10 | Taehyung.



Odio estar temblando como un chihuahua, pero juro por mi vida que no puedo evitarlo.

No me reconforta el hecho de que estoy en los brazos de mi crush, ni tampoco me molesta que él me vea en este estado tan vulnerable. Soy consciente de que debo de parecerle frágil y débil en este momento; yo me siento así.

En pocas palabras, ahora mismo, soy una hoja en blanco sin contenido alguno. Todo lo que logro percibir es el propio latido de mi corazón, un profundo golpeteo de nada.

—Dime que esto no está pasando. —Mi voz suena más temblorosa de lo que me gustaría, pero es literalmente imposible luchar contra el manojo de diversas emociones que se impulsa en todo mi cuerpo.

—Estás bien, piojo —repite, y vuelve a cubrirme los ojos con su mano cuando intento nuevamente mirar hacia la derecha—, ya terminó.

Quiero golpearlo, también abrazarlo más fuerte. Quiero decirle que no, que nada de esto está bien, que yo no lo estoy. Sin embargo, me obligo a rememorar que mi debilidad no es su culpa, tampoco lo es todo lo que ocurrió.

Cuando estoy a punto de levantar la mirada para enfrentarme al rostro del detective, una manada de pisadas se entromete en mi campo auditivo y la ansiedad se dispara en todo mi sistema.

Detrás de todo el equipo de elite con chalecos que los identifican como SWAT, veo la figura de mi padre acercándose.

Una vez que nuestras miradas se chocan, noto que él tira la cabeza hacia atrás y, con los ojos cerrados, toma una profunda respiración y luego suspira con notable alivio.

—Taehyung, maldita sea, gracias a Dios estás bien. —Pronuncia, pasándome la mano por la cara, como si necesitase asegurarse de que yo soy real y de que no está alucinando.

La unidad especial sigue su paso para evacuar a las personas que quedaron atrapadas en las distintas estancias de la Universidad, luego de darnos un extenso vistazo a nosotros y al cuerpo de Asim.

No soy consciente de cuán débil mis piernas se encuentran hasta que hago el intento de ponerme de pie; por poco caigo, pero las manos atentas y gentiles de Jungkook me atrapan antes de que pueda desplomarme.

Mi padre le dedica una mirada furibunda pero disimulada a su detective, que probablemente él no notó en absoluto.

—Papá, por favor —la voz se me atasca y trago saliva duramente—, no dejes que lo llamen terrorista, por favor, por favor.

Él baja la mirada y noto que su mandíbula se pone tensa.

—Vamos, levántate —susurra, dándome una última caricia que se extiende hasta mi cabello azul—. Jeon, llévalo con los paramédicos para que lo revisen, por favor.

Jungkook asiente. Toma mi mochila y coloca uno de los tirantes sobre su hombro derecho.

No sé cómo hacen mis piernas para funcionar, pero logro dar los pasos necesarios para salir del establecimiento. El bullicioso y alterado exterior hace que mis nervios vayan en aumento, pero el detective logra tranquilizarme un poco al frotar mi espalda suavemente.

Todos los miembros de la unidad de papá no tardan en llegar a mí y preguntarme si estoy bien. Skylie me abraza con tanta fuerza, que por un segundo temo quebrarme por completo en la seguridad de sus brazos, pero me contengo lo mejor que puedo. Detesto dejar en evidencia la fragilidad que está dominándome en estos momentos, y a pesar de eso, no hay nada que pueda hacer al respecto.

No quiero que ningún paramédico me revise, pero el detective insiste como si su vida dependiese de ello. Me sorprende bastante que él no se aparte de mi lado.

Evan y papá vuelven a reunirse conmigo y, luego de que la paramédica notifica que mi presión está estable, me quito el tensiómetro que aprieta mi brazo.

—Papá, te lo suplico —reitero, cada vez con más desespero en mi matiz—, tienes que hacer algo para que su nombre no sea público. Sus padres son buenas personas y él también lo era.

Él intercambia una mirada con mi hermano y luego avanza un paso, acortando la distancia entre nosotros, para terminar colocando su mano en mi hombro.

—De veras te creo —su voz es sosegada pero ronca, y refleja la tensión presente en nuestra conversación—. Pero mató a dos personas, Taehyung.

—Mató a dos abusivos que vivían molestándolo. —Corrijo, sin poder contener apropiadamente el reproche en mi voz.

—Eran seres humanos.

Quiero rodar los ojos, pero me abstengo y trato de mantener mi rostro impasible. No quiero faltarle el respeto a mi padre de ninguna forma, a pesar de que no aprecia la situación de la misma manera que yo.

Sí, Asim mató a dos personas. Y no hay ningún pero. Esas dos personas hicieron que su corta vida fuese miserable.

—En cuanto a ustedes dos —papá cambia de tema al caer en cuenta de que yo no tengo más para agregar, y vuelca su atención en Jungkook y Evan.

—Sargento... —El detective pronuncia con cuidado.

—Suspendidos por un turno —lo corta, pero su expresión se suaviza antes de susurrar—: Buen trabajo.

Ambos asienten y papá se retira para seguir con su trabajo.

—Podría haber sido peor —Evan trata de mirar el lado positivo al acontecimiento.

—Apenas llega y ya tiene una suspensión en su expediente —expreso, mirando de refilón a Jungkook—. Hará grandes cosas aquí, detective —el sarcasmo tiñe mis palabras.

Noto que un atisbo de sonrisa se filtra en su boca, pero se relame los labios para acabar con aquello y a continuación pregunta:

— ¿Se sienten mejor?

La pregunta me irrita, sin embargo, trato con todas mis fuerzas de contener mi actitud de perro rabioso. Debo repetirme, una y otra vez, que Jungkook no es el responsable de nada; está manejando esta situación lo mejor que puede, y se esmera en hacerlo bien. Tengo que tener en cuenta eso.

Pero no, no me siento mejor. La frustración y la tristeza están ganando más terreno en mi sistema. Aunque decido no decírselo.

—Sí —Evan replica y traga saliva—. Gracias por... Por arriesgarte así conmigo.

El detective le da una palmadita amistosa.

—Somos compañeros.

Ruedo los ojos.

—Consigan un cuarto —murmuro y me pongo de pie, ignorando la forma en la que mi hermano se ahoga con su propia saliva por lo que he dicho—. ¿Dónde está Moon?

— ¿Quién es Moon? —Jungkook pregunta.

—Su ex —Evan le informa a Jungkook, cuya boca se cae ante tal descubrimiento—. Estaba en estado de shock, la llevaron al hospital y llamaron a sus padres.

—Quiero ir con ella.

Evan asiente.

—Déjame arreglar unas cosas aquí y te llevaré.

—Yo puedo llevarlo —el detective vocea, haciendo que una de mis cejas se arquee. ¿Qué le pasa a este tipo? Está siendo muy solidario conmigo—. Si quieres.

Lo miro una última vez y me permito absorber sus facciones antes de encogerme de brazos con desinterés.

—Me da igual —digo, porque es verdad—, solo quiero verla.

Mi hermano se marcha junto a Blake y, nuevamente, el detective y yo nos quedamos a solas, aunque en medio de un caos que está agotando mi contenedor de paciencia.

Hay mucho ruido, mucha gente y mucha negatividad a mí alrededor; no lo soporto.

—Moon... ¿Es una chica? —Cuestiona, incapaz de disimular su curiosidad y sorpresa.

—Sí, ¿por qué? —Lo miro.

—Pensé que eras...

—Lo soy —atajo, impidiendo que finalice su afirmación—. Ella y yo éramos realmente jóvenes cuando empezamos a salir. Rompimos cuando me animé a revelar mi verdadera orientación sexual y desde entonces, mantenemos una amistad maravillosa.

—Vaya... —El detective murmura, y no me pasa por alto el asombro que se apodera de su semblante definido.

— ¿Ocurre algo malo, detective? —Inquiero.

Niega con la cabeza.

La conversación se corta entre nosotros y es entonces cuando realmente me doy cuenta de todo el ruido exterior que se entromete en mis tímpanos. Es peor de lo que pensé. Me resulta tal aturdidor y molesto, que por un instante deseo cubrirme los oídos para aislarme de todos los sonidos que me envuelven.

Necesito silencio. Quiero sentir el silencio, y necesito que no haya ruido alguno en mi mente. Quizás así, la imagen de Asim y el agujero en su cabeza se desvanezca de mis pensamientos un poco.

No recuerdo la última vez que me sentí tan mal con mi propia persona y con el mundo al mismo tiempo. Creo que nunca he pasado por algo así. Todo dentro de mí es similar a un parque de diversiones; todo sube y baja, hay muchos gritos, hay niños perdidos, hay gente que se marea y que también vomita. Todo eso soy yo en este momento, en este espantoso estadio de mierda.

Mi cerebro no logra comprender (ni mucho menos aceptar) que no volveré a ver a Asim; pero sí entiende que debo seguir con este castigo que es disfrazado bajo la palabra "regalo": la vida misma.

No me percato de que mis ojos están inundados de lágrimas hasta que la mano del detective se posa en mi hombro y se sitúa delante de mí. Él es apenas dos o tres centímetros más alto que yo, por lo que no me es sencillo ocultar mi mirada adolorida de su campo de visión.

—Piojo... —pronuncia con cuidado, manteniendo un semblante duro—, quería decirte que si hay algo que yo pueda hacer para ayudarte, sólo debes decírmelo —espeta, ladeando un poco la cabeza—. Leería tu mente, pero por el momento no cuento con esa habilidad.

—Estoy bien. —Mi voz se torna monótona de nuevo; honestamente, no tengo energía como para infundir algún tipo de emoción a mis palabras.

—No te creo —suena tranquilo, pero su lenguaje corporal irradia preocupación y una pizca de frustración.

Bajo la mirada y me relamo los labios.

—Eso no tendría que haber ocurrido, detective. —Murmuro, cada vez más cerca de romper en llanto otra vez.

Jungkook hace una pausa antes de añadir:

—Tu amigo tomó una decisión.

—No era una mala persona —le aseguro. Creo que es la quinta vez que digo lo mismo en el transcurso de éste día, pero no puedo dejar de repetirlo.

—Te creo —replica.

Una sensación más que reconfortante me invade enteramente al escuchar aquellas dos palabras salir de la boca del detective. Lo que es como una caricia, sin duda, es que él no ha dicho "te creo" solo para hacerme sentir mejor, sino que todo lo contrario.

La calma se aloja en mi mirada y, luego de respirar hondamente, lo observo.

—Después de que vea a mi amiga, ¿aceptaría almorzar conmigo?

El detective, en un gesto contrariado, frunce las cejas.

—Con todo lo que ocurrió... ¿De veras tienes hambre?

—Siempre tengo hambre. —Me encojo de hombros.

Él levanta las comisuras de sus delicados labios, aunque la sonrisa no se concreta del todo.

—Vamos.

Moon no estaba en sus mejores momentos cuando la visité.

Se aferró a mí y no nos soltamos durante treinta minutos. Ninguno de los dos lloró ni reparamos en la ausencia de charla, simplemente nos abrazamos y comprendimos por lo que el otro estaba pasando.

A pesar de que ella no hablaba mucho con Asim, Moon tiene una mala experiencia con los tiroteos; hace poco más de tres años, perdió a su abuela en un intento de robo y ella lo vio todo. Ese fue el golpe más duro que mi mejor amiga recibió jamás, y sé que todavía no se ha recuperado.

Inevitablemente, lo que sucedió hoy trajo a flote las memorias de ese día tan triste.

Sus padres la llevaron a casa y yo estaba dispuesto a ir con ella, pero me dijo que quería estar sola y dormir un poco, pero que me llamaría más tarde. Respeté su petición y nos fuimos por caminos separados.

El cielo de la tarde se volvió gris gracias a las nubes esponjosas y oscuras, que advertían sobre una futura lluvia. 

Hace muchísimo frío afuera. 

Cuando el detective y yo abandonamos el hospital, me interroga sobre si aún tengo hambre y mi respuesta es concreta: por supuesto que sí.

También me pregunta qué es lo que quiero comer y, aunque tengo muchas ganas de decirle que me apetece su polla, me limito a indicarle el camino para llegar a mi pizzería favorita.

Pedimos una pizza carbonara y dos latas de refresco. Aunque tuve la intención de pagar, el detective no me lo permitió.

Y así fue como terminamos en el asiento trasero de su auto, simplemente almorzando... Y a pesar de que la pizza está riquísima, creo que preferiría estar comiéndomelo a él.

—No debería comer esto. —El detective chasquea la lengua, mientras toma su segunda porción.

Sin embargo, antes hace algo que me desconcierta y me causa gracia en proporcionas iguales: con sus manos, tira el cuello de su camiseta negra hacia adelante y le da un vistazo a su torso.

Puedo jurar que el muy demente está corroborando si sus abdominales siguen ahí.

— ¿No hay pizzas en Corea? —Le pregunto, batallando con el queso que amenaza con deslizarse hasta mi pantalón.

—Las hay, y son algo picantes.

Esbozo un gesto pícaro y le doy un empujoncito con mi codo.

— ¿Le preocupa su físico, detective?

—Seguramente sabes cómo es este trabajo, piojo —dice, pasando por alto mi intento de burla—. Siempre tengo que correr a algún criminal.

—Me dejaría atrapar por usted sin dudarlo. —A pesar de que carezco de fuerzas y energía, no puedo dejar pasar la oportunidad que se me presenta para ligar.

En respuesta, él baja la mirada mientras continúa masticando con la mandíbula tensa.

—Tae... —Pronuncia luego de un instante, pero se detiene prontamente—. Espera, ¿puedo decirte Tae?

Me encojo de hombros.

—Preferiría bebé, pero Tae está bien.

Sus orbes oscuros me escrutan con lentitud, y sus comisuras se elevan un poco, aunque el ademán no se concreta de manera adecuada. Sin embargo, regresa a su semblante serio para expresar lo que tiene en mente.

— ¿Por qué siento que estás jodidamente triste, a pesar de que estés coqueteándome?

—Porque lo estoy. —La respuesta que brota de mis labios es automática.

Súbitamente, hay pena en sus facciones.

— ¿Quieres hablarlo?

Mi reacción principal es respirar hondo. Luego, dejo que el vacío amargo de la ausencia de mi voz sea la contestación a su respetuosa y cortés pregunta.

—Lamento que hayas tenido que pasar por eso —murmura.

Parpadeo un par de veces, mientras siento cómo la respiración se me atasca en la garganta cuando intento tragar saliva. No me doy cuenta de la cantidad de lágrimas que amenazan con abandonarme, sino hasta que siento cómo una de ellas desciende por mi rostro.

Esta peculiar tortura es insoportable. Mi cuerpo entero se estremece violentamente ante la avalancha de recuerdos recientes que cae sobre mí, aplastándome sin tiento alguno.

—Debería lamentar el hecho de que un buen chico se mató por culpa de una manada de basuras inútiles —digo. Como soy consciente de la desaprobación y la brusquedad que se logra filtrar en mi matiz, susurro un tímido perdón.

—No conocía al atacante tan bien como tú.

Oír eso salir de sus labios consigue que mi raciocinio se altere reciamente. Sé que lo ha dicho sin pensarlo con cuidado, pero no puedo evitar enfurecerme.

—Su nombre era Asim —voceo y lo miro—, y no era ningún atacante.

Los labios del detective se convierten en una línea tensa y luego asiente lentamente; parece que se dio cuenta de que su comentario fue bastante desacertado y muy mal recibido por mí.

—Perdóname —espeta tranquilo.

De repente, el familiar sonido de una llamada entrante lo invade todo, cortando con la atmósfera algo incómoda que se estableció entre nosotros. Mi vista cansada se pasea por la pantalla de mi teléfono y no me sorprendo al ver el nombre de Kane resaltar en la parte superior.

No titubeo cuando rechazo el intento de comunicación. No quiero hablar con él.

—Gracias por... por no haberle disparado. —Musito, luego de un instante largo de exclusiva mudez.

—Confié en ti, piojo —replica con suavidad—. Tú no le tenías miedo.

—Él era una buena persona. —Repito, una vez más.

El silencio se establece entre nosotros mientras terminamos de merendar la pizza. A pesar del nudo que me apretaba el estómago desde hacía varias horas —causado enteramente por la tristeza— confirmé que estaba muy hambriento cuando comí cuatro porciones de la masa circular.

Una vez que el detective finaliza, se frota las manos y le da un sorbo largo a su lata de refresco.

Encontrando la oportunidad justa para acercarme, logro cazar su mentón en mi mano derecha y me inclino lentamente hacia él, dejando nuestros rostros a una mínima distancia algo peligrosa. Me percato de que él está a punto de decir algo (seguro que una queja), pero sella sus labios cuando comienzo a limpiar su boca y los alrededores de la misma con una servilleta de papel.

Sus ojos están fijos en los míos, pero mis ojos se encuentran inamovibles sobre sus labios. Una mueca pícara se desliza por mis comisuras al notar que él traga saliva duramente.

— ¿Mejor? —Pregunto en voz baja, soltando su definida y masculina mandíbula.

No hace ni dice nada. Parece petrificado por un momento.

—Me asusté mucho —admite con timidez, y no me pasa inadvertida la manera en la que su voz tiembla durante un fugaz segundo—. Pensé que... Que no te volvería a ver.

No se lo hago saber, pero su declaración me estruja el pecho y es una sensación más que agradable. Solo me limito a perderme en esos ojos oscuros y es como una sesión de mimos en medio de tanta fatiga física y mental.

—Estoy justo aquí, detective.

—Me alegra tanto que estés a salvo, piojo —continúa.

Muerdo mi labio inferior y lo analizo con cautela.

— ¿Me deja memorizar su cara, por favor? —Pregunto, tratando de sonar lo más cándido posible.

— ¿Cómo pretendes hacer eso? —Su atractivo rostro destila tanto confusión como curiosidad.

—Así. —Susurro.

Una de mis manos se levanta con cuidado hasta llegar a su cara, donde comienza a acariciar suavemente sus mejillas, creando un sendero lento y suave hasta llegar a donde inicia su cabello negro. Quito un mechón rebelde que se interpone en su frente y lo acomodo hacia atrás, dándole más orden a su peinado.

A continuación, mi pulgar contacta con su labio inferior y mi vista se clava en el mencionado. Le brindo una caricia gentil y luego tiro cuidadosamente del mismo hacia abajo.

—Cuidado —murmura. Parece como si estuviese conteniendo la respiración.

— ¿Me tiene miedo, detective? —Bromeo, manteniendo el sosiego en mis vocablos.

Tomándome absolutamente por sorpresa, la mano de Jungkook atrapa el lado izquierdo de mi cintura y me aproxima hasta su abrasadora figura, robándome un jadeo ahogado.

El sentido común me abandona cuando percibo su aliento cálido chocar contra mi barbilla.

Y, de repente, su mano asciende hasta mi cuello, para poder inclinar mi rostro un poco más hacia adelante.

Me pregunto qué estará pensando en este preciso momento.

— ¿Va a besarme? —Cuestiono, enarcando una ceja con aire bromista.

— ¿Eso quieres que haga? —Contesta en un susurro más que seductor, mientras estudia en primer plano mi boca gruesa y húmeda.

—Sí, detective.

—Pídemelo. —Suelta, y estoy casi seguro de que debo tomar aquello como un desafío.

Cuando trago saliva, un leve gemido para nada planeado se escapa de mi garganta.

—Quiero que me bese ya —espeto cuidadosamente cada palabra.

Él me regala una sonrisa que es sinónimo de altanería. Y como ese gesto hace que mi arrogancia se amotine dentro de la jaula en la que está encerrado, pienso que poner mi mano en su muslo, muy cerca de su entrepierna, es una oportuna y válida forma de venganza.

— ¿Y la palabra mágica?

—Mm —mis labios se presionan, en un gesto pensativo—, ¿papi?

Luego de que el detective suelta una risita veloz, es cuando sus labios atrapan los míos sin previo aviso.

Su boca se siente tal y como había imaginado: gloria. Saboreo en su cavidad una pizca de cafeína mezclado con algo dulce, que parece vainilla.

De repente, nada me duele, ninguna imagen dolorosa logra adentrarse en mi mente.

Jungkook abre más la boca; me besa con ganas y yo le correspondo.

La lengua cálida de la que es dueño se fusiona con la mía y siento que me aprieta un poco el cuello.

Un gruñido retumba en su pecho al mismo instante en el que mis labios comienzan a independizarse, moviéndose con urgencia y firmeza contra los suyos. Mis manos se apoderan de sus muñecas y de un hábil movimiento que él no puede esquivar, me ubico a horcajadas sobre él, situando sus palmas en mi espalda baja.

Pero el detective las lleva hacia mi trasero, para prensarme contra su persona, permitiéndome sentir el bulto duro dentro de sus vaqueros oscuros.

Su nombre se me escapa en forma de un sutil gemido y nuestras bocas, aún hambrientas, se separan por la mera necesidad de rellenar con aire nuestros pulmones.

—Pudiste haber muerto hoy —puntualiza con la voz agitada, colocando una de sus manos en mi nuca—. ¿Cómo es posible que estés tan caliente?

—Sorpresa, detective —le robo un beso antes de añadir—: yo siempre estoy caliente y angustiado.

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