🦎 Capítulo 37

La distribución de la consulta a una mejor ubicación dentro de la casa es la idea primordial para que todos puedan verse al rostro una vez antes de la intervención vigilada por la doctora. Han optado por estar en una sala de concepto abierto.

Maggie se sienta en el sillón Barcelona vintage naranja con soporte de acero, del lado derecho, dejando tras su espalda la vista de las cuatro ventanas abiertas y el paisaje. A su lado izquierdo, Eco ocupa el sillón vintage naranja, un gesto corporal y emocional que indica que el corazón a sanar está en Eco. Es obvio que la obligación de llegar a ese objetivo es por medio del lado izquierdo, donde se encuentra el corazón.

Hay dos livings en la sala. El del lado izquierdo de Eco es un chaise longue de cuatro lugares con almohadones blancos y madera similar al color naranja. En este se encuentran sentados Jasper, cerca de Eco, Alice al lado izquierdo de su compañero y, al final, Edward. En el segundo living, un sofá capitoné vintage moderno danés de color blanco antiguo que ofrece espacio para tres personas, están Rosalie, Emmett y Esme. Carlisle ha optado por mantenerse de pie tras el respaldo de su compañera Esme.

—Ya son las once de la noche; finalmente hemos llegado al final de esta pequeña sesión inicial. Muchos habrán escuchado las diferentes respuestas que deseaban entender, pero es ahora cuando veremos cómo planificaremos el método y quiénes estarán involucrados de manera principal y secundaria en el plan de acción. Aunque muchos estarán incómodos al principio, podrán ver a largo plazo que esta intervención psicológica es lo mejor que han elegido para mejorar como familia y como personas sanas —comienza diciendo Maggie una vez todos están en sus lugares. El resto del Clan Irlandés ha ido a cazar fuera del territorio de Forks.

—¿Por qué es necesario que los secundarios estén obligados a estar involucrados? —pregunta Rosalie, su voz cargada de molestia y defensiva.

—Porque no se puede guiar a unos pocos cuando el objetivo es que todos estén en armonía y comunicación como familia. Si involucramos solo a un grupo, solo ese grupo sanará y el resto volverá a contaminarse, retrocediendo todo avance realizado. Lo que necesitan como familia es poder sobrellevar mejor la convivencia con todos los integrantes. Diferente sería el caso de ser solo un grupo que pudiera contarse con la mitad de los dedos de la mano —responde la doctora Maggie con seriedad.

—Se consideran todas las aristas para obtener un mejor resultado. Es lo óptimo para cualquier tipo de intervención médica, hija —añade Carlisle, tratando de conciliar la paz ante la actitud de Rosalie.

—Los que están involucrados en rango principal son: Rosalie, Edward y Eco. Mientras que el rango secundario incluye a Esme, Emmett, Alice y Jasper, además de Carlisle —comenta Maggie distribuyendo sus conclusiones puntualmente—. La cuestión es la siguiente: se han descubierto cuestiones puntuales como la amnesia lacunar, índices de trastornos inestables en la personalidad, problemas de egoísmo, atención y comunicación.

Ninguno habla porque no tiene idea de cómo será dicha intervención en esos casos. Algunos se muestran molestos al saber que no pueden replicar ante ello. Primero, porque Carlisle exige orden, y segundo, porque una vez Carlisle se concientiza de algo, no hay forma de sacarle la idea de la cabeza.

—¿Entonces cuál es el primer paso? —pregunta Carlisle con curiosidad.

Edward puede ver miles de pasos plasmándose en su mente, su lectura interfiere en su tiempo presente de la sesión. Queda demasiado incómodo al ver todos los tipos de procedimientos, al punto que se agarra la cabeza y se esfuerza por ignorarlos, siseando de dolor.

—Por favor, para de pensar —suplica Edward, odiándose por ser capaz de leer su mente.

Eco, preocupada por su compañero, mira con recelo a Rosalie. Si a su compañero le duele algo, a ella le causa inquietud. Con toda su propia incomodidad de acercarse a Rosalie, se levanta del sillón y va hacia Edward, arrodillándose para tomar entre sus manos la cabeza de su compañero.

«Edward, mírame y concédele a mis ojos tu atención, por favor» —suplica Eco con preocupación.

Edward abre los ojos con las pupilas dilatadas, rodeados de venas extrañas levantadas por el dolor de los mil pensamientos de Rosalie. Le perturbó saber esas informaciones; nunca había sido tan intenso. Con la intención de enfocarse en su compañera, le hace caso.

«Sigue así, mírame y respira mi aroma. Solo enfócate en mí, trata de ignorar el resto. ¡Sé que si me quieres, lo podrás hacer!» —exclama Eco con emoción cariñosa y euforia. Pero en el fondo, está demasiado preocupada como para darse cuenta de la gente que está estática a su alrededor.

Estática porque han visto cómo la joven de ojos verdes se ha camuflado con el ambiente. Jasper ya no la siente por su don, sino por el lazo de compañera. Pueden notar cómo la mirada de Edward se enfoca en el lugar donde previamente estaba Eco antes de camuflarse en la nada, viendo cómo, segundo a segundo, Edward también empieza a desaparecer por partes de la vista de todos, perdido en ella.

—¿Pero qué demonios está pasando? —blasfema la doctora asustada.

—Eco lo está ayudando —murmura Carlisle maravillado.

Mientras tanto, los hermosos ojos de su compañera dejan a Edward en un estado de relajación. Poco a poco, todo su alrededor no existe; no puede escuchar la mente de otra persona que no sea la de Eco. Edward siente la caricia de la tibieza de la piel de su compañera, un escalofrío de placer recorriéndole ante ese simple gesto. Se está perdiendo en los latidos llenos de armonía de su querida camaleón, su princesa.

«¿Sabes? No se lo digas a Jasper, pero ahora mismo te veo más guapo que él. Con esa paz que refleja tu rostro, la dulce expresión de que me quieres mucho hace que todo se vea tan hermoso. Te quiero, mi precioso cuervo» —piensa Eco con un tono feliz y soñador, logrando que Edward sienta una sensación de regocijo, encanto y amor.

Edward siente cómo esa presencia va invadiendo todo su cuerpo, dejándolo libre de toda presión de pensamientos ajenos, perdido en la percepción encantadora de escuchar y ver todo desde la perspectiva de Eco. La belleza del entorno, la calma y el equilibrio que siempre buscaba tener en convivencia con otros.

Sin embargo, queda extasiado y maravillado al ver la divertida personificación de sí mismo como un cuervo, mirón, chismoso y curioso. Fino, elegante pero sigiloso. Por eso, Eco lo ha apodado así.

—Es una curiosa personificación —susurra embelesado Edward.

«Si estuvieras en mi lugar de cambiaformas, ese sería el animal que desearía que cuidara mis pasos siempre, que me guiara en el camino que pudiera aventurarme, que respetara mi espacio sobrevolando el límite que trazara y, sobre todo, que nos respetáramos mutuamente como yo te respeto a ti. No me gusta que te relaciones o seas visto por otras chicas que no seas yo, pero en este ambiente en que te quedaste varado, me conformo porque no hay de otra. Deberías intentar pensar así en relación a mi entorno... Solo así podrás disfrutar de escucharme y estar conmigo» —explica Eco mientras se acerca a su compañero, rozando sus narices en un toque divertido y suave. —«No seas más gruñón, mi cuervo, porque no me gusta estar enojada contigo» —suplica con dulce ternura.

Edward la toma entre sus brazos al levantarse del sillón. La ojiverde acepta el impulso, enrollando sus piernas alrededor de la cadera del vampiro y abrazándolo por el cuello. Ambos se miran con dulce armonía, con un brillo especial en la mirada.

—Lo intentaré, princesa —responde Edward.

Y sin más, la joven de ojos verdes se siente tan feliz que se sonroja y, por consiguiente, oculta su rostro en el cuello de Edward. El tono de cariño, amor leal y puro le llega al corazón de tal manera que lo hace latir eufórico con la promesa de que ambos nunca más estarán enojados y privados de compartir tiempo en armonía.

—Te quiero mucho, cuervo —contesta emocionada Eco, mientras besa tiernamente el cuello de su compañero.

Esto provoca que Edward suelte un gruñido de placer, dejándolo perdido en esa cercanía. Queda pasmado entre las hermosas sensaciones que lo hace sentir y finalmente cae en cuenta de que ya no escucha otros pensamientos o ruidos que solo los que ellos producen.

—¿Por qué no escucho a los demás? —pregunta mientras solo puede ver el entorno con los muebles vacíos, sin los demás sentados en ellos. Es como si fueran parte del entorno.

—Porque necesitabas espacio y tranquilidad. Así es cuando me camuflo, no veo a nadie y solo disfruto de la paz y belleza del entorno. Aunque cuando estoy enojada o mal, todo tiembla y no da mucho gusto —admite Eco con una mueca en su rostro y un tono de disgusto.

—Entonces solo ignoras literalmente a todos, siendo uno con el entorno. ¿Pasando totalmente desapercibido a tus ojos y oídos? —pregunta maravillado Edward, por no poder ver nada a los demás, ni siquiera escucharlos. Eso le producía un alivio increíble, especialmente cuando disfrutaba de la cercanía de su princesa.

—Nadie nos puede escuchar tampoco. El único problema con mi don de camuflaje es que mi corazón sí se escucha y siempre sabrán encontrarme en el ambiente donde esté. Es algo que no puedo envolver en el silencio —comenta mientras despega su rostro del cuello de su compañero para mirarlo.

—Pero nosotros nunca te encontramos, aunque lo escuchemos —contesta ceñudo Edward.

—Eso es porque me muevo rápido y escapo lejos —sonríe astutamente la joven de ojos verdes y cabello castaño.

—Eres una pequeña Chapulina —niega divertido Edward, mientras con la mano izquierda sujeta el peso de ella y con la derecha acaricia delicadamente su mejilla.— También te quiero un montón. Aunque me gustaría estar así siempre, debemos volver con la doc, pequeña.

Eco hace una mueca al escuchar eso. Aunque la intervención de Edward no era directamente para ella, no le agradaba, pero entendía que era por el bien de todos, y de ella misma, pues así lo consideraba su padre.

—Tienes razón, pero creo que será mejor que me bajes —suspira, resignada a volver a la realidad.

—No quiero. Me siento mejor cuando estás cerca —responde Edward.

Eco suelta una risa divertida.

—Entonces cambiemos de lugar —acepta la intención de no separarse.— Pero atente a las consecuencias de nuestra cercanía.

—Me las apañaré.

[...]

Mientras Edward y Eco se encontraban aislados de todos, Carlisle decidió continuar con la charla. Maggie empezó a explicar todo lo que harían y cómo lo harían.

Cuando finalmente vieron a Edward entre ellos, sentado en un sillón a un lado de Maggie, con la joven de ojos verdes en su regazo, supieron que las cosas se manejarían de esa manera.

—Entonces, durante seis meses aplicaremos las sesiones. Dependiendo del avance, veremos si es necesario recurrir a la medicación o no —continúa Maggie sin pausa.

—¿Y en el caso de que las citas se extiendan y no den resultado en el entorno grupal? —pregunta Carlisle preocupado.

—Me tendré que llevar a la joven donde resido. Entiendo que puede ser difícil para ella estar mucho tiempo alejada de los suyos, pero para que la familia valore lo que tiene, a veces es necesario experimentar la pérdida —responde la doctora Maggie con seriedad.

—¡No será necesario! —sisean Jasper, Emmett y Edward. Alice muestra inseguridad y miedo ante esa idea.

—No habrá que llegar a ese extremo, doc —responde inquieto Edward.

Sin embargo, el pensamiento que menos deseaba escuchar llegó:

«Genial, tengo una forma de mantenerla alejada de nosotros por un tiempo.»

Ese pensamiento provenía de Rosalie, que no estaba nada contenta con la presencia de la joven de ojos verdes. Era extraño que no sintiera la necesidad de estar cerca de ella, como si no la necesitara. Todo en Rosalie Hale era raro en estos momentos, y Edward no podía estar más frustrado con la situación.

La presencia de Eco al lado de Edward lo tranquilizaba y relajaba, pero el pensamiento de Rosalie ponía a todos en una situación crítica si no cambiaba de opinión. Esperaba que, con el tiempo, reconsiderara sus sentimientos.

—Perfecto, esperemos que así sea. Estos meses serán cruciales para determinar si el proceso funciona o si se extenderá a largo plazo —responde Maggie, satisfecha al ver cómo se va desarrollando el lazo de compañeros.

Sin embargo, aún no comprendía completamente la actitud de Rosalie, y esperaba que sus intervenciones fueran bien recibidas.

—Muchas gracias por tu ayuda, intentaremos al máximo hacer que esto funcione, Maggie —dice Carlisle con una sonrisa calmada y optimista.

—No hay de qué, Carlisle. Por ahora, la sesión ha terminado. Pueden volver a su rutina. Quedaré con Carlisle para coordinar los tiempos de reunión para la siguiente semana —responde Maggie mientras observa cómo todos se retiran.

En especial, ve cómo Rosalie sale primero de la sala, disfrutando de la libertad que le ha concedido la doctora.

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