Capítulo 3: Estafemos a ese imbécil.
—Hey Kaname— Llamó Inuyasha a la joven que tenía cerca. La azabache se acercó tratando de no verse afectada por el repentino cambio de nombre.
Bien, podía pasarle la confusión solo porque no se presentó antes —Mi nombre es Kagome joven Taisho— informó cuando estuvo delante, sonriendo en todo momento —¿Hay algo en lo que pueda ayudarlo?
Inuyasha torció la boca. No le gustaba que lo llamaran por su apellido, molesto por la acción, volvió su visita la pantalla de su celular entonando despreocupado —Como sea, Kaname, ve a comer. Tienes una hora— le ordenó ignorando la parte de su nombre a propósito.
En ese instante Kagome sintió ganas inmensas de tomarlo por la camisa y escupirle su nombre sílaba por sílaba ¿Como sea? ¿Acaso no tenía el mínimo tacto para tratar a la gente? ¡Le acababa de decir su nombre! Con el ojo crispado se aguantó la molestia asintiendo únicamente. Se giró apretando los puños mientras inhalaba una gran cantidad de aire para calmarse.
Ella no era alguien que hubiese amado su nombre desde el primer instante ¿De acuerdo? Ella no lo había elegido en primer lugar, le tomó un tiempo apreciar realmente la intención de su madre llamándola de esa manera. Por alguna razón, esa sensación de impotencia que no experimentaba desde hace mucho se adueñó de ella. Era la misma picazón incómoda que sentía cuando los otros niños se burlaban de su nombre ¡Simplemente molesto!
Pero hubo experiencias en su larga carrera que le resultaron más estresantes y las había manejado bien. No podía dejarse vencer únicamente por el enojo momentáneo. Desgraciadamente, también necesitaba a este hombre.
—¡Jakotsu!— lo escuchó llamar por detrás de ella —Hey, tú. Dile a Jakotsu que vaya a comer también— le ordenó antes de ignorarla por completo. Una vez más el enojo quiso apoderarse de su mente mientras apretaba los dientes.
A pesar de que su verdadero carácter le impedía mantenerse callada en ocasiones, había pasado una larga temporada fingiendo ser otras cien personas. Oprimir su creciente ira también fué de alguna forma parte de su entrenamiento. Mejorar esa capacidad de encubrimiento le resultaría beneficioso. Intentó ser positiva mirando lo bueno de la situación en todo momento.
Koga que había sido arrastrado por Ayame casi literalmente a su lado, intentó darle ánimos cuando vió a la azabache pasar, diciendo en voz baja —No le hagas caso, es un idiota— Kagome sonrió a ambos, si excluía a la pelirroja del saludo tendría problemas con ella. Por el momento lo que menos necesitaba eran obstáculos innecesarios.
Sin aceptar el consuelo sólo atinó a pronunciar —Me voy a comer— luego entró a los cambiadores encontrándose con Jakotsu quien hablaba por teléfono alegremente. Le susurró que él también podría irse antes de tomar su ropa y entrar al cubículo.
Inuyasha se mantenía concentrado en su partida de Pubg aunque muy en el fondo le causara gracia la mirada indiscreta que le dedicó su empleada nueva momentos antes. Sabía que era alguien atractivo, eso lo había comprobado varias veces con diferentes mujeres y no era la primera vez que alguien lo viera tan descaradamente.
Sin embargo lo que le causaba risa era que ella pudiera pensar en tener una oportunidad con alguien como él. Era inverosímil que hasta resultaba gracioso. Tan solo bastaba con verla, ese uniforme holgado, su pelo recogido en una floja cola de caballo le indicaba cuan descuidada era con su apariencia.
—Me voy— anunció Kagome pasando delante suyo, él no le prestó atención musitando un bajo "ajá"
La chica suspirò resignada, no tenía caso seguir pensando en su comportamiento, de uno u otro modo tendría que llegar a ser su amiga, los esfuerzos que ella y su equipo pusieron en infiltrarse aquí no podían desperdiciarse por el capricho de un niño bonito o por su propio enojo.
Salió a la calle sin saber qué hacer por una hora, había pasado tanto tiempo escondida la última ocasión que ahora le resultaba tedioso el tener que salir.
Lo primero que haría sería llamar a su madre, después de todo Naomi no tenía idea de la vida criminal de su hija. Ella creía fervientemente en los viajes de recreación y por esa misma razón la dejó marchar a tan corta edad para superar la muerte de su padre.
Se plantó a lado de un teléfono público marcando los dígitos de su antigua vivienda, esperó escuchando el sonido vibrar contra su oreja un par de veces antes de que la voz de su madre la atendiera.
—¿Hola? ¿Quién habla?
—Hola mamá, soy yo Kag— anunció jugando con el cable del aparato, su cuerpo incluso se pegó más a la caja eléctrica, como si de esa manera pudiera acercarse a su madre, mentiría si dijera que no la extrañaba. —Llamé para decirte que estoy bien, he llegado a Tokyo hace un par de días
—Kagome, mi niña. Me alegra tanto que llamaras ¿Vienes ya a la casa?
Ella dudó —Este... No, no. Verás, me voy a quedar con una amiga por el momento, lo que pasa es que con el embarazo de Moe no creo que sea prudente llegar— respondió mintiendo. Jamás podrían volver a casa aunque quisiera.
—Pero si hay mucho espacio en la casa, no puedes dejar de ver a tu sobrino. Sota ha dicho que serías la mejor tía si estuvieras aquí
Ella se mordió el labio inferior para ahogar una risita ¿O una lágrima? Volvió a abrir la boca intentado sonar lo más segura posible —Eso tenlo por seguro mamá— suspiró —Pero aún sigo creyendo que no es momento de volver, por eso solo quería avisar. Tal vez de nuevo me vaya.
—Entiendo hija ¿Necesitas dinero?
—No— se apresuró a decir —El negocio de pasteles va bien, por eso no te preocupes ¿De acuerdo? Me tengo que ir. Te amo mamá
—Y yo a tí hija. Ojalá puedas venir a conocer al nuevo integrante de la familia pronto
—Eso espero mamá. Cuidate, dale un saludo a Sota y a mi cuñada ¿Está bien? Adiós— Con eso último regresó el tubo a su lugar, como si hubiera terminado una gran batalla interna. Se alejó del aparato guiando sus pasos por la calle, buscó entre los locales algún lugar donde pudiera comer algo ligero, su estómago se había encogido después de escuchar la jovial voz de Naomi. El nudo en su garganta se empeñaba en hacerla llorar y no sabía si era porque pronto se tendría que ir para no volver jamás o simplemente había pasado demasiado tiempo sin oírla. Cualquiera que fuera el caso, reprimió las lágrimas en su interior.
Paseó encontrando un restaurante familiar, el menú lucía bastante agradable eligiendo un emparedado rápidamente. Observando a la gente fijó su vista en la ventana con nostalgia. Recordando el rostro de alguien que intentaba por todos los medios no olvidar, reafirmando su voluntad.
Su celular vibró sobre la mesa regresandola a la realidad. Levantó el apartado desbloqueando su pantalla, entró a la mensajería encontrándose el siguiente texto:
He encontrado nueva información de Kohaku, pero necesito viajar un par de días. Nos vemos hasta entonces, buena suerte de tu lado.
Kagome volvió a bloquear el aparato regresando la vista a la calle. Ya habían pasado cuatro años desde que desfalcó la segunda "casa de subastas" Ese lugar fué tal vez el sitio donde perdió la gran parte de su sensibilidad tras enterarse del trasfondo oscuro entre sus miembros. Cuando tenía veinticuatro, conoció a una joven mayor que ella por tres años, de nombre Sango. Quien se paseaba por las calles aledañas al edificio en cuestión, entregando panfletos con el rostro de su hermano menor desaparecido. Era justamente la remitente del mensaje.
Al verla en ese entonces tan afligida, no dudó en apoyarla, aunque fuese repartiendo volantes. Sin embargo, Sango, se estaba cansando de no tener resultados y no poder pagar el investigador por la falta de dinero.
En aquel entonces, mayor era acosada por un tipo de la alta sociedad, que insistía en convertirla en su compañia siempre que la veía, hubo un par de veces en las que Kagome lo llegó a ver prometiendo castillos sobre las nubes, sin embargo, Sango jamás accedió a su petición por mucho que le ofreciera una vida entre comillas, mejor.
Lo de ellas podría llamarse destino, tal vez.
Kagome había estado vigilando la casa de subastas donde ese hombre era miembro. Así que arriesgándose a exponer su verdadero motivo para merodear la zona, le contó a Sango su plan. Una tenía los medios para realizar el atraco mientras otra podía ser el infiltrado perfecto.
—Estafemos a ese imbécil— Le respondió la otra entonces.
Con entrenamiento duro por algunos meses, pudieron llevar a la bancarrota aquel lugar donde se subastaban entre supuestos objetos arqueológicos y arte contemporáneo, órganos humanos de forma clandestina. Por supuesto desmantelaron la organización ante las autoridades para que no pudieran perseguirlas. Afortunadamente no hubo ninguna pista de que su hermano hubiera sido desaparecido por esas personas, aliviando en gran medida el miedo de su nueva secuaz.
Pero Kagome no era Robin Hood, no repartió ningún dinero obtenido a la caridad o el altruismo. Ella también era egoísta, pero no tan desalmada como para usar el dinero del tráfico de órganos. Únicamente tomaron los millones por la venta de varias vasijas antiguas, lo demás fué abandonado para investigación antes de desaparecer como aire.
Su comida llegó a la mesa cortando los recuerdos, sin dejarla pensar más allá del queso fundido sobre su pan tostado. Enterrando esas memorias en el baúl con candado que era su corazón, disfrutó cada bocado sin darse cuenta de la hora.
Por inercia revisó el móvil notando que tan solo tenía cinco minutos para volver, pagó a la velocidad del rayo y salió disparada tratando de evadir toda la concurrencia de personas abarrotadas en la acera, giró a la izquierda en un derrapón llegando justo a tiempo.
Su respiración se volvió dificultosa debido al agotamiento, trató de calmarse antes de entrar. Sin embargo su respiración pasó a siguiente plano en cuanto vió a través del cristal, para su sorpresa la señora Izayoi se encontraba en lugar de su hijo. Inconsciente mordió su labio con frustración.
Ingresó revisando que nada se le cayera en la carrera para luego anunciarse —Ya volví— dijo pasando frente a la mujer con una sonrisa fingida.
—Gracias linda ¿Podrías decirle a Koga y Ayame que es su turno? Por favor— la menor asintió sin poder dar crédito a que una mujer tan encantadora como ella, sea madre del poco considerado joven Taisho.
Luego, como si se hubiera dado cuenta de algo, su expresión cambió a la de absoluto auto reproche —Si señora— accedió merodeando en busca del muchacho sin exito.
En su prisa por verse profesional, olvidó por completo el hecho de que Inuyasha odiaba el apellido Taisho.
Se regañó por olvidarse de un detalle ta crucial en el primer día donde lo veía. Llamarlo de esa manera fué como cavar su propia tumba.
Continuó sus pasos hasta el vestidor donde ya se encontraba Ayame cambiada —La señora Izayoi dice que pueden ir a comer, Koga y tú— anunció poniendo sus cosas en el locker nueve, su semblante sombrío incluso le causó curiosidad a la pelirroja, sin embargo no preguntó nada tampoco.
—Está bien, gracias por avisar— la otra se acomodó el pelo luego remarcando su labial durazno —Nos vemos más tarde.
La azabache asintió antes de meterse en el cambiador dando suspiros de enojo, no podía fallar tan ridículamente. Si tuviera que seducirlo sería mucho más fácil porque no habría mucho que hacer, más allá de abrirle las puertas de par en par, pero el hombre estaba en una relación ahora, no tenía un tabú con los hombres comprometidos cuando se trataba de obtener un beneficio mayor o algo parecido, sin embargo, Inuyasha era un trampolín a lo sumo, no era el objetivo final. No estaba en sus planes destruir su vida o sus relaciones. Por eso únicamente intentaba llevarse bien con él, para pedirle por favor lo que necesitaba una vez fueran cercanos.
¿Quién sabría cómo lo arruinaría en el primer intento?
El resto del día fué normal, atender a las clientas, acomodar los estantes y recibir lecciones por parte de los demás. De esa manera terminó la jornada.
—Gracias por su arduo trabajo chicos, nos vemos mañana— felicitó Izayoi antes de ingresar a su auto.
De Inuyasha, no se supo más.
Continuará...
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