42. Descenso
Sus últimas esperanzas morían mientras sentía el aire tibio del escenario sobre su piel expuesta y los gritos de horror del público, el elenco y los empleados del Palacio, mezclados con pasos de las fuerzas del orden movilizándose para intentar prenderlo.
Pero no sería fácil capturarlo: esa noche su misión era llevarse a Cristina y había apelado a su último resquicio de piedad para ganar su corazón de la manera correcta, como lo haría cualquier caballero conquistando a una dama; ahora tomaría sus propias medidas, tendría a Cristina a su propia manera.
Deteniendo a la joven con una mano, desató una soga anudada a su costado, un nudo al que nadie le había dado importancia y resultó tener una conexión fatal.
Todos miraron al techo al escuchar un severo crujido, la cadena que sostenía al Candelabro de la sala se desprendía abriéndose camino creando una grieta en el yeso del domo.
La reacción fue instantánea: los asistentes se levantaron de sus asientos y comenzaron a correr ante la inminente caída, entre gritos y atropellos.
-¡Gabriel, al foso!- Fleur empujó al niño que se había quedado aterrado mirando la cadena desgarrando el techo. El lugar que habían escogido les dejaba libre un estrecho camino para correr hacia el foso y colarse a empujones entre los músicos, más preocupados por huir de la gigantesca lumbrera que se dirigía directo a ellos que en detener a un par de intrusos.
-¡¿Qué?! ¡¿Porqué?!- Exclamó Canelle desde las alturas, sobresaltada, asustada y confundida de que aquello no estuviera entre los planes que habían discutido durante tantas horas. Todo parecía ser tan simple, sin daños a terceros, y ahora miraba su casa arder.
-¡Lárguense todos! ¡No muevan nada!- gritó furiosa mientras sentía que las lágrimas llenaban sus ojos y emprendió el descenso al escenario, donde se encontraría con Cyrano en la segunda pierna a la derecha.
Entre tanta confusión, para Erik fue lo más sencillo del mundo desplegar una palanca oculta en el barandal, que abría una trampilla en el puente que caía directo a una nueva trampilla encubierta en el escenario; los trabajos que había ordenado realizarse escondidos en la madrugada.
Tomó a Cristina por la cintura y bajaron, sin que nadie pudiera siquiera pensar detenerlos entre el caos.
A punta de gritos, los oficiales de policía se habían compactado a un costado del escenario, habiendo esquivado a la multitud despavorida mientras algunos aún trataba de vaciar la sala.
-¡Debemos seguir a ese hombre!- gritó el Comisario ¡Busquen una manera de subir al escenario!
Los oficiales miraron asustados hacia el lugar que se les había ordenado acceder, ya bloqueado por las llamas.
-Notoriamente es imposible.- escuchó el comisario una voz detrás suyo. Volteó para encontrarse con Le Bret que se miraba bastante tranquilo para la situación.
-¡Henry Le Bret!- vociferó Mifroid -¡Dónde está Le Bret está Cyrano, así que deben ser cómplices de todo esto!
-Al contrario, Comisario.- explicó Le Bret con una sonrisa, conteniéndose de soltarle una sonora bofetada a quien se había atrevido a llamarlo "Henry" la primera vez que le dirigía la palabra -Cyrano estaba al tanto de los planes de El Fantasma y me ha pedido que si no lograban evitar que secuestrara a Cristina, debo guiarlos a La Casa del Lago, donde finalmente podrán apresarlo y rescatar a la joven.
Sin decir más, el moreno caminó hacia el muro que meses atrás se había "tragado" a su amigo y lo activó para girar, mostrándoles como funcionaba e indicándoles que debían entrar.
El comisario fue el primero en pasar y revisó las paredes del pasadizo con una linterna, deteniéndose al alumbrar una flecha blanca pintada con tiza en la pared.
-¿Lo ve? Nos muestran el camino- indicó Le Bret que había entrado tras él.
El comisario revisó que todos sus hombres hubieran entrado al pasadizo secreto y tras mirar al último cruzar el muro dio la orden de avanzar, con lo que comenzaron a seguir las flechas.
El cadete era el único que sabía que las flechas indicaban el camino más largo hacia La Casa del Lago y le dejaría mucho tiempo al resto.
Raúl bajó del palco saltando apoyándose de las cortinas, con lo que pudo evitar el fuego y al mirar el panorama decidió que lo mejor era salir por una de las piernas a buscar ayuda, en lugar de intentar seguir al fantasma que quién sabe cuanta ventaja le llevaría ya.
Seguramente alguien conocería el camino a la guarida de ese monstruo y podría guiarlo para rescatar a su Cristina.
Pero nadie parecía dispuesto a prestarle atención, parte del personal se había movilizado para intentar apagar el fuego mientras la mayoría huía sin intentar nada más que rescatar sus más preciadas pertenencias.
-¡Joven Chagny!- escuchó una voz cerca suyo, buscando quien lo llamaba encontró su mirada con la del famoso Persa quien se dirigía hacia él. -¡Venga conmigo! -¡Debemos terminar de una vez con este maldito asunto de Erik!
Al resultar el único ser en el Palacio que había notado su apuro y le ofrecía su ayuda, Raúl comprendió que no le quedaba otra opción que seguirlo.
-
¡Canelle!- gritó Cyrano corriendo al ver a la chica castaña acercándose al punto que habían acordado. Había sido difícil abrirse paso entre el pánico colectivo tratando de alejarse del escenario mientras él trataba de alcanzarlo.
Ella corrió hasta lanzarse a sus brazos, llorando.
-¿Estás bien?- preguntó Cyrano alarmado.
-¡Mi casa! ¡Mi casa! ¡Se quema mi casa! ¿Porqué tuvo que hacer eso?- sollozó la chica desesperada aferrándose a la camisa de su amado.
Cyrano suspiró aliviado, había empezado a pensar que una vez más la persona a quien confiaría su vida le había ocultado la verdad, pero ahora comprendía que el desastre con el candelabro también resultó una terrible sorpresa para ella.
-Vámonos.- dijo él separándola de su cuerpo con cuidado -Tenemos que acabar con esto.
La joven trató de limpiarse las lágrimas pero no dejaba de llorar, tomó la mano de Cyrano y se dejó guiar.
-¡¿Están bien?!- los recibió un chillido de Fleur en un obscuro pasadizo, apenas alumbrado por una vela encendida que sostenía la reportera.
-Sí.- respondió Canelle que por fin había logrado dejar de llorar -¿Tú sabías?
La otra chica negó con la cabeza.
-¿Porqué lo hace?- escucharon sollozar a Gabriel, abrazado a las piernas de su tutora -¿El Señor Erik es malo?
Nadie supo que contestar.
-El Señor Erik está confundió y debemos ayudarlo, y tambièn a Cristina.- respondió Fleur por fin, tomando la mano del niño e indicándole que debían caminar.
Los cuatro emprendieron el camino hacia el Lago Subterráneo.
-Mi nombre es Nadir.- indicó el persa molesto de que el muchacho lo llamara "Señor Persa esto, Señor Persa lo otro" mientras lo bombardeaba con preguntas.
-Lo siento.- se disculpó Raúl -¿Porqué estamos en el camerino de Cristina, Nadir?- se sentía realmente incómodo de estar ahí, donde aquella vez había escuchado una voz de hombre hablándole a su Cristina, donde quien sabe cuantas veces antes de eso habrían estado juntos.
-Por esto.- indicó Nadir revelando que el espejo era en realidad una puerta hacia un pasillo estrecho que parecía no tener fin.
-¡Ese maldito!- gritó Raúl imaginándose en un momento los mil usos que pudo haberle dado ese sujeto para aprovecharse de su querida.
-¡Debe tranquilizarse!- dijo el persa preocupado -¡Escúcheme bien! ¡Debe mantener el brazo sobre su cabeza, en posición de tiro, todo el tiempo! ¿Lo entiende?
-¿En posición de tiro?- preguntó el chico espabilado por la extraña instrucción -¡Pero si no tenemos pistolas!
-¡Eso no importa!- exclamó el mayor, molesto -A Erik no se le puede vencer con pistolas, se le vence con astucia. Y es vital mantener la posición de la mano que le he indicado.
Raúl hizo el movimiento solicitado, interrogando con la mirada al otro en busca de aprobación.
-Así es, manténgalo ahí.- indicó el persa entrando al pasadizo, seguido por el muchacho.
-Regresamos a la casa del lago, ¿recuerdas, Cristina?- el cuidado con que Erik había dirigido a Cristina la primera vez que la llevó al lago subterráneo se había sustituido con violentos tirones. Y las palabras dulces que durante tanto tiempo le había prodigado se convertían en amargos reproches.
¿Cómo podría olvidar esa tumba rodeada de agua?
-El lugar donde te cuidé, donde te aparté para que aprendieras a amarme, y donde tú me lo agradeciste despojándome de mi máscara. Descubriendo mi miseria ante tus amados ojos.- continuó Erik -Debí cumplir mi palabra y no dejarte salir nunca, quedarme para siempre contigo.
El Fantasma estaba perdiendo la razón, y todo era su culpa. ¿Dónde estaría Raúl? ¿Podría encontrarla y salvarla de la ira que había causado en tan trastornado ser?
No se imaginaba que aparte de ellos, varias personas se dirigían a la casa del lago por caminos distintos. Aquella noche, los senderos ocultos del imperio de El Fantasma de la Ópera eran transitados por última vez.
Nadir había dirigido al muchacho rápidamente entre las sombras hasta llegar al tercer foso, donde buscó la entrada final que necesitaba para entrar a la casa del lago sin ser detectado por la sirena.
Una trampilla en el suelo reveló un orificio donde cabía una persona: camino directo para encontrar a la damisela en desgracia, y sin titubear el persa se lanzó dentro tras ordenarle a Raúl que lo siguiera.
Al tocar el suelo, lo primero que hicieron fue adoptar la posición de tiro y encontrarse espalda con espalda, totalmente alertas. Pero no había a su alrededor más que obscuridad.
Instintivamente cerraron los ojos cuando la obscuridad fue tragada por una luz cegadora, al abrirlos lentamente y tratar de aclarar su visión entorpecida con el abrupto cambio de iluminación, los invadió la confusión al mirar a su alrededor y reconocer una infinita cantidad de copias de ellos mismos.
Nadir exclamó una rara palabra que Raúl asumió como una maldición en su idioma, por el tono con que había sido proferida.
-Le he fallado al asegurarle que esto sería fácil, joven Raúl.- explicó, mientras infinitos persas echaban chispas por los ojos -Hemos caído en La Cámara de los Suplicios.
-¿La... qué?- preguntó Raúl, comenzando a asustarse.
-¿Qué te parece, Cristina? Un ratón ha caído en la ratonera.- dijo Erik alegremente después de bajar una palanca.
Ella no entendió, ni quería entender a qué se refería, se encontraba tan turbada con la idea de quedarse ahí para siempre escuchando las torcidas palabras de amor de ese hombre que la aterraba, que no quería saber nada más si no era que Raúl aparecía para salvarla.
-Ven, Cristina.- indicó él tomándola por la mano y llevándola hacia una ventanita a nivel del suelo, con el temible rostro sonriendo -Te encantará mirar a los ratones tratando de escapar.
-¡Raúl!
El grupo comandado por Fleur ya percibía el característico olor del lago subterráneo a unos metros. Al cruzar una última esquina se encontraron con el enorme lago y miraron la casa al otro lado.
-¿Quién es ese señor?- preguntó Gabriel señalando la barca, que estaba siendo empujada al agua por una persona.
Los adultos soltaron un grito que hizo detenerse al desconocido y mirar asustado a su sorpresiva compañía que ahora corría hacia él.
-¡Es el Conde de Chagny!- reconoció Fleur -¿Cómo llegó aquí? ¿Qué pretende?
-¡Déjeme en paz, reporterucha!- demandó el Conde -¡Debo evitar que mi hermano haga una locura que el cueste la vida! ¡Ya ha hecho suficiente con arruinarse y traer la deshonra a la familia!
-¡Oiga! ¿Cómo que reporterucha?- reclamó el niño enfadado.
-¡Gabriel, ahora no!- regañó Fleur apartando al niño que reaccionó con un puchero decepcionado -Conde Chagny, sabemos que todo esto es un desastre, pero nosotros estamos mucho más informados de la situación que usted y no hay tiempo para explicaciones.
-Así es, debemos subir a la barca.- agregó Cyrano, acercándose.
-¿Todos?- preguntó el Conde con una sonrisa burlona.
Nadie había reparado en ese detalle.
-Nadaré.- afirmó Cyrano, decidido -Las mujeres y el niño pueden acomodarse.
-Están locos. Todo esto es una locura.- dijo Felipe alejándose de la barca -Si algo le sucede a mi hermano, ustedes serán los culpables
-Es usted un buen hermano mayor, Conde.- sonrió Canelle mientras Fleur y el niño se acomodaban en la embarcación.
-¡Apúrate!- exclamó Gabriel, molesto por sentirse menospreciado.
La chica subió a la barca y se apretó lo más que pudo -Lo siento, no hay lugar.- se lamentó mirando a Cyrano.
-No te preocupes.- dijo Cyrano empujándolos al agua, metiéndose después.
-¡MALDITA AGUA HELADA!- vociferó cuando le llegó a la cintura.
-Orates.- bufó el Conde de Chagny mirándolos alejarse.
La potente luz reflejada en los cristales de la Cámara de los Suplicios creaba un horno gigante en el que Raúl y Nadir sentían desfallecer.
El pobre chico pronto había perdido la esperanza y se arrastraba por el suelo, buscando una salida similar a la que habían usado para acceder a esa trampa mortal.
Mientras el persa palpaba los espejos, consciente de que en algún lugar se encontraba el tornillo que activaría la salida a ese infernal artefacto. Su tarea se tornaba cada vez más difícil entre el calor secándole la garganta y agotando su cerebro y los lamentos del muchacho que ya daba por perdida su vida y la de Cristina.
-¡Aquí está!- gritó Nadir, encontrando por fin el ansiado tornillo. Volteó a mirar al joven para tomarlo de la mano y activar el mecanismo.
-¿¡Tú que sabes?!- gritó el chico lanzándose sobre él y derribándolo, mientras los espejos giraban a su alrededor perdiendo el necesitado punto de escape -¡Me trajiste aquí a propósito! ¡Quieres que él se quede con mi Cristina!
-¡Basta, Raúl!- reclamó el mayor tratando de desafanarse del joven, con la terrible desazón de tener que empezar a buscar otra vez -¡Debes confiar en mi! ¡No hay otra esperanza para Cristina!
Nadir alcanzó a asestar un fuerte golpe en la cabeza del muchacho que lo aturdió lo suficiente para quitárselo de encima.
-¡Cristina! ¡Cristina!- empezó a gimotear Raúl haciéndose un ovillo en el suelo.
-¡Aquí estoy, Raúl!- gritó Cristina llorando copiosamente.
-No te escucha, querida niña, aunque tú a él sí.- explicó Erik tomándola por el hombro.
La chica se apartó furiosa, mirando con odio a quién ahora creía un loco total.
-¡Aléjate de mi!- chilló -¡Déjame ir! ¡Déjanos en paz! ¡Lárgate de nuestras vidas!
Erik le lanzó una rabiosa mirada que aterró a la jovencita. Pero ambos se olvidaron de todo al escuchar un timbre repicando del otro lado de la habitación.
-¿Qué le parece, Cristina? Más visitas.- sonrió de nuevo Erik -Le pediré a la sirena que los reciba.
Se levantó con toda ceremonia y salió de su casa como cualquier gran señor que recibe la visita de sus familiares más allegados.
La joven no tardó en intentar desesperadamente romper el cristal de la ventanilla con sus puños, al ver que era demasiado grueso buscó en la habitación algo qué pudiera servirle.
Tras intentar con varios objetos, observó a su alrededor y descubrió que lo único que había logrado era desordenar completamente la habitación. En su desespero escuchó voces acercándose, un intercambio de reclamos y gritos.
Creyó delirar: ¿Cómo era posible que alguien estuviera hablando con Erik?
Casi se fue de espaldas al mirar al grupo entrar por la puerta: seguían a su secuestrador un hombre, dos jovencitas y un niño.
-¡Pescará un resfriado, Señor de Bergerac!- se burló Erik lanzándole una capa que estaba colgada junto a la puerta.
-¡No estoy para bromas!- replicó Cyrano sin intentar atrapar la capa. -Esto ha ido demasiado lejos.
-Pero era el trato, ¿lo recuerda?- inquirió Erik, acariciándose la piel del lado deforme.
-Tienes a Cristina, ese era el trato.- afirmó el Cadete -¿Qué es lo que has conseguido con ello?
-Nunca fue parte del trato que no pudiéramos intervenir despuès.- agregó Canelle, resentida por el recuerdo de las llamas en el foro.
-¡Ayesha!- dijo Gabriel contento mientras la gata blanca saltaba a sus brazos para después restregarse en su pecho y mirar a Cristina con su soberbia felina.
-¡¿Qué está pasando?!- chilló la rubia completamente confusa -¿De qué trato hablan? ¿Qué hacen aquí? ¿A nadie le importa que mi prometido está en una trampa que podría matarlo?
El resto miró a la jovencita con sorpresa y los recién llegados corrieron a asomarse a la ventanita que Cristina parecía custodiar con su vida.
Empujándose para alcanzar asomarse por el reducido espacio, alcanzaron a ver a los dos hombres adentro, desfalleciendo. Todos habían visto al ventanita, pero siempre había estado oscura.
Así que eso era: una trampa de espejos.
-¡Erik, suelta a ese pobre muchacho!- imperó Fleur -¿Te parece la mejor manera de ganar el afecto de una mujer?
-¡Eliminar a la competencia? Por supuesto.- siseó Erik, divertido.
-Odio decir que es genial.- susurró Cyrano al oído de Canelle.
-Una maravilla de ingeniería, ¿no lo cree, señor de Bergerac?- preguntó complacido Erik.
-Que podría ser usada para fines más nobles.- farfulló el aludido, recordando que "El Fantasma lo escuchaba todo".
-¿Qué fin es más noble que el amor de una bella doncella?- continuó Erik acercándose a Cristina y tomándola por la barbilla.
Una sonora bofetada los dejó a todos helados.
-Podría sentir tantas cosas por ti, Erik.- reclamó la chica rubia con lágrimas de rabia en los ojos. -Podría sentir lástima, compasión por tu triste vida. Hasta cariño sincero por todo lo que alguna vez me obsequiaste. Pero ahora sólo te desprecio, no me causas más que repulsión por tu alma podrida. No es tu rostro, es tu alma la deforme.
Erik rió, esa risa aterradora que llenaba completamente el lugar. Caminó hacia la palanca y la bajó, con lo que la ventanilla volvió a quedar a obscuras.
-¡Raúl! ¡Oh, Raúl!- gritó Cristina asomándose por el cristal, ahora no se veía nada.
-Ya he entretenido suficiente a los ratones, los dejaré salir de la ratonera y demostrarán si merecen vivir.- explicó Erik empujando a Cristina y desatornillando rápidamente el cristal, haciéndolo a un lado.
-¡Está abierto!- gimió el persa, tomando a Raúl del brazo intentando levantarlo -¡Vamos, joven Raúl, hay que subir!
Tomó al joven por la cintura y lo cargó, al sentir el aire fresco Raúl estiró los brazos hacia el cuadro de luz y fue recibido por un par de manos fuertes que lo jalaron hacia afuera.
-Suficiente, gracias.- dijo Erik empujando a Cyrano cuando había terminado de sacar al agonizante muchacho y volviendo a cerrar la ventana.
Todos escucharon a quien se había quedado dentro maldecir en francés y en persa desde adentro a un volumen sorprendente.
-¿Qué clase de lenguaje es ese, Daroga?- se burló Erik -Tenemos visitas femeninas.
-¡Raúl!- exclamó Cristina lanzándose sobre el muchacho que se esforzaba en recuperar sus sentidos por completo.
-¿Cristina? ¿Eres tú?- preguntó el chico, levantándose por fin.
En lugar de una respuesta, un grito de la rubia llenó la habitación.
-¡La mano en posición de tiro, querido exvizconde!- anunció Erik, quien en un movimiento apenas perceptible había rodeado el cuello del chico con el lazo punjab. -Al Fantasma de la Ópera se le vence con astucia, y usted no cuenta con tal virtud.
-¡Erik, basta!- demandó Fleur, escondiendo al niño detrás de ella para que no mirara.
-Míralo, Cristina. ¿Quién es el superior?- preguntó Erik fuera de sí -Su patética vida ahora depende de ti, ha demostrado no merecerte.
-¡Suéltalo, por favor!- lloriqueó la rubia.
-Erik no hace nada gratis. ¿Verdad, Fleur?
La reportera lo miró desaprobatoriamente.
-Erik siempre encuentra el trato que más le conviene, mi jefa de tramoyistas lo sabe muy bien.- agregó, mirando a la castaña.
-Ya basta...- susurró la aludida.
-El trato es sencillo. Si te quedas conmigo, él se irá. Y si no quieres quedarte conmigo, saldrás sola de aquí.
Todos se quedaron en silencio, sin poder creer el nuevo giro de la situación. Durante un segundo sólo se escucharon los jadeos del muchacho con el cuello oprimido.
-¡No puedes hacerme esto!- rompió el silencio Cristina -Yo que te entregué mi alma cuando te creía el Ángel de la Música, ahora quieres hacerla pedazos.
Canelle y Cyrano se miraron de lejos, ya no había cabida a la razón y la única opción era una intervención física. El Cadete se acercó sigilosamente por detrás, deteniéndose a unos centímetros de alcanzar al hombre que apresaba al muchacho.
-¿Cuándo aprenderá a no meter la nariz en los asuntos ajenos?- preguntó Erik con desprecio, apuntándole con una pistola que había mantenido oculta -Esto es entre Cristina y yo.
-¡Ella no se quedará contigo por salvarme!- jadeó Raúl -¡No desperdicies tu vida! ¡Yo vine a rescatarte, Cristina!
"Rescatarte" resonó en la mente de la rubia, él estaba ahí para rescatarla de todo. De ese hombre que la acosaba, pero también se la soledad que la había llevado a caer en un engaño.
Amaba tanto a Raúl y no se imaginaba la vida sin él, que haría cualquier cosa por mantenerlo a su lado. Comprendió que Erik la amaba con la misma intensidad y no quería perderla.
-Pobre criatura en tinieblas.- susurró dulcemente mientras se acercaba a ellos -¿Qué clase de vida has llevado para que esta sea la única manera que conozcas para tenerme a tu lado?
Ante los ojos atónitos de todos, Cristina tomó la barbilla de Erik, acercó sus labios con cuidado y besó el deforme rostro.
Raúl cayó al suelo, apenas alcanzando a respirar, sin comprender porque Cristina procedía de semejante manera.
Erik se separó del beso y miró a la rubia, comprendiendo. Tomando la decisión más dolorosa de su vida.
-Lárguense.- musitó.
-Erik...- susurró Cristina.
-¡LÁRGUENSE! ¿Qué hacen todos en mi casa?- vociferó Erik.
Cyrano y Canelle corrieron a liberar el cuello del joven, que al verse por fin libre corrió a los brazos de la chica rubia.
Se escucharon pasos acercándose en un ritmo marcial.
-¿Refuerzos?- preguntó Erik mirando acusadoramente a Fleur.
-Por si acaso.- aceptó la morena con pena.
Cristina tomó la mano de Raúl y lo guió a la puerta que encaminaba a la calle Scribe, deteniéndose un momento antes de abrirla.
-Cristina, vámonos.- rogó Raúl, mientras la joven viraba a mirar a los demás.
-No quiero que te lleven, Erik.- sollozó.
-Pero... pero...- balbuceó Raúl.
-Ella tiene razón, ven conmigo.- agregó Fleur extendiéndole la mano -Escondámonos.
-¡Pero Fleur!- replicó Gabriel, que había soportado toda la escena llorando bajito -¡No lo podemos esconder, saben dónde vivimos!
-No, pequeño, tú no puedes venir.- indicó su tutora, sonriéndole.
-¡No! ¡Dijisite que nunca me dejarías!- sollozó el niño, soltando a Ayesha que cayó al suelo en cuatro patas, corriendo indignada hasta "esconderse" bajo el banquillo del órgano.
-Volveré por ti, te lo prometo.- dijo Fleur acercándose -Erik me necesita, tú puedes ser un buen niño y quedarte con Cyrano y Canelle, ¿verdad?
La pareja asintió mirando al niño y después uno al otro, comprendiendo que era algo que deberían hacer juntos.
-¿De verdad volverás?- insistió el pequeño.
-Nunca te abandonaría, pero ahora no puedo abandonar a Erik. ¿Verdad que comprendes?
Una risa triste los envolvió -¿Ahora todos deciden por mi? Puedo asesinarlos a todos ahora mismo.- dijo Erik, con una voz que parecía el lamento de un animal herido.
-No lo harás.- dijo Cristina, abriendo por fin la puerta y pidiéndole a Raúl que saliera por ella -Adiós, querido amigo. Ángel y maestro, adiós.- dijo por fin antes de salir.
-Mi música fue verdad, sólo por ella.- se lamentó Erik, mirándola partir -Ahora no me queda nada.
-Tal vez te haga cambiar de opinión.- sonrió Fleur, tomándolo del brazo -Ven conmigo, por favor.
Se escucharon violentos golpes desde la habitación en que Canelle y Cyrano habían pasado su convalecencia.
Erik los miró. Qué panorama tan lleno de desesperanza.
-¡No quiero que vaya a la cárcel, señor Erik!- dijo Gabriel -¡Yo cuidaré a Ayesha!
Una sonrisa se asomó entre el deforme rostro.
-Venga conmigo, señorita Fleur.- dijo por fin, tomando la mano de la joven y levantándose, recuperando el imponente porte.
-Hizo un gran trabajo, señorita Canelle.- continuó al acercarse a Cyrano y Canelle, que se habían tomado de las manos -Ahora sea feliz.
-Gracias.- respondió la chica con un nudo en la garganta. Comprendiendo que él no podría serlo nunca.
-Y usted, señor de Bergerac, no olvide lo que ha aprendido.- continuó -Pero conociendo su testarudez, le dejo un pequeño recuerdo.
Canelle profirió un grito de sorpresa cuando Erik le aplicó una potente patada en el costado, a la altura exacta de la herida que había conseguido meses atrás.
-¡Hiiijjjde...!- exclamó el Cadete doblándose del dolor, mientras Erik corría con Fleur tomada de su mano, desapareciendo con ella tras un muro.
La puerta por fin cedió y los oficiales de policía irrumpieron en la habitación, encontrando a la Jefa de Tramoyistas decidiéndose entre consolar a un pequeño niño que se había soltado a llorar a gritos y atender a Cyrano de Bergerac que se retorcía de dolor.
-¿Dónde está? ¿Dónde está el Fantasma?- preguntó violentamente el Comisario Mifroid a quien le parecía el testigo infalible: el niño llorando desconsolado.
-¡Déjelo en paz!- reclamó Canelle, mientras el niño señalaba llorando la puerta por la que habían salido Cristina y Raúl y los policías no dudaron en dirigirse hacia ella.
-¿Están bien?- preguntó Le Bret llegando junto a Cyrano, después de haberse quedado rezagado a propósito.
-El desgraciado me dejó un recuerdito.- alcanzó a decir Cyrano, sonriendo satisfecho. Se dejó guiar hasta una silla donde se sentó resoplando. Al fin todo había terminado
-Gabriel, ya no llores.- dijo Canelle, desesperada, había tenido demasiado para una noche -En serio te cuidaremos.
-¡No me despedí! ¡No dije adiós!- gimoteó el niño desconsolado.
Los adultos lo miraron con tristeza, comprendiendo el dolor que les traería tener que despedirse de alguno de los que quedaban en la habitación.
Le Bret se acercó al niño y se puso en cuclillas junto a él.
-Seguramente él entendió que venías a despedirte.- dijo acariciando el cabello del pequeño -Y que utilizaste toda tu valentía en venir.
Gabriel se abrazó al cadete, llorando, mientras Canelle por fin se sintió libre a correr junto a su amado y abrazarlo por el cuello, con cuidado de no rozar su costado.
-El reloj biológico hace tic-tac...- susurró Cyrano, mirando a su amigo.
Se quedaron en silencio unos momentos, hasta que el llanto de Gabriel cesó por fin.
-¿Y ahora cómo vamos a salir?- dijo Gabriel soltándose del abrazo -¿Quién sabe cuanto se habrá quemado por el candelabro y si hay manera de volver?
Canelle se sintió mareada al recordar la imagen del escenario quemándose. La última imagen que había visto de su casa, era que se incendiaba.
-Bueno, pequeño Gabriel, si mal no recuerdo había alguien más de donde sacamos a Raúl.-Respondió Cyrano acariciando a Canelle que se había aferrado más a él -Si llegó hasta aquí, debe saber cómo salir y no volver nunca.
Canelle sollozó.
-No volveremos a estar aquí. Lo prometimos, ¿recuerdas?- preguntó Cyrano esforzándose en confortar lo más posible a su querida tramoyista huérfana.
-¿Dónde dicen que está?- preguntó Le Bret al niño en voz bajita, dándole a entender que no debían importunar a la pareja.
Gabriel señaló la ventanita y el cadete se levantó a abrirla, mientras el niño caminaba hasta el órgano y llamaba a la gata agazapada bajo el banquillo, que empezó a bufar.
-¡No, la Bestia Esponjosa no va con nosotros!- exclamó Cyrano al escuchar el berrinche del animal.
-No irá contigo, vendrá conmigo.- dijo Le Bret tranquilo, desatornillando el último tornillo -¡No quiero ver quien asesina primero a quie-
-¡¿QUÉ DEMONIOS SUCEDE ALLÁ ARRIBA?! ¡¿PENSABAN DEJARME MORIR EN ESTA MALDITA HABITACIÓN DEL INFIERNO?!- se escuchó desde el fondo de la Cámara de los Suplicios.
-¿Quién es el adorable caballero?- preguntó Le Bret, sobándose los oídos.
-¡Soy Nadir! ¡Nadir! ¡Y merezco un poco de respeto!- respondió el persa.
-¡Ya lo recuerdo!- exclamó Le Bret, divertido -¿Me recuerda usted? Nos encontramos aquella vez en la orilla del Lago Subterráneo.
-¡¿USTED OTRA VEZ?!- siguió gritando el persa -¡NO QUIERO VOLVER A VERLO, NO QUIERO VOLVER A VER A NADIE QUE HAYA PISADO ESTE MANICOMNIO!
-Sáquenos de aquí y no volverá a saber de nosotros.- explicó con calma el Cadete.
-¡Y encima debo ayudarlos!- resopló el persa.
Después de una nueva serie de maldiciones en persa, lograron sacar a Nadir de la cámara y salieron del lugar en silencio, convencidos de nunca volver.
-Me muero, Fleur.
Un par de días después, escondidos del resto del mundo, Erik y Fleur tomaban el té. Sentados en sendas butacas, ella vestía un vestido blanco y él una camisa de terciopelo negro, pantalón de seda negro y una máscara del mismo color que le cubría el rostro de la frente a la nariz.
-¿Qué dices?- preguntó la joven, sonriendo nerviosa.
-Que me estoy muriendo.- respondió él, estoicamente.
-Pero si yo no he notado que...
-No puedo mostrar debilidad frente a una dama.- explicó con una media sonrisa -Pero sí, en muy poco tiempo abandonaré este mundo.
-¿Pero qué te pasa?- preguntó Fleur, preocupada al comprender que el asunto era en serio.
-Me muero de amor.
Claro, amor. La joven recordó que no era más que amiga de Erik, probablemente menos que eso, pero de ninguna manera podría ser más.
Porque Erik no podía amar a nadie más que a Cristina, jamás
¿Y qué razón quedaba para vivir, cuando se perdía lo único por lo que valía la pena respirar?
-Confío mi obituario en sus manos.- continuó Erik, con sus ojos dorados fijos en ella -Confío que no permitirá que esta historia quede en el olvido, la historia de El Fantasma de la Ópera.
Pocos días después, una simple línea apareció en los obituarios de La Época.
Erik ha muerto.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
No hay mucho que decir, es difícil digerir esto. El capítulo es largo, por más que traté no encontré ningún momento para detenerlo. Y ya sabemos qué final elegí para Erik (durante todo el proceso busqué maneras de que fuera diferente, no fue posible), pero... ¿qué pasará con Cyrano y Canelle?
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