Capítulo 18
Los primeros rayos de sol se cuelan a través del cristal de la ventana e inciden directamente en mis párpados, obligándome a despertar de mis profundos sueños. Abro los ojos y pestañeo un par de veces con tal de adaptar mis pupilas a la claridad. Poco a poco mi visión se vuelve más nítida y descubro un armario que cubre parte de la pared marrón. Al lado de este hay una silla de cojines dorados, en cuyo respaldo descansa una camiseta blanca perfectamente colocada, la cual brilla con una intensidad inhumana cuando la luz amarilla se deposita en ella.
Cambio el rumbo de mi mirar hacia el blanco techo y descubro una lámpara de cristal de aspecto imponente.
Ladeo mi cuerpo hacia el lado izquierdo y descubro a Jonathan dormido a mi lado, con sus manos confiadas sobre su torso desnudo y tonificado. La otra mitad de su cuerpo se halla cubierta con una sábana blanca que alcanza como máximo su cintura. Flexiono mi brazo izquierdo y apoyo mi cabeza en mi puño cerrado y me concedo la libertad de admirar las facciones del rostro de mi acompañante, quien tiene los labios apretados y los ojos cerrados, impidiéndome así ver el color azul de estos. Me aproximo a su oreja y le susurro "buenos días". Jonathan esboza una amplia sonrisa y a continuación hunde su rostro en la almohada.
Hago ademán de levantarme cuando Jonathan se aferra a mi cintura y me devuelve a la cama, inmovilizando mi cuerpo con sus enormes y fuertes brazos.
-¿Qué pasa si quiero retenerte en la cama todo el día?
Sonrío ante su comentario.
-Que perderé clases y todo el mundo se volverá como loco buscándome.
-Creo que correré el riesgo.
Ejerzo presión en su abdomen y le obligo a acostarse sobre el colchón. A continuación me subo sobre él, me aferro con ambas manos a su rostro y le beso. Jonathan desliza sus manos a lo largo de mi espalda, propiciándome sendas caricias. Me armo de valor, tomo sus manos y las inmovilizo temporalmente. Ruedo por la cama y al llegar al borde me bajo de esta de un salto y camino hacia la puerta. Me arrodillo al llegar a ella, me hago con un vestido que hay en el suelo y me lo pongo bajo la intimidante mirada de Jonathan, quien sigue acostado.
-Tengo que pasar antes por casa, no puedo ir con estas pintas.
-Estás preciosa igualmente.
Camino hacia la cama apresuradamente y cuando me sitúo junto a ella, me inclino ligeramente para mantener mi rostro a escasos centímetros de Jonathan.
-Bésame- le susurro. Cuando se dispone a hacerlo, me hago con un cojín y cubro su rostro con él. Luego me separo un poco de la cama con tal de evitar volver a ser su prisionera-. Vístete, tienes que llevarme.
Jonathan sonríe y se pone en pie. Rodea la cama y cuando se halla enfrente del armario se hace con un pantalón gris y una camiseta de mangas largas de color azul marino. Termina por calzarse unas botas negras con cordones. Luego, se aproxima a mi persona, me rodea la cintura con uno de sus brazos y se incorpora al corredor conmigo. Caminamos todo recto hasta dar con una puerta que conduce al exterior. Jonathan la abre y la mantiene abierta con tal de cederme el paso. Cuando me dispongo a salir me encuentro con Adrien, quien enarca una ceja al verme y más tarde fulmina con la mirada al chico que tengo detrás.
-¿Qué tal ha ido todo?- le pregunta a Adrien.
-Bien. Por suerte, no ha habido vampiros merodeando por las proximidades del hospital.
-¿Qué crees que están planeando?
-No lo sé, pero ten por seguro que nada bueno.
-Ya hablaremos de esto en otro momento- anuncia Jonathan.
Nos despedimos de Adrien y nos ponemos rumbo hacia la moto de Jonathan, la cual está aparcada a la entrada del bosque.
Por suerte, los obstáculos con los que nos encontramos la noche anterior han desaparecido, así que podemos movernos con total libertad, sin correr el riesgo de sufrir un percance.
-¿Crees que la llegada de esos vampiros a Glasgow tiene algo que ver con Anabelle?
-Es posible- dice.
-A fin de cuentas, no se sabe nada de ella desde que se llevó a cabo el ritual. Podría estar reclutando un ejército para volver a tomar el poder.
-Dudo que esté aliéndose con los distintos colectivos de la población sobrenatural. Se ha llevado algo más de sesenta años encerrada, sin beber sangre, debe estar débil.
Asiento y me subo en la moto, situándome justo detrás de él.
Caminamos por el pasillo junto al resto de estudiantes con el objetivo de dar con nuestras respectivas aulas. Dejamos atrás las taquillas azules al torcer a la izquierda y adentrarnos así en un nuevo pasillo abarrotado de jóvenes. Tenemos que abrirnos paso entre la multitud como podemos, pues las personas están tan juntas que apenas pueden hacer un mínimo movimiento. Resulta agobiante, pues hay un ambiente muy cargado y se nota la falta de aire. Por suerte, la situación mejora en cuanto giramos hacia la derecha al final del pasillo y nos introducimos en un aula. Me adentro por uno de los corredores que hay entre las mesas al mismo tiempo que Jonathan opta por el de al lado. Camino hacia el final de la fila, lugar en el que tomo asiento junto a la ventana, justo detrás de mi mejor amiga, Abby, quien al percatarse de mi presencia no tarda en girarse y saludarme.
-Se te ve muy feliz.
Muerdo mi labio inferior con tal de reprimir una sonrisa.
-Lo estoy.
-¿Tiene algo que ver con el chico rubio que no para de mirarte?
Ladeo la cabeza y miro en dirección al pupitre de Jonathan y descubro que este está absorto mirándome y esbozando una sonrisa. Le devuelvo el gesto y vuelvo a centrar mi atención en la chica que tengo justo delante.
-Puede.
Entonces, Abby da un gritito y rápidamente se lleva ambas manos a la boca con tal de evitar que otro escape por ella. Abre los ojos como platos y en ellos aparece un brillo inusual.
-¿Os habéis acostado?
-Shhh- le pido silencio, llevándome el dedo índice a los labios.
-Lo siento- se disculpa.
Extiende una de sus manos y la coloca justo encima de la mía al mismo tiempo que esboza una amplia sonrisa.
-Me alegro mucho de que seas tan feliz- añade.
-Buenos días, chicos- saluda Frederick, quien salva la distancia que lo separa de su mesa y termina por depositar el maletín sobre ella-. Hoy vamos a trabajar con el ordenador, así que nos mudaremos a la sala de informática- los alumnos se ponen en pie, ocasionando un gran alboroto y el profesor reacciona contrayendo el gesto-. A ser posible, sin hacer mucho ruido.
Los jóvenes van saliendo uno a uno y una vez en el pasillo forman su propia pandilla y se dirijen a la correspondiente aula. Pronto tan sólo quedamos en la clase el profesor y yo. El primero se entretiene hojeando una carpeta roja mientras que yo me dedico a acomodarme la mochila en el hombro. Al fin emprendo la marcha y cuando me encuentro lo suficientemente cerca de la mesa de Frederick, éste llama mi atención.
-Ariana, me gustaría volver a darte las gracias por guardarme el secreto.
Asiento y me propongo retomar la marcha cuando vuelve a interrumpir mi propósito. Giro sobre mis talones y me enfrento a su persona.
-Por cierto, ¿sabes algo de Sam?
-No está pasando por un buen momento- respondo, con la cabeza agachada y la mirada perdida en algún punto del suelo. Lo cierto es que me sigo sintiendo culpable por lo que le ha pasado a Sam y dudo que deje de sentirme así.
-Pareces sentirte culpable.
-No lo parece, lo soy. Por mi culpa a Sam le ha pasado una cosa horrible y no puedo hacer nada por remediar la situación. Yo no sé qué hacer... - confieso entrecortamente. Mis ojos se inundan y el profesor se da cuenta de ello.
-¿Qué le ha pasado exactamente?
-Un vampiro le convirtió cuando intentaba salvarme y no lo lleva nada bien. Le cuesta hacer frente a la sed que siente y, además, no puede exponerse a la luz solar.
-Ariana, escúchame, no tienes la culpa de lo que le ha pasado.
Frederick salva la distancia que nos separa y me abraza en un intento de calmar mi llanto, el cual gana intensidad por momentos.
-Sí la tengo. Yo soy quien le dio a conocer esta faceta del mundo y por ello soy responsable de todo cuanto le ocurra que guarde cierta relación con él.
-Si hay algo que pueda hacer...
-Nadie puede hacer nada para remediar lo que le ha pasado.
Me separo de él y me enjugo las lágrimas con la manga de mi camiseta, humedeciéndola temporalmente. Le doy la espalda y camino en dirección a la salida del aula, donde hallo a Abby de pie junto a un cartel que anuncia el baile formal.
-¿Te encuentras bien?
Me encojo de hombros y le dedico una sonrisa cerrada.
-No sé como me siento.
Abby salva la distancia que nos separa y me abraza. Acomodo la cabeza en su hombro y rodeo su torso con mis brazos. Ella se limita a acariciar mi cabello con una de sus manos mientras que con la otra me propicia sendas palmaditas en la espalda con tal de transmitirme sus ánimos. Mi llanto cesa y vuelvo a recuperar la calma perdida y con ello mis mejillas dejan de sonrojarse y mis ojos de brillar intensamente. Abby me pasa su brazo por encima de los hombros y me conduce hacia el aula correspondiente, cruzando todo recto el pasillo hasta llegar al final y girando hacia la izquierda. Pronto damos con una puerta entreabierta de color caoba a partir de la cual se puede entrever parte del interior. Hay cuatro filas de mesas alargadas y rectangulares de madera que poseen sobre ellas una sucesión de ordenadores negros. En el techo se alcanza a ver una proyector que está orientado hacia una pantalla digital que hay junto a la mesa del profesor, la cual da con un enorme ventanal que deja a la vista parte del aparcamiento del instituto, donde descansan varios coches.
Abby y yo decidimos tomar asiento en la segundo fila, junto a Daniel y Cormac quienes conversan acerca del baile formal y de la necesidad de encontrar una pareja.
-¿Tenéis pareja para el baile?- pregunta Abby.
-Estamos en ello-responde Cormac por los dos-. Aunque, para ser sincero, no entiendo esa absurda norma de llevar acompañante.
-Ya conoces a Ashley- añado.
-Abby, me preguntaba si querrías ir al baile conmigo, como amigos- dice Daniel, cuyo entrecejo está fruncido, provocando así que una leve arruga se forme en él.
Abby intercambia una mirada conmigo antes de responder.
-Claro que sí.
-Guay.
El chico ríe y Abby le responde con el mismo gesto y termina por añadir:
-Sí, guay.
-Se lo pediré a Susan- anuncia Cormac, quien se pone en pie y se marcha en dirección a la primera fila, donde hay una chica morena de ojos azules.
-Y tú, Ariana, ¿con quién irás?- me pregunta Daniel.
-Había pensado en pedírselo a Jonathan.
-Parece buen tío- su mirar se pierde momentáneamente en la pantalla negra del ordenador-. Por cierto, ¿alguien sabe que le pasa a Sam?
Miro a Abby con un notable nerviosismo y esta me devuelve el gesto.
-Está malo con gripe.
-Eso es- añado rápidamente con tal de aportar mayor credibilidad a la respuesta de Abby-. Nosotras fuimos a verle el otro día y tenía un aspecto muy desfavorable.
-Jo, que mal.
-Quiero que busquéis información acerca de la Guerra de los cien años- anuncia el profesor al mismo tiempo que apunta en la pizarra el tema del trabajo que tenemos que hacer en clase-. Tenéis un poco menos de una hora. Aprovechad el tiempo, por favor.
Cliqueo un par de veces en el buscador de google, abriendo una ventana. Ésta en un principio se muestra blanca pero luego se va completando y da lugar a una barra que yace bajo la palabra Google en letras de colores. Con ayuda del ratón cliqueo en el espacio que hay para escribir e inmediatamente aparece un puntero que anuncia que puedo empezar a anotar. Tecleo la letra G y antes de seguir tecleando el resto, le echo un vistazo a la pantalla y descubro que al pulsar esa letra se muestran varias búsquedas que guardan cierta relación. Reviso todas ellas pero ninguna llama mi atención hasta que alcanzo a leer la última de ellas. Esta hace referencia a una entrada que se denomina "Gideon Sallow". En ese instante una lucesita se activa en mi cabeza y una idea se muestra ante mis ojos. Entonces soy consciente de que acabo de dar con la que puede ser la solución para el problema que tiene Sam con la luz solar. Tal vez, el brujo pueda hacer un hechizo para liberar al vampiro de la maldición del sol. Es nuestra única opción, tenemos que intentarlo.
El timbre suena transcurrida una media hora y tras hacer uso de presencia los alumnos abandonan el aula siguiendo un orden. Me incorporo al corredor al mismo tiempo que lo hace Abby y caminamos todo recto durante un par de minutos y terminamos por torcer hacia la derecha, incorporándonos a un nuevo pasillo. Aprovecho ese instante para coger del brazo a la chica de mi derecha y conducirla hacia el servicio más cercano.
-¿Ocurre algo?
-He descubierto la forma de ayudar a Sam.
Enarca ambas cejas y deja ver una expresión de sorpresa.
-¿Cómo?
-Debemos localizar en primer lugar al brujo Gideon Sallow y pedirle que haga uno de sus hechizos.
-¿Cómo estás tan segura de que va a acceder?
Me muerdo el labio inferior y le devuelvo la mirada a la chica que me imita a través de un espejo.
-Nos lo debe. Por haber traicionado nuestra confianza.
-¿Cómo piensas dar con él?
-Con ayuda de una vieja conocida- extraigo el teléfono móvil del bolsillo trasero de mis vaqueros y le envío un mensaje a Sam en el que le pido que nos veamos -. Tenemos que ir a recoger a Sam.
-Podemos ir en mi coche, tiene los cristales tintados, así que podría beneficiarle.
Asiento y nos encaminamos hacia la salida del servicio. Salgo en primer lugar y, al estar absorta mirando hacia atrás, no me percato de que me acabo de chocar con alguien que está justo delante de mí. Me giro rápidamente y alzo la vista con tal de comprobar de quien se trata. Cormac. Me sorprendo tanto al darme cuenta de que se encamina hacia el servicio por el que acabamos de salir que le echo un rápido vistazo al rótulo que hay encima del marco de la puerta y descubro que reza "servicio de chicos".
-¿Qué hacéis en el servicio de los chicos?
Abro la boca para responderle pero al no dar con nada bueno que decir vuelvo a cerrarla. Cormac cambia el rumbo de su mirada hacia la chica que hay justo detrás de mí y enarca una ceja a modo de pregunta.
-Queríamos comprobar si tenéis jabón para las manos- añade Abby.
Cormac esboza una sonrisa y se entretiene mirando sus deportes blancos.
-Ya sé que es lo que pasa aquí- Abby y yo intercambiamos una mirada nerviosa ante su confesión-. Queréis conseguir pareja para el baile formal y os da vergüenza hacerlo en público.
-Nos has pillado- admito haciendo un gesto con las manos.
-Pues lamento deciros que yo ya tengo pareja.
-Qué pena- añade Abby-. Bueno, Ariana y yo vamos a seguir intentándolo en el resto de servicios.
Abby me toma por el brazo y tira de mí. Miro hacia atrás una última vez y sorprendo a Cormac observándonos con el ceño fruncido, dejando ver una expresión de desconcierto. Tras recorrer el último pasillo damos con la puerta que conduce al exterior y nos incorporamos a este tras echar un vistazo hacia atrás y comprobar que no hay profesores que deseen retenernos. Avanzamos a paso rápido por el aparcamiento, salteando una gran diversidad de coches hasta alcanzar el vehículo de Abby, el cual está aparcado junto a la salida. Me encamino hacia el lugar del acompañante al mismo tiempo que mi mejor amiga lo hace hacia el del conductor y terminamos por acomodarnos en los asientos casi al mismo tiempo.
-¿Buscando pareja para el baile en un servicio? ¿a quién se le ocurriría?
Sonrío ante el comentario de Abby y sacudo la cabeza, divertida.
-Algo así solo se le puede ocurrir a Cormac- añado.
-Ni que lo digas. Ni siquiera sé como ha conseguido que Susan acepte ir al baile con él. Supongo que tras rechazarle en la clase la habría asaltado en el servicio de las chicas.
-Es bastante probable.
Nos echamos a reír ante nuestra propia suposición.
El resto del trayecto lo pasamos hablando acerca del baile formal y de que tenemos que ir a comprarnos algo para ponernos. Finalmente, Abby aparca justo enfrente de la casa de Sam y se baja para abrir una de las puertas traseras mientras yo me dedico a enviarle un mensaje al vampiro para avisarle de que estamos allí. En el momento en el que mi mejor amiga vuelve a ocupar el lugar del conductor y cierra la puerta tras ella visualizamos a un chico que acaba de salir de la casa y que, a juzgar por su aspecto, está preocupado por la fulminante luz del sol. Avanza hasta la cima de las escaleras que conducen hacia un camino de piedra y entonces se vale de su velocidad vampírica para cruzar el jardín y entrar en el interior del coche en menos de diez segundos. En cuanto se halla en los asientos traseros me giro y me percato de que tiene varias quemaduras en sus brazos y en sus mejillas que desaparecen a un ritmo sobrenatural.
-Joder, cómo duele- se queja.
-¿Qué tal estás?- le pregunto en cuanto Abby se incorpora a la carretera tras cederle el paso a un coche verde.
-Achicharrado- sonrío ante su comentario y él se dedica a contemplar los cristales tintados del vehículo-. Ha sido un puntazo que hayáis contado con este coche.
-Idea mía- dice Abby levantando su mano derecha.
-Por cierto, ¿adónde vamos?
-Iremos a mi casa- le respondo a Sam.
Abby asiente y se pone rumbo hacia las afueras de la ciudad, donde yace la casa de mi abuelo que actualmente es mi nuevo hogar. Lo cierto es que aún no me acostumbro a decir esa palabra, pues en el fondo sé que mi único hogar fue la casa que quedó totalmente destruída, allí donde además dejé a una parte muy importante de mí.
-Echo de menos las clases, ¿sabéis?
Frunzo los labios y miro en dirección al espejo retrovisor.
-Pues son un completo rollo- dice Abby-. Además, si estuvieras al tanto del baile formal que se va a celebrar dentro de poco estarías como loco.
-¿Un baile formal?¿a quién se le ha ocurrido esa idea?
-A Ashley- le respondo.
-Debí suponerlo. Bueno, y vosotras qué, ¿tenéis pensado ir?
-Sí. Abby va a asistir con Daniel y yo he pensado ir con Jonathan.
-¿El rubiales? Así que lo vuestro va en serio.
Asiento ante su afirmación.
-Por cierto, ¿cuando se va a celebrar el baile y a qué hora?
-¿Piensas ir?- le pregunta Abby.
-Depende. Si es por el día ya te digo que ni de coña pero si es por la noche hay muchas posibilidades de que me pase por allí.
-Se va a celebrar por la noche y lamento decirte que si estás pensando en ir tienes que buscarte una pareja- Sam abre la boca para decir algo y entonces Abby le interrumpe-, y no vale que lleves un ciervo o una ardilla.
-Muy graciosa.
Río por lo bajo.
Abby aparca en el garaje y se baja del vehículo después de Sam y de mí.Yo, encabezo el grupo pues tengo las llaves para acceder al interior y seguida de mí van Abby y el vampiro. Me adentro bajo el umbral y lo primero que hago es correr las cortinas con tal de evitar que Sam vuelva a tener que hacer frente a unas graves quemaduras. Luego, me encamino hacia la cocina y una vez allí extraigo el teléfono móvil de mi bolsillo y busco en internet el número de teléfono correspondiente a la cafetería en la que Sam y yo estuvimos en Francia. Cuando lo tengo, me meto en el marcador y anoto en él el número para más tarde hacer la llamada.
Permanezco a la espera durante lo que me parece una eternidad y cuando estoy a punto de abandonar, escucho una voz femenina al otro lado de la línea.
-¿Dígame?
-Hola, soy Ariana, la chica que preguntó en su cafetería por Gideon Sallow.
Se hace un silencio al otro lado de la línea.
-Necesito que me ayude a contactar con el brujo.
-No quiero saber nada más del tema, por favor, no vuelvas a llamar.
-Espere.
Mis palabras parecen hacer efecto pues continúo percibiendo el sonido de una respiración agitada al otro lado, lo cual me tranquiliza bastante.
-Quizá no lo entienda pero mi amigo necesita la ayuda de Gideon para poder rehacer su vida y no pienso quedarme de brazos cruzados viendo como ésta se le escapa de las manos. Si ha tenido un amigo sabrá mejor que nadie que tenemos la necesidad de hacer todo cuanto esté en nosotros por salvarlo de sí mismo cuando él no pueda.
-Desconozco donde se encuentra Gideon ahora pero puedo enviarle un mensaje mediante magia para pedirle que te haga una visita en breve.
-Muchas gracias.
La mujer finaliza la llamada pero aún así permanezco unos segundos de más con el teléfono en la oreja. Samuel irrumpe en la cocina y se aproxima hacia el frutero, se hace con una manzana y juguetea con ella, pasándosela de una mano a otra.
-Estoy hambriento.
-¿No te has alimentado?
-Llevo un par de días sin hacerlo. Creí que podría acabar con la sed si dejaba de alimentarme pero me he equivocado. La sed no ha hecho otra cosa que crecer.
Sam deja caer la manzana al suelo y de repente pierda el equilibrio pero, por suerte, se aferra a la encimera antes de caer. Suelto el teléfono en la encimera y acudo en su ayuda, rodeando su torso con mis brazos con tal de ayudarle a incorporarse. Lo conduzco hacia una silla y le ayudo a sentarse en ella. Más tarde, me dirijo hacia el escurridor, me hago con un vaso de cristal y un cuchillo de hoja afilada y vuelvo nuevamente junto a Sam, tomando asiento a su vera.
-¿Qué vas a hacer?- pregunta débilmente.
-Salvarte la vida.
Suelto el vaso sobre la mesa y con ayuda del cuchillo me hago un profundo corte en la muñeca para luego vertir la sangre en el interior del vaso de cristal, el cual no tarda en ser ocupado por una sustancia roja oscura. Me estremezco ante el escozor de la herida y a pesar de que siento unas ganas tremendas de ocultarla con mi mano, no lo hago sino que espero a que el vaso esté lo suficientemente lleno. Una vez hecho, le tiendo el vaso a Sam para que se lo beba pero este, en un principio, se niega a hacerlo.
-No quiero que te hagas daño por mí.
Se bebe el contenido del vaso de un sorbo y luego lo deja sobre la mesa. A continuación se pone en pie y se marcha de la cocina a toda velocidad. Estoy a punto de ponerme en pie cuando regresa nuevamente a mi lado pero esta vez trayendo consigo un poco de algodón, agua oxigenada y una venda blanca. Toma asiento en la silla y yo extiendo el brazo sobre la mesa. Sam coge cuidadosamente mi muñeca y la gira, descubriendo así un corte profundo. Se hace con un poco de algodón y vierte un par de gotas de agua oxigenada, luego lo pasea a lo largo de la herida y termina por poner una venda.
-¿Estás bien?
-Un poco mareada por la pérdida de sangre.
-¿Por qué lo has hecho?
-Porque lo necesitabas.
-Pero podría haberte atacado, Ariana.
Me encojo de hombros y me dedico a contemplar la unión de nuestras manos.
-No lo habrías hecho.
-Eso no lo sabes.
-Te equivocas. Sí lo sé. No me habrías atacado porque soy tu amiga, Sam, y te importo lo suficiente para contenerte. Aunque no lo creas, eso demuestra que aún conservas tu humanidad y que estás progresando.
-¡He podido contenerme!- exclama eufórico.
Se pone rápidamente en pie y al hacerlo tira de mi brazo, obligándome a incorporarme. A continuación me eleva del suelo y gira conmigo a una velocidad sobrehumana. Siento como mi melena ondea y una sensación de fatiga se apodera de mí. Sin embargo, todo cuanto me importa en ese momento es la viva imagen de la felicidad plasmada en el rostro de Sam. Al fin dejamos de girar y siento un gran alivio pues la cabeza me estaba empezando a dar vueltas. El vampiro me deja en el suelo y sin pensarlo siquiera me planta un beso en la mejilla y se marcha a toda velocidad hacia la estancia contigua.
Sonrío al recordar la reacción anterior de Sam y cuando me dispongo a darme media vuelta para llevar el vaso al fregadero, me topo con un chico moreno, de enormes ojos grises, bastante atractivo, que tras chasquear los dedos un portal de color azul desaparece a sus espaldas. Me sobresalto ante la inesperada presencia y suelto un gritito. A continuación el vaso escapa de mi mano y cuando está a punto de impactar contra el suelo, Gideon lo obliga, mediante magia, a elevarse, cruzar la estancia y terminar por depositarse en el fregadero, bajo el grifo que acaba de abrirse por arte de magia.
-¿Querías verme?
-No esperaba verte tan pronto.
-Si quieres, vuelvo otro día.
-No es necesario.
El brujo entrecierra los ojos y me escruta el rostro.
-¿Qué querías exactamente?
-Necesito tu ayuda.
-¿Por qué debería ayudarte?
-Porque me lo debes. Traicionaste mi confianza, te conté todo lo que sabía acerca de las reliquias y me lo pagaste participando en un ritual para traer de vuelta a la mujer que las quiere poseer.
-No lo hice por esa razón. Quería obtener mi libertad y la he conseguido.
Me cruzo de brazos y miro en otra dirección. Sigo algo molesta con él.
-Está bien, te ayudaré. ¿Qué es lo que necesitas que haga?
-Quiero que ayudes a Sam con su problema con la luz solar. Me gustaría que hicieras uno de tus hechizos para protegerlo del sol.
-Te refieres a un filtro solar vampírico, ¿no es así?
Asiento.
-Muy bien, ¿dónde está el vampirito?
Bajo el umbral de la puerta aparece Sam, quien tiene los brazos cruzados y el ceño fruncido, supongo que porque la escena que acaba de contemplar le resulta contradictoria. Avanza con paso ligero hacia el brujo y se detiene a mi vera.
-Dime que no vamos a fiarnos de este tío.
-No tenemos otra opción.
-Me ha dicho Ariana que necesitas un filtro solar vampírico.
-¿Un filtro qué?- Sam arruga la nariz.
-Un filtro solar vampírico. Sirve para protegerte del sol, de manera que en cuanto forme parte de ti podrás corretear por ahí sin sufrir una sola quemadura.
-¿Cómo sé que puedo fiarme de ti?
El brujo pone los ojos en blanco.
-No puedes. Así que tendrás que jugártela a cara o cruz.
-Confía en mí- le susurro a Sam.
-Está bien- dice al fin-.¿Qué tengo que hacer?
-Quedarte bien quietecito.
Sam toma asiento en una de las sillas cercanas a la ventana y permanece inmóvil, observando como el brujo chasquea los dedos y hace aparecer un grimorio, el cual coloca sobre la mesa y lo abre por la mitad. Descarta un par de páginas antes de dar con la que busca y cuando lo logra cruje sus dedos y empieza a murmurar unas palabras en un idioma que no reconozco al mismo tiempo que agita las manos, provocando que salgan de ellas unas chispas azules que van a parar a la persona de Sam. Un fuerte viento se apodera de la estancia, alborotando nuestros cabellos y dejando caer algún que otro papel de cocina. Además, las luces parpadean y los muebles tiemblan.
Finalmente, el brujo deja de decir palabras ininteligibles y se aproxima a la ventana antes de que Sam reaccione y descorre la cortina. Rápidamente una fulminante luz amarilla incide sobre el cuerpo del vampiro y este se cubre con ambos brazos en un intento de protegerse pero, para su sorpresa, no sufre el menor daño.
-Ya está- anuncia el brujo.
-Podrías haberme matado. ¿Qué hubiese pasado si no hubiese funcionado? Podría haberme convertido en cenizas- protesta Sam.
-Por suerte, estoy tan seguro de mis hechizos que sé exactamente cuando funcionan y cuando no. Además, formaba parte del plan, ¿no? Debías confiar en mí a ciegas.
Sam le fulmina con la mirada.
-¿Estás seguro de que funcionará bajo cualquier circunstancia?
-Si, lo estoy.
-Y, ¿cuánto tiempo durará la protección?
-Hasta que o bien deshaga el hechizo o algún brujo lo haga. Si no se da ninguno de estos casos puedes estar seguro de que tendrás una agradable eternidad.
-Gracias- dice.
-Dáselas a Ariana.
Cambia el rumbo de su mirada hacia mí y no puedo evitar sonrojarme. Mantengo la cabeza agachada con tal de ocultar el enrojecimiento de mis mejillas.
-Por cierto- me toma del brazo-. Lamento mucho haberte obligado a atentar contra la vida de tu amigo aquel día en Francia.
-No fue la mejor forma de hacerlo pero aprendí un talento oculto, así que supongo que en parte debo agradecértelo.
Asiente una sola vez.
-Estoy seguro de que nos volveremos a ver. Hasta entonces.
-Hasta entonces- coincido.
El brujo abre un portal justo detrás de él y antes de adentrarse por él nos dedica una última mirada. Luego, desaparece entre destellos azulados. El portal se cierra, de manera que dejamos de ver todo cuanto forma parte de él. Tras cerrarse esta apertura descubro la encimera de la cocina en la que hay encajado un fregadero, en cuyo interior descansa un vaso y un cuchillo sin ningún tipo de rastro de sangre.
-Vamos.
Le extiendo la mano a Sam y este la entrelaza con la suya. Emprendemos una marcha hacia el salón, lugar en el que se halla Abby de pie junto a un televisor. Al vernos nos dedica una sonrisa y se une a nosotros, tomando la otra mano libre de Sam. Salvamos la escasa distancia que nos separa de la puerta principal y cuando nos encontramos lo suficientemente cerca de ella, la abro, permitiendo que los rayos solares penetren y cubran parte del suelo. Nos sumergimos en el exterior y caminamos hasta encontrarnos en la cima de la escalera, aún con las manos cogidas. La luz amarilla del sol cubre nuestros pies y continúan su ascenso, pasando por nuestra prenda inferior y alcanzando más tarde nuestras camisetas. Finalmente su luz cegadora se proyecta en nuestro rostro y nos vemos en la obligación de cerrar los ojos con tal de impedir que esta nos ciegue por completo.
Aprieto fuertemente la mano de Sam y entreabro un ojo para ver su expresión. Está feliz. Verle así me recuerda que por muchas cosas que cambien, él siempre seguirá siendo el chico nervioso y obsesionado por los libros de ficción que conocí al inicio del curso. Y es ahí cuando me doy cuenta de que todo vale la pena con tal de verle sonreír de nuevo.
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