Capítulo 2: El Peso de la Humanidad


El amanecer llegó lentamente, con una luz grisácea que apenas alcanzaba a atravesar las gruesas nubes sobre su cabeza. Adel había caminado durante horas, su cuerpo entumecido por el frío y el agotamiento, sin rumbo claro más allá del instinto básico de moverse. El bosque parecía interminable, un laberinto de troncos y ramas que lo mantenía atrapado.

Cada paso que daba era un recordatorio de lo que había perdido. No era solo el dolor físico, aunque sus músculos protestaban con cada movimiento; era la sensación de ser humano. La fragilidad, la vulnerabilidad, lo consumían de una manera que jamás había creído posible.

No tenía idea de dónde estaba, ni a dónde se dirigía. Sus pies descalzos tropezaban de vez en cuando con raíces ocultas, y la piel de su cuerpo, antes incorruptible, ahora mostraba pequeños cortes y arañazos. Esto es lo que significa ser uno de ellos, pensó. El hombre del bosque había sido claro: Adel estaba condenado a ser parte del mundo que tanto había despreciado.

Con cada paso, sus pensamientos volvían a la conversación que había tenido con aquel extraño en el bosque. ¿Qué destino?, se había preguntado una y otra vez, pero no había respuesta. El hombre había desaparecido tan rápido como había aparecido, dejándolo solo con sus dudas. ¿Quiénes eran los que lo vigilaban? ¿Y qué significaba "completar su destino"?

El frío no desaparecía, y aunque sabía que no moriría congelado, las sensaciones eran insoportables. Las heridas, el hambre, la fatiga... Todas esas cosas que los humanos sentían y con las que él jamás había tenido que lidiar.

Adel se detuvo un momento, respirando hondo. El aire cortaba sus pulmones, pero él lo dejó entrar de todos modos. Controla lo que puedes, se dijo. Si esto era la vida humana, tendría que acostumbrarse a ello. Tenía que resistir, al menos hasta encontrar respuestas.

A lo lejos, divisó algo que no pertenecía al bosque. Un destello de luz tenue, cálida. Un resplandor que no era natural. Adel entrecerró los ojos, sintiendo una oleada de alivio recorrer su cuerpo. Era la primera señal de civilización que veía desde su caída.

Con un último esfuerzo, se dirigió hacia esa luz. Mientras se acercaba, el paisaje cambió gradualmente. Los árboles se volvieron menos densos, y finalmente, la espesura del bosque dio paso a un claro. Adel salió del manto oscuro de los árboles y se encontró ante una pequeña cabaña de madera. De las ventanas se escapaba una luz cálida que contrastaba con el aire frío de la mañana.

Vaciló un momento, observando la cabaña desde una distancia segura. ¿Quién vive aquí?. Sabía que debía ser cauteloso, pero las necesidades humanas empezaban a imponerse a su razón. El frío se aferraba a su piel, y la idea de refugiarse en la calidez de la cabaña era más tentadora de lo que estaba dispuesto a admitir.

Adel dio un paso hacia adelante, y en ese momento, la puerta de la cabaña se abrió lentamente. Una figura emergió, cubierta con una capa de lana gruesa que la protegía del frío. Era una mujer, de cabellos oscuros que caían en desorden sobre sus hombros. Su rostro, aunque pálido, tenía un aura de fuerza contenida, y sus ojos lo observaban con cautela. Durante unos instantes, ambos se miraron sin decir una palabra, como si estuvieran evaluándose mutuamente.

—¿Qué haces aquí? —preguntó la mujer, su voz baja y calculadora.

Adel no respondió de inmediato. Las palabras humanas aún eran extrañas en su boca, pero intentó recordar cómo comunicarse en este nuevo mundo.

—Estoy... perdido —dijo finalmente, su voz áspera por la falta de uso—. Necesito refugio.

La mujer entrecerró los ojos, como si intentara descifrar sus palabras, o tal vez algo más sobre él. Adel podía sentir que había algo diferente en ella. Algo que la separaba de los humanos comunes que había observado desde Solaris. No era solo desconfianza lo que emanaba de ella. Era algo más profundo, algo más oscuro.

—Aquí no hay refugio para ti —dijo la mujer, con un tono que sugería que lo estaba probando—. ¿Quién eres?

Adel titubeó, considerando su respuesta. ¿Qué debía decir? No podía decirle la verdad, que era un ángel caído, condenado a vagar entre los mortales. No sabía lo suficiente de este mundo para predecir cómo reaccionaría.

—Soy Adel —respondió finalmente, optando por no dar más detalles.

La mujer lo observó por un largo momento antes de dar un paso hacia atrás y abrir más la puerta.

—Adel, entra —dijo, su voz suave, pero firme.

Adel cruzó el umbral de la puerta con cautela, y una ola de calor lo envolvió al instante. El interior de la cabaña era modesto, pero acogedor. Un fuego crepitaba en una chimenea de piedra, y el aire estaba cargado con el aroma a madera quemada. A pesar de la calidez del lugar, el ambiente era tenso, cargado de una expectativa que Adel no terminaba de entender.

La mujer cerró la puerta tras él y lo observó mientras se acercaba al fuego.

—Mi nombre es Lyra —dijo finalmente, quitándose la capa y colgándola cerca de la puerta. Sus movimientos eran tranquilos, precisos, como si estuviera acostumbrada a vivir en soledad.

Adel asintió, aún incómodo con el silencio que los rodeaba. Las llamas de la chimenea chisporroteaban, y mientras extendía las manos hacia el calor, sintió cómo sus extremidades comenzaban a recobrar la vida.

Lyra se sentó en una pequeña silla de madera cerca del fuego, pero sus ojos no se apartaron de él.

—¿De dónde vienes? —preguntó, su voz tranquila, pero su mirada penetrante.

Adel evitó su mirada por un momento, sabiendo que su respuesta sería crucial. No podía decirle la verdad, no aún.

—De muy lejos —respondió—. No pertenezco aquí.

La mujer lo miró en silencio, y por un momento, el único sonido en la habitación fue el crepitar del fuego. Entonces, Lyra se levantó de su asiento y caminó hacia una estantería de madera. Sus manos buscaron entre frascos y botellas, hasta que encontró lo que estaba buscando: un pequeño recipiente de cerámica. Lo destapó y vertió su contenido en una taza.

—Bebe esto —dijo, acercándole la taza—. Te ayudará a calmar el frío.

Adel tomó la taza, notando el líquido caliente y oscuro que humeaba en su interior. Lo acercó a sus labios y bebió lentamente. Al principio, el sabor le resultó extraño, pero pronto sintió una calidez que se extendía por su cuerpo. No solo física, sino algo más profundo, como si una parte de él, adormecida por el frío y el dolor, estuviera despertando.

—¿Por qué estás solo en el bosque? —preguntó Lyra, volviendo a su lugar junto al fuego.

Adel se tomó un momento antes de responder. ¿Podía confiar en ella? Algo en su instinto le decía que Lyra no era una simple mortal. Había algo en su mirada, en la forma en que lo observaba, que lo hacía dudar.

—Fui exiliado —dijo, eligiendo sus palabras con cuidado.

—Exiliado —repitió Lyra, con un tono que denotaba curiosidad—. Deberías haber muerto ahí fuera, con ese frío.

Adel sostuvo su mirada, sin saber cómo responder a eso. No podía decirle que no podía morir, no de la manera en que los humanos morían. Al menos, no de forma permanente.

Lyra entrecerró los ojos, como si estuviera viendo algo que él no podía percibir. Entonces, una sonrisa leve, casi imperceptible, curvó sus labios.

—No eres como los demás, ¿verdad? —murmuró, más para sí misma que para él.

Adel sintió que la tensión en la sala aumentaba. No sabía si era prudente revelar más, pero al mismo tiempo, sabía que no podía seguir ocultando su naturaleza.

—No. No soy como los demás —admitió finalmente, dejando que las palabras cayeran entre ellos.

Lyra lo observó con una intensidad renovada, como si sus palabras hubieran confirmado algo que ella ya sospechaba. El silencio entre ellos se hizo denso, pero antes de que pudiera decir algo más, Lyra se levantó nuevamente.

—Hay muchas cosas en este mundo que no son como parecen —dijo, volviendo a caminar hacia la puerta—. Y muchas cosas que deberías temer.

Adel la observó detenidamente, notando cómo su mirada se desviaba hacia el bosque a través de una pequeña ventana.

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