Prólogo 2

Adel abrió los ojos lentamente, dejando que la dura realidad volviera a instalarse en su mente. El peso de las cadenas lo mantenía inmóvil, pero lo que realmente lo aprisionaba era la comprensión de lo que había perdido. El consejo, aquellos que gobernaban Solaris desde tiempos inmemoriales, lo observaban desde sus tronos, sus rostros tan inmutables como siempre. Ninguno de ellos mostraría compasión. Ninguno de ellos conocía el amor ni la debilidad. Ellos eran perfectos, incorruptibles. Y él, una aberración.

—Adel, vigilante de Solaris —la voz de uno de los ancianos resonó, fría como el mármol de los muros que los rodeaban—, has sido acusado de romper el equilibrio, de permitir que el sentimiento más bajo de la humanidad, el amor, nuble tu juicio. Has traicionado tu propósito. Por ello, el castigo es inevitable.

Adel no respondió. ¿Qué podía decir? Había caído, lo sabía. Desde el momento en que sus pensamientos habían comenzado a vagar hacia ella, la humana que observaba desde la distancia, había sido condenado. Al principio había sido mera curiosidad, un interés pasajero por una vida que no comprendía. Pero con el tiempo, esa curiosidad se había transformado en algo mucho más profundo. Algo que lo consumía.

El anciano continuó, implacable.

—El amor es una debilidad, una enfermedad que corrompe y destruye. Has contaminado tu alma con este mal, y por ello, tu castigo será acorde a tu transgresión. Serás desterrado de Solaris, privado de tu inmortalidad y arrojado a la Tierra. Vivirás entre aquellos a quienes observabas con desdén. Sentirás su dolor, experimentarás su miseria. Y jamás regresarás.

La sentencia cayó sobre Adel como un martillo, aunque ya la conocía. El castigo por amar era claro, ineludible. Aun así, cuando el veredicto fue pronunciado en voz alta, algo dentro de él se quebró.

Miró hacia el consejo, sus ojos recorriendo los rostros indiferentes de aquellos que lo condenaban. No son mejores que los humanos, pensó con una amargura que lo sorprendió. Ellos, que se creían superiores, que no comprendían el valor de los sentimientos, lo juzgaban desde su torre de perfección intocable.

—No siento remordimientos —murmuró, levantando la cabeza con esfuerzo, su voz ronca pero firme—. Si amar es una condena, entonces la acepto.

Un murmullo recorrió la sala, pero los ancianos no mostraron emoción alguna. El castigo ya estaba decidido. No había lugar para objeciones, ni para defensa. El amor era la peor traición en Solaris.

De repente, las cadenas se aflojaron, cayendo al suelo con un ruido sordo. Adel se tambaleó, el peso invisible de la vergüenza aún sobre sus hombros. Frente a él, un portal comenzó a abrirse, un vórtice oscuro y giratorio que conectaba los dos mundos. Su destino.

—Ve —ordenó el anciano—. Y no vuelvas jamás.

Adel se quedó inmóvil por un instante, mirando el portal que lo llevaría a la Tierra. Sabía lo que lo esperaba al otro lado: sufrimiento, muerte, todo aquello de lo que había sido testigo durante siglos. Pero ahora sería parte de ese mundo, condenado a vivir como uno de ellos. A sentir lo que ellos sentían. Y a morir como ellos morían.

Sus ojos se encontraron por última vez con los de ella, la mujer que iba a ser su esposa, la que nunca lo había amado. Sus labios no se movieron, pero sus ojos, llenos de indiferencia, lo decían todo: ella no lo iba a extrañar.

Adel dio un paso hacia el portal. Y luego otro. El vórtice lo envolvió en su oscuridad, y al instante siguiente, cayó.

El impacto con el suelo fue brutal. El aire se escapó de sus pulmones mientras su cuerpo golpeaba la dura tierra. El frío lo envolvió inmediatamente, y por primera vez en su existencia, sintió el dolor físico en todo su esplendor. No más perfección. No más inmortalidad.

Estaba en la Tierra.

El viento aullaba a su alrededor, cortando su piel desnuda como cuchillas invisibles. La sensación era tan nueva, tan devastadora, que por un momento no pudo moverse. Pero entonces lo sintió. Un latido. Un pulso que nunca antes había experimentado. Era débil al principio, como un tambor lejano, pero estaba ahí.

Un corazón.

Adel llevó una mano a su pecho, sintiendo la vida palpitar en su interior. No más inmortalidad. No más perfección. Ahora era uno de ellos.

Levantó la vista hacia el cielo, nublado y gris, un contraste tan brutal con la luz eterna de Solaris. Este era su nuevo hogar. El lugar donde viviría, donde sentiría cada dolor, cada pérdida, cada emoción.

Condenado por amar. Y viviría cada segundo de esa condena hasta su último aliento.

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