de ellos por estar detenidos en plena escalera.

—No te va a pasar nada. Yo estoy aquí... contigo.

Besó rápidamente su frente.

—La otra vez también lo estuve. Actué tarde, pero estuve a tu lado.

—No lo sé...

—Sí lo sabes. No te sugestiones. No volverá a pasar.

Ella se mordió el labio inferior, temblando de pies a cabeza.

—Me... —la mandíbula le tembló —. ¿Me lo aseguras?

—Te lo aseguro —dijo sin hesitar —. Jamás te dejaría sola, sabiendo que no te encuentras bien.

Sus labios desdibujaron una sonrisa.

—Gracias, Zack.

Los ojos del muchacho brillaron.

—De nada.

Volvió a tomarle la mano y se adelantó. Ella iba tras él, tropezando de vez en cuando, con el corazón a dos manos. Podía escuchar el chirrido de los rieles, anunciando la llegada de un nuevo tren al andén. Su cabello rubio se agitó contra el viento que provocaba su velocidad. Sabía que aún había temor en sus venas, pero la mano de Zack estaba tan cálida que le traspasó su seguridad. Se dio cuenta que solo necesitaba que alguien le dijese que todo estaría bien.

Le sonrió, a pesar de que él estaba con la mirada fija en los vagones que pasaban velozmente frente a ellos. Su cabello negro también se agitaba a favor del viento artificial y sus ojos eran inexpresivos. Cada persona parecía en su propio mundo. Algunos grupos de estudiantes reían sobre alguna anécdota escolar. Las señoras afirmaban sus bolsas llenas de verduras contra el pecho. Un hombre llevaba un ramo de rosas y saltaba en un pie al ver lo atrasado que estaba para su encuentro. Y había dos jóvenes, frente a la línea amarilla de precaución, esperando a que el metro se detuviese y abriese sus puertas. No se atrevían a romper el silencio. Solo se atrevían a pensar en el otro, a pesar de parecer indiferentes entre ellos. Violet tomó la amarra de su mochila con una de sus manos y luego la posó sobre su pecho. Su corazón comenzó a latir cuando las puertas se detuvieron justo en frente de ellos. Una melodía triste comenzó a resonar en su mente en el momento en que las puertas se abrieron con lentitud. La gente, obsesionada con la idea de sentarse, empujaron como si no hubiese un mañana incluso antes de que se abrieran en su totalidad. Asustada, detuvo sus piernas, incapaz de avanzar más allá de la línea amarilla. Había muchos hombres viejos; algunos se detenían a verla. De seguro se veía como una ridícula niña pequeña que aún cree que un monstruo vive bajo su cama.

—Ven.

Zack le tomó la mano. El contacto la sobresaltó, sintiendo una flecha de luz que traspasó su alma. Sorpresivamente, se dejó llevar al interior del vagón, a pesar de querer lo contrario. Bajó la mirada ante los viejos verdes y rogó para que las señoras que buscaban desesperadas un asiento vacío, no los separasen.

Zack no le soltó la mano. Mordió la parte interna de su mejilla y pasó entre los presentes hasta llegar a la puerta del otro lado. Tiró del brazo de Violet y la atrajo junto a su cálido cuerpo.

—Ya estás a salvo.

A través de la ventana pudo ver a las personas del andén contrario, esperando también el tren que los dirigiría al otro extremo de la ciudad. Era increíble la cantidad de gente que tomaba el metro a diario, y aun así parecía que jamás iba a toparse a las mismas personas allí.

Sus ojos viajaron desde aquella panorámica a los ojos de Zack que la miraban fijo.

—Hola —lo saludó, como si recién se estuviesen conociendo.

Zack sonrió, con esa mirada tan familiar.

—Hola.

Su voz, seria y serena, la tranquilizó. Creyó sentir que estaban solos en aquel vagón. Las estaciones pasaron volando. Nada le pareció aterrador. Incluso, cuando un hombre mayor se daba vuelta a mirarla, Zack alzaba el mentón y la ceja hacia ellos. Intimidados con su mirada oscura, comenzaban a desconcentrarse con sus celulares o el mapa del metro, pegado en cada pared.

Se pegó más contra su cuerpo, colocando su frente sobre su clavícula izquierda. El muchacho colocó su mano sobre su cabello rubio y comenzó a acariciarla suavemente.

—¿Cómo crees que saldrá todo esto? —le preguntó en un murmullo.

—No lo sé, pero me preocupa —dijo ella —. ¿Te molestaste con los chicos hoy?

—No.

—Lucías molesto.

—Este tema es estresante. Desearía que no hubiese sucedido.

Violet cerró sus ojos al escuchar sus latidos cardiacos.

—Sí. A mí también me pone loca.

Zack frunció los labios. Parecía querer decirle muchas cosas, pero no le gustaba verla estresada.

—Si pudieses ver una cosa por última vez, ¿qué sería?

Sabía que intentaba animarla con esas preguntas. Sonrió contra la nívea camisa de su uniforme.

—¿Algo cómo...?

—Lo que quieras. Una persona, una cosa, un paisaje...

Violet se lo pensó.

—Una última vez suena terrible. No me gustan las despedidas.

Zack bajó la mirada, para luego apartarla al vidrio de la puerta, observando el túnel.

—Supongo que me dolería mucho con una persona —continuó la rubia, sintiendo una brisa que se colaba a través de los ventanales semi-abiertos. Sus mejillas se sonrosaron.

—Creo que me gustaría ver las violetas del jardín de mi casa.

Zack volvió a mirarla. Sin embargo, estaba más serio que nunca.

—¿Por qué?

—Mi nombre surgió a raíz de esas violetas. Mis padres las plantaron y cuando supieron que iba a ser niña, se sentaron por horas en el jardín delantero.

—Supongo que en un momento se dieron cuenta de las flores...

—Así es —tragó saliva —. Si tuviese que elegir una última cosa para ver, iría allí, porque sé que mi familia haría lo mismo.

Zack le clavó la mirada.

—¿Qué hay del columpio de tu abuelo?

Los ojos de Violet se abrieron de golpe.

—Oh... —ladeó su cabeza, apartándose un poco —. Es algo triste recordarlo, ¿no? Iba allí para escapar de mi propia tristeza.

—¿No crees que ver algo por última vez es triste?

Violet calló. No entendía hacia donde iba el punto de esa conversación. Creyó que era una pregunta para animarla, pero ahora sentía que traía algo de trampa.

—Sí, lo es —admitió, sonrojándose —. Pero... no sé...

El columpio de su abuelo era un recuerdo antiguo. Lo utilizaba cuando se sentía sola en su escuela, cuando Jenny la hostigaba o cuando Kiara decidía que era mejor juntarse con otras chicas. Se sentaba allí porque sabía que las cosas no serían como el día anterior. Porque sabía que tendría que perder cosas, madurar, seguir con su vida.

—Supongo que utilizarás un columpio para otro momento.

Ella comenzó a reír, nerviosa.

—No lo creo. Estoy segura de que mi futuro será muy feliz, lleno de metas y prosperidad. No necesitaré columpios para llorar como una niña pequeña.

Los columpios eran para divertirse, no para llorar.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

La voz de Zack sonaba atropelladamente. Había apoyado su sien contra la puerta y parecía distraído. Violet le miró, sintiendo su corazón trisarse sin consentimiento.

—¿Qué verías por última vez?

La próxima estación era en la que se bajaban.

Ignorando al mundo, Zack también escuchó esa melodía triste que los rodeaba. Su propia mente la estaba creando porque había miedo y melancolía todavía. No porque no hubiese lágrimas o cicatrices, significaba que la vida no seguía doliendo.

—Hum...

La manera en que se lo pensó le hizo creer que diría su nombre. Pero no lo hizo.

—Un amanecer.

—¿Un amanecer?

Las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta.

—¿Por qué un amanecer? La mayoría de la gente prefiere los atardeceres.

La manera en la que el sol se escondía y dejaba ver esos océanos cubiertos de estrellas, era un acto simple y a la vez hermoso que regalaba la naturaleza.

—Porque... —se mordió el labio —. Porque los amaneceres marcan el inicio de nuevos días. Si tengo que ver algo por última vez, significa que es el fin de todos nuestros días. Pero si deseo ver un amanecer, entonces, no tengo que temer. Me quedaría tiempo para pensar unas últimas cosas.

Se volteó a verla.

—O hablar con algunas personas.

Violet sintió que sus ojos comenzaban a arderle. Zack giró su rostro, marcando más su mandíbula. El tren se estaba deteniendo en la estación que debían bajarse.

—Vamos.

Ella asintió y le siguió el paso, pasando a llevar a algunas personas sin querer. Aquella frase quedó rondando en su mente hasta el final. Quizá allí supo que su deseo a la estrella fugaz no se haría realidad, pero no quiso admitirlo en voz alta. Tenía mucho miedo. Cansada, caminó tras él por el andén y subió derrotada las escaleras. Zack abrió un poco el cuello de su camisa, pensando en la conversación que tuvieron y mordiendo su labio inferior. Ni siquiera sonrió cuando salieron a la superficie y se encontraron con un arcoíris en el cielo.

—¡Vaya! Hace mucho que no veía uno —confesó ella, volteándose hacia Zack, que mantenía sus ojos fijos en el tráfico de la avenida —. ¿Recuerdas dónde queda su casa?

—Sí.

Cerró sus ojos un momento y comenzó a andar. Violet intentó seguirlo, pero pisó su cordón y cayó al suelo otra vez, rasmillándose sus rodillas.

—¡Ay!

El peso de su cuerpo le había jugado en contra. Zack se detuvo.

—¿Cuál es la razón de tu caída esta vez?

Violet se sentó en el suelo y abrió los ojos ante la sangre.

—Nunca me doy cuenta cuando tengo los cordones sueltos—lo primero que hizo fue amarrarlo de nuevo —. Creo que deberé comenzar a usar los zapatos de charol otra vez. De todas formas, no está haciendo frío como antes.

Zack se hincó frente a ella y estudió la herida.

—Es un corte pequeño.

Cuando habló de cortes, su espalda entera tembló. Tuvo una enorme sensación de llorar.

—No tengo nada con qué curarte aquí —se lamentó, pasándose una mano por el cabello —. ¿Crees poder caminar?

—Sí, por supuesto.

La ayudó a ponerse de pie. Sentía que él la miraba como si fuese una chica estúpida y torpe.

—¿Ya te ataste los cordones del zapato? —le interrogó.

—S-sí.

Avergonzada, intentó apoyar su pie, pero la herida le provocaba un ardor. Tragó saliva, a pesar de que le quemaba hacerlo.

—No queda mucho para casa de Diana —se consoló a sí misma.

—Te llevaré.

—¿Cómo?

Ya estaba esperando que apareciese un carruaje desde algún lado.

—En mi espalda.

Se agachó, listo para llevarla.

—Ah, no, no, no. Es... vergonzoso.

—Deja la modestia de lado, Violet. Antes te llevé y ni siquiera éramos novios.

Ella comenzó a temblar de nervios tras escuchar la definición de lo que eran.

—Sí, pero... estoy muy pesada.

—No lo estás —frunció el ceño —. Estás delgada.

No sabía si era un cumplido o una motivación para engordar unos kilos.

—Está bien.

Su desidia le ganó, por lo que se subió sobre su firme espalda. Él la afirmó desde sus piernas blancas, ahora desnudas porque hacía calor durante las tardes y no necesitaba leotardos. Una corriente eléctrica navegó a través de sus venas y sus ojos dieron a parar en su nuca, con un aroma entre champú y sudor. Cerró sus ojos y apoyó la cabeza contra la parte posterior de su cuello.

—No te pongas muy cómoda, pronto llegaremos.

—Lo sé, pero me gusta tenerte cerca.

Le sacó una sonrisa.

—A mí también.

Siguió andando, con la mirada fija en frente, disfrutando de la compañía de la única persona que lograba sacarle sonrisas reales. La única persona que extrañaría si tuviese que ver un amanecer por última vez. Violet rodeó su cuello con sus brazos, dejando caer sus manos sobre su pecho. Por un momento, también disfrutó estar tan cerca de él, de disfrutar su tacto sobre sus piernas y de pensar en pasar el resto de su vida junto a él, por muy inmadura que sonase. Se sentía afortunada.

Cuando llegaron a casa de Diana, ya todos estaban dentro, menos Alice.

—Sigo pensando que esto es una mala idea.

En cuanto Zack y Violet entraron, Kevin soltó aquellas palabras. Miraba a través del ventanal. En el patio trasero de Diana había unos columpios oxidados, que se movían ligeramente por el viento, y una banca abandonada. Allí se encontraba la muñeca de porcelana que Fanny le había devuelto.

—¿Dónde está Alice? —preguntó Violet, rompiendo el hielo.

Kevin frunció el ceño y apartó la mirada lo más que pudo. Se veía afectado.

—La llamé hace poco —dijo Diana, sin mirarle —. Viene llegando.

—Quizá tomó el tren que venía detrás de nosotros —dijo Zack, abriendo los ojos bien grandes de nuevo.

—Espero que no —dijo el rubio al otro lado de la sala, con la mirada perdida en el jardín.

Hubo un largo silencio en el que nadie movió un músculo. La predicción de Zack fue correcta, pues el timbre sonó y asustó a todos como en una película de terror.

—¡No puede ser! —exclamó Kevin, atragantándose —. Es ella.

—Cálmense —dijo Diana, respirando profundamente —. Todo saldrá bien, ¿verdad, Violet?

Se alejó a abrir la puerta antes de recibir una respuesta. Violet se sentó en una silla cercana, sintiendo sus piernas acalambradas. No había hecho nada malo, pero sentía que no podía mirar a Alice de la misma manera.

Escucharon un diálogo lejano y una risa proveniente de Alice. Luego, los pasos sobre el piso flotante, acercándose a la sala de estar, en donde estaba el grupo. Desde la oscuridad, Alice salió con una sonrisa grande y dulce.

—Hola, ¿cómo va todo?

Se miraron las caras con incomodidad. Kristian se levantó, pasándose las manos sudadas por encima del pantalón con una sonrisa torpe.

—Bien, todo bien. ¿Te quieres sentar?

—¿De qué se trata todo esto? —dijo, colocando una bolsa con latas de cerveza sobre la mesa del comedor —. Espero que a tu padre no le moleste mi regalo...

—No... —Diana transpiraba —. De todas formas, no llegará a casa hasta unas horas más.

Todos se preguntaban si Alice los terminaría odiando por eso. Parecían niños de primaria frente a un profesor que juró hacer un examen difícil.

—¿Por qué me miran así? —por fin habló, desparramando nerviosismo —. ¿Hice algo malo?

—No, Alice.

Kevin por fin se levantó, caminando hacia ella.

—¿Qué pasa? ¿Tienes algo que decirme?

Kevin se detuvo, tensando su cuello.

—Sí.

—Oh, Dios mío, les juro que no robé las cervezas.

—No es nada sobre eso. Escúchame.

Alice frunció el ceño y estudió la expresión en la cara de Kevin Kobrinsky. Su mirada le trasmitía desconfianza.

—¿Qué sucede?

—Alice, tengo que confesarte algo.

Los labios de Alice se entreabrieron al escucharlo. Nunca había parecido tan indignado.

—Algo debe realmente andar mal. Jamás me habías hablado así.

Los ojos de Kevin ardieron de lágrimas.

—Sí —dijo en voz baja —. Tienes que escucharme.

Alice alzó el mentón y se tornó seria.

—¿Recuerdas una de las fiestas a las que asistimos en primer año? Creo que uno de los chicos de último año era el dueño de casa.

—Fui a varias —dijo, confundida —. Todas de la escuela.

—¿Hay una en específico que no recuerdes?

Las cejas rubias de Alice se alzaron.

—Bueno, hay varias...

—¿Una de primer año? ¿Una fiesta de bienvenida...?

—Si hablamos de esa en específico, recuerdo haber ido. Tengo recuerdos parciales, pero no es nada grave supongo, porque desperté en mi pieza ese día.

—¿En tu pieza? —preguntó Diana, totalmente asombrada.

—Sí. Llamé a mi madre cuando sentí que el mundo me daba vueltas.

Kevin se había quedado boquiabierto.

—¿No perdiste la conciencia?

Alice abrió los ojos con espanto.

—¡Por supuesto que no!

Zack, quien había fruncido el ceño, se levantó para mirarla mejor.

—¿No vomitaste esa noche tampoco?

—¿Qué es esto? Ni que hubiese cometido un crimen —se cruzó de brazos sobre el pecho. Su camisa estaba desteñida —. No, no y no otra vez. Recuerdo todo. Quizás me olvidé de un par de cosas, pero es porque han pasado años.

Hizo una pausa.

—Y porque estaba ebria.

Los labios de Diana parecían haberse tornado blancos.

—¿Segura que recuerdas esa fiesta? —volvió a preguntar Kobrinsky, un tanto preocupado por lo que estaba oyendo.

—Preguntaron por la fiesta de bienvenida de primer año, ¿no? —comenzó a reír —. Sé que me gusta ir a fiestas, pero no son demasiadas como para perder la cuenta u olvidarlas.

Todos en la sala tenían una cara de confusión en el rostro, como si algo no encajase.

—No fue una fiesta grandiosa tampoco —agregó Alice ante el silencio de ultratumba —. Lo único bueno fue ver a Fanny rodeada de ebrios.

Kevin abrió los ojos de golpe.

—¿Qué?

La palidez en su rostro la confundió y asustó.

—¿Qué sucede?

—¿Qué dijiste?

Alice se encogió de hombros.

—Era tu novia en ese tiempo, ¿no? Tú estabas tan ebrio como ella. Hablaron sobre cuan inconsciente quedó por semanas en la escuela. Si hasta vomitó en la alfombra y se manchó el vestido. Tuvo que ir a sacárselo al baño porque apestaba.

—Entonces...

Kris también se acercó al grupo. Sus rostros palidecían con el pasar de los segundos, como si estuviesen subiendo por una montaña rusa eterna, sabiendo que al momento de caer ya no habría más rieles.

—No puede ser —farfulló Violet, mirando a Diana que se había quedado en blanco.

—¿Alguien se va a dignar a decirme qué pasa aquí? —preguntó Alice, indignándose.

Diana se abrazó a sí misma, sintiendo frío de repente. Como nadie mostraba señales de querer decirlo, ella confesó.

—Creímos que habías sido abusada por Sean.

—¡¿Qué?!

Se formó un silencio de ultratumba en la salita.

—No, yo... —Alice parpadeó —. Ni siquiera me crucé con él. Siempre lo evito.

Comenzó a flipar.

—¡Ni sobria me acostaría con él! Mucho menos borracha, que es cuando me sube la calentura.

Diana se llevó su mano a la frente.

—Por Dios... no fuiste tú.

—Dios, Fanny... —murmuró Kevin, sintiéndose un idiota. Quizá estaba tan ebrio que las había confundido. Ambas eran muy parecidas físicamente. Más de alguna vez les habían preguntado en la escuela si eran primas o algo.

—Dios mío —Kevin no salía del trance.

La noticia había sido muy repentina. Le había impactado con la fuerza de un huracán. No había muchas chicas rubias y altas en Southern Cross. O era Fanny o Alice. No había más opciones.

—Entonces... —Zack habló. Era el único que seguía viéndose serio y seguro —. Creo que nos hemos equivocado.

—Perdónenme —se disculpó el rubio, soltando una lágrima finalmente, caminando de espaldas hasta dejarse caer en el asiento más alejado del grupo —. Soy un idiota.

—Hacer una acusación sobre una violación es algo serio —dijo Alice, sintiendo una pequeña arritmia —. Lo saben, ¿verdad?

—Kevin dice que presenció todo —le contestó Zack —. Pero claramente necesita lentes.

—Oh, vete al diablo, Prawel. No te atrevas a juzgarme.

Zack sonrió de lado.

—¿Pero tú puedes juzgarme como se te ocurra?

Kevin ladeó su cabeza y tapó parte de su rostro con su madre, imitando a una pared.

—Escuchen —Alice alzó sus manos, por primera viéndose seria —. Si están 100% seguros de que esto ocurrió...

—Estoy 100% seguro —interrumpió Kobrinsky —. No fui capaz de moverme en ese minuto, pero mi memoria no me engaña.

—¿Te drogaste esa noche? —le preguntó Violet, entrecerrando sus ojos.

Kevin se pasó la lengua por su labio inferior.

—Marihuana. No fue tanto tampoco.

Volvió a mirar a Alice, quien se miraba la punta de sus gastados zapatos de charol.

—¿Segura que no fuiste tú?

Los ojos de Alice se cerraron y abrieron lentamente.

—Gracias por la preocupación, pero puedo dar mi palabra de que yo no fui. Creo que... creo que fue Fanny.

Kevin se apartó, negando.

—Dios, esto no está pasando —murmuró.

Los ojos de Violet se enrojecieron. Ni cuenta se había dado de que se estaba rompiendo las uñas.

—¿Estás seguro de que pudo haber sido Hall? —interrogó Zack, acercándose —. Pudo haber sido cualquier otra chica rubia y esbelta. No es como si Fanny y Alice fueran las únicas con esas características en Southern Cross.

—Créeme Prawel —carraspeó como si hubiese bebido vodka en vez de agua dulce —. No había muchas chicas guapas en esa fiesta y además que solo estaban los de primer y segundo año y algunos hombres de cursos más arriba, nada más.

Alice alzó las manos.

—Yo salí consiente de aquella fiesta —miró al rubio —. Estabas muy ebrio tú también. Puede ser que nos hayas confundido desde un principio.

Hizo una pausa silenciosa.

—Después de todo, somos parecidas en muchos sentidos.

Violet apoyó su mano en su propia frente, sintiendo que ardía. No podía creer lo que estaba escuchando. Por años Kevin pensó que Alice había sido violentada sexualmente, cuando había sido su propia novia, por su mejor amigo.

—Pero qué imbécil es Sean Glover —dijo, atrayendo la mirada de todos sus amigos. —Exactamente. No hay mejor definición —concluyó Kevin, sentándose otra vez a duras penas. Fanny fue su novia por años, una parte importante de su adolescencia. Se sentía tan mal de no haberse dado cuenta con tiempo, que solo quería llorar y vengarse de Sean.

—Vamos a meter a ese imbécil a la cárcel —concluyó.

Oír a Kevin Kobrinsky decir eso era un tremendo paso en su lucha.

—¿De verdad? —preguntó Violet, sin saber si brincar de felicidad ante su apoyo o poner manos a la obra. Su mayor deseo era ver a Sean Glover tras las rejas.

—De verdad —confirmó el rubio, sacando su celular de su bolsillo.

Él mismo llamó a Fanny esa tarde, mientras los demás le contaban a Alice los detalles y su plan por mantener a Sean en prisión. Stephanie pareció confundida de recibir una llamada desesperada por parte de su exnovio, pero accedió a reunirse con él en casa de Diana. Tardó media hora y, cuando Diana le abrió, parecía agitada. Entró armando un escándalo.

—Espero que valga la pena, porque o si no...

En cuanto vio al grupo reunido, todos con ojos llorosos o preocupados, se calló. Supo que las cosas no iban para mejor.

—¿Por qué me necesitan? —peguntó, también insegura.

—Toma asiento.

Hizo lo que Kevin le ordenó. Ignoró la presencia de Alice y Violet, ahora las chicas que más detestaba en la escuela. Creía que Violet era un aprovechadora y Alice una traidora. Jamás iba a llevarse bien con ellas.

—Espero que no intenten agregarme a su club de ñoños porque no estoy interesada en la oferta —bramó. Una arruga se le formó en medio de las dos cejas.

—No es eso —dijo Kevin, encogiéndose en su propia ropa —. Tenemos algo que confesarte.

La muchacha abrió los ojos y le clavó la mirada al guapo chico. Lo extrañaba demasiado, a pesar de ser consciente de que la había engañado con Diana mientras ellos dos seguían en una relación formal. Sin embargo, era como un príncipe. Sentía que jamás iba a volver a tener un novio que se viese como él.

—Dime.

—¿Hay una fiesta en específico que no recuerdes de primer año?

—Ni que tuviese memoria de elefante —se cruzó de brazos, haciendo memoria —. Recuerdo todas, menos una o dos, pero estoy segura de que fueron una basura.

Todo comenzaba a calzar. Alice tembló en su asiento.

—¿Una o dos? ¿Cuáles?

Fanny miró el techo, apretando las manos.

—No sé... Creo que fue una bienvenida, no sé —se agarró la sien derecha —. Voy a muchas fiestas, lo siento.

—¿Una fiesta de bienvenida a los de primero? —preguntó Diana, hincándose un poco para verle mejor su pálido rostro.

—Eso creo —tragó saliva —. Recuerdo que estabas tú... —apuntó a Alice, entrecerrando los ojos, sin recordar bien —, Kevin, por supuesto, y... Sean. No sé quién más estaba. Oh, sus amigotes de último año, por supuesto. Ese tal George y Chen... pedazos de idiotas.

—Ya veo —musitó el rubio, queriendo alejarse.

—Tenemos que decirte una cosa —farfulló Miller. Las demás cabezas asintieron.

No cabía duda. Fanny era la chica.

—Algo malo te sucedió en esa fiesta, Fanny —dijo Kevin. La voz se le quebró.

—No lo creo. Desperté en mi alcoba.

—¿Qué?

—Sí —admitió, sonriendo —. Sean me trajo de vuelta. No como tú, que terminaste ebrio en el antejardín.

Diana comenzó a negar con la cabeza.

—¡¿Sean te llevó a casa?!

Fanny abrió la boca con asombro.

—Sí. Su padre ya le prestaba el carro en esa época. Y yo me había vomitado el vestido entero y estaba en el baño con media cabeza dentro del váter. Seguramente le di pena y me trajo a mi casa.

No entendía hacia dónde iba el punto. Todos parecían estar flipando.

—¿Qué sucede?

—¿Cómo sabes que él te llevó a casa? —preguntó Zack, levantando una ceja —. ¿Lo recuerdas o te lo dijeron?

—Mi madre me lo dijo al día siguiente. Me retó mucho ese día.

—¿Por? —cuestionó Violet, cruzándose de brazos.

—Dijo que Sean le había contado que algunos chicos habían intentado tocarme y él me salvó de esa temible situación.

Se agarró la frente como si le doliese la cabeza de repente.

—Tengo unas imágenes borrosas... —apretó más los ojos —. Es difícil acordarme...

Se giró hacia el rubio que lloraba en silencio.

—¿Sabes que mi mamá casi me obliga a terminar contigo tras ese episodio?

—Sean Glover te ha mentido —declaró Zack entonces.

Fanny contempló los ojos de Zack y luego al grupo, para pronto fijarse en el rostro de Kobrinsky, destruido.

—¿Cómo que me ha mentido? ¿No me llevó a casa entonces? —sacudió la cabeza sin entender —. Eso es imposible. Mi mamá lo vio y...

Enfocó su mirada en los ojos nublados de su exnovio.

—¿Kevin?

El rubio volvió a mirarla.

—Stephanie...

La chica tragó saliva y se inclinó hacia atrás.

—¿Qué?

Guardó silencio. No podía hacerlo.

—Yo...

—¿Qué, Kevin?

Dio varias vueltas para ver el rostro de todos, callados y evitando su contacto visual. Desesperada, volvió a clavarle la mirada a Kobrinsky.

—Dime, ¿qué está sucediendo?

Su mandíbula se tensó al verlo mudo. Quería que hablase, incluso si se arrepentía de oírlo.

—¡¿Por qué todos tienen esa maldita cara?! —le gritó cuando nadie le respondía —. ¡Hablen! ¿De qué me tengo que enterar?

—Dile, Kevin —lo animó Kris, secándose sus lágrimas con la manga de su suéter escolar.

—¿Decirme qué?

Kevin resopló sintiendo su corazón palpitar a todo trapo.

—Es que yo... —tragó saliva, casi ahogándose —. No puedo.

—¡¿Decirme qué, Kevin?! —volvió a gritarle, sin poder evitar ponerse a llorar. Sintió una opresión en el pecho porque sabía que algo le escondían. Ni siquiera calzaba el hecho de que su exnovio la hubiese llamado para venir a la casa de quien hace poco había sido todavía su actual pareja.

—Habla —ordenó una última vez —. ¡Habla por el amor de Dios!

Las lágrimas comenzaron a llenar los ojos pardos del muchacho. Respiró profundamente antes de admitir la verdad:

—Sean te violó esa noche.

Stephanie Hall se quedó quieta como una rama. Sus labios no lograron cerrarse y dejó de respirar por unos segundos.

—¿Qué? —apenas salió un intento de voz.

—Sí —confirmó el rubio —. Y yo fui testigo...

Nunca nadie había visto a Stephanie Hall como ellos la vieron esa tarde. Pudieron ver cómo lentamente su corazón se fisuró, su vida se destruyó y nada volvió a ser como antes. Comenzó a llorar de dolor, sintiendo cómo le despedazaban el alma. Todos la acompañaron en un llanto silencioso, porque nadie se merecía aquello. Ni hombres ni mujeres. Nadie.

—Yo... —se quedaba sin aire —. Debe haber un error.

Kevin negó para su decepción.

—Me temo que no hay ninguno esta vez.

Intentó acercarse para abrazarla, porque él había cometido un error.

—Lo siento mucho.

—¡No me toques! —le gritó, enojadísima —. No te atrevas a volver a mirarme, sucio traidor.

Se intentó secar las lágrimas, pero las manos no dejaban de temblarle. Sentía frío, pero tenía fiebre. Ni su cuerpo podía responder claramente a aquella noticia.

—Bastardo —agregó en voz baja.

—Stephanie.

—¡No!

El cuerpo de la chica era sacudido por pequeñas convulsiones.

—Te lo hubiese dicho antes, pero primero pensé que era Alice.

—¡¿Alice?! —casi le pega un bofetón —. ¡¿Tan estúpido eres como para cometer esos errores?! ¡¿Qué clase de persona normal se confunde de chica y esconde tamaña declaración por casi tres años?!

—Perdóname.

—Vete al infierno, Kevin Kobrinsky. ¡Vete al infierno y quédate allí!

Quiso alejarse, pero él la tomó del brazo.

—Por favor, no me dejes así. ¡Me siento muy mal!

—Suéltame —tiró de su brazo —. ¡Suéltame!

—¡No quise hacerte daño!

—¡Estuviste allí y no hiciste nada! Eso ya es hacerme bastante daño, ¿no crees? —lo empujó con todas sus fuerzas —. ¿Sabes lo difícil que es para mí ni siquiera acordarme totalmente de esa escena? ¿Y que mi novio hubiese estado ahí y no me hubiese ayudado?

Se río de forma sarcástica a pesar de estar llorando.

—Vete a la mierda, Kobrinsky. Desearía que estuvieses muerto.

Kevin comenzó a sollozar.

—Por favor... ¡lo siento!

Entonces le llegó un fuerte bofetón que resonó por todo el salón y llegó a asustar al resto de sus compañeros. Llorando, la rubia platinada salió corriendo por el pasillo y salió al jardín. Nadie la siguió.

Diana, ojerosa y afectada, se paró delante de su novio, de brazos cruzados.

—Sé que tengo un grado de culpa, Diana —declaró, con una voz más aguda de lo normal al estar aguando las lágrimas y el nudo en su garganta.

—Tienes un grado de culpa —le confirmó Diana, entrecerrando los ojos. Sin cambiar de postura, se alejó por el estrecho pasillo oscuro —. De hecho, tienes gran parte de la culpa.

—¿Qué? —pareció irritado —. ¿Vas a empezar a criticarme tú también?

Diana se volvió hacia él, indignada.

—Tengo todo el derecho a hacerlo. Es lo que has hecho tú con todos desde que tengo memoria. Solo se te ha dado vuelta la tortilla.

El rubio tragó saliva, con miedo a que el grupo decidiese delatarlo.

—Por favor, no me culpen. Piensen en el trabajo de mis padres, mi entrada a la universidad... ¡Arruinará mi vida!

—¿Y has pensado en la vida de Stephanie?

Diana no dijo más. Se alejó, dando la discusión por terminada.

—Diana... —le llamó el rubio, rompiendo en llanto. Ella no volvió.

Una intolerable soledad los hundió a todos. Zack alzó sus vidriosos ojos hacia Violet. Intentó sonreírle cuando sus miradas se cruzaron, pero no pudo. Distraído, fue a sentarse en el sillón y contempló el atardecer sin decir palabra alguna. Kevin se sentó al lado de Alice y sollozó con el rostro escondido en sus temblorosas manos. La rubia le acarició la espalda solo porque no le gustaba verlo tan entristecido.

Fanny se quedó afuera, sollozando, alejada de todo contacto humano. Vomitó mientras su mente intentaba digerir lo que le habían dicho, para luego abrazarse al sentir su cuerpo helado y mirar un punto fijo, sintiéndose tan vacía como el silencio.

Prefirieron dejarla sola. La noche arribó. El padre de Diana llegó con Amanda, sin sospechar nada. Quiso cocinar para todos, pero nadie tenía apetito. Terminó aburrido, quedándose dormido después de un día agotador de trabajo. Violet admiró esa habilidad por dormirse plácidamente. Ella hace mucho tiempo que no podía hacerlo.

—Yo también lo envidio —dijo el chico de lentes de repente, cuando la vio husmeando hacia la recámara matrimonial. No podía pensar en aquel pobre hombre, durmiendo solo, extrañando al amor de su vida.

—Estoy cansada —dijo, con la boca reseca —. Pero por más que quiera, no logro conciliar el sueño.

Hablaban en susurros, como si estuviese prohibido hablar a cierta hora.

—Intenta echarte una siesta —le pegó suavemente en el hombro —. Yo también haré un esfuerzo.

Los columpios del patio trasero de Diana, viejos como un recuerdo, se balanceaban contra la brisa de la noche, recordándole una película de terror. El metal estaba congelado y les faltaba aceite, estaba claro. Ni Amanda utilizaba esos estropeados columpios. Fanny estaba sentada en uno de ellos desde hace horas, con las manos juntas entre sus piernas desnudas, intentando entrar en calor y conseguir apoyo propio. A pesar de haberlo estudiado en su cabeza, no podía entender nada. Quizá tampoco quería hacerlo. Solo quería llorar, pero ni eso había conseguido. No podía sentir nada.

Todos decidieron pasar la noche allí, a pesar de ser mitad de semana. Tras recibir los permisos de sus padres, el grupo respiró aliviado, porque el secreto se mantendría dentro de esas cuatro paredes por unas horas más. Todos se mantuvieron "a solas". Incluso Zack y Violet. Se sentaron frente a frente en el salón, pero ninguno comentó nada. Cada uno miró por la ventana hacia el jardín, a veces hacia los setos, otras veces hacia el abatido rostro de Fanny, que no dejaba de observar sus zapatos. Las horas pasaron de una manera fastidiosamente lenta. La atmósfera que residía allí era de lo más incómoda. Nadie sabía qué reacción tener ante el problema o con quiénes hablar. Si alguien deseaba intercambiar unas pocas palabras con otro de los presentes, lo hacía mediante susurros, que provocaban una tensión en los que se mantenían mudos, en especial los chicos. A pesar de que Violet era habladora, se mantuvo en silencio la mayor parte del tiempo. Sollozó algunas veces y se revolvía en el asiento cuando se sentía mal. La oscura madrugada la sacó del letargo y la conmoción de toda una tarde. Despertó de una repentina siesta y se dio cuenta que el reloj cucú que estaba colgado en la pared marcaba las cinco de la mañana.

Sorpresivamente, Zack también se había quedado dormido frente a ella, apoyando su sien contra el vidrio empañado por las bajas temperaturas. Lucía friolento, por lo que caminó al cuarto de Diana y sacó un chal que decoraba el borde de su cama. Caminaba de puntillas para no despertar a nadie. La casa realmente estaba heladísima. Nunca se había sentido tan congelada, al punto de casi no sentir ni sus manos ni pies, ambos entumecidos. Zack temblaba, por lo que dejó caer el chal sobre su cuerpo, acomodándolo un poco. Quizá era el hecho de que todos, a excepción de Diana, dormían con los uniformes de la escuela. No eran muy abrigadores.

—Ahí está mejor —habló para sí misma en un susurro, volviendo a tomar asiento frente a él.

Se giró hacia el jardín y se percató de que Fanny seguía allí, despierta e incomprendida. Era la única que no había conseguido cerrar los ojos. Todos pudieron dormir un poco, en especial Kris, que alcanzó a dormir cuatro horas y media. A pesar de su pequeño descanso, no había podido borrar de su mente el momento exacto en que el rostro de Fanny se desfiguró. Nunca la había visto tan afectada. Sabía que no eran amigas y quizá se odiaron en algunas circunstancias, mas no podía juzgarla ni sentirse bien al verla así. Se quitó los zapatos que le estorbaban y, en calcetines, caminó hacia la puerta que la conectaba hacia la salida, sin antes sacar otro chal del cuarto de Amanda, contiguo al de su hermana. Zack despertó ante el ruido que provocó. En cuanto abrió los ojos recordó el nefasto día anterior. Iba a moverse, pero el chal sobre su cuerpo lo dejó en un estado de asombro que no se le quitó fácilmente. La buscó con la mirada, pero no la halló frente a ella.

El frío anunció el alba. En cualquier momento los cielos se iluminarían y la ciudad pasaría de ser sinónimo de Antártica a hacer algo más parecido a una primavera cálida y milagrosa. Ninguno de ellos asistiría a la escuela. Las razones eran obvias.

Zack observó a través del ventanal cómo su novia se acercaba a la víctima, mojándose los calcetines con el césped y estrechándose a sí misma ante el frío. Un vapor podía verse salir de su boca.

—Vas a resfriarte —rezongó Fanny desde el columpio al momento de escuchar sus pisadas.

—No importa.

Sabía que Henley vendría. La conocía bien a pesar del poco tiempo que fueron supuestas amigas. Ella observaba poco, pero ella sí lo hacía. No era una muchacha difícil de comprender.

—Vete, por favor —le pidió sintiendo un sabor amargo entre los labios —. No quiero hablarle a nadie.

Como esperaba, Violet no le hizo caso.

—Estás azul por el frío —le tendió el chal —. Ten, por favor.

Stephanie estornudó.

—Creo, Henley, que lo único que quiero ahora es morir.

—No digas tonterías.

—¿Tonterías? —a duras penas alzó la mirada, porque los huesos le dolían —. No me hables de tonterías, Violet. No sabes lo mal que me siento.

Se abrazó a ella misma, temblando de frío.

—Quiero... —su voz se quebró —. Desearía no haber existido nunca.

Violet estiró el chal y rodeó su espalda. Era de polar, así que ella no mostró oposición. Por el contrario, se apegó más a ella.

—Gracias —escuchó que dijo, casi obligada.

—No hay de qué.

Se sentó con pesadez en el otro columpio, recordando lo especiales que eran para ella. Las miradas de ambas chicas se elevaron a los cielos que enseñaban las últimas estrellas de una noche que se marchaba.

—¿Por qué haces esto, Henley?

—¿Hacer qué?

Fanny apuntó con su barbilla su alrededor.

—Esto. Venir aquí a dártelas de monja psicóloga.

Ella tragó saliva.

—Quiero acompañarte.

—No quieres —gruñó, con los ojos llenos de saladas lágrimas —. ¿Por qué tendría que abrirme con una examiga odiosa como tú? —no quería ofenderla porque sabía que sus intenciones eran buenas, pero no podía evitarlo. Odiaba a todos los seres humanos en ese momento —. Supéralo. No somos amigas y nunca lo seremos.

—Lo sé —se volvió hacia ella, con la ilusión de que ella haría lo mismo —. Pero creo que necesitas a alguien que esté aquí contigo, incluso sin hablar.

Una lágrima cayó por su mejilla y se colgó del mentón que le tiritaba.

—No puedes saber lo que necesito y lo que no —su voz parecía quebrarse —. No sabes lo que esto significa para mí. Tener que enfrentarlo sola.

Hizo una pausa, controlando una respiración.

—Fui violentada sexualmente por el ex mejor amigo de mi exnovio. Pude haber quedado embarazada, ¿lo sabes? Pude haber quedado con un daño. O una enfermedad de trasmisión sexual. ¿Puedes darte cuenta de que esto es más grave de lo que parece?

Se agarró la cabeza y pegó un grito ahogado que se perdió como un eco en el infinito horizonte.

—Ni siquiera puedo digerirlo.

Comenzó a llorar. Se había enterado dos años después del suceso, casi tres. No podían pedirle que lo digiriese tan rápido.

—Tranquila —musitó Violet, y se odió por decir eso. Al menos, Fanny solo resopló.

—Lo quiero muerto —se relamió los labios con furia —. Muerto o pudriéndose en la celda más sucia de Australia. ¡Del mundo!

Dio una patada contra la tierra. Violet se afirmó de las frías cadenas de metal. Su cuerpo oscilaba naturalmente, sin hacer mayor esfuerzo.

—Fanny, sé que no te entiendo y nunca te entenderé, pero lo estoy intentando.

—Me estás estorbando —corrigió entre dientes.

Violet pensó que quizá lo hacía.

—No es lo que intento.

—Vete.

Los ojos de la joven también se llenaron de lágrimas.

—Soy mujer también. He sufrido abusos verbales e incluso una vez me tocaron en el metro, en este país.

Fanny curvó una ceja y por fin se dio vuelta a verla. Su rostro estaba tan pálido, tan destruido, tan todo, que la rubia tuvo que apartar la mirada.

—Oh.

—¿Te tocaron mucho?

Violet abrió los ojos de golpe.

—Sí. Pensé que moriría —respiró hondo —. Pero Zack estaba ahí.

También se arrepintió de decir eso. Balanceó sus piernas con tersura.

—Tuviste suerte. Nunca hablé con Prawel de cerca, pero se nota que te quiere y cuida.

Se mordió el labio inferior con fuerza.

—Kevin Kobrinsky no hizo lo mismo. ¡Incluso pensó que Alice había sido la víctima!

—Cometió un error —quiso defenderlo Violet.

Fanny tensó su cuerpo.

—Es un idiota y espero que Diana se dé cuenta. Está perdiendo su tiempo.

—Ellos... terminaron...

Fanny infló el pecho.

—¿Así que es verdad? Sabía que no durarían.

Se acomodó la manta y se miró la piel de gallina de sus rodillas.

—Me siento humillada —confesó entrecortadamente. Lo decía de verdad, y eso le dolió a su compañero.

—No fue culpa tuya.

—¿No? —casi se ríe, pero de sarcasmo —. ¿Estás segura, Henley? Yo ya estoy lista para escuchar comentarios como: Se lo buscó porque estaba ebria o... ella siempre fue una zorra, igual lo disfrutó... ¿quién la manda a buscarse eso?

Apretó los puños con fuerza, sin importar el dolor debido al frío.

—¡Nadie habla de Sean!

Sonaba tan enojada, tan decepcionada, que Violet entendió que jamás entendería su dolor. Fanny estaba sufriendo algo que nunca debió merecerse. Nadie lo merecía. Observó la casa, que cada vez se aclaraba más. El cielo pasó de ser negro a un azul muy claro, anunciando la aurora. Parpadeó y recordó finalmente a todos sus amigos. Cada uno de ellos había sufrido por razones distintas: La pérdida de una madre, la pobreza, los celos, falta de cariño y apoyo familiar, bullying, divorcios, notas bajas, problemas con alcohol y tabaco, más los típicos obstáculos que un adolescente común debe superar. Todo eso lo habían sufrido ellos. Ahora se le sumaba el terrible caso de Fanny.

—Estoy furiosa y triste —apretó los ojos y sollozó una vez más —. No sé con qué cara miraré a mis padres.

Violet se afirmó todavía más de las cadenas laterales.

—Con la misma —sonrió al recibir su mirada —. Tienes que contarles.

—No podré hacerlo.

El aire formaba un vacío a su alrededor.

—Sí, puedes hacerlo. Te acompañaremos a declarar con la fiscalía. Lo acusaremos.

Fanny reprimió una sensación de pánico extraña y creciente.

—Violet —la llamó.

La chica la observó en silencio. Fue paciente, pero Fanny no habló en un buen rato.

—Tú.

Primero elevó su mirada al mar celeste que las comenzaba a cubrir, conforme su cabello rubio se movía contra el viento primaveral. Luego, bajó su mirada a su compañera.

—¿Te molesté mucho en el pasado?

—Sí —admitió sin rencores —. No se compara a Sean, pero sí.

—Vaya.

—Pero no soy un ángel —continuó diciendo con firmeza —. Yo también hablé mal de ti a tus espaldas y te golpeé una vez en el baño, ¿recuerdas?

Fanny asintió contemplando sus zapatos. Tenía los pies entumecidos.

—Perdón.

Violet se mordió el labio.

—Lo siento también.

Levantó la mirada y pudo ver que Zack había salido de casa, confundido y abatido. Fanny hizo lo mismo, notando sus muñecas vendadas, como aquel terrible verano del que todos hablaron en los pasillos. Traía un rostro compungido y un moretón cerca de la sien izquierda. Aplanó los labios y se preguntó cuánto había resistido Violet con tal de ayudarlo.

—Gracias por acompañarme —farfulló antes de que Zack estuviese lo suficientemente cerca para escucharlas —. Haré mi mejor esfuerzo por dejarlo en la cárcel para siempre.

El corazón de Violet comenzó a bailarle en el pecho.

—No hay problema.

Fanny tosió cuando vio a todo el mundo saliendo de casa, como si se hubiesen puesto de acuerdo. Zack llegó a su lado.

—Tu noviecita me animó... un poco —le dijo.

Zack le devolvió la sonrisa, para luego observar a Violet, quien se miraba las rodillas.

—No dudaba en que iba a hacerlo.

Fanny sonrió de lado y se levantó.

—Y ya está decidido. Hablaré con mis padres y... —respiró profundo para no volver a quebrarse —, y dejaremos a Sean Glover en prisión como merece. Cuenten conmigo. 

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