Capítulo N° 17

Había pasado unas semanas desde que Guille supo que sería padre. Nora le dio todo su apoyo y prometió ayudarle a reparar la casa, y él se sintió triste de solo pensar que pasaría su vida con una mujer que no era ella.

Debió faltar a la escuela sin decirle nada a sus tíos para poder acompañar a Andrea a su segunda visita al médico. Ya había comenzado a tomar ácido fólico y ahora debían hacerse la ecografía. Guille la había pasado a buscar a la casa y viajaron juntos en el colectivo, donde la abrazó del cuello con cariño, porque sabía que estaba asustada.

—Sos hermosa, ¿sabías? —le susurró al oído.

Andrea se rió con ánimo y lo miró a los ojos café.

—Me veo horrible, no dejo de vomitar. No hace falta que mientas, Guille.

—A mí me gustás, eso es lo que importa, ¿no?

Ella descansó su cabeza en el hombro de él hasta que fue el momento de bajar. Habían decidido que intentarían conocerse más para poder salir, porque no bastaba solo de atracción física para formar una relación.

En el consultorio les explicaron lo que harían, aunque Guille estaba realmente nervioso, en especial cuando Andrea tuvo que recostarse para hacer esa ecografía.

El sonido de unos latidos comenzó a resonar allí mientras la doctora explicaba lo que estaba viendo, sin embargo Guille se quedó congelado en su lugar al ver esa pequeña cosita en la pantalla y oír ese acelerado corazón. Sintió sus ojos llenarse de lágrimas porque ese sonido, ese hermoso sonido, significaba que era real. Que iba a ser padre, que tendría un bebé. Y le parecía el sonido más bello y perfecto del mundo.

Miró a Andrea, sonreía al oír a la doctora que hablaba con mucha paz. La tomó de la mano con cariño y algo de fuerza, mientras intentaba evitar llorar, pero era imposible porque tenía muchas emociones latentes. Respiró hondo y asintió ante las palabras de la doctora. Debían esperar afuera hasta que les entregaran la imagen impresa con todos los datos médicos.

Guille no dejaba de abrazar a Andrea, le acariciaba el vientre y le daba cariñosos besos en el hombro que la hacían reír. Ambos estaban felices, nerviosos aún pero más contentos con la idea de ser padres, luego de haber oído ese corazoncito.

Guardaron la ecografía en una carpeta destinada para los estudios, y luego salieron de la clínica. Guille la miró de reojo, pues Andrea se veía radiante esa mañana, con una trenza a la espalda y sus usuales ropas sexys. Se animó a tomarla de la mano, lo que la sorprendió en un principio, pero luego ella entrelazó sus dedos con los de él para poder ir a una cafetería juntos.

Andrea solo pidió un jugo de naranja, y Guille optó por un café. Estaban esperando que les llevaran su pedido cuando él la tomó de ambas manos.

—¿Lo pensaste, Andy? —le dijo con una sonrisa—. La idea de venir conmigo, ¿la pensaste?

—Todavía no, quiero que te ocupes de tus cosas, que tengas tu diploma. Aún hay tiempo, solo estoy de ocho semanas —dijo ella con un suspiro—. ¿Hablaste con tus tíos?

—Lo voy a hacer esta noche, quería ya tener la confirmación de la eco —dijo Guille y le dio un beso en los nudillos—. Pensalo, Andy, quiero cuidarte y no puedo hacerlo si estás sola en esa casa. ¿Y si te pasa algo?

—Está Leo al lado —dijo con una risita—, y lo tengo todos los días preguntándome si necesito algo.

—Pero no quiero que te cuide Leo, quiero hacerlo yo, es mi bebé —insistió Guille y se hizo a un lado porque el camarero había llegado con el pedido, y le dirigió a este una sonrisa—. Muchas gracias.

Andrea siguió con la mirada al camarero y luego miró a Guille, porque le parecía raro que siempre les agradeciera por hacer su trabajo. Sorbió un trago de jugo mientras veía a Guille al rostro, era un chico realmente hermoso, de buen físico y buenos sentimientos, y ahí tan emocionado por el bebé le daba mucha ternura.

—Primero me gustaría ver la casa. Hablá con tus tíos y si veo que es lo mejor para mi bebé, entonces iré con vos.

—¡Te va a encantar! —dijo Guille con entusiasmo y sorbió un trago de café—. Es grande, tiene un amplio living, una cocina comedor también grande, dos habitaciones, un amplio garage dónde entran dos autos, y un fondo enorme con árboles. Nuestro hijo va a poder correr y jugar libremente.

Ella solo sonrió, porque la hacía feliz verlo tan entusiasmado, luego de una gran decepción amorosa por la que terminó mudándose allí, Guille era como una venda en esas heridas.

Cuando finalizaron sus bebidas regresaron viajando al departamento de ella, aunque a Andrea le costaba mucho aguantar las náuseas. Y mientras que ella descansaba en la cama, Guille preparó el almuerzo. La obstetra les había dicho en la primera cita que debía alimentarse bien, cuando las náuseas no fueran una molestia. Él se tomaba muy en serio la alimentación, así que cada vez que podía le preparaba una comida sana y nutritiva.

Se quedó con ella toda la tarde, le hacía caricias y le decía palabras bonitas, e incluso durmieron la siesta juntos, con él abrazándola. Pero más tarde, luego de la siesta y de tomar mate con ella, Guille tuvo que regresar a su casa. Tenía que enfrentar a sus tíos y estaba aterrado por eso, porque no podría soportar la mirada de decepción en ellos.

Al igual que cada noche ayudó a su tía Esther a cocinar y mantener el orden en la cocina, y junto con Ana ayudaron a poner los platos y cubiertos en la mesa. Miró de reojo a su prima, porque aún no se lo había contado ni a ella, ni a Pablo, y tampoco a su querida amiga Clap.

Cenaron pastas todos juntos, oyendo las anécdotas divertidas del trabajo de Tito, o los comentarios molestos de Omar y Ramiro. Era una noche como cualquier otra, rutinaria, y Guille se dio cuenta que al irse ya no habrían más de esas noches típicas en familia, pues solo serían Andrea, el bebé y él.

Cuando los mayores se fueron a ver televisión en su habitación, y Ana se fue a recostar, Guille se acercó a sus tíos que tomaban un té en la mesa y se hacían caricias con amplias sonrisas.

—Tíos... quería hablar con ustedes —dijo mientras retorcía la tela de su ropa.

—¿Otro viaje, Guille? —preguntó Esther con un suspiro—. Estamos en lo último de la escolaridad, aguantá un poco más.

—No es... no es eso —balbuceó con la mirada baja—. Es otra cosa, más importante.

—Bueno, soltalo, Guille —dijo Tito con una sonrisa—. ¿Qué tan grave puede ser? No embarazaste a nadie, ¿o sí?

Guille se paralizó en el lugar, sintió que la sangre en su cuerpo se había congelado. Eran bromas que siempre hacía su tío, pero por primera vez tenía razón.

—Perdón —dijo y sintió sus ojos llenarse de lágrimas—, los decepcioné.

—No me asustes, hijo —dijo Esther y se llevó una mano al pecho.

Guille apretó los labios y miró fijo a Tito, porque él solía ser más comprensivo.

—Yo... voy a ser papá —dijo por fin y al ver el gesto bromista en el rostro de Tito, y el de pánico en el de Esther, decidió agregar—: ¡Pero me estoy haciendo responsable! Me voy a hacer cargo, voy a trabajar y cuidar de los dos.

Las expresiones bromistas en el rostro de Tito desaparecieron en el mismo instante en que se percató de que no se trataba de una broma.

—¿Es una broma, Guille? —carraspeó él.

Esther estaba gélida en su lugar, pálida y algo aturdida.

—¿Embarazaste... en verdad embarazaste a una chica? —fue lo único que pudo decir ella.

—Fue un accidente, yo no quería que esto pasara —dijo Guille con angustia—. Pero me estoy haciendo responsable, no les voy a pedir nada a ustedes, no tienen que preocuparse por eso. Yo puedo hacerme cargo.

—¡¿Un accidente?! —gritó Esther—. ¡Un accidente es que te tropieces! ¡¿En qué pensabas, Guille?! ¡Tenés diecisiete años!

—De acuerdo —exhaló Tito y tomó de su pantalón el paquete de cigarrillos para poder encender uno, pese a la regla de no fumar dentro—. Entiendo, primero lo primero, ¿está... comprobado? A veces las chicas mienten para atrapar a sus novios, ya sabés.

—Hoy fuimos a hacer la primera ecografía —dijo Guille y comenzó a sonreír mientras se secaba las lágrimas—. Escuché su corazón, tío, su corazoncito.

—Necesito la pastilla de la presión —dijo Esther, con su respiración acelerada al tomarse de la cabeza.

Tito se puso de pie enseguida para poder tomar los medicamentos de su esposa, le alcanzó también un vaso de agua, pero cuando él volvió a ubicarse a su lado Esther comenzó a golpearlo con manotazos.

—¡¿Cómo nunca le hablaste de cómo cuidarse?! —dijo entre dientes, pues cada palabra era un manotazo.

—¡Sí lo hice, no me eches la culpa a mí! —se quejó él—. ¡Estas cosas pasan!

—¡¿Cómo que estas cosas pasan?!

—¡Tenemos seis hijos, sabés bien que estas cosas pasan, por Dios!

Guille los miró aún retorciéndose la tela de su ropa, los veía nerviosos, aunque su tío parecía intentar estar más tranquilo, pero ese cigarrillo en la boca dentro de la casa decía más sobre lo nervioso que estaba que sus palabras.

—¡¿Quién es la pendeja, Guillermo?! —gritó Esther, con el rostro rojo de furia—. ¡¿Es necesario que diga que estás castigado por tiempo indefinido?!

—¡¿Castigarlo?! ¡¿De qué sirve castigarlo?! —se quejó Tito—. Tiene que ser un hombre y acompañar a esa chica, no un cobarde escondido en su pieza porque su tía le gritó.

—¡Si es Nora te va a ir muy mal, Raquel te va a colgar en el Obelisco de las bolas!

—¿O esa chica graciosa, Claudia? —agregó Tito—. Ella me cae bien.

—También me cae bien pero estoy muy enojada en este momento para pensar algo bueno —dijo Esther.

—No es ninguna de ellas —acotó Guille y comenzó a rascarse las muñecas con nervios—. Es... otra chica que conocí, la vecina de Leo. Se llama Andrea.

—¡Hasta nombre de puta tiene! —gruñó Esther—. ¡Esperaba mucho más de vos, Guillermo!

Debido a que ella estaba realmente nerviosa y muy enfadada, Tito había optado por hacerle una seña a Guille para que espere. Tomó con cuidado a su esposa del brazo y la ayudó a andar, porque no se sentía bien. La hizo recostar en la cama mientras le secaba las lágrimas.

—¿Qué hice mal? —lloró ella.

—No hiciste nada mal, negrita —dijo Tito con cariño—. Lo vamos a resolver, vos tranquilizate y descansá, mañana vemos.

Le dio un beso en los labios y se quedó con ella hasta que su medicina comenzó a hacerle efecto. Luego salió de la habitación y echó a sus hijos que husmeaban por las puertas entre abiertas al oír los gritos.

Guille se había sentado en el jardín de la entrada, bajo el limonero. Abrazaba sus propias piernas mientras lloraba, porque jamás había querido ser una molestia para nadie, mucho menos para sus tíos que lo habían recibido y cuidado por tantos años. Ver la furia de su cariñosa tía gritándole por primera vez le rompió el corazón.

Tito se asomó al ver la puerta abierta, la cerró despacio para no hacer mucho ruido y se acercó a su sobrino mientras ponía un nuevo cigarrillo en sus labios. Con cuidado se agachó junto a él, aunque quejándose por sus rodillas.

—Estoy muy seguro de que les hablé a Pablo y a vos al mismo tiempo sobre la importancia de usar preservativo —dijo y sopló el humo del cigarrillo.

—Perdón, tío —sollozó Guille—, por decepcionarlos. Yo no quería... no quería molestar a nadie, no busqué esto. Fue un error.

—Vamos a sacar ese registro de conducir, necesitás poder llevar a tu novia al hospital —dijo y dio una pitada al cigarrillo—. No voy a poder ayudarte mucho económicamente, Guille, me gustaría hacerlo pero entre los chicos, Esther, mi nieto... está complicado. Voy a ver si te consigo un auto, aunque sea uno viejito que puedas usar para movilizarte.

—No hace falta —dijo y respiró hondo para dejar de llorar—. Voy a trabajar y mantener a mi familia.

—Tenés que estudiar, la manera de sacar a tu familia adelante es estudiando, Guille. O vas a vivir toda tu vida rompiéndote la espalda.

—Puedo hacer las dos cosas, puedo trabajar y puedo estudiar, y puedo cuidar de un bebé —dijo Guille al apretar sus dedos en la tela de su ropa—. Yo siempre... siempre quise formar una familia, pero no ahora. No me siento listo y tengo miedo de arruinarlo todo, por eso tengo que esforzarme.

—Nadie está listo para ser padre —admitió Tito con un suspiro—. Esther está muy nerviosa, pero estoy seguro de que después va a recordar qué sentimos cuando quedó embarazada del primer bebé.

—¿Tuvieron miedo con Hugo? —preguntó Guille al pensar en su primo mayor, que vivía junto a su esposa e hijo.

Tito dio una larga pitada al cigarrillo en completo silencio.

—No, Guille. Hugo fue buscado y muy deseado, fuimos muy felices al saber que vendría —dijo por lo bajo—. Perdimos nuestro primer bebé, éramos un poco más grandes que vos, aunque no tanto. Teníamos veinte y veintiuno, y estuvimos tan asustados al principio que el miedo casi arruina nuestra relación, hasta que nos relajamos y aceptamos su llegada —volvió a dar una pitada para luego arrojar la colilla al pasto—. La tristeza de haber aceptado algo que al final no sucedió hizo que nos casáramos y busquemos a Hugo.

—Yo... le pedí que se case conmigo pero no aceptó —susurró Guille con la mirada baja.

—No necesitás casarte, hoy en día no está tan mal visto tener hijos fuera del matrimonio. Podés hacerte cargo sin necesidad de eso —Tito dirigió la mirada hacia su único sobrino, que miraba el pasto y la tierra bajo él—. Yo no me casé con Esther porque quedó embarazada, ni siquiera porque perdió el bebé. Me casé con ella porque me di cuenta que no habría un solo día en mi vida donde no quisiera estar a su lado.

Guille apretó los labios con tristeza, porque la única persona que lo hacía pensar lo mismo era Nora. Sacudió su cabeza para borrar el pensamiento, porque debía sacarla de su corazón, debía ser solo su mejor amigo, y debía también enamorarse de Andrea y amarla más de lo que amaba a Nora.

—Ustedes casi no se pelean —susurró Guille.

—Oh, peleamos todo el tiempo. Si no peleáramos me preocuparía mucho, porque eso significaría que ella ya no me ama.

—¿Todavía la amás, después de tantos años? ¿Es posible?

—Ambos nos mandamos muchas cagadas, hicimos cosas de las que nos arrepentimos, Guille, pero eso quedó en el pasado. No imagino mi vida sin ella a mi lado —Apoyó su mano en la cabeza de él con una sonrisa—. Solo casate el día que te sientas igual, cuando en vez de pensar «al fin puedo librarme unos minutos de ella» pienses «Dios, no doy más para llegar a casa y verla».

Guille se quedó en silencio, recordando a sus padres. Podía recordar a su padre llegar del trabajo muy cansado, pero siempre con una sonrisa, una golosina para él y flores para su esposa. Recordaba el rostro triste cuando se iba a trabajar por tener que estar lejos de ellos, y su alegría al estar en casa. No estaba seguro de sentir eso con Andrea, ni siquiera de amarla, apenas le tenía cariño. Pero estaba decidido a lograrlo algún día, en hacerla feliz y en disfrutar los momentos con ella.

—¿No estás enojado conmigo? —preguntó Guille con angustia.

—No, Guille, la verdad siempre creí que Pablo en cualquier momento vendría con una noticia así porque sé que es mujeriego, así que llevo tiempo mentalizándome —dijo con una risita—. Estoy decepcionado pero de mí mismo, porque tal vez te presioné demasiado todo el tiempo, y no vi que eras un muchacho más como cualquier otro que solo quiere divertirse.

—Nunca me presionaste, tío.

—Siempre creí que de la familia serías el que haría las cosas bien, el primero en ir a la universidad, y tal vez te presioné mucho por ese lado.

—Voy a ir a la universidad, quiero ser contador y tener un buen trabajo para darle de comer a mi esposa y mi hijo —dijo Guille con una sonrisa—. Lo voy a hacer, tío.

Tito se mantuvo en silencio por un rato, observando el rostro trigueño de Guille tan parecido al de su padre, sus ojos con la mirada amable de su querida hermana. A veces se preguntaba qué habría pasado si Estela no hubiera muerto, qué le diría a su hijo en un momento como ese.

—Lo vas a hacer bien —dijo Tito con cariño—. Y voy a ayudarte en todo lo que me sea posible.

Diciendo eso se puso de pie con dificultad, quejándose por sus rodillas y espalda, para luego extenderle la mano a Guille y ayudarlo a levantarse. Le palmeó la espalda cuando este estuvo de pie, y con la mano allí posada aún lo guió de regreso dentro de la casa, pero antes de permitir que fuera a la habitación lo retuvo por unos minutos para que lo esperara. Tito fue hacia la habitación, donde su esposa dormía con un gesto preocupado, hasta que él le dio un beso en la frente y sus gestos se relajaron. Tomó de una cajita en el placard un manojo de llaves y con eso en mano regresó a ver a su sobrino.

—Tomá, Guille —dijo al colocar las llaves en su mano—. Hay mucho que hacer de ahora en adelante.

—Pero... aún no cumplo dieciocho.

—Y aún así vas a ser padre —dijo Tito con un suspiro—. ¿De cuánto está?

—Ocho semanas.

—Son como dos meses, te quedan siete para poner la casa en orden y tener todo listo para la llegada del bebé. Hay que empezar ya —Lo miró con seriedad, firme—. Nada de pereza, Guille. Yo puedo ayudarte con algunos arreglos los fines de semana, pero el resto del tiempo vas a tener que hacerlo vos.

Guille asintió lentamente, aún muy confundido de tener esas llaves en la mano, porque era una responsabilidad enorme hacerse cargo de una casa tan grande, y pensó que quizá era incluso una responsabilidad mayor a la de ser padre. Sintió la pesada mano de su tío sobre la cabeza y alzó la vista para verlo.

—Tenés que hacer que Estela se sienta feliz y orgullosa al verte —dijo con una sonrisa cómplice—, pero podemos omitir algunos detalles para ella, no queremos que sepa que sos un picarón, ¿eh?

Guille sonrió, mucho más animado, y observó a su tío alejarse. Estaba seguro de que a Tito le costaba en ese momento ser tan comprensivo, y que solo era un gran esfuerzo por lo mucho que lo quería, por el amor que le tenía al recuerdo de su hermana. Se decidió a no decepcionarlos nunca más ni a él, ni a su tía, y tampoco a sus padres.

Siempre fue de exigirse mucho, y ahora se exigiría incluso más para ser un buen padre, un buen esposo y un buen hijo.

Cuando entró en la habitación sus tres primos fingieron estar muy ocupados, lo que delataba por completo que habían estado oyendo, o intentando oír, la conversación de él y Tito. Ana tenía una revista de moda en las manos, Pablo fumaba su cigarrillo mientras que Lolo silbaba.

—No se hagan, culeaos, si ya oyeron todo —siseó Guille.

—¡¿Cómo es eso de que embarazaste a alguien, Guillermo?! —chilló Ana y saltó de la cama para tomarlo de los hombros—. ¡¿Y por qué no me lo contaste?! ¿Y quién es la mina? ¿Vale la pena o es una trola a la que cagar a palos? ¡Voy a ser tía! ¿Me puedo poner feliz o tengo que estar enojada?

—Ya sos tía, estúpida —se burló Pablo.

—Ay, pero si a Hugo y al chancho no los veo nunca —resopló y se cruzó de brazos.

—No puedo creerlo —dijo Lolo con sus ojos abiertos de par en par—. ¿Es cierto? ¡Tenés dos años más que yo! Me pego un tiro.

—Vos ni tocaste a una mujer, tarado, no hay punto de comparación —se burló Pablo y Lolo le lanzó una almohada con molestia.

Guille se sentó en su cama con un largo suspiro al refregarse el rostro, mientras oía las peleas de sus primos allí.

—¿Es la rara? —preguntó Pablo y asomó la cabeza desde arriba para verlo—. Creí que andaba con ese feo de su fiesta.

—¿Clap? —preguntó Guille con sorpresa y alzó la vista para verlo—. ¡¿Por qué todos piensan que es ella?! ¡Es mi amiga!

—Decime por favor que es de Nora y le armo un templo, ustedes dos nacieron para casarse y hacer veinte bebés —dijo Ana con una sonrisa—. Ay, si es de Nora sería tan feliz.

Guille sintió su rostro arder pero corrió la mirada, para evitar que ellos pudieran notar sus sentimientos. Le avergonzaba que Ana pensara eso, pero también lo hacía feliz y a la vez lo llenaba de tristeza, porque era algo imposible.

—No, es otra mujer que Pablo ya conoce —suspiró.

—¿La conozco? Puede ser literalmente cualquiera, conozco muchas mujeres —se rió y le dio un golpe bromista a Guille.

—Es Andrea, culeao, la vecina de Leo.

Pudo ver el momento en que los ojos pequeños de su primo se volvieron enormes y la sorpresa casi lo hizo caerse de la cama.

—¡¿Te cogiste a ese tremendo camión?! ¡Jodeme! ¿Era buena, qué onda? —chilló y sonrió con picardía—. ¿Qué tal sus tetas?

—¿Qué camión? ¿Tan buena está? —preguntó Lolo con curiosidad.

—Más fuerte que aliento de morsa, tiene un par de tetas que te dejan bizco y un culo que ¡uf!

—¡Ey! ¡Estás hablando de la madre de mi hijo, hijueputa! —gruñó Guille con molestia y le dio un golpe en la cabeza—. ¡Va a ser mi esposa así que cállate la boca o te voy a hacé aca, caripingo!

—Fua, Guille enojado se vuelve más santiagueño que nunca —se rió Lolo—. ¿Dónde escondés el acento? Ya dejaste de ser falso porteño, ¿eh?

Guille dirigió su mirada hacia él, por lo que Lolo se recostó en la cama sin decir palabra alguna. Ana solo sonrió, porque no era usual que se defendiera o simplemente se enojara, y aunque Guille conservaba aún su acento, siempre intentaba disimularlo. Excepto en momentos como ese donde aún hablaba como cuando recién llegó a Buenos Aires.

Ana se acercó a él para poder sentarse a su lado, porque lo veía muy nervioso tanto por los comentarios de Pablo, como por la broma de Lolo sobre su acento. Lo tomó con cariño de la mano, sintiendo los ásperos dedos callosos de él a causa de la guitarra.

—Está bien, primito. Siempre que ella sea buena y te trate como lo merecés, yo la voy a querer como si fuera mi prima —dijo con una sonrisa—. Y tu bebé va a tener la tía más babosa y cariñosa del mundo. ¡Ni nació y ya lo quiero! ¿Cuándo debería comprarle cosas? Hay que esperar un tiempo, ¿no?

Guille sonrió con alegría y la abrazó, hundiendo su nariz en el largo cabello negro de su prima que siempre olía tan bien.

—Gracias, Ani. Necesitaba esto.

Ella devolvió el abrazo con fuerza, porque podía notar que Guille se sentía solo, que no necesitaba los gritos de Esther o las bromas de Pablo. Lo que él necesitaba era que alguien lo abrazara y le diera su apoyo, sin tratarlo como si hubiera cometido el peor error de su vida. Que ella se mostrase feliz en vez de preocupada, hacía que Guille se sintiera más cómodo ante la idea de ser padre.

Conversaron los cuatro por largo rato, Lolo hacía muchas preguntas porque tenía curiosidad, y porque decía que no quería ser tan tonto el día que tuviera novia. Pablo, por el contrario, dejó de hacer preguntas y prometió acompañarlo a la casa al día siguiente para empezar a trabajar.

Al día siguiente, a la noche luego de que Andrea regresó de trabajar, Guille fue a buscarla para poder mostrarle la casa. La tomó de la mano con cariño y mucha emoción al caminar por la calle, mientras le explicaba que ya tenía la pintura, enduido y otras cosas necesarias para repararla. Se la señaló con el dedo, pues desde el departamento se podía ver la casa.

Una vez llegaron ella observó toda la fachada con pintura derruida, tenía una gran puerta negra y dos ventanas a su lado, una que iba hacia el living y la otra hacia la cocina. A un costado estaba el gran portón también negro.

Cuando Guille abrió la puerta lo primero que hizo fue encender las luces. La casa estaba limpia, así que no corría riesgos de encontrar basura o insectos. El living era amplio, y aunque la pintura estaba caída con un poco de cariño podía verse hermoso. La fue guiando por el lugar, le mostró que la cocina tenía una gran mesada de mármol ya amueblada, conexión de gas natural y una campana para la cocina. Era un lugar grande, lo suficiente para colocar una mesa y aún tener bastante espacio para moverse. Había una ventana que daba directo al patio, y a un costado se veía una puerta que Guille abrió para que viera lo enorme que era el patio. Encendió la luz para mostrarle el pasto y los árboles.

—¿Qué te parece? —preguntó con una sonrisa—. El bebé va a tener espacio para jugar, corretear y hacer travesuras.

—Está hermoso —admitió Andrea, luego lo miró con una sonrisa—. ¿Y las habitaciones?

Guille apagó la luz del patio y con ella tomada de su mano la guió hacia las habitaciones. Encendió las luces también, para que pudiera ver la habitación, tenía una ventana que daba hacia el lavadero.

—Esta me gustaría que fuera para el bebé —dijo con ánimo—, es amplia pero no tan grande como la otra. Voy a esperar a saber el sexo para pintarla, ahora vení.

La llevó hacia la otra habitación que era mucho más amplia que la anterior, con una ventana que daba justo hacia el patio.

—Esta me gustaría que fuera la nuestra, es más grande y podemos ver el patio cuando ya corra por ahí —La miró con cariño al tomarla de ambas manos—. Decime qué sí, Andy, que vas a venir conmigo y vamos a criar juntos a nuestro hijo. Que vamos a compartir una cama acá en esta habitación, y vas a despertar conmigo. Te voy a cuidar siempre.

Andrea lo miró con sorpresa, Guille se veía feliz y lleno de entusiasmo, y la miraba con mucho cariño.

—La convivencia es difícil, Guille, yo viví junto a mi ex y sé de lo que hablo —dijo con un suspiro—. Te va a molestar que llene la ducha con mi pelo, me va a molestar que no bajes la tapa del baño. Vamos a discutir siempre porque el otro no hace lo que uno quiere.

—Nada es fácil en esta vida, Andy —insistió Guille y le besó las manos—. Y yo me adapto muy rápido, tampoco molesto. Soy tranquilo y no me gusta discutir o pelear, me gusta cocinar y soy muy ordenao.

Ella comenzó a reírse porque él, claramente, no se daría por vencido.

—Está bien, voy a vivir con vos, ¡pero la pieza tiene que ser blanco y rosa! Me gusta el rosa —dijo con una sonrisa.

—Blanco y rosa va a ser, pues —se rió Guille y la miró fijo a los grandes ojos miel.

Se sentía feliz haciendo planes de vida con alguien, y tan contento estaba que la tomó del rostro con suavidad para besarla. Luego se alejó unos centímetros.

—Puedo besarte, ¿cierto?

Andrea se rió con ánimo y lo abrazó del cuello para besarlo ella. Saboreó los labios de Guille y disfrutó del calor de su lengua por segunda vez, porque desde la última vez que estuvieron juntos no habían vuelto a besarse.

Guille la aferró con más fuerza y aumentó el ritmo del beso, que se había vuelto más apasionado. Se animó a bajar con sus manos por la delgada espalda de ella hasta tomar su trasero, lo que hizo que Andrea suspirara. La hizo apoyarse contra la pared mientras continuaba besándola y con una mano le acariciaba un pecho. Ella entonces comenzó a besarle el cuello y eso hizo que Guille se animara a bajar más su mano, introduciéndola bajo la falda para poder estimularla.

—Pensé que no ibas a querer volver a tocarme —susurró Andrea contra su cuello, donde depositó un beso.

—Pensaste mal —dijo él y se mordió los labios al sentir esos besos al cuello—, quiero hacerlo.

Guille no solo quería tocarla, sino que permitió que ella lo hiciera con él. Su tacto no lo hizo sentir incómodo ni le produjo asco, como muchas veces solía pasarle cuando intentaban seducirlo.

La levantó al sujetarla del trasero y la hizo enredar las piernas en su cintura, y sonrió al oírla suspirar una vez se introdujo en ella.

No había muebles en toda la casa, excepto por la cocina, por lo que Guille la sostuvo con sus brazos al apoyarla en la pared, mientras hacía todo el trabajo con sus piernas y caderas. La besó con deseo y necesidad, y una vez que los últimos espasmos de orgasmo desaparecieron, se mantuvieron aferrados mutuamente por unos instantes.

—No sé cómo voy a caminar a casa ahora —dijo ella con una sonrisa, con sus piernas temblorosas.

—Yo puedo llevarte, po, sos muy liviana —bromeó Guille y le besó el cuello—. ¿Qué quieres que te haga de cenar?

Andrea sonrió porque Guille no solo era bueno en la cama, sino que era muy cariñoso y atento con ella en todo momento. Lo abrazó del cuello para abrazarlo y luego, al regresar caminando al departamento ahí a dos cuadras, lo tomó por primera vez de la mano, sin que él hiciera el primer movimiento. Guille entrelazó sus dedos con los de ella y giró para darle un beso en la sien.

Preparó la cena mientras que ella se daba un baño. Se quedaría esa noche a su lado y dormirían juntos. A él le gustaba abrazarla al dormir, y pensó que podría acostumbrarse a eso, que podría acostumbrarse a tener esposa, a dormir junto a alguien cada día. Y pensó, también, que podría amarla.

Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top