37. De vuelta a la realidad

Cristina lloraba en la cama de su habitación.
Estaba tan cerca, tan cerca del Palacio, tan cerca de la música, tan cerca de ser una Prima Donna.
Tan cerca de que todo terminara.

¿Qué pasaría con ella?

¿Realmente los planes de Raúl funcionarían? Ni siquiera se los habían explicado, simplemente le habían dicho que debía obedecer a Erik y su prometido se encargaría de todo.


¿O Erik resultaría triunfador? Era claro lo que planeaba: quería llevársela, arrastrarla para siempre a su infierno bajo la Ópera, a esa tumba a la cual él llamaba "Casa del Lago". O tal vez no, tal vez era demasiado arriesgado quedarse ahí, podrían encontrarlos con relativa facilidad.

Tal vez pensaba llevársela lejos, cambiarse los nombres, tenerla encerrada en casa durante la semana y sacarla a pasear los domingos. Tal vez todos pensarían al mirarlos que eran una pareja normal, un matrimonio feliz, pero ella sabría la verdad: él usaría una máscara tan convincente que parecería un rostro real, un rostro humano, pero ella conocería al monstruo debajo, al cadáver podrido con el alma podrida, a la cual había sido encadenada para siempre.

¿Porqué no era El Ángel de la Música? ¿Porqué la había engañado de semejante manera?

¿Porqué ahora debía sentir terror de aquél que la confortó, que le dio felices recuerdos de su fallecido padre, que educó su voz con amor y paciencia?

Ella no era nada, no sería nada sin El Fantasma de la Ópera, Raúl nunca la habría notado siendo una más entre el coro, en sus horas de soledad en su camerino posiblemente se habría quitado la vida si aquella voz angelical no hubiera llegado a llenar ese insoportable vacío, a darle un sentido a todo.


Ahora tenía que enfrentarlo. Tenía que acabar de una vez por todas, arriesgando su vida y su libertad, traicionándolo una vez más. No deseaba estar atada a él, pero sabía que él le había dado todo y ofrecido aún más. Si se quedaba, ella sería infeliz. Si huía, él sería infeliz.

Y decidió que por una vez en su vida, debía anteponer su felicidad a la de cualquier otro.

-Cristina.

La chica se secó las lágrimas con el puño de la bata, Raúl tocaba a la puerta cerrada y la llamaba con voz amorosa. Raúl, su hermoso Raúl. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por estar junto a él.

Le pidió pasar y el muchacho entró y se sentó junto a ella, le mostró un sobre con letras carmesí.

Ella sintió un escalofrío, conocía perfectamente esa caligrafía.

Él abrió el sobre sonriéndole a ella y leyó. Los ensayos vocales para Don Juan Triunfante debían empezar al día siguiente y ella debía estar ahí.

-Ahí estaré.- dijo Cristina con seguridad.

La reaparición de cierta tramoyista no hubiera llamado demasiado la atención, apenas se había notado su ausencia en el periodo de receso entre producciones, de no ser por las notas que llegaron al mismo tiempo.

Quienes habían notado que no había rastro de Canelle desde el baile de máscaras inferían que por fin había cedido ante los encantos de los cadetes que iban a buscarla, que no era más que un mujer fácil que había estado haciéndose la difícil porque no había encontrado a nadie suficientemente bueno para ofrecerle sus atributos físicos a cambio de librarse de sus pesadas tareas y su paupérrimo estilo de vida.

Pero volvió.

Cargada de planos, papeles, notas, diseños, muestras de tela y partituras se encaminó a la oficina de los directores ante la mirada y murmuraciones de todo el Palacio.

-Buenos días.- saludó cortésmente ante la puerta entrecerrada de la dirección, siendo recibida por un Richard no muy amable.

-¿Dónde ha estado?- preguntó abriéndole la puerta mientras Moncharmin despejaba el escritorio al ver la cantidad de cosas que la chica cargaba.

-Lo lamento.- respondió la joven liberándose por fin de su carga. –Dejé una nota frente a esta puerta el día del baile de máscaras. ¿No la recuerdan? Explicaba que como estaríamos en un periodo inactivo decidí que en lugar de estorbar aquí en Palacio podía ayudarle a mi amigo Cyrano de Bergerac cuidándolo en su convalecencia. Regresó anticipadamente de El Sitio de Arras por una herida de gravedad y me pareció lo más adecuado.

Los directores la miraron con desconfianza.

-Seguramente se habrá perdido en la confusión de aquél día.- concluyó Moncharmin, a fin de cuentas no había sido nada importante. –La próxima vez espere a que estemos presentes para informarnos de acciones de tal magnitud.

-Así lo haré.- respondió sumisa la chica, contenta de que se hubieran tragado la mentira.


-¿Y porqué volvió justo hoy?- preguntó inquisitivo Richard -¿Y qué es todo esto?- señaló en un amplio ademán todo el papelerío que ahora Moncharmin inspeccionaba con curiosidad.

-Recibí una nota de El Fantasma de la Ópera. No sabía que había vuelto a aparecer.- respondió la chica extendiéndoles un sobre que se había sacado del bolsillo del pantalón.

-Justo el día en que usted se fue, qué curioso, ¿no le parece?- respondió RIchard arrebatándole el sobre.

-En realidad al inicio del día siguiente.- aclaró Moncharmin sereno, recibiendo una dura mirada de su codirector.

Richard leyó la nota y se sintió derrotado.

-¿Así que simplemente recibió todo esto y obedeció una simple nota que le ordenaba traerlo con nosotros?- preguntó inconforme.

-Así es. Lo recibí en casa del Señor de Bergerac, qué miedo, ¿no cree? – respondió Canelle con una preocupación que parecía legítima.


-¿Entonces no sabe que ha sido instituida por El Fantasma como jefa de tramoyistas?- preguntó Moncharmin sorprendido.

-¡¿Yo?!- exclamó la chica -¡Yo no puedo hacer eso! ¡Todos ya me odian lo suficiente! ¡Nadie va a tomarme en serio! ¡Y mucho menos van a...

-¡Basta!- interrumpió Richard –Si hubiera estado en el Palacio, el lugar a donde pertenece, sabría que hemos decidido obedecer al Fantasma de la Ópera en todo por causas que a usted no le incumben. Todos recibirán la orden de obedecerla sin chistar y más le vale no abusar de ese privilegio.

-No abusaré.- aceptó la chica, por primera vez en la conversación no mentía.

-Muy bien, entonces debemos empezar a trabajar.- indicó Moncharmin sonriente.



Le Bret esperaba en la calle Scribe, sentado en el suelo con una gata blanca en brazos.

La bisha recibía mimos contenta, hasta que de pronto se enderezó y bufó con los pelos erizados hacia alguien que se acercaba.

El Cadete volteó y se encontró con Cyrano alcanzándolo notoriamente sorprendido.

-¿Cómo puedes cargar a esa... esa... esa Bestia sin salir herido?- exclamó señalando a la gata que no dejaba de bufarle.

Le Bret lo miró triunfante, pasándole la mano por el lomo a la gata que dejó su actitud defensiva y se acurrucó en sus brazos.

-Dejemos que se vaya a su casa.- dijo Le Bret dejándola en el piso, la acarició una última vez y le dio un empujoncito para que se fuera, la gata se frotó la piel en sus piernas antes de salir corriendo y desaparecer por una abertura en la pared.

-Te detesto.- siseó Cyrano mirando con recelo a su amigo –Por cierto, hola.- saludó cambiando a una sonrisa.


Le Bret rió. –Hola. Todo bien, me parece.

-Todo de maravilla.- aclaró Cyrano tomándolo por el hombro –Por ahora, claro, ya te explicaré.

-No fue una mala experiencia pasar unos días con El Fantasma de la Ópera, entonces.- dedujo el moreno comenzando a caminar.

-En realidad no, excepto por su Bestia Esponjosa, ¡mira lo que me hizo!- se quejó Cyrano mostrándole el rasguño que empezaba a cicatrizar.

-Claro, Ayesha sólo ama a los hombres encantadores como yo.- presumió Le Bret.

-¡La Bestia Esponjosa no decide quién es encantador y quién no!- farfulló Cyrano empujando a su amigo.

-Sabes que sí, es la damita más refinada de París. ¿Dudas de su criterio?- continuó el otro riendo.

-¿Porqué tú eres quien siempre tiene el favor de las damas? ¡Hasta las bestias!- replicó Cyrano intentando alcanzarlo, pero Le Bret echó a correr.

-¡Porque soy el encantador de los dos, te lo he dicho mil veces!- exclamó el moreno empezando a ser perseguido.

-¡Ya verás cuando te alcance, encantador!- gritó Cyrano.

Le Bret rió. Tenía a Cyrano de vuelta, y el sitio había terminado, los Cadetes no tardarían en regresar y todo volvería a ser como antes.

Mientras tanto, todo París era completamente suyo para perseguirse y jugar, cómo lo habían hecho desde niños.


-¿Se fueron?- preguntó Fleur Blanche, tomando la taza de té que Erik le ofrecía.

-Se fueron. Ya no tenían nada que hacer aquí.- respondió Erik sentándose a dos sillas de distancia.

-¿Y ahora?- preguntó Gabriel con su inocencia habitual.

-Ahora que las heridas físicas y emocionales se han curado, tienen trabajo que hacer para mi.- respondió el enmascarado con calma, antes de tomar un sorbo de su propia taza.


-¿Estarán listos?- preguntó Fleur triste. –Este lugar es tan aislado que te da seguridad. Tal vez no hayan estado conscientes de que allá afuera todo va ser más difícil.

-El señor de Bergerac y la señorita Canelle han tenido una vida difícil por su cuenta, tal vez se vuelva fácil estando juntos.- filosofó Erik.

-O doblemente difícil.- corrigió Fleur.

-¡Oh, Ayesha, ahí estás!- interrumpió Gabriel saltando de la silla y corriendo a alcanzar a la gata que entraba a su casa como la dueña del lugar.

-De cualquier manera, son fuertes.- concluyó Erik.


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