Rehén

"Gimnasio. Necesito refuerzos"

La vibración de mi celular fue lo único que me hizo reaccionar.


Ludwig había escrito en el grupo de Whatts lo que necesitábamos saber, escuché pasos siguiéndome y volteé para mirar a Lovino, sabiendo que tenía el grupo silenciado le grité apenas con fuerza "Gimnasio!" y giramos en la siguiente oportunidad para dirigirnos al mismo.


Bajamos el paso hasta llegar caminando sin hacer ruido frente al gimnasio, Ludwig nos esperaba y aunque siempre era serio, esta vez parecía tener la furia contenida de un ejército.

—Gritó y pidió ayuda un poco pero luego ya no la escuché, creo que la amordazaron.— siseó con bronca. —Son cinco.

—HIJOSDETODA...

—¡Shhhh!— atajé. No podíamos perder el elemento sorpresa.

Muy tarde. Las risotadas y burlas dentro dejaron de oírse.


—¡Escóndanse! Seré carnada.— indiqué en voz baja y obedecieron echando a correr. Yo sentía que no podía más.

La puerta del gimnasio se abrió y tres tipos me encontraron caminando decididamente hacia allá.

—¡Mira nada más! ¡Pensé que la habías abandonado! Pero ahora nos regalas el 2x1.

—Se verán muy lindos juntos.


No sabía qué carajos querían decir pero era lo menos importante.

Nunca me había sentido tan enojado en mi vida, nunca había sentido deseos de lanzarme sobre alguien y molerlo a golpes. Pero eran tres, así que hice lo más lógico: correr.

Cual simios amaestrados fueron tras de mi y al cruzar la esquina Ludwig y Lovino saltaron sobre ellos, seguí corriendo entre maldiciones hasta que me detuve de golpe cuando sentí al otro alcanzándome, me agaché cuanto pude para hacerlo caer. Ni siquiera lo pensé y comencé a patearlo, probablemente no le dolía pero al menos no se levantaba.

Mis amigos por su parte no tuvieron mucho problema en hacer huír a sus contrincantes, pero los otros dos salieron del gimnasio para continuar la refriega.


—¡¿Qué demonios pasa aquí?!

Todos nos detuvimos a media golpiza, como en una película de comedia, mirando a Kirkland que nos reprobaba con la mirada, Kiku y Feliciano preocupados y el vicepresidente Antonio Fernández apretando los puños con una mirada bastante intimidante sobre nosotros.

—Pues verás, Gran Presidente Estudiantil...— empezó a explicar burlonamente uno de ellos, pero no escuché lo siguiente al recordar repentinamente que Catalina seguía adentro. Corrí entre gritos que no me interesaba entender.


No me esperaba lo que encontraría: a la chica atada de manos y pies, amordazada con una bufanda, en ropa interior. Se habían dado a la monstruosa tarea de pintarla sobre la piel y sobre su lencería con pintura vinílica y brochas gordas. Rayas blancas y negras, una soez imitación de un teclado.

Me miró con suplicantes ojos llenos de lágrimas desesperadas. Giré para cerrar la puerta, no podía permitir que los demás la miraran y por un segundo vi como el alemán y el español tenían sometidos a los dos que no habían huído mientras el inglés los sermoneaba.

Sólo Lovino notó mi acción, sobándose la golpeada mejilla y asintió cuando grité que no entraran.


—¡Catalina! ¿Estás bien?— exclamé mientras corría hacia ella, quien asentía con la cabeza, entre lágrimas —¿Te lastimaron?— pregunté mientras le quitaba la mordaza.

—¡No!— chilló dejándose caer sobre mi regazo, llorando copiosamente.

Con una mano acaricié su cabello, no tenía idea de qué debía hacer para consolarla así que me sentí estúpido pensando que tal vez la estaba acariciando como a un perro, mientras con la otra empecé a desatarla; rindiéndome de las caricias al necesitar ambas manos por la firmeza de los nudos.


—¿Cathy está bien?— escuché la voz de Feliciano detrás de la puerta.

—¡Sí!— grité, ofuscado por los nudos —¡No entren, por favor!

—Catalina, ¿quieres que se vayan?— pregunté en voz más baja.

Asintió sin hablar. Por un momento me pregunté si existía la posibilidad de ahogarte con tu propio llanto.


—¿Pueden dejarnos solos?— grité, sintiéndome un poco más aliviado al lograr desatar sus manos.

—¡Yo no me puedo ir sin ustedes!— respondió el inglés que claramente se había acercado a la puerta también. —Que los demás se adelanten a la dirección.

—¿Los puedo esperar también?— preguntó Feli con voz temblorosa.

—¡No!— gritó Catalina que había empezado a tratar de quitarme las manos del nudo en sus pies. Claramente estaba desesperada y yo no era la ayuda más eficaz.

—¡Te vemos al rato, Cathy! ¡Ánimo!— escuchamos a Lovino a lo lejos, sin que yo pudiera creerlo.

Ella sollozó ruidosamente, soltando mis manos y dejándose caer al suelo.

—¡Váyanse por favor!— grité un poco más calmado al ver que el nudo cedía por fin.

Sin más intromisiones, en cuanto Catalina se sintió libre se enderezó un poco y se abrazó a mi torso, llorando aún más fuerte.


—Perdóname, Catalina.— mi cerebro y mi cuerpo se relajaron, sintiendo que la amenaza había pasado y la abracé sin pensarlo.

—Ya estoy aquí, todo va a estar bien. No volveré a dejarte sola.

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Todos los presidentes escolares necesitan quién le entre a los trancazos por ellos, ¿no?

Toñito lo es en este caso. Me lo imagino muy grande y fuerte, pero bonachón mientras no lo hagan enojar.

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