Alivio
Tras un tiempo que me pareció eterno, caí en cuenta de tres cosas:
1.- La chica en mis brazos por fin había dejado de llorar y parecía empezar a quedarse dormida.
2.- La chica en mis brazos estaba en ropa interior.
3.- La pintura en el cuerpo de la chica en mis brazos parecía empezar a secarse.
Con una gran carga de culpa la sacudí un poco para despertarla.
Ella gruñó y apretó los ojos, estrechando más su abrazo.
—Deberías tomar una ducha antes de que se seque la pintura.
Escuché el suspiro más resignado del mundo mientras me veía por fin liberado del abrazo. Catalina se quedó sentada un momento, frotándose los ojos.
Tardé un segundo en reaccionar y dejar de mirar. No había podido evitar examinarla un poco: las rayas hacían más notable el tamaño de su busto y no podían ocultar unos rollitos de grasa en su abdomen y una pancita que entendí se esforzaba en disimular a diario.
Catalina no era perfecta, después de todo. Me di cuenta de que empezaba a pensar que era linda. Por eso dejé de mirar.
¿Qué clase de hombre se le queda mirando a una chica semidesnuda que hace un momento estaba en shock?
En cambio busqué en nuestro entorno y encontré ropa en el suelo, me levanté a recogerla y un celular cayó del bolsillo del pantalón.
—¡Mierda!— me lamenté levantándolo tras fallar en atraparlo por el aire.
Sentí que ella venía hacia mi y sin voltear extendí mis brazos con sus cosas.
—Puedes mirar si quieres.— dijo Catalina en un suspiro —Igual ya viste todo.
Volteé y la vi de pie frente a mi. No pude sostenerle la mirada y agaché la cabeza.
Ella tomó sus cosas y caminó hasta la entrada de las duchas, cuando escuché que sus pasos ya no tocaban la duela finalmente levanté la cabeza y la seguí.
—¡Deberías sacarte unas selfies por si niegan lo que hicieron!— le grité.
—¡Tienes razón, gracias!— me respondió desde adentro y unos segundos después escuché la cámara de su celular disparando un par de fotos antes de una regadera abriéndose.
Me sentí un poco incómodo al darme cuenta de que estábamos solos y ella ahí desnuda, lavándose.
Preferí concentrarme en la noche anterior, en su manera de tocar el piano. Me pregunté si querría seguir con ello tras ser víctima de un acto tan traumático.
—¿Edelstein?— escuché que me llamaba tímidamente desde el interior —¿Puedes prestarme tu abrigo por favor? Tiré mi ropa interior porque no se ha secado la pintura y justo hoy estoy vestida de blanco.
Hasta entonces miré mi ropa y noté que se había manchado de pintura. ¡Encima de todo me habían arruinado el abrigo y pantalón! Era una nimiedad en la situación actual pero me molestó. Y recordé que ella había salido sin abrigarse.
—Sí. La dejo en la entrada.— respondí mientras me lo quitaba para dejarlo en el suelo antes de apartarme algunos metros—Ya está. No estoy mirando.
Me quedé de espaldas hasta que la escuché detrás mío.
—Hola.— saludó —¿Podemos irnos de aquí, por favor?
Abrir la puerta y ver la escuela me hizo sentir como un náufrago que había divisado tierra.
El Presidente Estudiantil se levantó del suelo donde se había sentado a esperar y se sacudió con elegancia el polvo de los pantalones.
—¿Están bien?— preguntó sin mostrar ninguna emoción —¿Listos para explicarle todo al director? Quién sabe qué versiones habrá escuchado mientras estábamos aquí.
—Sí.— Catalina suspiró una vez más.
—¡No pueden acusar a mi hija y hacerme venir, para decirme que podría irse a casa dos semanas! ¡Soy un hombre muy ocupado, por eso elegí esta Academia! ¡Para que ustedes se encargaran de todo!
Al llegar a la dirección nos encontramos con un hombre gritándole a todo el mundo.
—Joven Kirkland, los estábamos esperando.— dijo la secretaria tratando de librarse de la atención del hombre.
—¡Por fin aparecen! ¡Mi hija fue acusada de una barbaridad y la supuesta víctima no da la cara! ¡¿Creen que tengo tiempo para esto?!
Increíblemente, en menos de un día estaba sintiendo por segunda vez en la vida el deseo de moler a golpes a alguien.
—Es porque mienten, papi.— la acusada se levantó —Yo no le pedí a nadie lo que dicen que hicieron. Están todos en mi contra. ¡Mira! Hasta se bañó para que "casualmente" no hubiera evidencias.
Tercera vez en mi vida. Debía ser un record mundial.
—¿Y cómo explicas la pintura en mi ropa?— grité.
—Seguro te recargaste en pintura fresca, con lo torpe que eres.— sonrió con malicia —¿Y porqué ella trae tu abrigo? Será que se revolcaron por ahí y había pintura fresca.
—Cierra la puta boca.— dijo Catalina sin levantar la voz siquiera.
El hombre abrió la boca para vociferar algo y Catalina no lo permitió.
—Usted no diga nada. Si no educa a su hija a no mentir ya la educaré yo.
—¡¿Cómo te atreves, mocosa venida a más?! Decirme como debo educar a mi...
No pudo terminar la frase cuando Catalina le plantó el celular en la cara. Nadie más que la secretaria estaba tras el hombre así que fueron los únicos en verlo, abriendo los ojos como platos.
—Puede revisar la hora y fecha de la foto, si quiere.
El hombre miró amenazante a la chica, que terminó delatándose con la expresión de terror que se le dibujó en la cara.
—¿Qué demonios te pasa? ¡Yo no eduqué a una salvaje! ¿Cómo pudiste hacer esto? ¿Cómo pudiste siquiera pensarlo? ¡Por Dios, Pamela! ¿Le pediste a unos chicos dejarla en ropa interior? ¡Pudieron haberla violado! ¿Cómo crees que me sentiría si te lo hubieran hecho a ti? ¡Podrían denunciarte con la policía! ¡Y no creas que evitaría que acabaras en la correccional! ¡Te lo merecerías! ¡Esto es un crimen!
Pamela se soltó a llorar. Si no fuera una maldita tal vez hubiera sentido un poco de pena por ella.
—El director está con los otros chicos, no quería que la señorita Rendón los enfrentara tras confesar lo que hicieron.— interrumpió la secretaria —Pero estoy autorizada para informarle que la decisión, si se mostraban pruebas, era suspender a los responsables por 15 días de clases.
—Alégrate si no te demandan, te habrá salido barato.— le dijo con desprecio a su hija —Pasarás estos días encerrada o acompañándome a todos lados aunque te mueras de aburrimiento, ya decidiré que es más útil para que aprendas a comportarte como la gente decente.
—Perdóname, niña.— añadió dirigiéndose a Catalina —Si hay algo con lo que te pueda compensar o esta bruta vuelve a hacerte una mala jugada por favor infórmame.
—Espero que no sea necesario.— respondió tomando la tarjeta que el hombre había sacado de su cartera y guardándosela en mi bolsillo.
—Y ustedes, son unos caballeros al haber rescatado a esta chica.
Asentí, aunque todavía me sentía furioso, al menos se estaba comportando mejor que la hija.
La tomó del brazo y la sacó a rastras, mientras gritaba como una niña pequeña y malcriada.
—Se va a vengar por esto, ¿verdad?— preguntó Catalina con fastidio.
—Seguramente.— afrimó Kirkland.
Recordé de pronto que ya había visto a Pamela ese día, por la mañana, y sus palabras resonaron en mi cabeza.
"Ya saben: nada de hablarle a Cathy."
Ojalá hubiera visto que sus intenciones eran mucho más perversas que una tonta ley del hielo. La vida escolar de Catalina podría volverse un horror. Y todo por no haber podido cerrar la boca.
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