Prólogo


Adel se aferró con fuerza a la columna, los músculos de sus brazos temblando bajo el peso de las cadenas. Aún para alguien de su condición, esas cadenas eran una carga que lo oprimía. Desnudo, despojado de toda dignidad, sentía cada mirada clavada en su piel como cuchillas invisibles. Mil ojos lo observaban, pero la vergüenza era el único peso que lo aplastaba verdaderamente.

Frente a él, las figuras que una vez habían sido su mundo lo miraban con desprecio. Entre ellos, ella, la que iba a ser su esposa. Su mirada era fría, impenetrable, como si no lo reconociera. Y quizá era cierto, quizá ya no quedaba nada del Adel que alguna vez había sido.

Nunca la había amado. Ella tampoco lo amaba. No había habido amor en Solaris, solo la certeza de que todo era perfecto, de que todo tenía un propósito. Pero ahora, todo había cambiado. Porque él había caído. Se había dejado llevar por el amor, ese sentimiento que siempre había despreciado, y ahora estaba pagando el precio.

Los que una vez habían estado a su lado, los que lo habían mirado con admiración, ahora le daban la espalda. El frío de su indiferencia lo hería más que cualquier cadena, más que cualquier castigo físico.

Adel cerró los ojos, dejando que la realidad de su condena lo envolviera. Ya no era un vigilante de Solaris, ya no era el protector que miraba a la Tierra con desdén. Había cruzado la línea. Y por eso, estaba condenado.

Condicionado por los sentimientos humanos, se había convertido en lo que más odiaba. En uno de ellos.

Condenado por amor.

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