CAPITULO 4

CAMILO
La irregularidad de la construcción de esta torre por troncos, me facilita rápido la subida.
Y para mi sorpresa una vez en su base alta y pese a sus pocos metros de altura.
Se puede tener, casi una totalidad de los 360 grados perímetro visual de toda esta población y distancia más allá de lo que la rodea.
Notando como los pocos pobladores.
Muchas mujeres y ancianos, empujan como pueden o cargan entre sus brazos a los niños para guarecerse en las precarias y raídas casas.
Otros y con en el caos nervioso que de a poco se va desatando, intentan en una extensión ocultar el poco ganado caprino en los precarios corrales, mientras se puede escuchar los gritos sobre esto y metros abajo, del Capitán Borges a nuestros hombres tomando posiciones como a la monja con la gallina en sus brazos y resto auxiliar médico de la campaña.
- Debe bajar. - Llego hasta ella, importándome mierda el escozor que siento como presión de mi brazo herido por el esfuerzo de subir.
- No, otra vez... - Me corta la voz de la doctora.
Y sé, que no responde a mi mando.
Porque, su mirada fija en el paraje que nos rodea y esa pequeña línea fina en sus labios por estar apretados de forma tensa, me lo dice.
¿No, otra vez?
¿No es la primera vez?
Su vista nunca abandona el frente y yo la sigo, bajo la suave brisa tropical que del alto se siente y nos abraza con su calor.
Una que, más allá de nuestra distancia y pese a la confusión de abajo como en esta diminuta población.
En este bioma con paisajes y porciones de sabana, pero también selvas tropicales.
Un mar verde de longitud vemos en su quietud, pero solo movida y en su balanceo por dicha brisa.
Silencio y a la vez movimiento, propio de la naturaleza africana.
Hasta que, cuando esta misma avisa y da alarma de la irregularidad por una bandada de pájaros que desde sus copas.
Docenas de aves con su especie.
Vuelan y salen despavoridos, alertando que sobre esa calma, que algo en masa viene en camino.
O alguien.
Que, con el aleteo y vuelo estrepitoso de ellas sobre el aire, abajo van apareciendo y en cadena.
Con manejo brusco, pero denotando maestría en el camino sinuoso entre la vegetación.
Tres Jeeps del color de la misma arena del desierto, copado de hombres encima.
- Mercenarios... - Solo dice y no hace falta que la obligue a bajar.
Ignorándome como en un principio, lo hace por ella misma sin antes mirar la población antes de descender y verificar que la gente ya se encuentra en el interior de sus casas.
Y la sigo.
Pero antes que la médica toque con su pies el suelo, mis botas militares lo hacen por saltar los pocos metros, golpeando la tierra sacudida por polvo.
- Debe cubrirse. - Le digo, tomando su brazo y viendo las intenciones de hacer frente con nosotros, pero me gano su ceño fruncido con pocas ganas de obedecer.
- ¡No! - Se suelta de mi agarre, procurando caminar en dirección al dispensario médico.
Pero vuelvo a interponerme.
La seguridad del civil, ante todo.
Y su brazo vuelve a ser mi prisionero.
Pero esta vez con ella, me dirijo a un cabo.
- Lleve a la doctora con el resto. - Ordeno y asiente caminando a ella para acompañarla y bajo ya, el sonido de motores de los Jeeps acercándose.
- ¡Dije, que no sargento! - Niega, amenazante al soldado.
Puedo ver con un vistazo rápido, que tanto nuestros hombres como el Capitán ya están en la espera y posición en su frente con armas de la primer orden como una retaguardia desplegada en la parte trasera, por un posible ataque opuesto bajo una línea de protección.
Y mi precaria paciencia, ya no es existente.
Porque dije, que la seguridad y preservación de los civiles está primero.
Y señalo a otros dos soldados más en dirección a la doctora.
Para luego a ella.
- Está bajo arresto por falta disciplinaria y con el delito, de desacato a la autoridad como mando militar e interferir al amparo civil con preservación de la persona.
- ¡Qué! - Chilla, intentando en vano escurrirse de mis hombres mientras la llevan. - ¡Qué! - Repite. - !Usted no puede, Sargento! - Me grita, mientras es llevada a la fuerza a una de la internas de las casas y bajo su forcejeo para eludirse de ellos.
Pero es imposible.
Los tres la llevan casi a rastras, sobre muchos juramentos saliendo de su boca a mi persona.
Gracioso.
Pero, no tengo tiempo de sonreír.
Porque mi adrenalina como lo que soy y amo, ya en mí.
Militar y proteger como cumplir mis misiones.
Camino sin siquiera mirarla en dirección a mi Jeep para tomar mi casco dejado en la parte trasera.
Me lo pongo, seguido también en posicionar y verificando la carga completa de mi fusil francotirador del asiento trasero.
- Y no soy soldado, ni Sargento... - Le aclaro, caminando como mirando delante, tras mis fuertes pisadas. - ...soy General de División. - Finalizo.
Y ya no escucho sus siguiente despotricadas.
Porque la introdujeron en el interior de una de las casas que a su vez, se acopló como cortina con lo motores rugiendo de los Jeeps mercenarios, pisando ya nuestro terreno.
Siendo suficiente y por no saber que mierda los trae con su presencia en estos lares a levantar armas con mi escuadrón a modo bienvenida y en posición barrera.
Y con mi ojo en el que se convirtió en mi mejor amigo o compañero este tiempo.
Mi mira telescópica.
Sus frenadas chirriantes delante nuestro, dan pie a que sincronizados nosotros y de un movimiento, posicionemos mejor nuestras armas y que de los veinte que son ellos, uno con su puño en alto para que acaten esa orden, descienda solo este.
Y puedo distinguir sobre mi ojo sin abandonar mi mira, que subversivos de índole africanos como árabes forman el clan.
Los primeros, civiles.
Edades diversas y cargando potentes calibres.
Y lo segundos, como el que elevó el puño en alto acusando el liderazgo.
Un Kufiyya color como lo mismos Jeep que cayeron y por su velo cubriendo todo su rostro, pero dejando al descubierto solo sus ojos.
Unos claros.
No llevan Thobe.
La túnicas características largas, que dice modestia y dignidad.
No.
Y carajo, por eso.
Ya que, llevan uniforme estilo nosotros.
El militar.
Pero, no en su verde y camuflado.
Sino.
Como todo lo que predomina en ellos y símbolo africano.
La arena y el astro rey.
- As-salam aleikom. (que la paz esté contigo). - Dice de pie y bajando de un salto de la parte trasera del coche.
Su saludo hace que baje arma.
Pero dada la situación, mis hombres todavía no y con sus mirada fija en ellos como el Capitán, que siguen en posición.
Adelanto los pasos que el árabe hace.
Solo nosotros dos y como si hubiera una frontera de límite imaginario, ambos nos detenemos uno frente al otro a escasa distancia y con nuestro escuadrón detrás.
- Wa aleikom as-salam. (que la paz también, esté contigo). - Respondo en su idioma, siguiendo el protocolo fuera de contexto o no.
Su reverencia seguido a escuchar mis palabras, me tendrían que dejar tranquilo.
Pero, no.
El aura o la mierda que irradia el tipo, no me convence.
Y aumenta mi estado de alerta, cuando percibo pese al Kifuyya puesto.
La sensación de una media sonrisa bajo el velo.
- ¿Misión? - Me dice mirando mis hombres tras mí, acusando hablar mi idioma.
Perfecto.
- ¿Visita de cortesía? - Le respondo con otra pregunta y también, mirando los suyos.
Unos con demasiado y para mi gusto, llevando armas de gruesos calibres entre ellos.
Mi ironía, provoca que focalice en mí.
Creo.
Y mierda.
Color de ojos que jamás noté, se nivelan en los míos.
Porque, son de un color agua tan claro.
Únicos y que jamás en mi puta vida vi.
Creo.
En su gris ultra claro, pareciendo hielo.
Otra reverencia vuelve hacer, pero esta vez al Capitán que se acerca a nosotros.
- Bajo el estatus de las Naciones Unidas protegemos el amparo y debemos mantener la paz en el Medio Oriente y la seguridad como misión primordial en este caso, al estado de Sierra Leona con sus civiles, al igual que... - Señala el campamento de organización médica y humanitaria. - ...no podemos perturbar ni involucrar altercados y ser responsables de ellos. - Finaliza al árabe. - Capitán Borges. - Se perfila y saluda.
Pero manteniendo tanto él como yo, la vigilancia permanente y estado de alerta al igual que el pelotón.
Ya que, puede presentarse la controversia en este continente lleno de países en crisis y guerra civiles.
Y aunque vigente ello, siendo la primera medida utilizar las fuerzas para hacer cumplir los mandatos, siempre llegar a un acuerdo por medios pacíficos de ambas partes, es lo que exige el protocolo de estado mundial.
- Montero, General de División. - Mi turno, haciendo caso omiso al dolor de mi brazo por la herida y bajando más mi arma. - Y no podemos permitir, frente a civiles de este pueblo...
- León... - Me interrumpe negando y en el proceso, haciendo a un lado su Kufiyya para despejar su rostro a nosotros.
Continuo con un gesto a descansar armas a sus hombres que permanecían en los Jeeps silenciosos.
Tiene poco más edad que yo y casi mi altura.
Vuelvo a repetir, creo.
Su pelo ahora descubierto y de un negro azabache como la misma África de noche, ahora azota su rostro cubriendo parte de este por su largo.
Y perfilo, pese a su atuendo que delata días de llevarlo puesto por huellas de arrugas, como la estación de tierra en porciones de la prenda propio de la humedad con su arena o fango.
Que todo él, emana alcurnia y hasta por sus movimientos y porte.
Cierta jerarquía.
- Leon Kosamé wa'anaa la 'ahdar lisariqat 'aw talab al'iimdadat altibiyat watasabab alkhilaf ...(León Kosame y no vengo a robar o pedir insumos médicos y provocar contienda...) - Formula, con sus ojos y cual sigo ellos, depositados en la doctora esposada por mi arresto y saliendo del interior de la casa, como resto médico y la monja con la bendita gallina en brazos.
Para luego, su mirada agua en el Capitán Borges y en mi persona.
- ...solo estoy buscando a mi pequeño hijo mayor, heredero del trono Qurash. - Exclama ante otra reverencia a todos e imitando su gente también. - El sayyid de nuestro pueblo.
Carajo y no sé, por qué.
Con su vista fija en mí, a través de sus gruesas y oscuras pestañas.
- Que fue capturado y robado... - Finaliza, sin abandonar su mirada en mi persona.
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