Capítulo Trece

Estoy quedándome dormida con la programación horrible de la televisión, aunque, considerando que estoy literalmente encerrada con ninguna otra persona para hablar salvo con una niña de seis años sin conocimiento alguno del mundo real; no es lo peor en medio de toda esta situación.
Me levanto del sofá y voy a la cocina en busca de algo que pueda comer para matar mi aburrimiento y termino tomando una manzana como mi mejor opción. Justo antes de regresar a la sala, en una de las manijas para abrir los cajones a un lado de la estufa; encuentro una pequeña nota adhesiva. La tomo:

Río por el último mensaje que dejó mi mejor amigo antes de marcharse y lo meto dentro del cajón antes de seguir sus instrucciones. En el piso encuentro la caja de mi juego favorito en el mundo con otra nota adherida en la tapa.

Tomo la caja del suelo y la agito frente a Alison que está embobada con un tonto programa para niños con caricaturas de tontos animales que hablan. No creo que realmente pueda jugar a esto con una niña de su edad, empezando por el hecho de que el juego es para mayores de ocho años y ella solo tiene seis, pero dada la situación, creo que prefiero perder la paciencia explicándole como jugar que pasando el resto del día viendo Pequeños Amigos.
—Ven aquí —la llamo apagando la televisión antes de sentarme en el piso y en menos de dos segundos está de pie frente a mí.
Abro la caja y comienzo a sacar todo lo necesario para el juego: el tablero, las fichas, las casas, los dados, las tarjetas y el dinero falso.
—¿Qué es esto? —pregunta sentándose.
—Un juego —respondo acomodando todo—, para no aburrirnos.
—¿Qué es aburrir?
—Es algo que sientes cuando no estás haciendo nada —contesto mientras continúo organizando el juego.
—¿Es como descansar? —me cuestiona de nuevo.
—No. Aburrirte es el resultado de descansar demasiado —le respondo.
—¿Y duele?
Al levantar la mirada para verla, solo la encuentro esperando mi respuesta.
—No —contesto—, no duele aburrirte, solo es... aburrido.
Asiente como si cualquier cosa que yo dijera se volviera de pronto la absoluta verdad.
—Mo-no-poly —lee el gran letrero en el centro del tablero y luego continúa con el resto de éste—. ¡Mira! ¡Madison! —señala con su dedito una de las propiedades.
—¡Mira eso! ¡Encontraste mi nombre!
Su descubrimiento me hace recordar a cuando jugaba esto con Sarah y yo era tan solo una niña. Cada que jugábamos nos peleábamos por quien se quedaría con esa propiedad, solía ser algo casi vital en nuestro juego. Ahora, cuando alguien logra comprarla, simplemente alardeamos el resto del tiempo que jugamos sobre ello.
—¿Qué es esto? —Alison pregunta sacándome de mis pensamientos cuando le entrego un montón de dinero falso.
—Dinero —le respondo acomodando mis billetes por cantidades a lo largo de mi lado del tablero. Ella me imita—. Con esto puedes comprar lo que tú quieras dentro del juego.
—¿Qué es comprar?
—Intercambiar dinero por alguna otra cosa que quieras.
—¿Cómo lo hago?
—Bueno, en este caso, solo tienes que darme la cantidad de dinero que sume lo que vale la propiedad que quieres comprar y yo te daré lo que quieres.
—¡¿Cómo chocolate?! —Sus ojos se abren enormemente.
—Puedes comprar chocolate con dinero real —me río—, con esto no te venderán nunca nada. —Ella mira el juego nuevamente y de pronto, el hecho de haberla escuchado mencionar algo que nunca le he mostrado me sorprende—. Alison, ¿sabes qué es el chocolate? —Ella asiente en respuesta y una enorme sonrisa aparece en su rostro.
—Papi me da uno si me porto bien —contesta orgullosa.
Su vida a cambio de un dulce y ella ni siquiera lo sabe.

Apenas entro en la casa todos me miran con ojos de pistola.
—¡¿Dónde demonios estabas?! —se apresura a decir Sean. La preocupación y la rabia son más que evidentes en sus rostros. Las aletas de su nariz se mueven mientras esperan mi respuesta.
Me acerco a la sala donde Levy está sentado tan pálido como un muerto.
«¿Qué hace aquí? ¿No lograron escapar? ¿Dónde está mi hija? ¿Dónde está la niña?»
—¿Qué está pasando aquí? —pregunto al llegar junto a Wen, frente a Levy quien me mira sin saber cómo reaccionar—. ¿Qué está haciendo él aquí? ¿No deberías de estar en la escuela jovencito?
—Podrías preguntarle lo mismo a tu hija —señala Wen y lo miro pretendiendo no tener idea de lo que habla—. ¡Huyó con la niña!
—Lo sé —confieso y él alza las cejas—, salí a buscarlas desde que pretendía darle sus nutrientes a la niña esta mañana y no la encontré. —Los ojos de Levy viajan de mi rostro al del doctor Hoffman como en un juego de tenis.
—¿Y no te pareció importante informarnos? Te estuvimos llamando toda la mañana —reprocha.
—Olvide cargar mi teléfono —miento, pero dudo que Wen se lo haya creído por la forma en que me mira—. ¿Qué hace él aquí? —repito señalando a Levy. Sean es quien responde.
—Lo encontramos en la autopista regresando de algún lugar.
—¿Y?
—Inspeccionamos la camioneta y encontramos huellas de la niña en el vidrio de la parte trasera.
—Levy... —musito en un intento por hacerles creer que estoy tan confundida como todos ellos. Él me interrumpe.
—No diré nada hasta no tener a un abogado conmigo y ese abogado, ¡solo será mi madre!
—No está siendo interrogado por la policía, señor Blanchard, no necesita un abogado —advierte Wen—, pero si no confiesa podemos llevarte ante un tribunal por ser cómplice de secuestro y allanamiento de propiedad privada; entonces sí necesitarás uno.
—¡Adelante! ¡Hágalo! —replica el chico—. Así podré revelar la ubicación de su preciado laboratorio.
—No hay que ponernos histéricos. Sólo queremos encontrar a nuestra hija —añade Sean.
—Oh, claro, ¿y con esas amenazas creen que se los diré?
—Bien. Firma esto y podrás irte. —Wen se rinde dejando unos papeles sobre la mesa. Es un acuerdo de confidencialidad, el mismo que las portadoras han firmado para poder colaborar con el CGI, el mismo que firmé al entrar en este equipo.
Le lanzo una mirada de advertencia y cuando hace contacto visual conmigo, muevo la cabeza suavemente de lado a lado para evitar que alguien más entienda lo que intento decirle.
—¡No firmaré ni un maldito papel! —anuncia dramáticamente y arroja los papeles que vuelan en el aire antes de esparcirse por todo el suelo y se dirige a la salida.
—Gina... —me advierte Wen cuando sale de la casa y yo lo persigo hasta el jardín.
El aterrado chico me mira aún pálido cuando estamos lo suficientemente lejos de quienquiera que nos pueda escuchar y justo cuando estoy por preguntarle qué fue exactamente lo que pasó, él decide hablar.
—Ellas están bien, ya estaba entrando a la ciudad cuando me emboscaron; la camioneta se cerró justo frente a mí y un carro rojo se pegó a mi izquierda dejándome sin salida, me bajaron del auto a punta de pistola y después unos trajeados comenzaron a inspeccionar mi camioneta con una clase de cámara y luz negra —su voz tiembla al hablar—; su esposo y el otro hombre me hicieron subir a la camioneta y me trajeron hasta acá para interrogarme.
—¿Qué fue lo que les dijiste? —pregunto.
—Que no les diría nada sin mi madre presente.
—Bien hecho —le digo—, tu madre ya está al tanto de la situación. ¿De dónde les dijiste que volvías?
—Las Vegas —responde—, fue en lo primero que pude pensar.
—Bien. Mientras no estén ahí, todo está bien.
—¿Señora Wrestler? —lo miro—. Ella estará bien, ¿cierto? —balbucea—, es decir, si las encuentran... ¿Madison estará bien?
Me transmite su preocupación y nerviosismo de inmediato y lo único seguro que me viene a la mente es que ya nada es seguro.
Quizá todo esto funcioné o quizás no.
—Realmente no lo sé.

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