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–Lo que pienso es simplemente que no creo que puedas disfrutar de ese dinero si no tienes un objetivo, una meta en la vida. El arte está concebido para ser contemplado y apreciado por la gente. No consigo entender por qué no aprovechas esta oportunidad para demostrar que no eres ese chico frívolo que todo el mundo cree.

Jimin se apartó unos pasos y se dio la vuelta. No estaba seguro de poder poner en orden sus sentimientos mientras Yoongi estuviese mirándolo.

–Déjame pensarlo –dijo Jimin, aún a sabiendas de cuál iba a ser su decisión.

–No vas a dar tu brazo a torcer, ¿verdad? –dijo Yoongi, después de un breve silencio.

Jimin dejó escapar un suave suspiro y se dio la vuelta muy despacio para mirarlo.

–Mi arte es la única cosa que puedo considerar únicamente mía de verdad – dijo Jimin–. Al igual que tu familia, he vivido siempre expuesto a los ojos de la gente. La pintura es algo que me pertenece a mí solo y no me veo obligado a compartir con nadie. Es una válvula de escape. Lo hago porque me gusta, no porque tenga una fecha de entrega o un contrato que cumplir o una exposición inminente.

–No dejas nunca de sorprenderme, cariño –dijo Yoongi con una sonrisa.

–Aprecio lo que estás haciendo por mí, de verdad. Pero creo que no estoy preparado para dar ese paso.

Yoongi asintió lentamente con la cabeza como si se resignase finalmente a aceptar su decisión.

–Está bien. Bueno, háblame entonces de tus andanzas por ahí. ¿Compraste algo?

Jimin sintió un calor intenso en las mejillas como si se hubiera asomado a la boca de un horno.

–Mmm... no... no puede comprar nada.

–¿Te estuvo acechando algún paparazi?

–No pude evitarlo –dijo Jimin mirando por la ventana a los jardines–. Ya sabes como son.

–Sí –replicó Yoongi, acercándose a Jimin por detrás y poniéndole las manos en los hombros.

Jimin sintió un estremecimiento al notar su aliento en la nuca. Dio un paso atrás hacia él, buscando instintivamente su erección. Yoongi lo besó en el cuello, mientras le acariciaba el pelo con las manos.

–Sabes a gloria –le susurró Yoongi al oído–. No consigo apartar de ti mis manos y mi boca.

–Tal vez no pienses igual después de once meses –dijo Jimin.

Min lo agarró por los hombros obligándolo a darse la vuelta y a mirarle a los ojos.

–¿Por qué tienes que estar siempre con eso? Conoces de sobra nuestro acuerdo. Nos embarcamos en este matrimonio para conseguir lo que los dos queríamos. Ése fue el trato. Tú leíste el contrato y lo firmaste. Allí está tu firma a  pie de página.

Jimin se apartó de Yoongi y cruzó los brazos, sujetándose los codos con las manos.

–No piensas más que en el dinero –dijo Jimin–. Te pasas el día dedicado a tus negocios, pero ¿para qué? ¿A quién se lo vas a dejar todo cuando te vayas de este mundo?

Yoongi lo miró durante unos segundos. Había una gran tensión en su mirada.

–Con un poco de suerte, pienso vivir más de noventa años.

–No puedes saber lo que la vida puede depararte –replicó Jimin–. Nadie puede saberlo.

–Tienes razón, Minnie. Pero tienes que ser comprensivo y aceptar lo que acordamos. Cuando esto termine, quiero volver a mi estilo de vida de antes.

–¿Qué pasaría si eso no fuera posible? ¿Si ocurriera algo que cambiase nuestra situación?

–¿Qué quieres decir? –preguntó Yoongi con el ceño fruncido.

–Creo que lo mismo que quería hacerte ver tu abuelo con su testamento. Uno no puede llevar siempre la vida que quiere, hyung. A veces ocurren cosas que lo cambian todo y uno no puede hacer nada por evitarlo. -Dijo Jimin fijándole la mirada.

–¿De qué clase de cosas estamos hablando? –preguntó Yoongi inclinando a un lado la cabeza con gesto receloso.

–De nada en concreto –respondió Jimin mordiéndose los labios y desviando la mirada.

–¿Jimin? –dijo Yoongi alzándole la barbilla para que le mirara a la cara–. ¿Me puedes decir qué está pasando?

Sus ojos verdes se iluminaron unos segundos, pero luego bajó la mirada.

–Déjame, estoy cansado.

–Sí, me doy cuenta –dijo Yoongi pasándole dulcemente un dedo por la mejilla– Estás pálido y tienes ojeras. ¿Por qué no te vas a la cama? Yo dormiré esta noche en uno de los cuartos de invitados.

–No tienes por qué hacer eso... –dijo Jimin con un gesto nervioso en la mirada.

–Claro que sí, cariño mío –dijo Yoongi suavemente, dándole un beso en la frente–. Si no, no te dejaría dormir en toda la noche, ya sabes que cuando estoy a tu lado no me puedo controlar.

–Está bien, buenas noches, entonces –dijo Jimin con una sonrisa apenas perceptible.

Yoongi le tomó la mano al pasar y sintió el calor de sus dedos que se entrelazaron por un instante con los suyos. Luego, Jimin se soltó y se alejó lentamente hacia la habitación.

Yoongise quedó mirando fijamente el lugar donde Jimin había estado. Frunció el ceño al pensar en su despedida dentro de once meses. Sintió como si tuviera un alambre de espino dentro del estómago al imaginarse la escena del adiós: la entrega final del dinero, las palabras amables de rigor...

Parecía estar escuchándolas: «Lo he pasado muy bien contigo, me llevo un recuerdo muy grato de este tiempo que hemos pasado juntos. Nunca podré olvidarlo».

Tonterías.

¿Por qué su abuelo se había empeñado en juntarlos por un tiempo cuando sabía que eso sólo iba a traer dolor y sufrimientos cuando todo terminase?

Pero... ¿Por qué tenía que terminar?

Yoongi sacudió la cabeza como si quisiera desembarazarse de un pensamiento absurdo que se le hubiera pasado por la mente. Por supuesto que aquello tenía que terminar. Jimin tenía derecho a vivir su propia vida y encontrar a alguien que le diera todo lo que él deseaba. Jimin creía en el amor eterno y se lo merecía.

Nadie se lo merecía más. Le había dicho que no quería tener hijos, pero estaba seguro de que no había sido sincero. Había visto cómo se le había iluminado el rostro mientras jugaba con sus sobrinos.

Pensó en lo vulnerable que era. Fingía hacerse el duro, pero se le veía asustado como un niño. ¿Quién iba protegerlo cuando él no estuviera a su lado?

Si se divorciaban como habían planeado, quedaría aún más indefenso. Sería un blanco fácil para los vividores y desaprensivos que fueran en busca de su dinero.

Tenía una ingenuidad innata que, a pesar de su oscuro pasado, había conservado intacta.

No iba a resultarle fácil dejar marchar a Jimin. No había sospechado que llegara a sentir por el chico algo que, aunque no sabía bien lo que era, le producía un nudo en la garganta con sólo pensar en tener que separarse de Jimin.

Quizá no fuera necesario...

Frunció el ceño de nuevo, tratando de olvidar esos locos pensamientos.

Desaparecerían en seguida, se dijo para tranquilizarse. Siempre le había ocurrido así. Nunca se había enamorado. El amor era un sentimiento en el que no confiaba.  Amaba a su familia y daría su vida por cualquiera de ellos, pero el amor romántico era otra cosa, algo que se iba con igual facilidad con que venía. Era inconstante, efímero. No estaba dispuesto a dejarse llevar por esas falsas fantasías y espejismos de felicidad, aunque tenía que admitir que en algunos casos, como en el de sus hermanos, esa fantasía podía hacerse realidad.

Sonrió de forma cínica, pero sintió algo en lo más profundo del pecho.

Tal vez aún no estaba todo perdido para Yoongi.

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