¦ Consustancial ¦

¦ Canción de Multimedia: Melody of a Murder ¦

Reto para los Wattolímpicos - Triatlón
Por Haz Rodríguez (@SoloHaz)


    El sol hacía su aparición magistral en aquellas tierras de la Seda. La temperatura, extremadamente fría del desierto Taklamakán, comenzaba a subir, de forma repentina, hasta convertirse en el mismo infierno.

    Después de una satisfactoria noche de caza, los animales nocturnos escapaban en busca de un refugio más que aceptable para sus cuerpos.

    La casi nula vegetación cerraba sus poros, dando inicio a uno de los días más calurosos de la Cuenca del Tarim, y uno de los más oscuros.

    La brisa desplazaba los clastos de arena, moviendo las carpas de aquellos que se atrevieron a pisar las tierras de las enormes dunas europeas.

    A las orillas del Río Yurungkash se encontraba el pequeño campamento de la expedición arqueológica más grande y ambiciosa de la última década; un grupo resiliente con los mejores del mundo.

    Con la mejor del mundo.

    Dentro de una de las carpas, la más alejada, se encontraba mi habitación; ordenada, básica y cuidada hasta el más mínimo detalle. La cama, meticulosamente tendida, pero el pequeño escritorio, con decenas de libros que hablaban sobre las culturas egipcia y hebrea, se encontraba desordenado, a causa de la increíble noche de revelaciones que había tenido.

    Ahí, en la vieja silla, dormitaba yo, Nahira Assaf; la Antropóloga más respetada del mundo, con una reciente especialización en Arqueología, y estaba a punto de cumplir el mayor sueño de toda mi vida: encontrar un yacimiento egipcio nunca antes visto, disperso por el mundo.

    La carpa se abrió a causa del aire, dejando entrar los tímidos rayos ultravioleta, los cuales pegaron directamente sobre mi faz.

—¡Por  Ha-Rajamím! —exclamé, mientras me incorporaba y el pequeño hilo de saliva regresaba a mi boca.

    Mi cuaderno de anotaciones terminó en el piso, cubierto de arena.

    Tallé mis ojos y comencé a estirarme; bien sabía que dormir en una posición incómoda podría resultar dañino para mi salud, pero la satisfacción de estar cerca de un descubrimiento me hacía perder mi pensamiento crítico.

—Hoy será el día —musité para mí misma, mientras colocaba mis manos en mis hombros para masajearme.

Una fina capa de arena cubría mis extremidades. Usando las manos, como una pequeña brocha, la quité sin prestarle atención a este hecho.

Me incorporé del asiento, un estruendo, proveniente de la espalda baja, me hizo encorvar de dolor; al ser una mujer alta, desde siempre había tenido esos malestares, era mi marca de nacimiento.

Consulté el reloj, mientras buscaba alguna prenda limpia con la cual sentirme cómoda. Sonreí con satisfacción, faltaba una hora para que todo mi equipo se levantara y, tenía tiempo de sobra para buscar una camisa blanca.

—Hoy te encontraré… —susurré, entretanto me cambiaba las prendas y ataba mi cabello en una coleta alta.

    Me agaché y obtuve mi pequeña libreta de papiro, ahí tenía el trabajo de toda una vida. La guardé para que estuviese segura.

    Una vez lista y con mochila en mano, abrí las cortinas que separaban mi cómoda vida del enorme desierto. La luz me cegó…

    Había descifrado, por fin, aquellos códices que encontré en las cámaras secretas de la Península del Sinaí.

    La mayoría de mis colegas me llamaban loca. Me dijeron que era imposible que una enorme cultura tenga restos en un lugar tan explorado como lo es China.

    Y la minoría, a pesar de las burlas, se atrevieron a querer venir. Yo rechacé a todos esos oportunistas, aunque tuve que acceder a que unos cuantos vinieron conmigo.

    Estando en mi habitación y contemplando como los rayos lunares entraban por la rebelde abertura de las cortinas fui interrumpida.

—¿Podré ir contigo? —preguntó mi hermano menor—. ¡Prometo portarme bien!

    Resoplé frustrada; los planes de viaje eran demasiado. Giré y observé a Antara, tenía puesto su sombrero de explorador.

—No puedes venir conmigo —respondí secamente—. Puedes lastimarte y sabes que odio la sangre.

    Mi pequeño hermano tiró el sombrero y lo pisó, huyendo de la escena.

    Quizás pensaba que era mala, pero solo intentaba protegerlo. Este era un viaje peligroso.

Me estiré y abrí las cortinas. Los clastos de arena impactaron sobre mi faz.

    Mis ojos se acostumbraron a la luz, estaba parada enfrente de las coordenadas específicas.

    El enorme terreno del desierto Taklamakán había sido rudo, el camino tortuoso, varios huesos rotos y uno que otro tobillo desviado.

    Nada me separaría de mi meta, ¡y menos, aquellos que no entienden nada sobre el progreso!

    Una enorme duna, de inusual tamaño, se alzó frente a nosotros.

    Mi equipo esperó de forma impaciente el siguiente movimiento; habíamos llegado al yacimiento precursor, el antiguo Templo de Menhit. Por fin habíamos llegado al hogar de la Degolladora.

—¡Aquí es! —exclamé con una sonrisa en mi rostro. Mis acompañantes estaban absortos con la increíble duna—. ¡Vamos! Hay que quitar la arena…

    Entusiasmada, guardé la brújula y el mapa en la pequeña mochila; comencé a palmar el terreno. Buscaba una señal de algún antiguo mecanismo.

—¡Alto! —señaló uno de los asistentes. Yo resoplé y negué.

    Su voz se desvaneció como la arena.

—¿Acaso eres parte de los Saduceos? —pregunté con sarcasmo. Reí ante mi propia broma—. Tenemos que acceder a…

    ¡Eureka! Los clastos comenzaban a abrirse de par en par; la arena bajo nuestros pies se abría mientras se revelaban los antiguos pilares de arenisca.

    Los rayos del sol cruzaron aquella estructura sedimentaria, impactando en los aparentes agujeros de la entrada.

—Llaves —susurré, mientras trataba de ver algo que se me perdió de vista.

    La estructura sedimentaria se alzaba ante nosotros, arena era lo único que había en el foco principal.

El sol comenzaba a sofocar.

    Miré los pilares. ¡Bingo! Tenían divisiones marcadas.

—Ruedas… —añadí entretanto sacaba mi piqueta y cuerda. Tenía que escalar para poder descifrar el enigma.

    Con la cuerda alrededor de mi cuerpo, comencé a subir con ayuda de mi instrumento.

—¡Ten cuidado allá arriba! —dijo una voz femenina mientras me levantaba el pulgar—. Te detendremos si llegas a resbalar.

—Sería imposible —respondí de manera monótona—. Fui scout de infante, más por mis padres que por mí misma, así que no tengo miedo de caer.

—Solo lo decía para ser amable —añadió un tipo robusto y con barba de leñador—. No tienes que ser tan directa.

—Ella hizo una observación ilógica —completé, afianzando el nudo de mi cintura—. Yo solo señalé el error en su argumento y le aclaré mi situación.

    Comencé a subir, ignorando los rostros y sentimientos de mi equipo.

—Serás la mejor, Assaf —susurró de forma casi imperceptible para un oído normal. No para el mío—. Pero eres una completa estúpida.

—Estúpida es aquella que hace estupideces —recité en mi mente. Reí ante mi broma—. Bueno, estoy escalando esto con un instrumento que no era su propósito; así que debo de ser un poco estúpida...

    Alcancé la primera rueda y la giré tres veces, hasta dar con la segunda hendidura de la puerta.

    Alcé mi cabeza y el Sol me volvió a cegar…

    Elevé mi antorcha, las redes que, arácnidos, habían tejido en los últimos cientos de años eran calcinadas, dando una visión un tanto más alentadora.

—Por  Ha-Rajamím… —musité, arrodillándome. El piso era de grava, seguía siendo sedimentaria la construcción—. Las marcas…

    Mi equipo se detuvo en seco, intentando iluminar lo que había descubierto. El piso estaba repleto de jeroglíficos indescifrables.

    Un nuevo tipo de variante, di un pequeño salto de la emoción. Mis colegas me miraban, me consideraban una loca; ellos jamás sabrán lo importante que es esto.

—¿Lo sabe interpretar? —preguntó una chica de veinte años, una becaria que se coló dentro de mi equipo.

—Tendría que averiguarlo…

    Pasé mis dedos por el relieve, se sentía la antigua energía del panteón egipcio recorrer la estructura. Cerré mis ojos, era una sensación de calma, de máxima calma.

    Sin querer, el símbolo se hundió dentro de la arena, provocando un estruendo seguido de un pequeño sismo.

—¿Qué hizo? —preguntó nuevamente la becaria, acercándose para inclinarse hacia mí—. ¿Qué activó?

    Negué, un pequeño chirrido salió de las paredes; me tapé los oídos, no soporto esos decibeles.

    Los viejos mecanismos de Menhit fueron activados, flechas salieron disparadas de la pared. Ella exigía respeto en su casa.
   
La becaria me tomó por los hombros y nos tiramos al piso, comenzó a rezar para que no nos ocurriera nada.

    Elevé mi vista y vi a cinco hombres en el piso, las flechas habían atravesado su cuerpo, tiñendo las arenas con el vital líquido; a uno de ellos —cuyo nombre no recuerdo—, tres flechas le impactaron en su estómago, provocando que lentamente el ácido estomacal saliese y quemara su dermis.

    Gemía de dolor, era imposible que se salvara.

    La becaria se arrodilló y trató de meter las manos, yo la detuve.

—Pero, ¡¿qué hace?! —exclamó con miedo—. ¡Va a morir si no lo ayudamos!

—Ya está muerto —respondí de forma autómata—. No hay nada qué hacer; si metes las manos te podrías herir. No sabes mucho de medicina, ¿verdad?

—Pero…

—Es el sacrificio que Menhit quería —añadí con desdén, mientras sentía cómo las puertas eran abiertas—. Era nuestra prueba…

    Lágrimas comenzaron a salir de sus ojos, la tristeza la invadió y comenzó a cerrar los puños.

—Usted lo sabía —musitó y yo asentí—. ¡¿Y por qué no nos advirtió?!

—Lo hice —respondí, incorporándome para seguir hacia la siguiente habitación—. Ellos querían venir aunque fuesen unos cazarrecompensas…

—¿Y los dejó así sin más?

—Sí. —Me agaché y tomé nuevamente la antorcha—. Se los advertí… Ellos no se debieron meter en mi camino.

    Seguí caminando, de nuevo sentí arena en mi hombro.

«Sigue así...» susurró la voz…

    Me deshice de la arena, el viento se llevaría las almas de aquellos desafortunados mientras nos aventurábamos a las profundidades del corazón del Templo.

El reflejo de un vidrio me hizo cerrar los ojos.

—¿Está bien? —preguntó nuevamente la becaria, colocando su mano en mi espalda.

    Abrí, de nuevo mis ojos. Una corriente gélida impactó sobre mi cuerpo, haciéndome trastabillar.

—Sí —respondí, tallándome los temporales—. Por supuesto que estoy bien.

    Poco complacida con mi respuesta, la becaria dio media vuelta, dejándome sola.

Nos encontrábamos en la cámara principal, anormalmente alta, lugar de adoración de la guerrera Menhit.

    El piso se encontraba adornado de patrones en lapislázuli con adornos en oro. Las paredes pintadas en rojo carmesí con el color nacarado de la arenisca hacía un contraste perfecto con el centro.

    Un enorme pozo era el punto central, con un camino iluminado por viejas antorchas, estratégicamente puestas para iluminar toda la estancia, que daba a un pequeño obelisco de inusual material.

    Dando pequeñas zancadas, me acerqué a la estructura y la comencé a analizar.

    Jeroglíficos rodeaban de forma vertical los cuatro lados del Obelisco, tallados en obsidiana y pintados del mismo rojo.

—Tantos años de estudio —susurré, colocando mis manos sobre la piedra—. Veintitrés años de experiencia y no me sorprende estar aquí, frente a ti, Menhit

«Hemos estado tanto tiempo unidas», susurró la voz.

—Tantas penurias —respondí, entretanto negaba sonriendo—. Tantos sacrificios que hemos hecho; ¿recuerdas la primera vez que nos conocimos...?

«¡Cómo olvidarlo…!». Una extraña sensación recorrió mi espalda.

    Era el día más caluroso hasta la fecha en la Península de Sinaí, en esos instantes comenzaba mi amor por la arqueología, era becaria del Dr. Amin.

    Nos encontrábamos en una cámara secreta del Templo del Faraón Atotis.

—¡Assaf! —gritó de la emoción el Dr. Amin—. Ven, ¡rápido!

    En ese tiempo, practicaba alpinismo, por lo cual, moverme entre los pisos de la estructura sedimentaria era muy sencillo para mí.

—Aquí estoy, Doctor —respondí, poniéndome en cuclillas junto a él—. ¿Qué ocurre?

    El Dr. Amin elevó una pequeña caja, con los sellos de la primera Dinastía, aquellos que gobernaron Egipto durante el periodo Arcaico; sonreí de oreja a oreja, ¡era un descubrimiento emocionante!

—Y dime, ¿qué piensas? —preguntó con felicidad, mientras se acomodaba los lentes.

—Es algo inaudito —respondí, tomando la caja. La comenzaba a analizar—. ¡Es un hallazgo histórico!

—Por eso te elegí de entre todas las candidatas —añadió mientras se sentaba y recargaba en la pared—. Tienes ese espíritu que el mundo necesita.

—Gracias por hacer mi sueño realidad… —Me uní a él, entretanto palpaba los jeroglíficos—. ¿La quiere abrir?

—Ábrela tú. —Una ligera tos lo hizo trastabillar—. Este viejo podría romper lo que hay dentro.

    Asentí y abrí la caja…

    Sin saber que era similar a la de Pandora.

    Un frío envolvió la cámara. Las antorchas fueron apagadas de manera súbita; los ánimos comenzaron a decaer. Los demás arqueólogos desaparecieron como arena.

El miedo me invadió, la soledad me embriagó; el sentimiento de muerte llegó a mi mente.

Un pequeño rayo de luz salió de la caja; dentro se encontraba una daga con mango de oro y adornos en rubí, una vieja libreta de papiro y antiguas inscripciones en un idioma desconocido.

—Pero que…

    Una figura femenina comenzó a caminar hacia mí; vestida con lana y adornos de oro, de faz felina. Caminaba con porte y elegancia.

—Hola… —dijo, sentándose a mi lado.

—¿Quién… quién eres? —pregunté asustada. El rostro felino tenía rasgos humanoides.

—¿Tan poco cerebro tienen ustedes? —respondió con desdén, mirando sus garras—. Soy Menhit, diosa guerrera y juzgadora de los corazones humanos.

—¿Qué haces aquí? —Volví a preguntar, rozando la daga.

—Ni lo intentes, pequeña —susurró, mientras se lamía los bigotes—. No tienes oportunidad…

»Estoy aquí porque abriste mi Caja —dijo con obviedad—. Vengo a ayudarte a mejorar; ¡a darte la gloria que mereces, hija mía!

—No termino de comprender…

—Los instrumentos que hay ahí te permitirán ir a un lugar nunca antes visto, pero solo hay una condición…

    La mujer felino se incorporó y estiró su cuerpo, me tendió la mano.

—¿Cuál es? —pregunté asustada mientras tomaba su fría extremidad.

    La Diosa se acercó a mi oído, extendió su mandíbula y comenzó a pasar su lengua por mi cuello, haciéndome estremecer.

—Quiero su corazón…

    Una tormenta de arena impactó sobre mi cuerpo, derribándome y dejándome en la posición inicial. Poco a poco la cámara se llenó del material sedimentario; era enterrada viva.

    Mis extremidades estaban congeladas. Una malévola risa resonó en el recinto. Los cuerpos del equipo arqueológico comenzaron a aparecer sin vida en el piso, siendo enterrados por los clastos.

—¡No! —exclamé tirando la Caja de Menhit al suelo; mi cuerpo estaba enterrado, solo mi cabeza estaba libre—. ¡Déjame ir!

    La risa volvió a hacerse presente, el techo de la recámara se convertía en las mandíbulas de un león, poco a poco se cerraban las fauces.

    Iba a morir, cuando un líquido ferroso cayó sobre mi garganta.

    La luz volvió a cegarme.

—¡Nahira! —exclamó la becaria pasando su mano sobre mi faz. Yo negué, despertando de aquel recuerdo… ¿Qué le había ocurrido al Dr. Amin...?—. ¿Está bien?

—Sí, solo… —Quité mis manos del Obelisco, ya conocía perfectamente las inscripciones—. ¿Alguna vez imaginaste que el primer faraón de la historia no fue en realidad el primero?

    Metí mis manos en la mochila, sentí mis falanges tocar el rubí.

—¿Cómo? —preguntó la becaria, absorta, mientras trataba de descifrar los jeroglíficos—. ¡¿Cómo es eso posible?! ¿Por qué nunca antes nadie pensó en eso…?

    Reí mientras le daba la espalda, los demás integrantes de la excursión habían desaparecido como arena que se lleva el viento; sus corazones no eran lo suficientemente puros para satisfacer a Menhit. Sonreí.

—Nadie tenía la evidencia —respondí con falsa modestia—. Nadie hasta ahora…

—¿A qué se refiere?

    Aquella becaria había sido la única persona que accedí traer por voluntad propia, no porque fuese la mejor de su clase, ni porque fuese la mejor intérprete de Mandarín, ella tenía una pureza que pocas personas poseen.

El mundo, lentamente, se estaba transformando y Menhit necesitaba una forma de regresar al mundo, una manera de limpiar los pecados que los hebreos sembraron.

—¿Recuerdas las notas que te enseñé en el campamento? —Asintió—. Pues bien, esas notas decían que antes de Menes, existió un faraón precursor, uno que guió a la antigua civilización a través de oriente.

»Se llamaba Afar… Mucha gente lo respetaba y lo hicieron su líder; lo nombraron “Adhara”, hermano mayor de Narmer. —Saqué mi cuaderno y se lo tendí a la becaria. Ella comenzó a hojear—. Ambos recibieron un regalo de Yahveh.

—Esa no es…

—No me interrumpas —señalé, sacando la daga y jugando con el filo. Me volví a acercar al Obelisco—. Afar recibió el poder de guiar, de liderar; mientras que Narmer recibió el don de enseñar, de tranquilizar, de conquistar.

»A pesar de que Narmer tenía todo para poder ser el unificador de su pueblo, la gente seguía a su tonto hermano mayor. —Me hice un corte en la palma, cerré los ojos, suprimiendo el dolor—. Entonces, después de muchísimo tiempo y de haber edificado este templo, Narmer alejó a su hermano de la guardia.

—¿Por qué se cortó…?

—Nadie sospechaba de la traición de Narmer, ¿qué le podría hacer a Adhara? —Con el líquido ferroso saliendo de mi cuerpo, coloqué la mano sobre el Obelisco, activando las luces precursoras—. Con un pedazo de hierro mal hecho, Narmer le cortó la garganta a Afar; quedándose con el poder.

»El pueblo lloró la pérdida de Adhara; su Templo fue convertido en su lugar de descanso. Pasaron los años y Menes terminó unificando a todo Egipto… El resto es historia como ya deberías de saber.

    La enorme estancia cimbró de forma brusca; el pozo se abrió y dio paso al sarcófago de Adhara y, frente a este, una plancha de piedra sólida con la escultura de la Degolladora sosteniendo un útero.

    Me acerqué al féretro y sonreí. El sueño de toda una vida por fin se cumpliría.

—¿Qué relevancia tiene que ver la historia que me acaba de contar con lo que acabo de presenciar? —preguntó con cierto miedo, entretanto yo limpiaba la hoja en mi camisa blanca—. Sigo sin entender…

—Cuando Narmer murió, fue enterrado como todo un faraón. Lo enterraron con todos los tesoros del mundo conocido hasta ese momento —añadí, mientras giraba y la veía de frente. Sus pequeños ojos cafés estaban cargados de miedo. Ella negó—. Menhit, ella devora los corazones de aquellos que no son dignos de entrar al descanso eterno.

—Sigo sin comprender…

    Abrí el sarcófago de un movimiento, sorprendiendo a la becaria, la cual dio un grito ahogado.

—No deberíamos abrir así eso… Puede que…

—Solo sigue pensando, ¿por qué, el gran Menes, dio la orden de que lo enterraran con todo eso? —Volví a preguntar, una ligera furia se apoderó de mi voz.

    Como había deslumbrado, el féretro estaba vacío. Esperando por un alma.

—¿Por qué tenía miedo de la muerte? —dijo dubitativa.

—¡Exacto! —Aplaudí la respuesta—. Y ahora, ¿por qué crees que la estatua de Menhit y la tumba de Adhara están en el mismo lugar?

    Afiancé el agarre de la daga, esperando por la dulce respuesta.

—¿Por qué él creó el mito? —Volvió a responder, tragando en seco.

—Casi, porque Afar sabía que su hermano lo iba a traicionar. Sabía, de antemano, que estaba celoso por su regalo… —Hice una pequeña pausa—. Menhit lo guiaba, le daba la iluminación.

»Era su “Ángel Guardián”. —Con un solo y rápido movimiento envainé la daga en el esófago de la becaria.

    Sus ojos se comenzaron a llenar de lágrimas, el líquido vital inundó su tráquea, imposibilitándole respirar. El ácido clorhídrico comenzó a quemar la dermis de la joven; yo sonreí. Ella gemía del dolor.

—Ahora ella quiere regresar; quiere guiar a un nuevo Adhara en el nuevo mundo. —Extraje la hoja de su tórax—. Y necesita el corazón de un alma pura para cumplir su objetivo.

»No es personal, pequeña —susurré en su oído, pasando mi larga lengua por su cuello—. Ella solo quiere darle una nueva oportunidad al mundo…

    Retrocedí y el cuerpo inerte de la joven impactó sobre el piso, salpicando sangre que cayó en mi rostro. La transformación comenzaba a dar frutos, cargué a rastras a la becaria y la introduje con dificultad en el féretro.

—Si no estuviéramos en esta situación, estoy segura que tú y yo nos llevaríamos bien —exclamé, haciendo un corte en su tórax para dejar expuestos sus órganos—. Pero necesito tu corazón, pequeña.

    Con muchísima dificultad, logré extraer el órgano vital y lo coloqué en la boca de Menhit; cerré el sarcófago y retrocedí. Otra vez necesitaría sangre para reactivar el mecanismo.

    De nuevo, puse mi palma sobre el obelisco y las luces precursoras hicieron su aparición una vez más.

    Las fauces de la estatua se cerraron, triturando el joven corazón. Una risa se escuchó en el recinto. Nuevamente, una tormenta de arena me golpeó, haciéndome caer de espaldas.

    Abrí los ojos, mi cuerpo se encontraba en un lugar demasiado pequeño.

Con dificultad, logré golpear la barrera.

—¡Ayudenme! —exclamé—. ¡¿Alguien que me ayude?! —insistí, tratando de moverme—. ¡Ayuda! ¡Ayuda...!

    La risa fantasmal volvió a hacerse presente.

—Mi pequeña niña… —susurró Menhit, riendo.

—¡Ayúdame, por favor! —rogué. La temperatura corporal de mis extremidades descendía, la circulación estaba cesando, mis pulmones se volvían pesados—. ¡Hice todo lo que me pediste! ¡Cumplí tus órdenes...! —pedí, entre sollozos.

Intenté zafarme, pero no podía, era inútil. Entré en taquicardia, la presión litostática estaba haciendo efecto.

—¿Qué no recuerdas mis palabras? —Continuó, riéndose—. Necesitaba un corazón, una mente y un cuerpo… ¿creías que la pobre mujer que metiste en el sarcófago iba a proporcionarme las últimas dos?

    «No… No podría ser».

—Desde que abriste aquella caja te condenaste. —Sentí cómo su lengua recorría, una vez más, mi cuello y mi rostro—. Yo cumplí mi parte del trato, te conduje hasta un descubrimiento enorme; ¡algo nunca antes visto!

»Ahora es tu turno, Nahira… Tu turno de darme vida…

    Angustiada, seguí luchando en vano. El miedo me invadió, calando hasta los tuétanos. Mis extremidades se tornaron tan pesadas que no podía moverlas, mis pulmones habían sido invadidos por nubes de polvo, mis vísceras se retorcían del dolor.
 
«¿Por qué había hecho esas cosas? ¿Qué me estaba ocurriendo?»

—Tranquila —susurró y mi cuerpo se tensó—. Acabará como nos conocimos.

    La presión sobre mi cuerpo fue en aumento. Abrí los ojos con miedo, mis pupilas se encontraban dilatadas, ellas eran mi último vínculo con la libertad. 

No había nada más por hacer.

—Descansa en tu tumba de arena.

    Todo mi cuerpo estaba a merced de Anubis. Entré en un choque séptico.

    Lo último que alcancé a ver fue a un joven sosteniendo unas llaves con un azabache colgando.

    Di mi último aliento, transformándome en la Menhit que necesitaba el próximo Adhara.

   

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