CAPITULO 16

ROCIO

Paso el dorso de mi mano por el esfuerzo exigido, para limpiar el sudor de mi frente y hacer a un lado parte de mi pelo, en dos segundos que me tomo para descansar y sobre la cadena humana que formamos con gente nuestra como del pueblo, para movilizar cajas como bolsas de suministros acumuladas en la intemperie a un sector protegido en una tienda que se armó.

Todo es movimiento en el poblado y con Elías a la cabeza dirigiendo.

Otros helicópteros llegaron, trayendo más equipo y cuerpo militar, expandiéndose por el área y hasta un grupo y en Jeep, yendo al poblado vecino a muchos kilómetros por una presunta alternativa de un colateral ataque allí también a pedido y enterados de lo sucedido por las Naciones Unidas.

Agradezco una botella de agua que me ofrece un compañero médico que tomo de la misma por el abrazador calor que hace.

Pero sobre ella bebiendo, noto como Borges al terminar de hablar algo con el Teniente y este último seguir con otros asuntos, el Capitán tras asentir, apura el comité de su escuadrón para levantar misión en dos Jepps más.

¿A dónde?

No tengo idea.

Y por eso, abandono mi trabajo voluntario para ir a él.

- Capitán... - Me acerco.

- Señora. - Me saluda y tengo que seguir sus pasos, ya que no quiere perder tiempo mientras acepta de un cabo aparte de su arma reglamentaria, otra de calibre y largo alcance para colgarla de su hombro y en dirección a uno de los coches militares.

- ¿Puedo preguntar, dónde va? - Lo acompaño a la par.

- Al palacio doctora, para desarrollar múltiples puntos de protección por una probable embestidas de subversivos enemigos. - Me explica.

- Me gustaría acompañar. - Me ofrezco en el momento que Paola se aproxima con Fernanda, pero ahora con Yuu en sus brazos, seguido de sus cuatro hermanitos a su alrededor.

- Creo que al General de División, no le agradaría su oferta. - Responde a mi pedido.

Habla por Camilo y blanqueo mis ojos.

Una obviedad eso, le encanta la idea que me quede en la zona más segura y como le prometí, esperándolo.

Pero resulta, que no solo soy parte de esto.

Sino, también.

Que antes y primero doctora y por eso, miro como ya casi todos los soldados van montando en los dos Jeeps.

- Si ese posible encuentro sucede con la gente de León... - Señalo los coches con la botella de agua. - ...van a necesitar ayuda médica para su gente y la del lugar... - Seguido de apuntarnos con mi amiga.

Y Borges rumea algo que no logro entender y mirándonos a ambas, continuo a los niños que rodean a Paola.

- El palacio debe tener su propia seguridad... - Paola intercede. - ...nos internaremos a la espera de sus órdenes, por cualquier eventualidad. - Ofrece.

Y otro silencio.

- Rayos... - Al fin declara con un ademán a que subamos y de acuerdo. - ...Camilo cortará mis pelotas. - Sentencia por aceptar con el segundo Jepp indicando como el nuestro, sobre otra mirada a los niños, cual mi amiga se despide y promete volver a ellos pronto con intenciones él de ir al primero para montarse en el asiento del acompañante y yo en mi carrera, busco un maletín con primeros auxilios y por sobre ya, la casi noche llegando con su pronto eclipse.

CAMILO

La fogata hecha por la gente Fulais, repiquetea y fluye desde la distancia que la observo, apoyado contra el árbol a medias descansando y terminar un plato de frutas que nos ofrecieron antes de nuestra partida.

Una postal viviente lo que mi vista me ofrece, bajo un bostezo de placer.

La noche ya cubriendo el pueblo.

Uno, lleno de color con su vestimentas y que algunos sentados al rededor del fuego, lo admiran y otros bailan sus danzas típicas con esa alegría y a su vez, armonía perfecta que solo esta gente con su cultura milenaria tiene junto a la niña que salvé.

Su princesa.

La naturaleza que los rodea de esta África y la no menos importante.

Su fauna.

Una que pese a años de vivir aquí y ser testigo de verla, poco que aprendí a escucharla realmente y disfrutar como cortina de esto.

Todo ahora, es sensorial para mí.

Mucho y cada cosa.

Desde la percepción de lo unilateral de cada sonido que me llega, como mi visión mirando todo esto que me rodea.

Sus olores.

Sabor.

Y mi mano, acaricia mi traje Qurash puesto.

En realidad, el blasón labrado que cubre mi pecho.

Y el tacto, que se acopla al sexto sentido y que también existe.

Uno que se presiente, se siente y te invoca.

Te colma.

- Yjb 'an tartah shayyanaan, qabl 'an tughadir...(Deberías descansar algo antes de partir). - Cabul me dice, acercándose con una batea de agua para los caballos.

Tomo los pedazos de manzana que dejé, mientras me pongo de pie con ellos en mi mano y para repartir entre ellos que lo aceptan gustoso.

- Imposible, ya habrá tiempo para ello. - Le respondo acariciando ambos caballos, tras comer la fruta y verificando la rigidez de la cincha del mío, mientras veo como Cabul quiere guardar a un lado de la montura, lo que había y noté en la habitación ancestral al tomarlo.

Un anillo milenario, donde su diseño artesanal al igual que nuestro escudo, rigen sus cinco puntas y con una piedra roja en él.

- El anillo de nuestra cofradía, Kamylu... - Abre su mano para ver como, no solo esa piedra preciosa que brilla, si no y también, la sinergía de oro con plata labrada y protegiendo esta. - ...la destinada y heredada al Qurash de fuego.

Y comprendo.

Empiezo a entender todo.

Antes esta joya resguardada y protegida, para que no caiga en manos incorrectas como nuestros trajes en este poblado Fulais.

Y mi vista se alza al cielo, ante el próximo inicio de la luna de sangre.

Pero ahora y llegando el tiempo de iluminación de todo y con su fin, enfrentando la legión de Leónidas, nosotros los Qurash de corazón.

Y con el anillo milenario, volviendo a su heredero absoluto y Qurash de fuego.

El hijo primogénito de ese amigo que tanto quise y de'amira Fadila.

- ¿Hora de partir? - Le digo montando a mi caballo y ver como la ahora princesa Fulais como su gente se agolpa, para despedirnos con su manos en alto moviendo y sobre gritos alegres a modo despedida y señal de bendecirnos en la lucha que se avecina.

Y Cabul asiente subiendo al suyo, mientras los dos al mismo tiempo cubrimos nuestros rostros con los Kafiyyeh y solo dejando a la vista nuestros ojos.

Para comenzar la última odisea, surcando en nuestro galope África y siendo la luna en su comienzo de eclipse desde su alto y como si fuera a la par de nosotros en nuestra vertiginosa carrera.

PAOLA

Mientras Rocío va por un bolso de insumos médicos a la velocidad de un rayo a la tienda.

Río.

Ante la sospechosa y más que segura probabilidad que Borges cambie de parecer.

Yo aprovecho ese tiempo para despedir mis niños en una sombra, prometiéndoles que pronto vuelvo a ellos, cual como si me entendieran todos juntitos y tomando asiento en un rescoldo de cimientos y derrumbes, me observan sobre mis palabras a Fernanda.

- Te encargo a Hgfstuaa, Jnmchedirff, Kulmnbchuv, a Yuu... - Acaricio a la niña con amor. - Y a Gxfsrist...hasta mi regreso. - Le pido a Fernanda, que con un tipo ladrido determinante se pone con ellos y sobre mi caricia ahora a ella inclinándome.

- ¿Le hablas a la gallina? - Elevo mi vista a Borges.

Lo hacía montado en uno de los Jeeps, pero para mi asombro de pie y cerca nuestro.

Y ya no me inmuto y sigo acariciando a mi amiga con los niños ahora, acoplándose sonrientes a Fernanda.

- Por supuesto, ella me entiende... - Me corrijo. - ...nos entiende...

- ¿Un animal?

- Un ser vivo, Capitán. - Le aclaro y digo como me pidió que lo llame, mientras me pongo de pie sacudiendo con mis manos mi ya vestido por demás polvoriento. - ¿Quiere saber, cómo?

Se encoje de hombros, algo rígido y lejos de esa forma casual como alegre de mis recuerdos.

- Me tienes aquí, de pie.  - Lo da por entendido y muy serio, pero le muestro la gente del poblado, para luego con mi mano en cada cabecita de mis niños. - Ellos no comparten ni nuestra cultura ni idioma, sin embargo comprenden todo.

Hace una mueca.

Una que descubrí, ahora de más adultos y que es un desacuerdo sin decirlo, pero acusando ello, afilando más su barbilla y ese hoyuelo apareciendo de siempre.

- Pero Fernanda, es un animal. - Me recuerda algo que, yo lo sé muy bien.

- Y un ser vivo con emociones, señor Codancio. - Vuelvo a decir, mientras veo como los niños le comparten restitos de pan que tenían y Fernanda picotea, dándole una mirada al Capitán de "no entiendes, viejo" haciendo que sonría más.

Pero Borges no le sorprende la mirada de mi amiga a él.

Más bien, por como lo llamé.

- ¿Codancio? - Repite. - ¿Usted cree, que me llamo así? - ¿Quiere reír?

No lo sé, pero yo si lo hago por su cara y por no tutearme.

Todavía y por más que lo niegue.

- ¿No lo es? - Pienso. - ¿Entonces, Casimiro?

- No, tampoco.

Me pongo de pie y volteo.

- Es que nunca me lo dijo Capitán, son supuestos...

- ¿Y por qué, con C?

Y señalo con mi índice al cielo casi nocturno.

- Cristo. - Solo digo.

- ¿Jesús? - Mira el cielo también.

- No... - Suelto una risita, tras despedirme de los niños al cuidado de Fernanda y ya en dirección al Jepp y notando a Rocío, ya montado en uno. - ...olvídelo... - Mi risa me puede, dejando al guapo Juan que de joven amaba sus retiros en la playa, sin comprender.

- ¿Estás bien? - Rocío me pregunta, haciendo lugar de los asientos traseros, para que me siente mientras ve como Borges lo hace en el primero y guiando la caravana.

Y palmeo su rodilla con cariño, acomodándome mejor.

- Una de cal y una de arena... - Le respondo con una triste resignación, pero feliz por otras cosas.

No me explayo mucho.

Estando en un móvil militar y con cuatro de ellos entre nosotras, camino irregular haciendo que por ello y más cinturón de seguridad que llevemos, dando saltitos por esquivar el Jeep las cuestas como vegetación y con algunas horas de viaje supongo, no es la típica noche de chicas para conversar.

Pero me entiende.

- ¿Te refieres a Capitán y la carta? - Me susurra muy bajito y para mí.

Y la miro.

- ¿Lo sabías? - Le pregunto por lo último.

Y se sonríe acariciando mi hombro, pero ahora con su vista al frente y mirando el sinuoso como oscuro camino por la noche eclipsándose.

- Lo di por hecho... - Me dice. - ...se aproxima la fecha si mal no recuerdo, Pao. - Me mira por el rabillo del ojo e intentando restarle importancia, pero hasta más ansiosa que yo. - ¿Vas a ir definitivamente?

Exhalo aire.

Uno fuerte, profundo y totalmente decidido.

- Sí. - Como toda respuesta, dentro de cientos de conclusiones que tengo en mi mente.

CAMILO

- Ha hu...(Ahí es). - En un susurro, Cabul habla agazapado.

Porque así, estamos desde un alto de ladera montañosa apenas asomados y observando pese a la oscuridad y kilómetros de distancia, cuesta abajo a un aledaño de casas y que dan señal de vida por ciertas chimeneas saliendo humo de ellas, al igual que fuego encendido en varios puntos del pequeño poblado por iluminación y la búsqueda de calor.

- ¿Cuántos? - Solo pregunto.

- Todos. - Responde natural a mi pregunta.

- Mierda... - Se me escapa, causando que sonría Cabul.

Porque carajo, esperaba menos de su respuesta.

Todo un jodido pueblito enemigo.

Pero su brazo derecho se alza a las montañas de en frente.

- Shaebina...(nuestra gente). - Dice, mientras estrecho mis ojos e identifico suaves destellos pestañeando. - ...soldados Qurash... - Y también de lo que parece un pequeño espejo y con el filo de la luna iluminando, responde a esa señal. - ...es hora Kamylu... - Y eso hacemos.

Comenzamos el descenso sobre la curva ladera, serpenteando su relieve y densa vegetación, pero siempre con sigilo y mimetizándonos con la noche y esa luna llena, que de a poco comienza a adquirir ese tono rojo y cobrizo.

León se encuentra en este valle de cientos de metros cuadrados de edificaciones, arena africana y gente de mala muerte.

Su gente.

La que sus labios años atrás me dijeron que era su propósito.

Y todo por el condenado poder.

La potestad que necesitaba, para ese fin que tanto deseaba.

El reino de Fadila y el blasón de su pueblo Ur de Caldeos de la tribu milenaria Baru Hashim, intentando hasta pecar con su hijo primogénito para eso.

Cosa que en realidad, jamás consiguió por obra de Cabul y la misma princesa.

Llevándose dos vidas por ello.

Uno con ella y lejos de sus fauces, cual tormento de Leónidas por jamás encontrar su ubicación.

Y la otra, la muerte de la dulce y joven princesa.

Su esposa y madre del niño.

Miro delante mío a Cabul, sin dejar de sortear salientes como vegetación, mientras lo sigo.

Y el gran amor silencioso y mayor tesoro de mi amigo.

Y ya, llegando y ocultos tras un muro de piedras rosas salientes los dos, intentando recuperar el aliento entrecortado por ambos y nuestra carrera, desenfundando mi espada como él y sin dejar de mirar para los lados por la llegada inminente de gente de Leon advirtiendo nuestra presencia.

Me prometo.

Les prometo a ambos.

Dar hasta mi sangre, cual me volví a reencontrar y corre por mis venas.

La sangre Qurash del corazón.

ROCIO

Y con Pao se nos desencaja la mandíbula al descender del Jeep.

Carajo.

Imposible, no.

Cuando al abrirnos las enormes puertas de entrada en madera e hierro labradas por guardias del palacio y bajo unos kilómetros de un camino de empedrados adornando este y a su lados, majestuosos árboles de alta copa y meciéndose al compás de la suave brisa nocturna.

Tenemos frente a nosotras, este condominio en diseño y construcción que, ni las mejores fábulas famosas del Medio Oriente le pueden hacer justicia.

Porque todo parece mágico con el inmenso jardín que lo rodea con esta noche eclipsada y despejada adornada con luces de iluminación cálida y oro, con lienzos propios en telas y estampas con su seda marroquí y sobre las columnas en dorado como blanco que rodean y velan este palacio de ensueño.

Cual, la puerta principal se abre de par en par por una mujer, seguido de una media docena de servidumbre al sentirnos llegar.

La mujer de exquisita túnica como turbante en la gama y sedosidad de los azules y naranjas, nos recibe con una reverencia.

Tal vez, de la edad de mi padre o un poco menos.

No lo sé.

Imposible calcular por ese rostro exótico y egipcio, mezcla de dos razas ancestrales, pero bella como la sonrisa que dibuja su rostro al vernos.

¿O verme?

Tampoco, tengo idea.

Pero su abrazo repentino y sin preámbulo me asombra cual le devuelvo, porque me irradia bienestar o parecido.

Creo.

- As-salam aleikom...(La paz esté contigo). - Nos da la bienvenida. - ...mi hijo, advirtió que vendrían. - Murmura al abrazar a Pao también y reverencia a Borges como resto y con seña de su mano, uno de sus sirvientes ofreciéndose a llevar mi bolso médico, pero niego agradeciendo mientras nos invitan a pasar.

- Estaré afuera. - El Capitán habla y con señas a sus hombres que vayan tomando ubicaciones. - Descansen dentro y ante cualquier anormalidad, solo avisen... - Saca un radio y se lo entrega a Pao.

- Gracias, Capitán Codomiro... - Escucho que le dice Pao mientras sigo a la mujer, pero ya una vez dentro la miro.

- ¿Se llama Codomiro? - No lo puedo creer.

Y Pao, ríe encogiéndose de hombros.

- Digamos...que quiero molestarlo y de recuerdo, antes que me vaya... 

Y la tristeza me envuelve al recordar su pronta partida.

Jodida carta de la iglesia católica para que ya tome sus votos monásticos definitivamente.

Pero no puedo continuar con ello, porque es la decisión de mi mejor amiga y también, por hablar la mujer.

- Mi nombre es Lautheliel. - Se presenta, mientras seguimos camino y sin dejar de admirar el interior del hermoso palacio. - Pero... - Se detiene. - ...me dicen Lála. - Volviendo a sonreír y con una mano en alza, no invita a entrar lo que parece la enorme cocina para tomar asiento alrededor de una ovalada y mayestática mesa como sus sillas en ébano y lustro en tapiz mora.

Y agradecemos, mientras vemos como parte de la servidumbre nos ofrecen una jarra de limonada fresca y platos con fruta de estación cortadas delicadamente en fuentes de plata.

Cual no rehusamos, ya que muchas horas sin bocado y el sabor dulce y fuente de hidratación natural, nos colma ante el primer bocado reactivando nuestro sistema.

- ¿Eres la madre de Cabul, no es cierto? - Le pregunto, cuando ella misma nos sirve también, una taza de sabb de flores de amapola dulce.

Asiente, deslizando ellas a nosotras para que bebamos y eso hacemos, mientras toma asiento con nosotras.

- No me pasó desapercibido el abrazo prolongado que le diste a mi mejor amiga... - Pao le dice, dando otro sorbo a su taza. - ¿Conocías a su padre, el Teniente Mirko? - Y mi curiosidad me puede por eso, cual lo supongo por estar unido a todo esto que descubrí de mi padre incierto y desconocido a mí, a esa segunda hermandad con los Qurash unido por ello a Cabul, para luego Camilo.

- Taqribaan alhaya...(De casi una vida). - Murmura, bebiendo ella también de una taza con un tibio sabb. - ...mi padre sirvió al rey, el de'amira Fadila y yo a ella por descendencia de rango y ser mejores amigas con el tiempo... - Relata. - ...casándome a muy temprana edad también y siendo madre a poca edad...pero enviudé a los meses de nacido abnay althamin kabul...(mi precioso hijo Cabul). 

- Lo siento... - Al mismo tiempo, decimos con Pao.

- Aunque no hubo amor por ambos por regirnos a casamiento consensuado por nuestras familias. - Suspira. - Buen hombre y lo lloré, encontrando consuelo a lo que mis latidos sí, golpeaban fuerte...

Ay carajo...

- ¿Mi padre? - Suelto mi delicada taza y tengo que acomodarla sobre su platillo, porque casi la tiro del temblor de mis manos.

Afirma con tristeza, pero con brillo de felicidad pasada.

- Ambos viudos, nos enamoramos...

- ¿Por qué, nunca te lo dijo? - Paola mirándome, me pregunta llena de dudas como yo.

Y Dios que no lo comprendo, ya que siempre solos los dos.

En realidad y por sus labores.

Muchas de estas, yo sola.

Y con siempre la añoranza de tener una familia, pese a que papá siempre estuvo para mí.

- Sabía de ti, porque me relataba de su pequeña hija del otro lado del continente, su Roro... - Habla en nuestro idioma y con ese dejo de su acento que toda su cultura es. - ...me amaba y amaba a Cabul como hijo propio, en esa vida militante y Qurash de corazón a la par del rey y mejor amigo...pero, yo me opuse...

- ¿Por qué, Lála? - Mis labios susurran.

Y la mano que reposa en esa exquisita taza labrada y decorada con té de flores a medio tomar, se eleva para señalar la puerta de la cocina y que momentos antes entramos.

Una abierta y cual, alguien entre las penumbras asoma tímidamente con su medio cuerpito.

Vestido con ropa de cama, uno de sus pulgares siendo mordido como cohibido por sus labios y la otra y contra su pecho, abrazando un peluche que por sus largas extremidades, los pies del juguete de peluche arrastra en el piso.

Un niño de no más de cinco años, que y pese a no poder ver completo su rostro por la desprolijidad y desorden de su pelo negro como el azabache cubriéndolo, su postura muy tímida no deja de mirarnos.

- Lilhabi alhayil ladaya balnsbt lk...(Por el inmenso amor que les venero). - Murmura llena de cariño. - ...al Sayidd y al Shaiyj de nuestro pueblo... - Se pone de pie para ir al niño que se acerca a ella al ver que lo abre los brazos con amor. - ...nuestros príncipes Constantine... - Lo presenta al niñito. - ...y a su hermano, el heredero Caldeo... - Finaliza.

- ¿Caldeo? - Repite el niñito con cariño y su vocecita infantil y apretando más contra él, el peluche mientras Lála hace a un lado un rebelde mechón que cubre parte de su rostro, dejando ver sus hermosos ojos.

Unos del color como el hielo mismo por su transparencia sobre su tono en gris cristalino.

Y un ruido a porcelana rota, nos interrumpe.

No.Puede.Ser.

Y es porque y ahora sí, mi taza entre mis manos resbaló y cae ante mi sorpresa.

Mierda.

Escalofrío.

Mejor dicho, tres escalofríos recorriéndome.

El primero, por el niño que no deja de mirarme con sus ojos hielo y tímidos en mí.

Familiares como en cierta manera todos sus rasgos.

El segundo por ese mono de peluche, uno en mucho mejor estado que el que vi tantas veces sostenido por otro niño que nunca lo abandonaba de sus bracitos enfermos, en el Hospital Oncológico infantil de Herónimo.

Y el tercero y cual, me confirma por boca de Lála y el pequeño Constantine.

Este niño que nombró a su hermano, seguido por Lála con tanto cariño y necesidad de él.

Caldeo.

El nombre de su hermano.

Y me derrumbo contra el piso, asustando a Pao que se pone de pie y viene a mí.

- ¿Rocío, estás bien? - Preocupada a mi lado, me pregunta al notar mis ojos nublados de lágrimas.

Pero, totalmente de emoción.

Mar de emociones en lo que mi cerebro empieza a procesar por tantas jodidas causalidades.

Y tiro mi pelo hacia atrás, sin poder creerlas, Santo Dios...

Pero una pica más mi pecho, pero de la forma linda y sonrío entre las lágrimas que ya se deslizan por mis mejillas.

Porque, Caldeo de África.

Ese niño perseguido por su asesino padre y exiliado por protección de su joven madre sacrificándose por él, cual ahora no encuentran y realmente está bien.

Y el pequeño Caldeo sin pasado, cual un móvil policial años atrás y por una llamada al 911 anónimo de la boca de una mujer, avisó su paradero.

Tal, que yo misma con Gladys fuimos en otro móvil para encontrarlo abandonado en un callejón cubierto con una manta en estado precario por su enfermedad y llevando contra su pecho y bracitos el mismo mono de peluche que el que sostiene su hermanito ahora, pero sucio y maltrecho en esa época.

Miro a Lála que sin entender mi llanto, preocupada y con uno de sus príncipes en brazos y llena de ese amor que les tiene y ya comprendo.

Se inclina a mí, sobre uno de la servidumbre, saliendo de la cocina con velocidad.

Y acaricio la mejilla de este hermoso niño de belleza como ojos exóticos.

- Tu hermano Caldeo... - Y apenas mis palabras, salen por la emoción. - ...está muy bien... - Logro decirle y responder lo que el pequeño Constantine nombrándolo, preguntó por su hermano querido.

CAMILO

Caemos encima de dos, al trepar la muralla.

El sable de Cabul no se hace esperar al que viene contra él, atravesando sin piedad su pecho cayendo derrumbado y de rodillas frente a él inerte, mientras sin dudar la hoja de mi filo va directo al cuello del otro y también si vida, desparrama con un gemido último de dolor junto a su compañero.

Es un pasadizo de mala muerte y punto de vigilancia.

Sin salida, pero que su frente estrecho y solo iluminado por antorchas en las paredes que componen este desértico poblado.

Y por sombras reflejándose en las paredes de cemento y lodo, acusan viniendo más a nuestro encuentro, al advertirles el alarido de los que atacamos.

Como, más gritos y enfrentamientos que escuchamos en otros puntos por también el comienzo del ataque sorpresivo de más guerreros del blasón Qurash.

- Debemos encontrar a León... - Espalda contra espalda le digo a Cabul, al notar como cuatro de su legión nos rodean empuñando tres también sables y un último, sacando su arma.

- Alsuquf...(Los techos). - Jadea Cabul atacando a dos con golpes y sable, mientras me abalanzo al que tiene el arma.

Y una lucha se arma entre los dos contra el suelo y levantando tierra por nuestros cuerpos batallando y que ese gatillo apuntándome, no dispare.

Pero lo hace y por la fuerza de mi mano, jalándolo a un lado de su cuello.

Y todo su peso cae encima mío, por su muerte.

Pero un golpe me recibe mientras veo como Cabul lucha, aún contra uno todavía, reduciendo al otro y es por el cuarto desenfundando su daga mientras pateo lejos el arma, bajo unos escombros.

Y otro impacto viene a mi rostro por su puñetazo.

Casi mi altura y todo él sobre nuestros pasos en círculo midiéndonos, me dice que sabe de pelea callejera y que tal vez, rara vez perdió por su vida mercenaria y empuñando en alto y amenazante siempre, esa navaja de alto filo y hoja con su mano en movimiento.

- ¿Dónde, está León? - Suelto, esquivando su tercer ataque de navaja, pero con puñetazo a su mandíbula.

Y se sonríe escupiendo como limpiando con su puño, saliva roja por la mezcla de un hilo de sangre de su labio cortado.

- Alwala' lilmalik alwahid...(Lealtad, al único rey). - Es su respuesta arenosa como sus dientes, por la sonrisa que dibuja ante mí.

- Veremos cuanto dura... - Es mi respuesta y mi sable choca con su navaja, cual es chica de tamaño a comparación de mi espada, pero su fuerza no y me lo demuestra con movimientos precisos combatiendo los míos propios.

Pero inclinado y unos de mis pies barriendo los suyos y el peso de mi cuerpo contra el suyo, lo arrastran contra la pared próxima.

Intento anulando su mano con el arma, que mi sable acorrale su cuello, pero su pie interponiéndose se hace camino con su fuerza empujando el mío y dándole espacio para venir con el cuchillo en alto y directo hasta a mí.

Pero me giro ante su primer embestida de puñal y lo enfrento, tomando con mi mano libre su brazo y con la fuerza del mío, giro el suyo inhabilitando su daga y por el movimiento, el quiebre del hueso del mismo y cayendo con una rotación en el aire completo, de su cuerpo contra el suelo.

Y la daga que soltó, me la guardo en en lado de mi traje, apretando mi bota contra su rostro y obligando por el peso, a que ladee a un costado comiendo la tierra arenosa.

- León...¿dónde está? - Vuelvo a repetir, sobre Cabul derribando al último.

'Abadaan...(Jamás). - Escupe otra vez su lealtad a Leónidas.

Y el talón de mi bota arrastra su quijada, bajo un fuerte ruido de maxilar rompiéndose.

- ¿Dónde? - Gruño sobre sus maldiciones de dolor, pero no me detengo.

- ¡Yakfi... yakfi... almalik lays hunak! (¡Basta...basta...el rey no está!) 

Me detengo.

¿Qué?

Y la punta del sable de Cabul, apunta su yugular.

- ¿Madha taqsidin? (A qué, te refieres?). - Murmura entredientes.

Y espuma viscosa con sangre, vomita de sus labios como sus palabras, que y pese al dolor, sonríe complacido.

- Hayth yantami kamalak shareiun sayakun...(Donde pertenece como legítimo rey que es). 

Y con Cabul no miramos.

- Alqasr...(El palacio). - Murmuramos ambos al mismo tiempo.

Y el quejido lastimero por el sable clavando la garganta del hombre, suena sobre las palabras de Cabul.

- Allah yaghfir lak khatayak, li'ana sabirati taeatush lileadalat la yumkin...(Que Dios perdone tus pecados, porque mi sable con sed de justicia, no puede). - Sentencia, retomando los techos y sorteándolos con saltos, uno tras otros desatándose la guerra de nuestra gente y la legión de Leon en el poblado.


LEÓN

La puerta en madera del viejo almacén, cruje por sus viejas bisagras al ser abierta lentamente por alguien y que por la iluminación de afuera con unas pequeñas manos empujando estas, dejan una estela de luz, ilumina el oscuro cobertizo que me encuentro.

La criada del palacio, asoma medio cuerpo.

- Sayidi...(Mi señor). - Su voz temblorosa me llama.

No hablo, pero capta mi presencia y arrodillada, seguido a una reverencia que hace hacia mí.

- Ziarat alqasr, taerif 'ayn al'amir alsaghir...(La visita del palacio, sabe donde está el pequeño príncipe).

Y elevo mi vista al único ventanal en esta oscuridad rojiza.

Por la ya, luna color sangre.

Y simplemente, sonrío...


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