15. Amigos
-Estoy listo.
Se repitió Christian mirándose al espejo por última vez. Había tardado mucho más de lo habitual en su arreglo personal; al principio porque había revisado una y otra vez su guardarropa con completa indecisión, ese día no era común: le diría a su celestino y maestro que ya no lo necesitaba.
Pero al momento de elegir por fin la ropa que le pareció más adecuada, volvieron a aquejarle las dudas y el miedo. Dubitativo y temeroso, cada movimiento le había tomado al menos el doble del tiempo acostumbrado, y al momento de mirarse al espejo con el peine en la mano, sus pensamientos se centraron en sus hermosas y simétricas facciones, sus ojos claros y despiertos y su cabellera rubia y rizada (un poco desordenada por las horas de sueño, pero aún así...).
Era hermoso, no había duda, tantas personas se lo habían dicho: desde sus padres, sus abuelos y sus melosas tías, los "amigos" de la familia (el veinteañero Felipe de Chagny, por ejemplo, había conseguido recordarlo y a su esporádico compañero de juegos Raul), montones de chicas, claro, y Cyrano y... y eso pensaba Roxana también. Pero nadie le había dicho nunca que era ágil o fuerte o talentoso... o inteligente. ¿Realmente aquel hermoso muchacho que lo miraba desde dentro del espejo sólo era aceptado, apreciado y juzgado por su apariencia? ¿Todos lo veían sólo como un reflejo, como una imagen plana y vacía cuyo único uso era dejarse observar? ¿Lo querrían cerca si tuviera, por ejemplo, una nariz descomunal... o le faltara un ojo o algo así?
¿Lo amaría Roxana si fuera feo?
-¡Auch!
Un fuerte y doloroso jalón en su cabello lo regresó a la realidad. Aquella pregunta lo había atacado incesantemente durante días, por lo que había decidido desechar toda la farsa y presentarse ante Roxana tal cual era de una vez por todas. Si al conocer al verdadero Christian, Roxana seguía amándolo, sería el hombre más dichoso del mundo, y si no... bueno, ya estaba harto de ese jueguito de mentiras y sentía que con todo el tiempo que había pasado junto a Cyrano había aprendido lo suficiente el arte de enamorar.
Se regaló a si mismo una sonrisa, complacido. Tomó los guantes, dio el último vistazo al espejo y sintiéndose listo tanto física como internamente salió de su casa para buscar a Cyrano en el cuartel. Su cómplice, su maestro... su amigo.
El muchacho no imaginaba que en ese momento Cyrano de Bergerac se encontraba en la calle de san Honorato, y ni él ni nadie podían imaginar a esas alturas su posición actual: con una joven en brazos.
Cyrano no había notado siquiera que la chica se había paralizado al contacto con su cuerpo, solo Canelle podía sentir como poco a poco sus músculos se relajaban de nuevo, y su corazón aminoraba sus latidos dejando su amenaza de salírsele del pecho, muy despacio tomó conciencia del calor de Cyrano, de su barbilla recargada en su cabeza y la fuerte firmeza con que sus brazos la estrechaban hacia él. Nunca antes la habían abrazado...
Él no podía darse cuenta de nada, lo que el pastelero acababa de revelarle inocentemente golpeaba su cabeza con furia: Canelle, la chica en sus brazos, la jovencita que hacía unos días le había librado de una enardecida multitud, la tramoyista de la Ópera... había sido una solitaria niña con las calles como su hogar, sola había tenido que luchar para no morirse de hambre o frío, de gente perversa que abusa de los débiles, de la cruel realidad... eso explicaba su fuerza, su agilidad... y su humildad y nobleza.... Las cualidades ideales para un amigo de Cyrano de Bergerac.
Ella por fin pudo reaccionar. Rodeó con sus brazos la cintura de Cyrano tanto como pudo, aquél abrazo al tenía inmovilizada. Y parecía que había paralizado también el tiempo, el mundo entero. Todo volvió a la vida de golpe cuando Cyrano la soltó y le regaló una sonrisa... ella sonrió también.
Al voltear a su alrededor, observó como todos los poetas desviaban la mirada hacia cualquier otra parte en un apresurado disimulo. Ragueneau ya no estaba.
Canelle volvió a mirar a Cyrano cuando sintió que este tomaba su mano con firmeza y la condujo hacia un aparador semi-vacío que daba a la calle por un enorme ventanal, se sentó y apartando los pocos pastelillos junto a él le hizo ademán de que se sentara. La joven obedeció, quedando casi frente a él, se sentía extraña... mareada... atontada... no podía pensar en nada concreto, era como si estuviera soñando.
-Conque una ladrona.
-¡¿Qué?! No, no, no... ¡NO!- aquello le cayó como un torrente de agua helada... "una ladrona", ¡por supuesto! ¡Eso fue lo que le dio el impulso de poner sus pies en polvorosa, pero lo resistió! Ahora Cyrano creía que había sido una ladronzuela... ¿cómo podría una ladrona ser amiga de un caballero que tenía su honor en tan alta importancia? ¿La escucharía? ¿Le creería?
-¡Por favor, por favor, no me juzgues aún!- suplicó desesperadamente, tomándole el antebrazo –Debes escucharlo todo, yo no he sido una ladrona...-
Cyrano resopló, si ella se había puesto tan nerviosa, entonces... entonces... entonces estaba prejuzgándola, ¿cierto? Miró esos ojos suplicantes, esos labios temblorosos... debía escucharla.
-Pues verás, yo...- comenzó la chica, vacilante, aunque Cyrano no la había detenido, tampoco le indicó que le permitía explicarse... solamente la miraba con expresión grave -...yo... crecí en la calle, ¡esa es la verdad! No tengo ningún recuerdo de una casa o unos padres, desde que recuerdo estoy sola. Tenías que arreglártelas por ti mismo o con un poco de ayuda de otros niños. Yo los conocía bien a todos, pero no hablaba con ellos a menos que de verdad lo necesitara. Ya lo viste, entré a una pastelería a robar... aunque, si te consuela, fue la primera y última vez que lo intenté, mi costumbre era más bien mendigar, pero los demás niños me dijeron que robar traía más ganancias...
Cyrano imaginó a una pequeña Canelle mendigando en una solitaria calle de Paris... la imagen fue tan real que se preguntó si alguna vez la habría visto...
-Una mañana...- Canelle continuó, mirando fuera de la ventana -... apareció un niño... en realidad no era un niño, ¡era demasiado grande! No supimos de donde venía, pero se autonombró el líder del área, y dijo que tendríamos que obedecerlo y darle parte de nuestras ganancias...- Sonrió maliciosamente y miró de soslayo a su interlocutor -...obviamente, ¡no iba a tener MI dinero!-
Cyrano miró sorprendida a la chica –Y entonces, ¿qué hiciste?
-Me le eché encima a golpes, mientras los demás huían para no verse implicados.- completó ella con orgullo –Definitivamente fue la mejor decisión de mi vida, José Buquet pasaba por ahí y detuvo la pelea, me dijo que esa fuerza no debía desperdiciarse en peleas callejeras, que me llevaría a un lugar mejor.- Su rostro volvió a ensombrecerse –Traía un tremendo aliento a resaca que no pensé que hablara en serio, pero no tenía nada que perder y lo seguí... me llevó a la Opera... y me aceptaron como...- sonrió tristemente -... pues prácticamente como bestia de carga... pero cuando veía a las estrellas en el escenario, y escuchaba los aplausos... deseaba hacer lo mismo, ¡aún lo deseo! Pero, ¿qué oportunidad tengo? ¿Cómo puedo competir contra esas voces y esa belleza? Si sólo soy una tosca tramoyista...
La chica se quedó mirando a la calle, en silencio. Cyrano la miraba intentando comprender...
-¡Canelle!-
Distraídamente, ambos voltearon al escuchar la voz de Ragueneau, quien sonriente les ofrecía sus mejores productos.
-¿De crema está bien? Y este otro es en honor a tu nombre: canela en la masa, ¿lo ves?.
Cyrano no pudo evitar reírse, Ragueneau, el pastelero, su amigo de tantos años... era su amigo por eso: su comida, sus sonrisas, su benevolencia, su alegría... aquel fingido despiste que no era más que su fuerza para enfrentar cualquier problema... en ese momento su amigo le estaba ofreciendo pastelillos a quien alguna vez había intentado robar su negocio. Y la pobre chica solo lo miraba sorprendida, luchando por controlar sus ganas de huir y esconderse.
Canelle lo miró, sin comprender porqué se reía... de hecho, nunca lo había visto reir de esa manera. Miró a Ragueneau, que aún le ofrecía un par de pastelillos que parecían irresistibles, su sonrisa parecía invencible... la risa de Cyrano, la sonrisa de Ragueneau... la joven sonrió encantadoramente y aceptó. Comprendió que todo estaba bien, que era aceptada... que estaba entre amigos.
-Muchas gracias.
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