Capítulo 16. Blanco y negro

- ¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué hasta aquí?

Uryan depositó el alma de Speranwa dentro de su nave y, de la misma, apareció una pantalla donde se vislumbraba a un ser etéreo, casi de la misma consistencia que los nativos de las estrellas.

- Speranwa, soy yo, Uryan. Acabas de abandonar tu cuerpo material y logramos capturar tu esencia antes de que te situaras en otro mundo.

- ¿Y cómo lograron hallarme?

- Uryan y yo unimos nuestras fuerzas para proyectarnos- intervino Mijail- durante tu ausencia, nos encontramos con Kienya y Sharman que te buscaban a ti y a Solestelar. Estoy seguro de que quieres hablar con ellas.

Uryan les mostró la pantalla a Kienya y Sharman. Ambas se quedaron mudas del asombro. Tantos años la buscaron y, al final, no sabían cómo reaccionar.

- Han crecido- murmuró Speranwa, nostálgica- desearía darles un abrazo... perdón por haberlas dejado.

- Lo hiciste por nuestro bien- dijo Sharman- luego escuchamos sobre Solestelar y creímos que, si la hallábamos, nos convertiríamos en seres energéticos puros y volveríamos a estar juntas otra vez.

- Conocí a Solestelar en su estado "material"

Todos miraron fijamente a la pantalla, a la espera de que Speranwa les explicara cómo se encontraba Solestelar. Si era feliz, si recordaba algo de su vida pasada.

- Ella lo olvidó todo- continuó Speranwa- y yo también. Después de abandonar ese cuerpo, recuperé la memoria y ahora estoy aquí, con ustedes. Por suerte, Solestelar creció como una niña sana y fuerte. Aunque perdió la memoria, su esencia es la misma. Yo, en cambio, nací como una niña enfermiza y no resistí mucho tiempo. Al menos, disfruté el poco tiempo que estuve con Solestelar y que, una vez más, me ofreció su amistad.

Una ráfaga de fuego casi atravesó a Uryan, que fue protegido por Mijail y logró bloquearlo gracias a un escudo de energía comprimida. Uryan, de la sorpresa, soltó su nave y casi cayó al suelo. Por suerte, Kienya logró sujetar la nave y cuidar de que el contenedor del alma de Speranwa no se destruyera.

Quien lanzó dicho ataque fue Mefiseles, quien escuchó la conversación. Mijail y Mefiseles se fulminaron con la mirada. De las manos de Mefiseles salieron unas ráfagas de fuego, todas bloqueadas por el potente escudo de Mijail.

- Uryan, vete con las chicas y enciérrense en mi nave- le pidió Mijail a su hermano- este "negativo" no debe encontrar a Solestelar.

Uryan, Kienya y Sharman obedecieron. Se llevaron consigo a Speranwa y se encerraron en la nave de Mijail.

Desde la nave, presenciaron la batalla. En realidad, Uryan nunca había visto a su hermano pelear. Le dijeron que era muy habilidoso y que, incluso, él solo logró derrotar a un ejército de energéticos rebeldes que querían conquistar todos los mundos existentes del universo.

- Entregame a esa esencia. ¡Ahora!- le exigió Mefiseles a Mijail, sin dejar de atacarlo.

- ¡Nunca! ¡Vete de aquí!- gritó Mijail, esta vez, haciendo rebotar los ataques de Mefíseles para que se lastimara en las partes materiales.

Mefiseles cayó al suelo. Sus brazos estaban llenos de quemaduras. Pero aún podía seguir luchando.

- Quiero a Solestelar. Deseo a Solestelar. Y tú no te interpondrás en mi camino- bramó Mefiseles, lanzando un potente ataque de energía oscura que logró romper el escudo de Mijail.

Mijail cayó al suelo por el impacto. Luego, se dio cuenta de que se estaba desvaneciendo lentamente. El "choque de energías" logró contrarrestrar la consistencia de su cuerpo. Uryan, al ver lo que le pasó a su hermano, salió de la nave y lanzó un potente ataque de luz blanca a Mefiseles. El negativo cayó al suelo y, de su pecho, salió abundante líquido rojizo a quienes los materiales llamaban "sangre".

- ¡No tocarás a Mijail!- le advirtió Uryan, con una voz potente- ¡Ni te acercarás a Solestelar! ¡Nunca lo permitiré!

La tierra se abrió por debajo de Mefiseles y él cayó en el pozo. Uryan estuvo a punto de atraparlo, pero el agujero se cerró, haciendo que Mefiseles desapareciera por completo.

- ¡Rayos! ¿Cómo logró escapar?- dijo Uryan, golpeando el suelo con rabia.

Kienya y Sharman salieron de la nave y se acercaron a Mijail. Ambas deseaban ayudarlo a recuperar su consistencia. Uryan se acercó a Mijail y estuvo a punto de prestarle parte de su energía, cuando Mijail lo detuvo.

- Déjalo así. Después de todo, ya he vivido lo suficiente en este mundo.

- ¡Por favor! ¡No me dejes!- le pidió Uryan, mientras lloraba.

Mijail se iba desvaneciendo, tal como pasó con Solestelar y Speranwa. Kienya y Sharman también empezaron a llorar. En el fondo sabían que, si Mijail no las hubiese socorrido aquella vez, él podía haber derrotado a Mefiseles fácilmente.

- Encarnaré en un mundo material- anunció Mijail- no lloren. Estoy seguro que todos residiremos en el mismo mundo y estaremos juntos otra vez. Me haré amigo de Solestelar y la protegeré de seres negativos malintensionados como Mefíseles... o Balzú... o incluso Meymi. Algo me dice que, muy pronto, ella también se manifestará. Uryan, encárgate de buscar un sitio digno donde Speranwa pueda residir. Que esté junto a Solestelar. En mi nave están todas las indicaciones. ¡Ah! Y cuida de Kienya y Sharman. Perdón por todo lo que les hice sufrir, chicas. Solo espero que logren su objetivo sin necesidad de Solestelar. Estoy seguro de que harán realidad sus sueños.

Luego de esas palabras, desapareció por completo.

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Lucero se despertó en medio de la noche. Soñó con Carlos, que la esperaba en un corredor oscuro y frío con una sonrisa retorcida. Pero no estaba solo. Otros más estaban detrás de él, todos con rostros indefinidos por la oscuridad. Lucero intentó huir, pero sus pies se volvieron pesados y los brazos de Carlos se extendieron, como si fuesen de goma, y la atraparon. Así terminó su sueño. Aún sentía esos horribles brazos alrededor de su cuerpo.

Fue a la cocina a tomar agua. Poco a poco, se fue calmando, aunque ya no tenía deseos de dormir. Abrió la ventana y sintió el aire fresco en su cara. Era una oscura y melancólica.

Sin cerrarla ventana, volvió a la cocina, abrió la heladera y encontró unos bocaditos que le habían sobrado de la cena del día anterior. Aún estaban en buen estado, por lo que no quiso tirarlos a la basura. Los comió lentamente, sin importar que ese hábito la haría subir de peso. Solo quería concentrarse en algo, olvidarse de la pesadilla, de Carlos, de los problemas del colegio... de todo aquello que le hiciese mal.

Pasaron las horas y ella siguió frente a la ventana abierta, viendo cómo el cielo se iba aclarando lentamente. Por alguna razón, sintió que deseaba estar con alguien para vislumbrar el amanecer, símbolo de un nuevo comienzo, de una nueva vida. Su madre le había dicho que todas las personas tienen su ángel de la guarda y, aquella noche, Lucero se imaginó que el suyo estaba a su lado, dándole ánimos y protegiéndola de todos los peligros que dañarían su cuerpo y su alma.

El sol se asomó por detrás de las casas y los edificios de la ciudad. Lucero se quedó ahí, sintiendo que no era la primera vez que se despertaba a mitad de la noche para presenciar la salida del sol. Otra vez sintió que unos brazos invisibles la rodeaban, pero ya no eran los brazos monstruosos de Carlos. El abrazo era cálido, con intensiones de protegerla y de darle paz en su corazón. En su mente, Lucero vislumbró a un grupo de personas, todas sonriéndole amistosamente. Les conocía, pero no se acordaba de dónde. Aún así, deseó estar con ellos porque sabía que eran personas amigables, que nunca la harían daño.

Una vez que el sol salió por completo, la ilusión se rompió. Lucero otra vez volvió a estar ahí, en su departamento, con los ojos hinchados por no poder dormir.

Aún faltaban tres horas para el inicio de las clases. Lucero intentó dormir un poco, pero no pudo. Al final, se dio una ducha bien fría para despertarse por completo. Luego de vestirse todo, revisó los cuadernos de sus alumnos y encontró el de Manuel, donde halló una nota suelta que decía: "El blanco y el negro son opuestos".

Por la letra, dedujo que Manuel copió alguna frase que le llamó la atención de algún libro. Volvió a poner la nota dentro del cuaderno y se preparó para salir, en esperar de ver a Manuel y ayudarlo, una vez más, a que pudiera integrarse con sus compañeros de clase. 


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