Capítulo 24: El desesperado amor paternal.
Siempre fué un niño alegre, estudioso y amigable. Sus tardes se las pasaba correteando en el patio delante de su edificio, pues sus amigos más cercanos también vivían ahí; todo lo que lo rodeaba parecía brillante, lleno de un resplandor inextinguible.
A pesar de que su madre se había marchado cuando él llegó al mundo, sus tutores nunca permitieron que le faltara nada. Ni material, ni sentimental. La familia Watanabe del departamento 14-H era un trío de peculiares hombres, siempre llamando la vista de la gente en la acera.
—¡Ya volví!
—Bienvenido a casa, Miroku.
—Abuelo —un entusiasta jovencito de cabellera rebelde se acercó al hombre mayor para saludarlo. Desde que tenía uso de razón, su casa, su familia siempre se conformó por dos hombres cuidando de él. Su abuelo y su padre.
—Ve a cambiarte de ropa y lavar tus manos. La comida está casi lista.
—¿Qué comemos hoy? —cuestionó de vuelta, asomando su cara por la encimera de la cocina.
—Camarones tempura —respondió su abuelo, intentando alejarlo para que el aceite no cayera en las manos o rostro del niño.
El infante no tardó en saltar de emoción, abandonó su portafolio en la sala antes de salir corriendo hacia los dormitorios. Con rapidez se apresuró a terminar para volver hasta la cocina, ayudando a poner la mesa con gran entusiasmo. El abuelo sonrió observando a su único nieto saltar como una pulga alrededor de las sillas con los salvamanteles en mano.
Cuanto todo estuvo casi terminado, la puerta de entrada volvió a abrirse, anunciando la llegada de su padre. Miroku lo saludó respetuosamente, ayudando con el maletín que cargaba.
—Bienvenido a casa hijo —saludó el mayor, depositando el plato de tempura junto el resto de ollas al centro de la mesa.
El lugar era un departamento modesto, se encontraba en un vecindario calmo en la zona menos conglomerada de Tokio. Los complejos habían sido construidos recientemente, por lo que al jubilarse el abuelo de Miroku, decidieron alejarse lo poco que pudieran, del bullicio en la ciudad.
Estaba cerca de todo lo necesario para ellos. Además, tenía un lindo parque a la vuelta de la esquina, al que solían ir para disfrutar en los días de asueto. La vida de esta familia lo tenía todo.
—¿Cómo estuvo la universidad? —cuestionó el mayor de los tres entretanto servía los tazones de arroz. El padre de Miroku volvió a la cocina tras cambiarse de ropa, ayudándole al mayor para servir las guarniciones.
—Estámos en la época pesada. Calificar los proyectos de los alumnos llevará semanas —dijo sistemáticamente. A pesar de las carentes expresiones de los mayores, la atmósfera no se sentía incómoda en absoluto— ¿Todo bien en la escuela, hijo?
El chiquillo detuvo su tarea con los vasos de zumo, enfocando toda su atención en su progenitor—. Todo está bien. Esta tarde me tocó regar las plantas y por eso vine un poco más tarde.
—Espero que no te hayas saltado ninguna maceta —bromearon a su izquierda, lo que desató una constante negativa con la cabecita del niño—. Es bueno saberlo. Cuando termine el curso, deberíamos ir de vacaciones ¿De acuerdo?
Tras sus palabras, Miroku se vio dichoso el resto del día. Al terminar de comer, su abuelo descongeló el postre, indicándole llevar una porción a su vecino. El hombre en cuestión, era un viejo conocido de la familia que se encontraron por casualidad al mudarse en este edificio. También fue maestro en la misma preparatoria que el abuelo del infante. Con una predisposición solitaria, aunque no se negaba a recibir las visitas de la familia Watanabe.
Miroku vivía de forma feliz, hasta que una constructora y un ministro de Estado cerca de la jubilación, destruyeron literalmente su vida. Los edificios en los que vivieron no estaban creados para resistir los temblores como estipulaba la ley de construcción del país, además se hicieron con materiales supuestamente ecológicos pero que no habían sido aprobados para comercialización, aunque eso lo supo más adelante, todavía podía cerrar los ojos y recordar con claridad aquel día. Gracias a la negligencia, las endebles paredes cedieron como un jenga con la menor sacudida. Sus cimientos se quebraron comenzando a derrumbar todo lo que sostenían. Un total de cuatro complejos sucumbieron desatando una masacre.
Era demasiado temprano para que todas las familias estuvieran fuera de casa, incluidos los Watanabe, que se encontraban alistándose cuando las paredes mostraron signos de agrietamiento. Cualquiera hubiera creído que la estructura resistiría lo suficiente para que todos salieran. Una suposición desafortunada.
La gente comenzó a salir del edificio, algunas desatando el pánico colectivo hasta que se vieron corriendo por sus vidas. Desafortunadamente, el padre de Miroku no alcanzó a salir en medio de todo el caos. Ellos vivían en el último piso, fueron los últimos en abandonar la instalación; lo último que sintió Miroku de su progenitor, fue un empujón que lo salvó de ser aplastado por una plancha de concreto. Desgraciadamente, su pequeña mano no tuvo tanta suerte y terminó perdiendo dos de sus dedos mientras intentaba aferrarse a su padre.
Su abuelo apenas pudo separarlo de los escombros antes de ser enterrados ellos mismos. El polvo se elevaba a su alrededor dificultando su respirar, volviendo mucho más latente su desesperación y ansiedad. Él quería volver, pero en el momento que se escapó de su abuelo debilitado, el vecino corrió para traerlo de vuelta. El hombre que respondía a Mushin sacó a ambos de la nube espesa de polvo sin que lo pudiera evitar.
Todo lo que conocía se esfumó en el lapso de minutos, minutos que le parecieron eternos e interminables. Minutos que jamás dejaría de reprocharse toda la vida. Porque si hubiera sido un poco más obediente, si ese día hubiera estado fuera de la cama temprano o si se hubiera marchado con su abuelo cuando ya no existía esperanza para su padre, tal vez, él tampoco se habría ido sin oportunidad de verlo una última vez.
El abuelo de Miroku tuvo dificultades respiratorias a causa de todo ese polvo ingresando en su sistema. Debido a su avanzada edad desencadenó una serie de complicaciones imparables, igual que una secuencia de dominós en fila cuando el primero se derriba. Incluso el niño tuvo que lidiar con su nuevo estilo de vida sin dos dígitos en su mano derecha. Dejándolo una larga temporada en convalecencia e imposibilitando las visitas a su abuelo.
Con el paso de los días, quien quedó a su cargo fue el amigo de la familia Watanabe. Mushin asumió su custodia después del deceso de su abuelo, como un favor personal, aunque al crecer, Miroku se dio cuenta de que el hombre cargaba una culpa tan grande como la propia. Se acostumbró de forma lenta a su nueva vida y con ayuda de numerosas terapias salió adelante, agradeciendo tener a alguien con quien contar. Prometiendo, en memoria de sus seres queridos, que sería un magnífico profesor como ellos.
Hasta que, una noche, descubrió la causa de culpa en el mayor a su cargo. Era un agente de la Organización donde posteriormente se afilió. Él supo que era peligroso habitar esos edificios, desatando el resentimiento del joven cuando se enteró de ello.
—Miroku es un buen chico. Está por terminar la preparatoria y quiere ir a la Universidad en Osaka. Por eso me gustaría pedir un cambio de sede lo antes posible. —Habló Mushin contra el teléfono. Se sostenía la frente como si intentara frenar una ataque de migraña con eso. Luego continuó diciendo—. Quiero que él tenga una vida normal. Después de todo, se lo debemos. —Parecía que el otro se encontraba intransigente sobre lo que estuvieran hablando. Delatado por un suspiro de frustración, Mushin se atrevió a elevar el tono de voz—. Sabe que no pude llegar a tiempo ese día, sabe que debía decirles lo peligroso que era habitar esos edificios y aunque jamás contemplamos que todos los complejos se derrumbarian, al final también pude evitar la catástrofe en la vida del muchacho. Así que por favor, no lo intente reclutar. Señor, Se... —La comunicación se terminó, llenándolo de frustración. Abandonó el apartado solo para girarse hacia la entrada, donde Miroku lo observaba lleno de incredulidad—. Tú... Desde cuando...
—Lo sabía. —Le cortó. Sus pupilas violeta bailaban llenas de conmoción— ¿Usted sabía que vivir ahí era peligroso?
—No, espera Miroku. Todo tiene una explicación. Yo...
—¿Por qué nunca nos lo dijo? ¿Por qué se quedó callado si lo sabía? ¡¿Por qué?!
Los orbes violeta enfocaron de nuevo hacia la pantalla. Esta vez con una leve capa de agua sobre sus retinas, provocando que su visión fuera mala incluso si intentaba distinguir las formas delante suyo. Con rapidez pestañeó un poco, provocando que una solitaria lágrima descendiera a lo largo de su rostro, hasta encontrar caída en la punta de su barbilla. Se enjuagó los ojos con el dorso de la mano, sin permitirle a otra gota salir.
Cada vez que tenía esos recuerdos, su cuerpo activaba el piloto automático, a veces permitiendo que sus ojos se llenaran de tristeza.
Aspiró hondo, la repentina falta de control lo hizo chascar la lengua; volvió a ponerse las gafas mientras retomaba el suficiente valor para continuar su trabajo. Un poco más repuesto, abrió la carpeta de archivos dispuesto a enfrentar cualquier información proporcionada. Extrañamente, lo que halló no era lo que quería, era algo mucho peor.
-
Sango terminó de leer los papeles de adquisiciones que Kuwashima había puesto en sus manos. Debía entender toda la situación de forma perfecta, pues la familia realizó una propuesta de patrocinio a las causas ecológicas para que diferentes organizaciones postularan, en las que figuraba Green Valley, una entidad no lucrativa que buscaba la protección de áreas verdes en todo el país. Claro que esta la había iniciado Muso Sata, el padre de Naraku y Onigumo. Tras su muerte, era obvio que sus dos hijos heredarían todas las empresas consolidadas de su emporio, sin embargo, el cambio de titular reciente fue demasiado inesperado.
No era solo una repartición de bienes, la situación parecía un arrebato por parte del menor; ella esperaba encontrarse con el ahora titular de la beneficencia. Con algún hilo del cual tirar, estaban seguros de encontrar los motivos por los cuales Naraku renunciaba a las empresas con tanta urgencia. A diferencia de Onigumo, el primero no era estúpido y solía escabullirse en la primera oportunidad si percibía peligro. Si no hubieran estado siguiendo sus pasos de la forma más sigilosa posible, hace mucho que habrían perdido su pista.
Pero la situación se volvió critica cuando el hombre empezó a planear una candidatura para la DIETA. Bajo ningún concepto permitirían que allanara camino en la legislación. Su mente putrida no podía ser parte de una Cámara tan vital en el país.
Cerró otra carpeta de especificaciones de manera tenue, luego tomó un bolígrafo de la base en su escritorio, practicando la firma de Sarah. Al poco tiempo, una ama de llaves tocó las puertas del estudio con delicadeza, era la única empleada que tenía acceso a esta zona de la casa, desde siempre. Por lo que no se molestó en ocultar lo que hacía—. Adelante —autorizó.
Seguido de su contestación, la madera fue empujada hacia adentro, revelando a una mujer mayor; cuyo cabello tenía un leve mechón grisáceo en el elegante moño tras su nuca, su atuendo de traje sastre no combinaba con la charola de emparedados en sus manos—. Señorita, es tarde. —Intentó recordarle. Su voz no cargaba el mismo cariño con el que se dirigía a la verdadera Sarah, pero llevaba un aire de respeto irrefutable. Ella había sido la institutriz de la heredera Kuwashima, por lo tanto, le conocía hasta en las mínimas manías de las que no era consciente.
Esta institutriz sería la misma que le dió adiestramiento a Sango, para adoptar la verdadera naturaleza de la joven señorita. Al principio se encontraba asombrada por el parecido entre ellas pero no comprendía sus intenciones al pedirle asesoría, luego, cuando entendió los propósitos de su estimada protegida, no dudó en apoyar a esta joven.
—Señora Nobara. —Sango se levantó de la silla para sujetar la charola ella misma. Aunque estando en esta casa todos los sirvientes la trataron como la verdadera Sarah al no saber su verdadera identidad, ella era diferente, un miembro de la familia Kuwashima aunque la misma mujer no quisiera reconocerlo. Su importancia en el núcleo de este lugar fue demasiada, no se atrevía a tratarla como una empleada. Además, le debía mucho por las clases personales de comportamiento.
—Pensé que podría tener hambre.
—No se hubiera molestado. No era necesario.
—No se haga problemas señorita. Está trabajando duro. Así que al menos tenga una merienda y vaya temprano a dormir.
Las palabras de la mayor estaban destinadas a la verdadera Sango. No lo expresaba abiertamente, pero de alguna manera tenía un pequeño conflicto al encarnar a la sucesora Kuwashima. De alguna manera sentía que a veces Sango dejaba de existir y eso no era bueno. No porque ambicionara el poder de esta familia. Sino por el hecho de enterrar todo lo que era de verdad. Aunque se apresurada a recordar la importancia de esto. La dureza de sus entrenamientos y la pequeña esperanza a la cual se aferraba día con día. Encontrar a su hermano perdido, a su única familia, era su mejor incentivo.
Además, también quería compartir con Miroku las dificultades de su propio rencor. Quería estar para él, ayudarlo a dar justicia a su familia—. Gracias señora Nobara. Haré bien mi trabajo. —La mayor sonrió de vuelta, le recordó descansar temprano nuevamente, retirándose al instante.
Eran pasadas las cero horas, Kagome e Inuyasha acompañaron a los amigos de él hacia el estacionamiento para despedirse. Tras abandonar Shikon, las intenciones del albino eran dispersarse al salir, como mucho, su asistencia había sido una mera demostración. Sobretodo para ayudar a su amigo—. Espero que no te haga la vida imposible a partir de ahora, nerd.
Hojo sonrió de forma relajada, en realidad, Inuyasha había aparecido solo por su bien, lo sabía de sobra—. Descuida, dudo mucho que Hiten vaya a causar problemas. Que se haya unido a la firma de mi familia no significa nada. Todavía tenemos la mayoría de acciones en nuestro poder.
—Eso espero. Si vuelve a organizar una reunión así. Tienes que dejarme saber.
—¿Y que me acusen de nepotismo? Por supuesto —bromeó. Hace mucho que no tenían una convivencia tan prolongada. No era un secreto que el albino se alejara de ellos a veces, precisamente para evitarles problemas. Por eso entendía su posición ante esto. Le agradeció de forma amistosa otra vez, despidiéndose de él. Su novia también le agradeció por el apoyo e incluso intercambió números con Kagome al encontrarla agradable.
—Espero que pronto podamos ir por un café, Kagome.
—Cuenta con ello Yui. Fue un placer conocerlos.
Amari observó a todos, en un extraño momento de silencio. Había estado pensativo desde que se enteró de la verdadera relación entre la azabache y su amigo Taisho. No entendía como ambos parecían perfectamente un noviazgo longevo cuando solo se acostaban. Claro que no tuvo la audacia de cuestionar a Inuyasha, después de todo eran adultos, nadie debía explicaciones a nadie, pero en su punto de vista, era un desperdicio que ellos no quisieran una relación seria cuando parecían estar hechos el uno para el otro.
—¿Te llevo a tu casa? —preguntó Hojo a Nobunaga.
El castaño asintió de forma enérgica, había bebido algunos tragos y no era prudente conducir así. Sin embargo, al final no se pudo resistir a dejarle sus sabios consejos al albino—. Amigo, no hace daño que lo intentes. Higurashi es una chica estupenda. Solo llevo unas horas de conocerla y me parece que podrían incluso tener una casa con jardín ¿Te imaginas?
El aludido empujó el rostro de su amigo para que dejara de asomarse por la ventanilla del auto, desafortunadamente, todavía puso suficiente resistencia para gritar a la azabache—. Hey, Kagome, cuida de nuestro Inuyasha. Te lo encargo.
Ella se rio por el espectáculo, asintiendo—. Descuida. Está en buenas manos.
—¡Excelente! Hojo, vámonos. Estamos de mal tercio.
El grupo liberó una risa, contrario a Inuyasha, quien sentía las mejillas cada vez más calientes. Intentando disimular se despidió del trío otra vez, dejándolos irse al fin. Luego se tomó un par de segundos para enfrentarse a la chica en espera— ¿Nos vamos? —cuestionó dándose la vuelta.
La de ojos marrón asintió sujetándose de su brazo. No había tenido otra alternativa que venir a convivir con los amigos de Inuyasha gracias a los ruegos de Nobunaga, se convenció de que era únicamente parte de su farsa como novios terminando de aceptar de esa forma. Inesperadamente, el albino reveló la verdad detrás de ellos. Quizá fue demasiado abrupto para ella, al grado de no controlar su visaje entonces.
Sin embargo, los otros no cuestionaron nada, la trataron bien sin reprochar o intentar indagar. Dándole un buen panorama de porqué Inuyasha los mantenía como amigos.
—Así que viniste como un príncipe a rescatar a una damisela en apuros —bromeó dando pasos lentos hacia el coche de él.
Inuyasha dejó escapar una risa suave antes de entonar—. No diría que es una damisela en apuros. Hojo es autosuficiente para defenderse. Solo que a él nunca le han gustado los conflictos.
—¿Entonces te usó como guardián?
—Ni siquiera me dijo a mi sobre venir a esta reunión. Amari fue el de la idea. —Se sinceró. Siendo justos, el dúo había concretado asistir porque Hojo no tenía de otra. Conociendo a Hiten y todo el séquito suyo, no iban a dejar que el otro tuviera un momento tranquilo en toda la noche—. Su padre seguramente lo obligó a venir ahora que la firma de abogados Fushima adquirió algunas acciones del bufet Hibari.
Kagome no tuvo que escuchar más para entender el cuadro completo. Sintiéndose extrañamente conmovida por la fidelidad entre este grupo de amigos. Inuyasha, sobre todo, parecía cómodo con ellos, sin todas las púas que acompañaban al reticente Taisho con el resto de gente. Además parecía realmente apreciar la sinceridad entre ellos, la confianza.
¿De qué otra manera les diría que solo dormían juntos tan casualmente?
Menos tensa por no tener que hacer mucho teatro con los amigos de Inuyasha, sonrió involuntaria, le cayeron bien.
Él observó la curvatura de sus labios sin disimulo. Ese simple gesto había parecido bastante lindo. Su profesión le exigía también estudiar los comportamientos físicos de la gente para determinar fallos de congruencia en los argumentos, ya fueran de testigos o acusados. Asumiendo que esta sonrisa era auténtica, libre de juegos.
La joven sintió la mirada de él, cada vez más pesada. Levantó los ojos solo para encontrarse con una expresión insondable gracias a las sombras de su rostro, producidas entre las luces del alumbrado público. El enigma emanado de esas lentillas la dejó en un trance momentáneo, preguntándose que otras cosas sorprendentes escondía el verdadero Inuyasha Taisho.
Un hormigueo la recorrió por todo el cuerpo, obligándola a preguntar— ¿Nos vamos a tu alojamiento? —No hubo necesidad de más palabras antes de que la subyugación llegara.
Una vez en el departamento, ambos se enredaron en un intercambio de besos insaciables. Una respuesta natural de sus cuerpos ardiendo por atención. El vestido que le había gustado terminó contra una esquina de la alcoba, similar a las prendas del albino.
Sus caricias llevaron su trazo desprovisto de pudor al siguiente nivel, donde las impelidas de Inuyasha alcanzaban el punto de placer exacto en ella. Donde la embriaguez del perfume nadir la hizo olvidarse del mundo.
Ignorando incluso las llamadas de Miroku.
Continuará...
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