🦎 Capítulo 89
Un año después.
—Aún recuerdo cómo mi mundo se desplomó después de lo que ocurrió con la corderita —comienza a decir Eco al aire.
«Corderita» era el apodo que habían decidido darle a Isabella Swan, conocida como Bella. Había sido imprudente y torpe al involucrarse en el mundo vampírico por un simple capricho.
Sam no le había hablado desde aquel momento difícil. Solo a través de Edward se había enterado de que habían matado a dos de los vampiros nómadas que andaban de paso: una pelirroja y un rubio. El único que había escapado era el moreno.
A pesar de la falta de comunicación, siempre se observaban de lejos, como almas en pena, incapaces de enfrentar sus diferencias o enemistades.
—Extraño pasar tiempo contigo. Extraño a Emily y a hundir mis pies en el mar... —continúa la joven de ojos verdes. —Sé que habrás escuchado el rumor de que ella despertó, perdió la capacidad de hablar por mi culpa y, debido a la depresión, se mudó con su madre a Arizona. Sé por las visiones de Alice que está mejor allá que aquí. No se convirtió, aunque el vampiro rubio la mordió aquella vez; el veneno se extrajo a tiempo para impedir su conversión... Y, desafortunadamente, ante esa desgracia, aprendí que todo ser que busque afecto romántico en mí sin ser mi compañero, lo mataré. También pude haber muerto —comenta, dándole la espalda al lobo oscuro, perdida en el dolor de su soledad.
—¿Y por qué no lo hiciste? —pregunta Sam, serio y decidido.
Mentiría si dijera que a la camaleónica no le dolió. Era como expresar su molestia de una forma que desgarraba su corazón sentimental y frágil.
—Mi creador me salvó de morir. Tengo una misión muy importante que cumplir; no puedo morir tan fácilmente... —expresa, tratando de ahogar su dolor, aunque sus ojos se están cristalizando ante la frialdad del cambiaformas.
—Entonces eres un pálido.
—Soy una híbrida mestiza. Mitad cambiaformas, mitad vampiro. Moriré cuando dé a luz o si decido suicidarme. Probablemente viva unos años más que los ciento veinte... —aclara con una sonrisa triste, sin enfrentar su rostro. No quiere ver el odio en los ojos de Sam, no otra vez.
—¿Has mordido a algún humano? —pregunta Sam nuevamente.
—No... Pero descubrí que Isabella Swan también era mi tua Cantante. En lugar de que Edward fuera el peligro, lo terminé siendo yo. Casi la mordí, pero no llegué a hacerlo, gracias a la intervención de mis compañeros y mi padre —expone con sinceridad. «Si debo vivir con su odio, que sea por la sinceridad y no por las mentiras», piensa para sí misma.
—Comprendo.
La joven morena cambiaformas, nerviosa, se gira para mirarlo por última vez, enfrentando su destino. Sus labios tiemblan, su corazón palpita acelerado y sus ojos están bañados en lágrimas amargas.
—Te he buscado hoy para decirte dos últimas cosas. Sé que ya no soy bienvenida y lo comprendo; siempre lo intuí. Por eso, no voy a exigirte nada —expresa Eco, aunque ansía gritarle mil preguntas sobre su distanciamiento y frialdad.
—Dilo sin demora; no tengo mucho tiempo. Emily me espera —responde Sam, con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Mi linaje de cambiaformas original tiene la misión de sanar al mundo tóxico sobrenatural. Por eso, mi descendencia debe ser la impronta de uno de los tuyos... Solo así salvaremos nuestra existencia, la de los fríos y también la de los humanos... La naturaleza está enferma y los humanos siguen... Por eso, quiero pedirte un único favor —expresa Eco mientras se acerca al borde del risco que los separa, con una expresión nostálgica—. Por lo que fue nuestra amistad, suplico que tengas piedad y, si en algún momento llega mi descendencia... La aceptes.
—Si es lo que nuestros ancestros dictan, será protegida como una impronta más. Es nuestra única ley; no es algo que realmente me incumba a mí. Aun siendo el Alfa, será algo que deberé confirmar —contesta Sam.
—Entiendo... —acepta Eco, sin ganas de decir lo segundo, pero no puede evitarlo y comienza a limpiarse las lágrimas con la manga de su ropa.
—¿Y ahora por qué lloras? —pregunta Sam, incómodo al verla así.
—Edward y Alice ya se graduaron. Es tiempo de irnos del pueblo; están empezando a sospechar de la conservación de juventud perfecta de mi padre... —lo dice mejor de lo que puede ocultar su tristeza, pero, tras la siguiente frase, su voz comienza a quebrarse—. Ya no queda otra... Me marcho mañana, y vine a despedirme de ti... Fuiste un gran amigo... Y... Y... solo quería...
Sam siente pena ante el llanto tan amargo de Eco, como si el dolor de su distanciamiento fuera una traición a la familia o a su propia impronta. Nota que la marca verde musgo casi negra en su mano, que apareció después de alejarse de ella, empieza a disminuir en tamaño y brilla con una luminiscencia verde.
—No te despidas de mí. No lo hagas —gruñe Sam, con un sentimiento de malestar que empeora con cada sollozo—. Todo lo que ha ocurrido ha sido consecuencia de que la niña Swan abusó de tu amabilidad. Pero el consejo de mi tribu consideró conveniente darte un tiempo. Carlisle nos dejó claro el trauma que esto causó, entonces... Procedí a alejarme por tu bien.
Eco solloza, y su respiración se corta al entender por qué su único amigo se había alejado.
—¡Eres un tonto, Uley! Sabes perfectamente que no necesito soledad, necesito apoyo, y... Tú eres el único que sabe hacerlo bien —chilla, tan indignada que sus ojos verdes se iluminan, al igual que la marca en la mano de Sam.
—Ahora reconozco que lo fui. Pero en mi cabeza no cesaba la imagen de ti siendo una amenaza para la única humana. ¡Ni siquiera yo podía con el trauma que generaste en mí! —exclama, igualmente desesperado.
Al ver la desesperación de Sam, Eco siente un fuerte instinto animal que la impulsa a convertirse en camaleón y lanzarse contra el cuerpo del nativo. El impacto frío/cálido del cuerpo reptil hace que Sam caiga al suelo, obligándolo a transformarse en lobo debido al efecto dominó.
Ambos quedan muy cerca uno del otro. El lobo, con la panza arriba y su cola cubriendo su genitalidad, y la camaleona recostada sobre el pecho del lobo.
«Pensé que no me ibas a perdonar, pensé que te había perdido... Pensé en muchas cosas negativas»dice Eco.
«Y yo pensé que no te recuperarías tan fácilmente. ¿Por qué parece que no estás tan afectada?»pregunta Sam.
«Lo estoy. Y es por eso que, en parte, me marcho. Iré a pasar una temporada con mi doctora para aclarar mi mente, y luego espero volver a estar con mis compañeros... Probablemente venga a visitarte y cumplir con mi misión. Pero no creo que sea pronto»explica la camaleona mientras rozaba su hocico contra el hocico de su peludo amigo lobo.«Si te casas, vendré a tu boda, lo prometo.»
Sam la escucha, la percibe, y sin poder evitarlo, siente cómo su corazón se encoge al saber que la partida es inevitable.
«Si dices eso, quiere decir que volverás solo por eso... No te odio, Carole. Eres y siempre serás mi amiga, parte de la manada y de la familia. Si realmente necesitas la seguridad de que tu descendencia será bienvenida, lo juro, así será»responde Sam, tratando de calmar su propia tristeza.
«Gracias, gracias por siempre mirar más allá de lo verde que sea»bromea ligeramente Carole en su forma camaleónica, mientras mueve ligeramente su lengua con la boca semiabierta, simulando una sonrisa extraña.
Ambos se miran como mejores amigos y familia, disfrutando del uno del otro y del sonido palpitante de sus corazones en armonía. Sam comprendió que no podría estar en enemistad con ella, y Carole comprendió que su destino siempre fue tenerlo como confidente. Tal vez no estaban destinados a ser románticos, pero sí fraternales.
Así, es el único día en el que Sam Uley tuvo la compañía de una Cullen y una cambiaformas camaleón a su lado. Al día siguiente, el rumor de que la familia Cullen se había ido del pueblo corrió como una bala.
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