26. El Sitio de Arrras
El silencio del alba en el Sitio de Arras se rompió con algunos disparos en algún lugar de los límites del campamento Francés.
Cyrano saltó con soltura las trincheras que a duras penas se mantenían en pie , sólo para encontrarse de frente con una profunda mirada de reproche de su amigo LeBret que lo esperaba con los pies bien plantados en el suelo y las manos en la cintura.
-Lo sé.- dijo Cyrano tajantemente tratando de huir, pero LeBret lo detuvo del brazo mirándolo con preocupación.
-Si lo sabes, ¿porqué sigues con esto?- preguntó.
-Eso tú lo sabes.- respondió Cyrano con seriedad.
Su amigo lo soltó con un suspiro resignado -Confías demasiado en la mala puntería española.
-Hasta el momento no me ha fallado.- sonrió bajo la enorme nariz socarronamente.
Antes de que LeBret pudiera reprochar algo más, los cadetes fueron despertando a su realidad y Cyrano se escurrió a su tienda.
Quejándose del fastidio, el hambre, el frío, y todos esos males físicos y morales que le achacan a quien se encuentra atrapado y derrotado, el inicio del día de Los Cadetes de Gascuña no podía ser peor.
Su sufrido Capitán hizo salir a Cyrano de su tienda, al ser el único que encontraba la manera de menguar un poco el sufrimiento en el espíritu de sus compañeros, y consiguió distraerlos un poco hasta que uno de los cadetes anunció que se acercaba el Conde de Guiche. Las energías de los militares se enfocaron en quejarse de lo mal que les caía esa visita y a fingir que se encontraban perfectamente, ocultando el hambre en dados, naipes y nubecillas de humo tabacalero. No le darían gusto a su coronel de verlos sufrir.
De Guiche apareció montado en su caballo. Su esfuerzo de mantener la postura de gran señor era notoriamente supremo, la palidez de su rostro y el hambre atizándole las costillas era la misma de los demás.
Aún así, no perdió la oportunidad de pavonearse frente a sus inferiores narrándoles su más reciente hazaña estratega.
-¿Y vuestra banda blanca?- preguntó Cyrano inquisitivamente, todos habían notado la ausencia del accesorio que le profería una posición superior y por fin encontraron interesante la visita del Conde.
De Guiche carraspeó y explicó su brillante maniobra en la que había dejado dicha banda para hacerse pasar por un soldado más y escapar fácilmente al perder la atención de los contrarios. Regresó con sus propios hombres para derrotar al pelotón en un contraataque.
-¿Qué opináis, señor de Bergerac?- preguntó pedante.
-Ningún hombre de honor abandonaría su insignia de posición en el ejército.- respondió Cyrano con su tan practicada cortesía hiriente.
Los Cadetes aguantaron la risa mientras De Guiche se ponía colorado por un par de segundos para regresar después a su pose de superioridad.
-Cualquier otro movimiento era imposible. Eran demasiados, y disparaban sin piedad. Podría haber regresado a recuperarlos, pero sabrá usted que hay cosas más importantes. No es que no pudiera o quisiera hacerlo, si no tuviera cosas más importantes que hacer regresaría yo solo a recuperar mi banda blanca. Aun cuando el lugar quedó barrido por la metralla e inaccesible.
-No es necesario, aquí está.- declaró Cyrano levantando en alto el trofeo: la banda blanca que inmediatamente fue arrebatada por De Guiche mientras los Cadetes se burlaban por lo bajo.
Sin comprender nada, miraron como su coronel tomaba la banda y la agitaba en el aire, recibiendo una señal desde fuera del campamento.
-Es un espía.- aclaró el Conde mientras se ponía el accesorio -Nos brinda muy buen servicio, le ha dicho al ejército español que lancen todas sus fuerzas sobre el sitio más vulnerable de los nuestros, mientras nosotros pasaremos víveres aprovechando la distracción.
Los Cadetes comprendieron la situación: ellos eran el sitio más vulnerable e inmediatamente se levantaron listos a equiparse para defender.
-Atacarán en una hora aproximadamente.- indicó De Guiche.
-¡Entonces queda tiempo!- exclamó un Cadete, y sus compañeros mostraron que compartían la misma opinión volviendo a sentarse y descansar.
-Toman muy bien su destino.- se burló De Guiche acercándose a Carbon.
-¿Esperabais otra cosa?- respondió el Capitán orgulloso -Somos los Cadetes de Gascuña. Aunque nos desprecie lo suficiente para ofrecernos en una misión suicida, esta es la actitud con que recibimos el calor de una batalla.
-Nobles, firmes, valerosos, así son los Cadetes de Gascuña, con Carbon su capitán.- canturreó el Conde con saña.
Carbon miró a su superior dándole órdenes y organizando a sus soldados -Incluso su caballo camina como un marica.- siseó con desprecio, antes de dar la vuelta y mirar a sus Cadetes. Sus muchachos. ¿Cuántos de ellos no regresarían del sitio? ¿Cuántos de ellos no llegarían a la noche? Le sería más fácil aceptar esa descabellada misión si no supiera el trasfondo personal en todo aquello.
Cyrano encontró a Christian de pie, totalmente ido, se acercó y le puso la mano en el hombro con cuidado.
-¿Y Roxana qué hará sin mi?- preguntó el muchacho afligido.
Cyrano resopló.
-Al menos quisiera poner todo mi corazón despidiéndome en una carta.- dijo meditabundo el rubio.
Cyrano comprendió perfectamente la petición. -¿Sabes? Ya he escrito una despedida.- Sacó de entre los pliegues de su ropa una carta.
-¿Qué?- exclamó Christian molesto, arrebatándole la carta -¡Déjame ver!- comienza a leerla y de pronto se detiene, señalándole acusadoramente un punto en el papel al poeta que había comenzado a hacerse el desentendido.
-¿Qué es esta mancha redonda?- preguntó perdiendo la paciencia.
-Una gota.- respondió Cyrano sin interés.
-¡Es una lágrima!- gritó el muchacho -¡No soy tan idiota!
-Soy tan buen poeta que me he conmovido a mi mismo, ¿qué le vamos a hacer?- se disculpó Cyrano con una media sonrisa -Morir no suena tan horrible, pero no volver a verla es intolerable. No puedo soportar que no la voy a ... que no la vamos a... que no la vas a...
-¡Me quedo con esto!- vociferó Christian guardándose la carta, se dio la vuelta y se largó.
Todo se interrumpió con el tumulto de un coche que se acercaba desde el campo enemigo, anunciándose como servicio del Rey.
Carbon inmediatamente ordenó a sus muchachos en un par de filas horizontales, quienes obedientemente se quitaron los sombreros e inclinaron la cabeza cuando el carruaje se detuvo a unos metros de ellos.
Se abrió la portezuela, y una figura ligerísima de cabellera larga y rubia bajó del carruaje de un salto.
-¡Buenos días!- exclamó Roxana Robin, haciendo una ligera reverencia.
Todas las cabezas se levantaron en un mismo movimiento, mirando con sorpresa la candorosa belleza de la joven, apenas recordaban la última vez que habían visto a una mujer.
-¡Dios!- exclamó Cyrano clavando la mirada en el suelo. Mientras Christian corría hacia la joven.
-¿Pero qué haces aquí?- preguntó el muchacho debatiéndose entre el éxtasis y la alarma.
-Este sitio se me ha hecho muy largo, ¿a ti no?- respondió Roxana tomando las manos de su esposo y mirándolo con deleite.
De Guiche se acercó sin dar crédito a sus ojos, recuperando la sangre fría le indicó a la señora que no podía quedarse.
-¡Sí puedo!- reprochó Roxana, sentándose en un tambor de marcha que le ofrecieron -Acabo de llegar. ¿Sabéis que lejos está Arras? ¡Querido primo! ¿Qué hay de interesante en tus botas?
Cyrano dio un ligero respringo al escuchar que Roxana lo llamaba, no podía fingir desinterés un segundo más -¿Cómo llegaste aquí?
-Solo debí seguir el rastro de destrucción, primo.- rió Roxana divertida.
-¿Y cómo pudiste pasar?- preguntó escandalizado de todos los riesgos que su frágil prima había pasado.
-Simplemente he pasado con mi carroza a trote, si alguien se interponía en mi camino bastaba con asomar a la portezuela mi mejor sonrisa y me permitían pasar.
Los Cadetes soltaron una exclamación de asombro, excepto por Carbon, Christian y Cyrano, que no pudieron evitar una mueca de desconcierto.
-No creo que halla pasado sin que nadie le preguntaran a donde ir, señora.- declaró Carbon, con toda solemnidad.
-Con frecuencia, y entonces les contestaba: "Voy a ver a mi amante.". Hasta el español más feroz me abría camino, tan lleno de gracia como de altivez.
-¡Pero Roxana!- explotó por fin Christian.
-Perdóname por haberles dicho que venía a ver a mi amante, pero si hubiera dicho que venía a ver a mi marido, no me habrían permitido pasar.
-¡Eso no!
-¿Entonces?- preguntó la rubia acariciando con ternura la mejilla amada.
-¡Tienes que irte!- ordenó De Guiche.
-¿Irme?- preguntó la joven haciendo un puchero encantador.
-Sí. ¡Y lo más pronto posible!- agregó Cyrano, conteniéndose ante ese gesto infantil ante el que siempre había cedido. Siempre. Desde que eran unos niños jugando en Bergerac. Pero ahora lo importante era protegerla, debía salir de ahí.
De hecho, ¿no se supone que Canelle iba a cuidarla? ¿Cómo pudo permitirle ir?
-Es que...- balbuceó Christian, desarmado por el puchero de su hermosa mujer.
-...dentro de una hora, más o menos...- agregó De Guiche.
-...será mejor si...- se unió Carbon.
-Por favor, Roxana, ¿puedes...- rogó Le Bret. ¿Cómo una sola mujer podía nulificar a los Cadetes de Gascuña, los mismos que estaban esperando tranquilamente batirse con la diferencia de cien a uno?
Cyrano no dijo nada más, se había sumido en la decepción. Canelle había prometido proteger a Roxana, y ahora ella estaba ahí, había atravesado sola las hostilidades de las líneas enemigas, y ahora, si no escapaba a tiempo... O tal vez... ¡algo le había sucedido a Canelle!
-¡Roxana!- se escuchó una vocecilla que gritó temblorosamente desde la parte de atrás de la carroza, una figura bajó de un salto. -¡Debemos irnos! ¡Prometiste que nos iríamos si era peligroso!
El estupor en todos lo cadetes de Gascuña fue aplastante, todos miraron medio segundo a quien acababa de bajar de detrás de la carroza, tratando de adivinar las facciones tras una máscara negra que cubría la parte superior de su rostro. Pero esas curvas imposibles de disimular con ropa masculina les resultaron inconfundibles.
-¡Canelle!- exclamaron todos con alegría.
En un instante la chica se encontraba en medio de un abrazo masivo de los Cadetes encabezados por LeBret, quienes habían extrañado su presencia a la que se habían acostumbrado por sus visitas al cuartel. Canelle hizo un enorme esfuerzo por no llorar, por primera vez desde que ellos habían partido se sentía feliz.
-¡Caballeros! ¡Caballeros!- los regañó Carbon al ver el tumulto, Roxana reía divertida mientras Cyrano sonreía aliviado, había comenzado a pensar de más. Christian instintivamente se sobaba la quijada al recordar cierto puñetazo.
-¡Qué manera de recibir a una dama es ésta!- continuó reclamando Carbon al verse ignorado, por fin los cadetes se apartaron, quedando Canelle de pie medio mareada con LeBret a su lado abrazándola por los hombros.
-Roxana, no puedes quedarte.- retomó Christian, tomando las manos de Roxana y mirándola con seriedad.
-Ésta es la peor posición en este momento, nos atacarán con toda ventaja.- Se apuntó De Guiche.
-Lo has ordenado tú, ¿verdad? ¿Así que quieres dejarme viuda?- recriminó Roxana clavándole la peor de sus miradas al Conde.
-Pero...- musitó De Guiche.
-¡Es mi marido!- gritó la joven melodramáticamente abrazándose al rubio -¡Moriré junto a él!
-¡Nosotros las defenderemos!- declaró un cadete emocionado.
Los demás asintieron escandalosamente, acicalándose y formándose en una fila.
-¡Debo apostar mis cañones, les daré suficiente tiempo para retractarse de esta locura!- farfulló De Guiche antes de alejarse a paso firme.
-Siendo así las cosas.- declaró Carbon con aire solemne -Permitidme presentarle a algunos de los valientes que podrían morir en un rato por proteger vuestros bellos ojos. Barón de Peyrescous de Colignac...
-Están locos...- murmuró Canelle lastimeramente mientras el Capitán presentaba a los Cadetes que felizmente presentaban sus respetos a la dama.
-Te cuidaremos.- dijo Le Bret estrechándola un poco más hacia él.
Canelle recargó su cabeza en el hombro de él, cerrando los ojos.
-¿No estás nada bien, verdad?- preguntó preocupado mirándola con más detenimiento.
-Ahora estoy bien, hay otras cosas de qué preocuparse.- susurró ella sin moverse.
-Abrid la mano en que sostenéis el pañuelo.- pidió Carbon a la rubia a quien le había presentado a sus muchachos, ella lo dejó caer.
Los militares estuvieron a punto de lanzarse al mismo tiempo a recogerlo pero su Capitán se les adelantó. -Por fin mi compañía tiene bandera, y la más hermosa.- declaró amarrándola a su lanza de Capitán.
-Ahora podría morir feliz, si tan solo no tuviera el estómago vacío.- replicó melancólico un Cadete.
-Es verdad, el aire del campo abre el apetito, traed comida.- dijo Roxana muy fresca.
-¿Comida?- preguntó otro Cadete -¿De dónde sacaríamos comida?
-De mi carruaje.- obvió la rubia, con lo que los ojos de todos se clavaron de nuevo en el vehículo.
-Y seguramente reconoceréis a mi cochero, necesitaremos quien corte y sirva las viandas.
Ragueneau asomó la cabeza y ante los vítores de los Cadetes de Gascuña el regordete cuerpo entero.
Comenzaron a salir del carruaje todo tipo de asados de carne, bizcochos y panes y botellas de vino, que pasaron de mano en mano.
Cyrano se acercó a Christian -Debemos hablar.- urgió.
El muchacho solo lo ignoró, yendo junto a su esposa que comenzaba a extender manteles a su alrededor donde comenzaron a acomodar la comida con las bocas hechas más que agua.
Roxana, Christian y Cyrano se movían como flechas sirviendo a la compañía, quienes disfrutaban de un banquete que bien podría ser el último.
-¡Todo para los Gascones ésta tarde!- sonaba la melodiosa voz de Roxana de un grupo a otro -¡Y cuando regrese De Guiche, no le daremos nada! ¿Tinto o blanco? ¡Pan para el Señor Carbon!
-Ven.- indicó Le Bret al ver que Canelle solo seguía con la mirada triste a Cyrano, extendiéndole la mano.
La chica tomó la mano de su amigo y lo acompañó a llevarle comida al centinela, donde ellos comieron también un poco, mientras Le Bret trataba de animarla.
-¿Y tú qué comerás?- preguntó Roxana a su marido.
-Nada.- respondió aun enfadado el muchacho.
-¿Cómo? ¡Pero mira, si amas éste bizcocho de Ragueneau!- exclamó ofreciéndoselo.
-¡Roxana! ¿Qué haces aquí?- le reclamó tomándola de las muñecas.
-Por ahora me debo a tus compañeros, te lo diré después.- lo desarmó ella hablándole con ternura, soltándose de sus manos y regresando a servir.
-¡Ahí viene De Guiche!- escucharon a Canelle y LeBret gritando desde el puesto del centinela, Roxana le indicó a Ragueneau que se metiera al carruaje y en un par de segundos todo lo que había llegado en el coche desapareció escondido en cualquier parte.
-Huele... bien por aquí.- fue lo primero que escucharon decir a De Guiche cuando los alcanzó. Los miró con detenimiento y los vió un poco... demasiado felices.
-Les he dejado un cañón por allá, por si alguien aquí sabe usarlo.- dijo con desdén. -¿Y cuando os vais?- preguntó secamente a Roxana.
-Me quedo.- declaró la joven con firmeza.
De Guiche resopló -Entonces denme un mosquete, me quedo yo también. No voy a dejar a esta dama en sus manos.
Los Cadetes ovacionaron semejante muestra de valor.
-Miraaa, si al final parece que es gascón.
-Hasta valiente.
-Sí, creo que podríamos...
-Sí, podríamos alimentarlo un poco.
Todas las vituallas aparecieron de nuevo como por arte de magia.
-¡Comida!- exclamó De Guiche con los ojos asombrados, a punto de lanzarse sobre lo más cercano, pero recobró la compostura y declaró -No comeré sus sobras, si eso es lo que esperan.
-Aaaanda, pero si el "esperan" incluso tuvo acento gascón.
-¡Es uno de los nuestros!
-¡EEEEEEEEH!
-Ya ha sido suficiente.- indicó Carbon al ver que sus Cadetes habían improvisado un festejo por el descubrimiento del Gasconcito interior de su coronel -Mis lanceros están formados y dispuestos a todo.
-¿Aceptáis mi brazo para pasarles revista?- pidió el Conde galantemente a Roxana, quien lo tomó y subió al talud.
Christian aprovechó para correr junto a Cyrano -¿Qué quieres decirme? No tengo tu tiempo.
-Bueno...- Cyrano se vió un poco apenado -...cuando Roxana te hable, no te sorprendas.
-¿De qué?
-Le has escrito mucho más a menudo de lo que crees.
-¿Qué? ¿Y como pasabas?
-Pues antes de la aurora...
-Bueno no importa, ¿dos veces a la semana? ¿Tres?
-Un poco más.
-¿Qué tan poco?
-Diario.
-¡¿Qué?!
-Dos veces.
-¡¿QUÉEEEE?!
-¡Sssssshhh! Bueno, solo eso debes saber.
-¡No! ¿Cómo pudiste? ¡Eres un...
Cyrano le tapó la boca al muchacho al ver que Roxana regresaba -¡Ni una palabra enfrente de ella!- lo soltó para escabullirse a su tienda.
-Debes ir.- Le Bret sugirió a Canelle, empujándola suavemente en dirección a la tienda que compartía con Cyrano, acababan de ver toda la discusión y aunque no habían escuchado se imaginaban de qué habría tratado.
-Pero... estará... enojado, decepcionado y todo eso que le queda cuando discute con Christian...- murmuró llorosa la chica, retrocediendo.
-¿A qué veniste, Canelle?- le preguntó suavemente tomándola por los hombros -Seguramente no sólo a cuidar a Roxana, ni a verme sólo a mi.
La muchacha apretó los labios, no había argumentos para escapar.
-Vamos, debes hablar con él y está solo, yo te espero aquí.- indicó volviendo a empujarla un poquito, Canelle cerró lo ojos y respiró profundo antes de caminar hacia donde le sugerían.
¿Qué podría perder ya?
-¿Cyrano?- llamó tímidamente levantando un poco la tela a la entrada de la tienda.
El aludido se preparaba para la lucha, de espaldas a la entrada, al escuchar a Canelle miró hacia atrás.
-¡Canelle!- exclamó contento corriendo hacia ella y tomándola de las manos -Perdóname, no he podido ni siquiera saludarte. ¿Fue un viaje muy pesado? ¿Todo está bien? ¿Qué ha pasado con Cristina y el Fantasma?
La sonrisa del Cadete se borró al notar que la joven no sonreía, aunque lo intentaba con mucho esfuerzo. Y mirándola con mas detenimiento notó que algo más estaba fuera de lugar.
-¿Porqué traes esa máscara?- preguntó preocupado, quitándosela.
-¡No!- alcanzó a gritar la chica tratando de evitar que le quitaran la prenda, pero no pudo contra la fuerza de Cyrano, quien la miró con verdadera tristeza al notar una nueva cicatriz en el puente de la nariz y un mucho más notorio hematoma en el ojo derecho obviamente reciente. Se veía pálida y ojerosa, lo que nunca antes había sucedido.
Era justo esa mirada de la que Canelle había estado huyendo. Que la tuvo escondida en el rincón del carruaje totalmente aterrada de salir hasta que comprendió la magnitud del peligro al que se exponían. Que había evitado el impulso de ir corriendo hacia él desde el primer momento en que lo había visto. No quería parecer débil delante de él, se suponía que sería fuerte, que todo estaría bien, para que pudiera cuidar bien a Roxana.
-¿Qué sucede?- preguntó él, aun más preocupado de ver a su amiga tratando de detener las lágrimas.
Finalmente ella no pudo contenerse más y se lanzó a sus brazos llorando desconsolada. Cyrano reaccionó abrazándola, y por unos segundos solo escuchó los sollozos de su amiga.
-Ya no puedo.- se quejó entrecortadamente -No lo soporto, Jose Buquet murió y tú te fuiste, todos la agarraron contra mi con el pretexto de que ya nadie podría protegerme. Todos me insultan, me golpean... no hay día que no termine peleando al menos a gritos... y luego Roxana... solo me usa como salvavidas para recordar a Christian, y yo no quiero recordar a Christian, ¡quiero recordarte a ti! ¡No tuve fuerzas para discutir con ella cuando se le metió en la cabeza que quería venir aquí! Solo pude ceder y acompañarla para cuidarla. Perdóname, ahora estamos en peligro. No cumplí mi promesa, perdóname... soy débil... ya no puedo...
Cyrano se sintió la persona más desagradecida del mundo. Todo ese tiempo solo había pensado en Roxana, arriesgaba su vida dos veces al día para escribirle y solo LeBret había recordado escribir un par de líneas para su amiga tramoyista, comprendiendo que las dos jóvenes se volverían una compañía habitual. Y la saña que los demás en la ópera le habían agarrado era en parte su culpa.
Acarició la cabeza de la chica en sus brazos que no paraba de llorar.
-Lo siento.- murmuró suavemente -Lamento no estar ahí para ti. Y lamento haberte dejado esa carga.- suspiró con tristeza -Si no nos hubiéramos conocido, no serían tan agresivos contigo ahora ni tendrías que cuidar a Roxana.
-¡No digas eso!- gritó Canelle soltándolo un poco y mirándolo con desespero -¡No vuelvas a decir nunca, nunca, nada acerca de lo que hubiera pasado si no nos hubiéramos conocido! Porque conocerte fue...
-¡Cyrano!
Escucharon a Christian llamar desde fuera, Canelle se abrazó de nuevo al pecho de Cyrano tan fuerte como pudo.
-Ve con él.- dijo haciendo acopio de fuerzas.
-Pero...- replicó Cyrano afligido -...no quiero dejarte...
-¡Cyrano!
-Parece urgente, ve... estaré bien.- dijo ella apartándose.
Cyrano se levantó y salió de la tienda. Canelle miró a su alrededor. Libros, papeles, plumas, tinta... una capa hecha bulto con quien sabe que cosas dentro en un rincón parecía ser lo único que le pertenecía a LeBret en esa tienda. Aún tan lejos... aún en esas circunstancias, era el mismo Cyrano de siempre.
Se permitió llorar un poco más, tomó la máscara y la miró. Decidió no volver a ponérsela. La dejó sobre un libro de Descartes y salió de la tienda con decisión. Tenía que volver a ser fuerte.
-¿Qué pasa, Christian?- preguntó Cyrano sin saber qué era lo que sentía en ese momento al dejar a Canelle llorando adentro.
-¡Roxana no me ama!- exclamó desesperado el muchacho.
-¿Qué?- preguntó Cyrano confuso.
-¡Te ama a ti!-
-¡¿Qué?!
-¡Me lo ha dicho! ¡Me ha dicho que ahora me ama solo por mis cartas! Que me amaría incluso si...- el joven no pudo evitar hacer una pausa, estaba totalmente contrariado -...si fuera feo.
Cyrano soltó un grito. Era demasiado, no podía creer lo que su amigo acababa de decirle, ¿y si era verdad? ¿Si realmente Roxana, sin saberlo, se había enamorado de él?
-¡No podemos seguirla engañando! ¡Le diremos la verdad! ¡Y que escoja!- urgió Christian tomando la mano del mayor, jalándolo.
-Pero... ¿ahora?- replicó Cyrano hecho un mar de confusión -¿En medio de todo esto?
-Tal vez no haya un después para alguno de los dos, debe saberlo. Porque los dos la amamos.- sentenció Christian gravemente.
Cyrano miró al muchacho. Sintió tristeza por él al comprender que los papeles se habían invertido y comprendía lo que ahora debía sentir, esa emoción hasta hace unos momentos era la propia. Se miraba decidido a terminar con la farsa, y debía respetar eso.
-¿Estas seguro?- preguntó de nuevo.
Christian asintió -No quiero seguir con esto, quiero que me amen por lo que soy, no por lo que tú eres.
Cyrano asintió gravemente.
-¡Roxana!- llamó Christian, y su esposa se acercó obedientemente.
-¿Qué pasa?- preguntó la rubia sonriente.
-Cyrano tiene algo importante que decirte.- dijo Christian antes de salir corriendo.
"¡Huyó! ¡Cobarde!" pensó Cyrano al verlo alejarse, se encontró solo frente a Roxana que ahora lo miraba intrigada. Tan hermosa aún con aquella expresión confusa...
-¿Algo importante?- preguntó Roxana sin tener ni idea.
-Bueno, tú conoces a Christian...- comenzó Cyrano aterrado -...le da mucha importancia a cosas que no la tienen.
-¿Te contó lo que le dije?- atajó airada la joven -¿Puedes creerlo? ¡Lo vi claramente! ¡No podía creer que lo que le dije es la verdad! ¿Cómo puede dudar de mi? ¡Por supuesto que lo amaré siempre! ¡Lo amaría aunque fuera...- se detuvo bruscamente mirando a su primo con aprehension.
-¿Crees que me ofenderá escuchar esa palabra?- preguntó Cyrano con tristeza -Adelante, ¿lo amarás aún si fuera...
-Feo.- completó Roxana apenada.
Se escucharon los primeros disparos, la joven se cubrió los oídos un momento
-¿Aunque fuera horroroso?- preguntó Cyrano apremiante.
-Sí.-
-¿Grotesco incluso?-
-¡Nada haría que me pareciera grotesco!- afirmó convencida Roxana. -Tal vez hasta lo amaría aun más!
"¡Entonces es cierto! ¡Felicidad, por fin estás frente a mi!" pensó Cyrano, tomando las manos de su prima.
-Roxana, escucha...-
Le Bret llegó corriendo, estuvo a punto de regresar por donde vino al comprender que interrumpía algo importante, pero no podía esperar, llamó a Cyrano con discreción.
-¿Qué?- soltó Cyrano fúrico por la interrupción, se le cayó todo el enfado al leerle los labios a su amigo.
Canelle salió de un salto de la tienda, lo había presenciado todo desde adentro con ganas de azotarse contra el suelo y morir de una buena vez. Si Roxana elegía a Cyrano, a ella no le quedaba nada... tendría que olvidarlo, no podría soportar seguir siendo su amiga viendolo feliz con otra.
-¡Roxana!- llamó para atraer la atención de la rubia, ella también había alcanzado a mirar la preocupación en los ojos de LeBret.
"Se acabó." pensó Cyrano, mientras un grupo de cadetes iban en un círculo cerrado ocultando lo que cargaban y dejaban en el suelo.
-¿Y ellos?- preguntó la rubia que solo le había prestado atención a su amiga dos segundos, los tiros llamaron más su atención.
-Nada, déjalos.- indicó Cyrano acercándose tanto que ocupaba todo el campo de visión de su prima.
Canelle y LeBret corrieron hacia el grupo.
-¿Qué querías decirme entonces?- preguntó Roxana molesta, la estaban tratando como una niña.
-¿Yo? ¡Ah, claro!- recordó él, ¿pero qué podría decirle ya? -Solo quería decirte que Christian... hum... bueno, su espíritu y su alma eran tan grandes, tan sublimes... ¡digo! ¡Son! ¡Tan gran.
-¡¿Eran?!- gritó Roxana apartando al otro de un empujón -¡Christian!
Corríó hacia el grupo al ver que en medio del círculo que habían formado yacía su esposo.
-¡Se acabó!- suspiró Cyrano derrotado.
-Fue el primer tiro del enemigo.- explicó LeBret con pena, cuando su amigo los alcanzó.
Se escuchó una descarga masiva de tiros al otro lado del campamento, Roxana se lanzó sobre el cuerpo del muchacho apenas vivo. El grupo se disolvió en un segundo al escuchar la orden de defender de su Capitán.
Ragueneau llegó corriendo con agua en un casco de soldado, Roxana se incorporó para arrancarse un pedazo de tela de su vestido y mojarlo en un desesperado intento de compresa.
Cyrano se acercó al oido de Christian -Se lo he dicho todo, te ama a ti.- susurró apenas audible.
Christian sonrió débilmente. Roxana lo abrazó como pudo, llorando desconsolada, sintiendo el rostro de su amado enfriarse.
-Tiene una carta...- susurró al notar un papel doblado entre los pliegues de su uniforme, cerca del corazón que acababa de detenerse, la toma y desdobla -...¡es para mi!
-¡Mi carta!- se le escapa sisear a Cyrano.
-¡FUEGO!- se escuchó gritar a Carbon.
Cyrano se levantó para unirse al ataque, pero Roxana la detuvo.
-¡Roxana! ¡Debo ir!- urgió.
-¡Quédate un poco! ¡Solo tú lo conocías bien!- rogó la reciente viuda -¿No es verdad que era un ser exquisito, maravilloso?
-Sí, Roxana...
-¿Un poeta inaudito?
-Sí, Roxana...
-¿Un corazón profundo, un alma magnífica y encantadora?
-¡Sí, Roxana!
-¡Ahora está muerto!- gritó desgarradoramente lanzándose sobre el cuerpo inerte de Christian.
Cyrano se apartó en cuanto se vió libre de la mano de su prima, desenvainó la espada y miró hacia donde los cadetes luchaban.
-¡Y a mi, solo me queda morir hoy, porque sin saberlo, es a mi quien llora!
-¡Cyrano!
Volteó al escuchar que lo llamaban, Canelle estaba de pie a unos pasos de él -¡No puedes morir! ¡Recuerda que si mueres no cuidaré más a Roxana!
Cyrano sonrió orgulloso -Espérame en París.- dijo antes de correr junto a De Guiche, que apareció anunciando que las trompetas que sonaban no muy lejos eran la señal para que entrara el ejército francés.
-¡Llévate a Roxana!- exclamó -¡Ya has probado tu valentía aquí, gascón! ¡Ahora debes protegerla!
De Guiche asintió -Venceremos si se mantienen firmes y nos dan tiempo.- Corrió hacia las jóvenes, Roxana se había colapsado ante tal avalancha de emociones y Canelle la cargaba de regreso a la carroza.
Carbon regresaba herido, cubierto de sangre, Cyrano apenas alcanzó a sostenerlo y dejarlo a salvo en el suelo.
-¡No hay que retroceder! ¡Necesitamos ganar tiempo!- gritó con todas sus fuerzas -¡He de vengar dos muertes: la de Christian y la de mi felicidad!
Blandió la lanza con el pañuelo sujeto a ella, la banderita parecía también dispuesta a resistir. Dejándola clavada en el suelo incitando a los cadetes a atacar de nuevo.
La carroza salió, rodeada de Cadetes dispuestos a protegerla a sangre y pólvora, mientras un Cadete aparece batiéndose con tres españoles, anunciando que son los primeros en alcanzar la cima del talud.
-¡Hay que saludarlos!- exclama Cyrano, mientras la cresta del talud se llena de enemigos -¡FUEGO!
-¡FUEGO!- se escuchó también desde las filas enemigas.
Mortales descargas cruzadas, Cadetes y españoles cayendo entre nubes de humo y el calor de la pólvora.
-¿Quiénes son estos hombres que se dejan matar?- exclamó un oficial español, descubriéndose.
-¡Los Cadetes de Gascuña, con Carbon su Capitán!- recitó Cyrano voz en cuello, lanzando un segundo ataque -...jugadores, mentirosos, nobles, firmes, valerosos...
El resto se perdió entre el sonido de la batalla, mientras se internaba entre los enemigos.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Durante muchos años, pensé que Christian había sido un idiota al irse a suicidar parándose en donde todos le dispararan primero.
Cuando escribí esto, me di cuenta de que.... fue lo único inteligente que hizo. Era la única manera en que podía derrotar a Cyrano, sabía que al morir no podría decirle la verdad a Roxana.
Ganó por sólo un momento, pero lo importante para él fue que no dejó a Cyrano ganar.
....
Cabrón ¬¬
Y en otros asuntos, hay alguien que decidí desde hace muchos años que sería mi Le Bret, de pronto me encontré que sus getos y sus palabras coincidían con el de mi cabeza, especialmente algo que hace en esta escena de la obra, y un día que apareció con barba lo termine de decidir. Desde el capitulo anterior, cuando le da una palmada en la espalda a Canelle, escribí eso sin pensar y un segundo después me di cuenta de que es lo que él hizo conmigo un par de veces. En este capítulo y en adelante, Henry es totalmente como él. Me descubro de repente sonriendo cuando hace algo "totalmente Henry" y a veces he tenido demasiadas ganas de llamarlo así.
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