Capítulo 10

El tiempo transcurre a una velocidad de vértigo, de tal manera que el día fijado para la celebración del evento organizado por Anabelle llega mucho antes de lo previsto, trayendo consigo un sentimiento de temor e inseguridad que se apodera de todos los miembros que van a formar parte del plan. La incertidumbre con respecto al porvenir, el desconocer qué sucederá en mi encuentro con la mujer que ansía ser la más poderosa de todos los tiempos, contribuye a que se de un ambiente inestable.

Elián, quien en un principio se negó a cumplir con mis deseos, se ha esforzado durante estos días en hacerme cambiar de opinión, asegurándome que es muy peligroso y que no es necesario arriesgar mi vida sin estar seguros de cuál va a ser el resultado. Sin embargo, sus intentos por hacerme cambiar de parecer han sido en vano, pues tengo muy claro cuáles son mis propósitos y qué paso he de dar para conocer toda la verdad.

Jonathan es fiel a su palabra. No interviene en mis decisiones, me deja errar por mí misma, aunque debo confesar que cada vez que sus ojos se encuentran con los míos percibo cierto miedo a perderme por haber tenido el detalle de dejarme ser libre. Sé que no debe ser fácil para él acceder a satisfacer mis deseos cuando ello puede acarrear mi propia muerte. Aún así mantiene su palabra, co la misma firmeza con la que hizo la promesa. Y ello es algo que valoro mucho. Me concede el poder de equivocarme y aprender de mis errores, algo vital en esta vida.

Pestañeo un par de veces, descubriendo que me encuentro sentada en una silla de la cocina de casa, enfrente de mi padre, quien habla por teléfono dando unas indicaciones, al mismo tiempo que hace un boceto a las apuradas en una hoja con ayuda de un bolígrafo de tinta negra.

—El plan es el siguiente— me dice tras finalizar la llamada y guardar el teléfono móvil—. Samuel vendrá a recogerte sobre las diez y te llevará al hogar de Anabelle. Alli te estarán esperando Elián y Jonathan, quienes entrarán contigo, además de Samuel, a la casa. Una vez dentro disfrutaréis de todo cuanto puede ofreceros la fiesta hasta que Anabelle solicite hablar contigo. Los cazadores estaremos haciendo guardia en las proximidades, Ashley se situará en el tejado, desde donde vigilará los alrededores. Abby entrará un poco más tarde, acompañada de Gideon Sallow, quien ahora, por cierto, está localizando el hogar de Anabelle gracias a un hechizo.

Asiento.

—¿Lo has entendido?

—Sí. Es solo que me preocupa el porvenir de ellos.

—Así que estás preocupada por el qué será de tus amigos en vez de por ti misma— mantengo la cabeza gacha, avergonzada—. Nos aseguraremos de que todos salgan ilesos, incluída tú.

—Tienes que prometerme que los sacarás a ellos antes que a mí en caso de que las cosas se torcieran.

—Ariana, no puedo prometerte eso. Sabes que en caso de que las cosas saliesen mal, iría a rescatarte a ti en primer lugar.

—Lo sé. Es por esa misma razón por la que quiero que me lo prometas. Papá, sé que soy muy importante para ti, pero ellos también lo son para mí. Nos dedicamos en cuerpo y alma a mantener a salvo a los ciudadanos. Ninguna vida es más que otra.

Christopher se aferra a mis manos y deposita sendas palmaditas sobre ellas.

—Está bien. Lo prometo.

—Gracias.

Me dedica una sonrisa cerrada.

En ese instante suena el timbre de la puerta principal, provocando que dé un respingo y mi corazón lata con fuerza contra mis costillas.

—Debe ser Ashley— informo—. Se quiso hacer cargo del vestido que voy a llevar esta noche.

—Estoy seguro de que estarás preciosa con él.

—Tal vez cambies de opinión al verme con él puesto.

—No lo creo. Eres hermosa, Ariana, tanto por dentro como por fuera.

—Tengo a quien parecerme.

Me pongo en pie y me pongo rumbo hacia la entrada principal, caminando a paso ligero. Me aferro al picaporte de la puerta y jugueteo con él con ayuda de mis dedos durante unos segundos, tras los cuales tiro de este, abriendo la puerta. Tras ella aparece una chica de cabello dorado y ojos color miel, quien porta consigo una funda de color azul marino, tras la que se oculta el vestido que voy a llevar esta noche. Ashley deposita un beso en mi mejilla y a continuación entra en mi hogar.

—¡Tienes que ver el vestido! ¡te va a encantar!

—No es el vestido lo que me preocupa.

—Oh, oh. ¿Qué ocurre?

—Todo es lo que ocurre. La gala, el misterioso acuerdo al que quiere llegar Anabelle, el riesgo que corro al estar en una casa llena de vampiros y miembros del círculo, y por si fuese poco, los mal entendidos que pueden surgir entre Samuel, Elián y Jonathan.

—Tal vez no haya sido muy buena idea que te acompañen los tres. Al menos, mira el lado bueno, tendrás a tres héroes dispuestos a salvarte.

Relaciono la palabra héroe con Elián Vladimir, pero toda combinación es errónea. Él no es un héroe sino un villano.

—Por cierto, ¿qué mosca le picó a Elián cuando le comentamos el plan? Parecía enfurecido, impotente, decepcionado.

Me encojo de hombros.

—Aquí está pasando algo— deduce, mirándome de soslayo—. Oh, Dios mío— se cubre la boca con ambas manos con el fin de reprimir un grito—. Te has acostado con él.

—¿Qué? ¡no!

—Menos mal.

Frunzo el ceño y permanezco con la mirada perdida en la madera del suelo.

—¿Quieres hacerlo?

—¡Ashley!— me quejo.

—Vale, vale, ya paro. Solo era simple curiosidad. Últimamente pasáis mucho tiempo juntos y pensé que quizá había surgido algo entre vosotros.

—Le he estado ayudando a resolver algunos asuntos. Eso es todo.

—¿Crees que para él también ha sido solo eso?

—Enamorarse no está entre los planes de Elián. Y lo comprendo. Le han debido haber hecho mucho daño en el pasado para que se niegue a sentir.

Ashley suelta un suspiro.

—Nada que el amor no pueda curar.

La vampira suelta el bolso que lleva consigo sobre la cama y a continuación se enfrenta a mí, portando el vestido entre sus manos. Con un ágil movimiento retira la funda azul marino que oculta la prenda, dejándola al descubierto. Un vestido dorado, con la espalda descubierta, y una falda que se abre tras superar la cadera, cubierta por pequeñas flores del mismo tono que la prenda, se muestra ante mis ojos.

—¿A qué esperas? ¡póntelo!— me anima, tendiédome el vestido—. Samuel llegará dentro de cuarenta minutos, así que debemos darnos prisa si queremos que estés lista para entonces.

Me adentro en el cuarto de baño, portando el vestido en mi antebrazo, y me sitúo frente al espejo tras dejar la puerta encajada. Me desvisto casi tan rápido como vuelvo a vestirme. El único inconveniente es que no alcanzo a cerrar la cremallera de detrás, de manera que vuelvo a la habitación contigua y le pido a Ashley que me la suba, quien se ofrece con gusto.

—Vamos a hacer algo con este pelo— dice, sosteniendo una buena parte de mi cabello en una de sus manos. La vampira me indica que tome asiento en una silla, enfrentada a la ventana que hay en un lateral del dormitorio, y procede a arreglar mi cabello, comenzando por cepillarlo, seguido de pasarle la plancha—. Voy a hacerte un recogido bajo.

—Adelante. Confío en ti.

Sus dedos se enredan en mi cabellera y juguetea con mis mechones libres, ligándolos hacia la parte de la nuca. Realiza un recogido bajo en menos de dos minutos y lo adorna con un tocado en forma de flor dorada y plateada. Para fijar el peinado, aplica un poco de laca. Ashley gira la silla y a continuación comienza a maquillarme, pintando mis labios de un tono rojo, aplicando polvos en mi rostro para oscurecerlo un poco, haciéndome la línea del ojo, echándome máscara de pestañas y poniendo una sombra dorada en mis párpados.

Por último me pide que tome asiento a los pies de la cama, se arrodilla ante mí y me coloca unos tacones bajos plateados.

—¿Qué tal estoy?

—Compruébalo tú misma.

Me tiende su mano y yo la acepto con gusto.

Una vez consigo ponerme en pie me pongo rumbo hacia el cuarto de baño con el fin de mirarme en el espejo. La vampira decide quedarse a ver cuál es mi reacción al verme en el cristal. Una chica, cuyo cabello yace recogido en un moño bajo adornado con un tocado floral, llevando un precioso vestido dorado que hace juego con la sombra de sus ojos, me devuelve la mirada. Apenas logro reconcerme. No cabe la menor duda de que Ashley ha hecho un gran trabajo.

—¿Qué te parece?

—Me encanta— confieso—. Muchas gracias, Ashley.

La vampira se pone a aplaudir y a dar saltitos de alegría.

—No sabes lo que me alegra oír eso.

Sonrío.

—También me encargué de comprarle el vestido de Abby, pero ella prefirió arreglarse sola. Creo que quiere deslumbrarnos con su aspecto.

—Estará genial.

—Sí. Espero que los chicos estén a la altura.

Me encuentro acariciando mi colgante cuando escucho el timbre de la puerta. Cambio el rumbo de mi mirar entorno a la salida de mi habitación, en un intento de percibir la voz masculina de uno de mis acompañantes de gala. Christopher recibe a Samuel y le invita a entrar y esperar junto a la escalera.

—Es la hora— anuncia Ashley.

Asiento.

Abandono el dormitorio valiéndome del brazo de la vampira para caminar sin perder el equilibrio. Alcanzo la escalera y me despido de Ashley dándole un cálido y fuerte abrazo. Luego me aferro al pasamanos y desciendo uno a uno los peldaños de la escalera, tomándome mi tiempo para mantener mi respiración en nos niveles normales y los nervios a raya. Cuando me encuentro a mitad de camino alzo la vista y centro mi atención en los pies de la escalera, donde yace un chico de cabello moreno y ojos castaños con motas rojizas, recibiéndome con una amplia sonrisa. Lleva puesto un traje de chaqueta con una pajarita de color azul.

Samuel me tiende la mano en el instante en el que me sitúo en el penúltimo peldaño y me ayuda a descender el último escalón.

—Estás preciosa— confiesa casi sin aliento. Extrae del bolsillo de su chaqueta un ramillete hecho con flores plateadas y doradas que se alternan, y lo coloca alrededor de mi muñeca.

Miro asombrada el adorno de mi muñeca y sonrío.

—Tú estás muy elegante.

—La ocasión lo merecía.

—¿Recordáis el plan?— Sam y yo asentimos al mismo tiempo—. Está bien. Aclarado ese asunto, lo único que tengo que deciros es que tengáis mucho cuidado.

—Protegeré a su hija contra todo pronóstico.

Christopher coloca la mano sobre el hombro izquierdo de Samuel y lr propicia sendas palmaditas. Luego se vuelve hacia mí, me observa fascinado y me abraza con fuerza, uniendo su cabeza a la mía con cuidado de no despeinarme. Rodeo el torso de mi progenitor con mis manos y al alcanzar su zona lumbar decido entrelazar mis dedos y aproximar mi rostro a su cuello para captar el dulce aroma de su perfume.

—Cuídate mucho, Ariana.

—Voy a estar bien. Te lo prometo.

Se separa de mí y deposita un beso en mi frente.

—Ante cualquier inconveniente, llamadme e iré a por vosotros.

Asiento y salgo al exterior, aprovechando que Samuel sostiene la puerta. Una vez al aire libre, me aferro al antebrazo de mi mejor amigo en cuanto se halla a mi vera y avanzo a trompicones en dirección al vehículo que hay aparcado junto a la carretera. El vampiro de mi izquierda está tan embelesado por mi aspecto que no puede apartar un segundo sus ojos de mí. Debo admitir que me siento un poco intimidada y que por ello no puedo evitar esbozar una sonrisa tímida.

—Perdóname si te incomodo pero estás tan increíble que no puedo dejar de mirarte.

—Podrías buscarte un problema si descubrieran que en vez de vigilar la actividad de los invitados de la fiesta estás absorto mirándome— bromeo.

—Lo sé. Uno muy gordo.

Suelto una risita y él me imita.

Samuel mantiene la puerta superior derecha del coche abierta, cediéndome el paso hacia el interior. Una vez me acomodo en el asiento y me aseguro de tener el vestido bien recogido, decido ponerme el cinturón de seguridad al mismo tiempo que el vampiro cierra la puerta y rodea el vehículo por la parte delantera con el fin de alcanzar el lugar del conductor. Mientrás él se limita a darle vida al motor y a incorporarse a la carretera, yo me tomo la libertad de encender la radio. Una dulce melodía brota a través de los altavoces y logra llegar a cada rincón del coche. Sam comienza a cantar la letra y yo me uno a él un par de minutos más tarde, coincidiendo con el estribillo.

—¿Sabes? Terminé de leerme todos los libros de ficción que tenía en casa, ya sabes, por las viejas costumbres.

—Debes ser todo un experto de la ficción.

—Y lo mejor de todo es que puedo darte clases, si quieres.

Sonrío.

—Creo que tengo suficiente con las lecciones diarias.

—Como quieras. Pero te digo una cosa, yo puedo volver las clases más divertidas con mi ingenio.

—No me cabe la menor duda.

El vampiro guarda silencio durante unos segundos, aún con la sonrisa viviendo en sus labios carmesís.

—¿Sabes? Estuve revisando los libros de ficción que estuvimos leyendo en la biblioteca del instituto, aquellos con los que descubrimos la existencia de este mundo sobrenatural, y he llegado a una conclusión— enarco una ceja a modo de pregunta—. No son simples libros de ficcón como creímos en un principio, Ariana, son diarios.

—¿Diarios? ¿insunúas que alguien vivió todos los sucesos del pasado y los escribió?

—Y no solo eso. Creo que ese alguien tenía especial interés en que la historia se supiera. Estoy seguro al noventa por cierto de que esos diarios no cayeron en nuestras manos por casualidad.

—¿Por qué razón querría darnos a conocer la historia?

—No tengo ni la menor idea. Tenemos que volver a la biblioteca del instituto y buscar todos sus diarios. Solo así conseguiremos descubrir qué pretende conseguir de nosotros.

—Está bien. Iré contigo en cuanto toda esta pesadilla haya acabado.

El vampiro aparca junto a una mansión de fachada color albero y tejado marrón oscuro. Un enorme jardín rodea a la vivienda, entre el que viven flores como azucenas, rosas, tulipanes blancos, además de una sucesión de abetos que protegen la casa a modo de muro. Un sendero de lozas anaranjadas nace a los pies de una escalera que conduce hacia un enorme portón, y finaliza a los pies de las ruedas del coche.

Samuel rodea el vehículo por la parte delantera y a continuación procede a abrirme la puerta y mantenerla abierta con el fin de cederme el paso. Además, me tiende una de sus manos, sobre la cual coloco la mía. Pongo mis pies en tierra firme una vez más y espero a que el chico se sitúe a mi vera para entrelazar mi brazo con el suyo.

—¿Preparada?— me pregunta.

Asiento, no muy convencida, y comienzo a caminar hacia el frente con el fin de darle a entender que no voy a dar marcha atrás, que mis principios siguen siendo los mismos. Y él lo comprende y lo acepta, aunque desee con todas sus fuerzas tenerme a kilómetros de allí, con el fin de garantizar mi supervivencia.

A medida que camino voy escrutando cada detalle de la mansión que alza ante mí, cuyas cristaleras proyectan una luz amarilla que se refleja en la naturaleza del exterior y en mi rostro, aportándole calidez. Examino detenidamente los trazados florales de color caoba que hay en las esquinas de la vivienda, y en las enredaderas que se apoderan del inico del tejado. Mas mi atención recae en una chica de cabello dorado, que lleva puesto un jersey burdeos y unos vaqueros negros ajustados, junto con unas botas, que me observa desde lo alto de la casa. Me saluda con la mano y yo le regalo una sonrisa.

—Ya están todos en sus puestos— afirma Sam.

—¿Cómo lo sabes?

Me señala con su dedo índice un pequeño dispositivo de color negro que yace oculto en su oreja.

—Gracias a él podré mantenerme en contacto en todo momento con el resto.

—¿A quién se le ocurrió la idea?— se indica a sí mismo con ayuda de sus dedos pulgares y sonríe con autosuficiencia.

—La tecnología es el futuro— dice, guiñándome un ojo.

—Tienes toda la razón.

Un hombre vestido con esmoquin y camisa blanca busca nuestros nombres en una larga lista de invitados y cuando da con ellos, lo tacha con un bolígrafo e informa a uno de sus compañeros de que todo está en orden. Otro señor, dejando a la vista el mismo uniforme, mantiene abierto el portón, cediéndonos el paso hacia el interior de la mansión.

—Que tengan una buena noche— nos desea.

—Gracias— contesta Sam.

El vampiro rodea mi cintura con una de sus manos y a continuación me conduce hacia el fondo de un extenso y amplio pasillo, donde nace una imponente escalera de peldaños dorados.

—¿Crees que están obligados?— pregunto, haciendo referencia a los hombres que nos han atendido con anterioridad.

—Probablemente.

—No sé cómo puede disfrutar jugando con las mentes de las personas... es enfermizo.

—Técnicamente, Anabelle no está muy bien de la azotea.

Le doy un leve codazo y sonrío.

—Shh, podría oírte.

—¡Anabelle Baker! ¡estás como una regadera!— dice gritando. Río a carcajadas ante su valiente acto y él se une a mí—. Qué a gusto me he quedado.

—Te estás ganando a pulso ir al infierno— bromeo.

—Ya estoy condenado, y ¿sabes qué? Me lo voy a pasar bomba fastidiando a Anabelle.

Meneo la cabeza, divertida.

Nos detenemos en la cima de la escalera y fijamos nuestra mirada en la imponente lámpara de cristal que pende del techo, iluminando con su luz amarilla a todos los invitados, quienes se aglomeran en la planta baja, junto a sus parejas de baile. Las paredes están repletas de cristaleras a través de las cuales se pueden apreciar una increíbles vistas del jardín. Una imponente cúpula de cristal cruza la estancia de un lado a otro, dejando al descubierto un manto azul cubierto de brillantes y lejanas estrellas.

Este lugar parece sacado de un cuento de hadas. Es como si me encontrase en un maravilloso sueño, de esos que deseas que formen parte de la realidad una vez despiertes. Lamentablemente, está lejos de tratarse de una fantasía ideal y yo, estoy a kilómetros de ser una princesa.

Fijo mi mirar en la pista de baile de la planta inferior y me sorprendo al descubrir que todas las mujeres van vestidas de negro y todos los hombres llevan traje de chaqueta, con camisa de lino y pajarita negra. Soy la única que viste diferente en la fiesta. Tal vez le resulte más fácil así a Anabelle localizarme. Sea como sea, el impacto que este hecho tiene en mí se hace notar en mi expresión de asombro. Aún así hago todo lo posible por evitar que esto me frena los pies, de manera que cierro los ojos, inspiro y espiro un par de veces, concentrándome en despejar mi mente, y cuando vuelvo descubrir mis ojos al mundo deposito toda mi atención en el pie de escalera, donde localizo a dos chicos, dándome la espalda, absortos observando el baile que realizan las diversas parejas. Ambos llevan puesto un traje de chaqueta de color negro.

Desciendo uno a uno los peldaños de la escalera, deteniéndome en cada uno de ellos para coger aire y continuar avanzando. Samuel, quien está a mi vera, se encarga de ayudarme a avanzar en dirección descendente, entrelazando su brazo con el mío. El vampiro me mira embelesado por mi aspecto tan deslumbrante y esboza una sonrisa. Intento que hacer caso omiso de sus miramientos con el fin de evitar ponerme nerviosa innecesariamente. Así que mantengo la cabeza bien alta, la mirada fija en la espalda de los dos chicos que esperan a los pies de la escalera, y concentrándome únicamente en el sonido que hacen mis tacones al impactar contra el escalón.

El chico de cabellera morena que espera abajo junto a un joven rubio, ladea su cabeza hacia un lado y mira de soslayo la escalera. Poco a poco sus ojos van ascendiendo uno a uno los peldaños que le restan de mi persona. Cuando está a punto de encontrarse con mis ojos, ladea todo su cuerpo entorno a mí y observa detenidamente mi aspecto, comenzando por mis pies, continuando por los bajos de mi vestido, siguiendo con la amplia falda adornado con diseños florales dorados, avanzando por mi cuello y terminando en mi rostro. Para cuando finaliza, tiene los ojos amenazando con escapar de sus órbitas y los labios entreabiertos.

Inspiro una gran bocanada de aire y soy consciente de como mi pecho se infla.

El joven rubio observa desconcertado la actitud del vampiro de su izquierda y se propone averiguar qué es aquello que despierta tanto su interés, de manera que decide seguir el rumbo de su mirada, ladeando su cuerpo al mismo tiempo, descubriéndome así a mitad de camino, luchando contra todos mis miedos a medida que avanzo por la escalera. Observo encandilada como una amplia sonrisa se apodera de los labios de Jonathan y su dicha se refleja en sus ojos azules, los cuales brillan como las estrellas del cielo.

Ambos dan un paso hacia el frente con el fin de recibirme como es debido, consiguiendo crear entre ellos una notable tensión. Una vez desciendo el último escalón me enfrento a la penetrante mirada de los jóvenes que me rodean, quienes parecen haberse quedado sin palabras al verme. Samuel mantiene su brazo entrelazado con el mío y se dedica a fulminar a cada uno de sus dos rivales.

Jonathan hace caso omiso de su advertencia visual y procede a aferrarse a mi mano libre, para posteriormente depositar un beso casto sobre mis nudillos. Elián frunce el ceño y decide apartar la mirada, negándose así a presenciar tal escena.

—Estás perfecta esta noche.

—¿Solo esta noche?

—Todas. Pero hoy estás más hermosa.

Le sonrío ampliamente.

Jonathan salva la distancia que nos separa y termina por depositar un beso casto en mis labios, logrando que Samuel apriete la mandíbula y le mire ceñudo, y que Elián Vladimir tenga dificultades para sostenerme la mirada. Aún así se atreve a contemplar la escena que se desarrolla ante él, con valentía. Mis ojos se pierden en el tono verde del iris del vampiro que yace un poco apartado, quien fuerza una sonrisa.

—¿Me concedes este baile?— dice Samuel, tendiéndome la mano.

Miro la mano en primer lugar y luego a él.

—Sí, claro.

Samuel deja prisionera mi mano y me conduce hacia el centro de la pista de baile, dejando atrás a dos de las personas más importantes de mi vida. Mi pareja de baile desliza una de sus manos por mi cintura y con la otra entrelaza sus dedos con los míos en el vacío, y comienza a moverse por la vista con elegancia y sincronización.

—He mejorado mucho bailando.

—Es tu oportunidad de demostrarme cuánto has aprendido.

El vampiro me hace girar un par de veces y luego me atrae a su cuerpo, logrando que nuestros rostros estén separados por escasos centímetros y nuestras narices amenazacen con encontrarse. Aún no he conseguido recuperar el aliento cuando inclina mi cuerpo ligeramente hacia atrás y aproxima sus labios a los míos peligrosamente. Entreabro los labios, dejando escapar un leve suspiro que va a parar a su boca.

Samuel vuelve a incorporarme, atrayéndome a su cuerpo nuevamente, como la gravedad misma, u procede a desplazarse por la pista conmigo, trazando círculos a nuestros alrededor, esquivando a las parejas de baile que se cruzan en nuestro camino. En alguna que otra ocasión me hace girar sin previo aviso, perdiendo temporalmente el equilibrio, aunque, por suerte, logra salvarme siempre de una posible caída.

—Madre mía, Sam, ¿dónde has aprendido a bailar así?

—Es un secreto.

Muerdo mi labio inferior y frunzo el ceño.

—Nunca dejas de sorprenderme.

—Eso es bueno. No pienso dejar de hacerlo nunca— une su cabeza con la mía y ralentiza el ritmo con el que bailamos—. Todo vale la pena con tal de ver esa radiante sonrisa y ese brillo en tus ojos.

La canción finaliza para dejar paso a otra y como consecuencia de ello, Samuel me hace girar un par de veces, pero esta vez, no es él quien me recibe sino Jonathan Waymoore, quien se aferra a mi mano y me atrae a su persona con delicadeza. Pasa su brazo por mi cintura y aproxima su cabeza a la mía, amenazando con rozarse. Apoyo una de mis manos sobre su hombro y más tarde deposita sobre ella mi mentón. Mi mirada se pierde en el horizonte, concretamente en los pies de la escalera, donde yacen dos vampiros morenos, aliados por su condición y enemigos por sus sentimientos. Elián entrelaza su mirada con la mía, esta resulta tan intimidante que logra que cada rincón de mi ser pida a gritos que aparte mi mirar pero, aún así, me arriesgo a sostenerle la mirada. Y no lo lamento en absoluto. Por alguna extraña razón que desconozco deseo que siga mirándome de esa forma, como si fuese la persona que pone las estrellas en el cielo. Él, por su parte, no tiene reparo en demostrar cuán impresionado está por mi aspecto, del mismo modo que no está entre sus planes apartar la mirada. Y yo tampoco tengo pensado hacerlo.

—¿Qué tal estás?

—Preocupada— confieso.

—Haré todo cuanto esté en mi mano con tal de mantenerte a salvo, arriesgando mi propia vida si fuese necesario.

Niego con la cabeza.

—No es mi bienestar el que me preocupa— retrocedo un paso con el fin de poder mirarle fijamente a los ojos—. Son las vidas de todas las personas que me importan las que me preocupan. La tuya, la de Samuel, la de mi padre...

—Todos nosotros estamos dispuestos a arriesgar nuestras vidas por ti, Ariana.

—Lo sé y es eso mismo lo que me tiene en vilo. Si os sucediera algo por mi culpa, yo no sé que haría.

Jonathan se aferra a mi rostro con ambas manos y me mira directamente a los ojos.

—Va a salir todo bien. Te lo prometo— asiento un par de veces y apoyo mi cabeza en su hombro, prosiguiendo con el baile—. Lo eres todo para mí. No pienso permitir que te suceda nada. Siempre voy a velar por ti. Daría lo que fuera con tal de garantizarse una vida larga y feliz.

—No quiero esa vida sin ti, Jonathan. No concibo un mundo en el que no existas.

—Estoy aquí, contigo, y nada va a impedirme que siga acompañándote a cada paso que des— aproxima su rostro al mío y se entretiene entrelazando su mirada con la mía—. Llegaste a mi vida siendo una desconocida y terminaste convirtiéndote en alguien muy importante para mí. Traíste toda una gama de color a mi vida, alegría y amor. Me diste todo cuanto siempre anhelé. Me enseñaste a amar la vida y al mismo tiempo a amarte a ti, a ver más allá de la tormenta y a luchar por aquello en lo que creo. Por esa misma razón voy a pasar el resto de mis días agradeciéndote todo cuánto haces por mi día a día. Y aún así no será suficiente.

—Te equivocas— le contradigo con firmeza. Sus ojos azules se iluminan casi de inmediato—. Me has dado más de lo que eres capaz de imaginar. Me ayudaste a enfrentarme a esta cruel realidad y aún así me enseñaste a verle el lado bueno. Aprendí a amar con el corazón roto y a luchar aunque las fuerzas me flaqueasen. Eres esa persona que me devolvió a la vida cuando me sentía muerta, y por ello voy a estarte agradecida eternamente.

Jonathan aproxima sus labios indecisos a los míos, me toma por la nuca y tras dedicarme una última mirada cargada de amor, me besa románticamente.

—Prométeme que tendrás mucho cuidado— susurra.

—Te lo prometo.

Asiente.

—Te quiero, Ariana Greenberg.

—Y yo a ti.

Jonathan me hace girar nuevamente. Efectúo varios giros sobre mi misma a lo largo de la pista, hasta terminar salvada por mi nuevo acompañante, quien rodea mis cintura con ambas manos y me mantiene próxima a su cuerpo. Mis brazos yacen entrelazados tras su cuello y nuestros rostros tan cercanos que nuestros labios están a centímetros de encontrarse. Sus ojos verdes miran de hito en hito mi boca y mis ojos castaños, cuyos párpados están sombreados de un tono dorado con purpurina.

—¿Por qué me miras así?— inquiero saber, contemplando detenidamente su mirada tierna y asombrada.

—¿Así cómo?— dice, haciéndome ojitos.

—De esa forma.

—¿Te incomoda que lo haga?— entreabro los labios y por ellos escapa un leve suspiro que salva la escasa distancia que separa sus labios de los míos y termina por morir en su boca.

—Un poco.

Elián me hace girar una sola vez y luego me atrae nuevamente, logrando que nuestras caras vuelvan a estar a escasos centímetros la una de la otra.

Siento como mi corazón se dispara y mi respiración se vuelve agitada.

—¿Te pongo nerviosa?— niego con la cabeza. Lo último que quiero es que aproveche mi debilidad como arma rutinaria—. ¿Estás segura?— desliza su dedo índice a lo largo de mi columna vertebral, logrando erizar mi piel y acelerar mi corazón—. ¿No sientes un cosquilleo en el estómago cuando hago esto?— alza una de sus manos y acaricia con ternura mi mejilla. Cierro los ojos al sentir el contacto de sus manos cálidas con mi rostro polar, e intento calmar mis nervios y ralentizar mi desbocado corazón—. ¿Y esto?— propicia caricias a lo largo de mi brazo en sentido descendente, erizando mi piel a su paso.

—No surte efecto en mí.

Elián inclina ligeramente mi cuerpo hacia atrás y aproxima tanto su rostro al mío que nuestros labios se acarician con el baibén de nuestras respiraciones. Busco ansiosa sus ojos, pero cuando doy con ellos me percato de que estos están interesados en mis labios, los cuales yacen en este preciso momento entreabiertos. Desciendo lentamente mi mirada, pasando por su mandíbula perfectamente definida, continuando sus pómulos marcados y finalizando en sus labios. Sin ser consciente siquiera encierro mi labio inferior entre mis dientes, provocando que el vampiro se pase la lengua sobre los suyos con el fin de humedecerlos.

—No me lo creo.

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