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CAPÍTULO ONCE
CUANDO MI MADRE ME DIJO QUE las pruebas de embarazo caseras no eran del todo efectivas, tuve una pequeña esperanza. Sin embargo, el examen de sangre habló por sí solo. Era un hecho irrefutable: en mi vientre yacía un pequeño, puro e inocente Uchiha; la prueba de nuestro amor. O de lo que creía que era nuestro amor.
Pensar en ello me daba nauseas y finalmente terminaba con la cabeza metida en el inodoro. Mejor dicho: las veinticuatro horas del día yo me la pasaba en el baño. Lo cual hacía todo más complicado, sobretodo cuando papá estaba en casa.
De inmediato comencé a tomar vitaminas, hierro y todas esas cosas. Era un fastidio, pero debía hacerlo por el bien del bebé. Mi bebé.
Contaba con el apoyo de mi madre y de mi hermano. Pero, mi padre seguía sin saberlo. Mamá me dio un lapso de tiempo para contarle, solo que... tenía miedo. Yo aceptaba el hecho de que había sido una enorme irresponsabilidad de mi parte. Sin embargo, asumir la culpa no cambiaba nada. Absolutamente nada. Temía por la reacción de mi padre, ya le había decepcionado lo suficiente. No quería que mi hijo pagara las consecuencias de mis actos. Después de todo, era lo único que me quedaba de Sasuke; mis recuerdos y mi bebé.
Aquella tarde las cosas marchaban relativamente bien. Y digo relativamente, porque nada puede estar del todo bien cuando no sabes si el padre de tu hijo está siquiera con vida. Me sentía preocupada y mi ansiedad no ayudaba para nada. El baño se había vuelto mi mejor amigo y el inodoro, mi confidente. Literalmente se tragaba todo lo que salía de mi boca. De acuerdo, mal chiste.
En cuanto a Naruto, bueno él... pasó de querer traer de regreso a Sasuke, a odiarlo. Nadie podía ser más volátil que Naruto, excepto yo misma. Había olvidado lo parecido que eramos. Echaba de menos a mi tonto hermano mellizo y ahora no pasábamos demasiado tiempo separados; así como antes.
— ¿Crees que se parezca a mí? —preguntó Naruto, pegándose a mi vientre tal y como si intentara escuchar algo allí adentro.
— Por supuesto que sí —respondí yo—. ¿Un Uchiha rubio? Será bastante interesante, ¿no crees?
— ¿Uchiha? —se tensó, alejándose de mí—. Estás de broma, ¿verdad que sí?
— Sabes que él es su papá —musité, volviendo mi mirada hacia la ventana de mi habitación—. No hay nada que hacer al respecto.
— ¿Y si Sasuke no regresa jamás?
Tragué saliva y me limité a encogerme de hombros. ¿Qué podía decirle? ¿Que una pequeña parte de mi aguardaba el regreso de Sasuke? Ni siquiera sabía lo que sucedería si él pisaba nuevamente la aldea. Aún así, mantenía una pequeñísima esperanza que crecía cada día en mi interior y que tenía vida propia.
— Sea como sea —Naruto rompió el silencio, poniéndose de pie—. Ese bebé será un Uzumaki. En todo caso, Namikaze. Da igual. Pero, ¿Uchiha? —negó con la cabeza.
— Demonios, Naruto —también me puse de pié—. Yo entiendo que quieras protegerme, pero no puedes simplemente decidir si será un Uchiha o no. No puedes manipular la información genética de un ser humano. ¿Lo entiendes? Las cosas son como son. No hay nada que se pueda hacer.
— Lo entiendo, 'ttebayo —resopló, rodando los ojos—. Pero...
— Nada de peros.
— No es justo —refunfuñó, cruzándose de brazos—. Tú estás aquí sufriendo y él quién sabe dónde. Dejaste todo por él y no le importó irse.
— ¡Estás sufriendo más que yo! —por primera vez en mucho tiempo, solté una carcajada sincera. Le sujeté por los hombros y hablé—. Estaremos bien. ¿Y quieres que te diga por qué?
— Ajá.
— Estarás cuidando de nosotros. Así como ya lo estás haciendo. No te preocupes.
Y sí, en un intercambio de papeles, ahora era yo quien le daba ánimos a mi hermano. Lo cual era bastante divertido.
Si Sasuke regresaba, tendría que enfrentarse a Naruto. Por ahora, era yo quien debía enfrentarme a mi padre.
— Hola, papá —entrando a su oficina, le saludé con la mano y caminé hacia su escritorio.
Al verme, él sonrió y soltó el papel que leía.
— Hola —se puso de pie rápidamente y yo negué con la cabeza.
— No es necesario que te levantes —lo mejor era que permaneciera sentado. Quizá la noticia le caía mejor de esa forma o yo qué sé. Mi cerebro ya no estaba funcionando como era debido. Mis nervios estaban ganando la batalla y mis pies, solo querían correr. Huir y no volver jamás. Huir como una vil cobarde.
Yo también tomé asiento.
— ¿Sucede algo?
Me pregunté cuál era la forma correcta de decirle a tu padre que será abuelo y no importó cuánto pensara y pensara, no se me ocurría absolutamente nada. Ni una maldita idea.
— Bueno —comencé—. Sí sucede algo.
Y, antes de que pudiera soltar la sopa, la puerta de la oficina se abrió.
— Hokage-sama, la reunión está por comenzar. Todos esperan por usted.
Ese día no le dije... y el siguiente tampoco. El plazo que mi madre me había dado se estaba agotando y yo solo quería explotar como una burbuja de jabón.
— Tienes que decirle a tu padre —repitió mi mamá. Su insistencia no ayudaba para nada.
Hasta aquella noche de lluvia y truenos en la que la electricidad falló.
— Estoy esperando un hijo de Sasuke, papá.
A partir de entonces, perdí la cuenta de cuántas veces vi a Sasuke en mis sueños. No importaba el tiempo que pasara, no importaban los días o los meses, cada noche lo veía; feliz, sonriendo y con nuestro hijo en brazos. Despertar era la peor parte.
Sin embargo, con sentir a mi bebé moverse y ver crecer mi vientre, me bastaba para sobrevivir.
Hasta aquél día cuando lo vi frente a mí. Faltaban tres meses para el nacimiento de mi hijo y con sinceridad, no me sentía lo suficientemente fuerte como para enfrentarme a él. Al principio creí que solo se trataba de otro de mis sueños, por lo que no dije nada. Y, mientras él me observaba sin mostrar ni una sola expresión facial, yo aguardé. Estaba segura de que pronto desaparecería, así como en los sueños anteriores. No obstante, noté algo diferente.
Él estaba diferente. Sus ropas eran distintas e incluso su aura, parecía otra.
Mientras me aseguraba de mantener la calma, recordándome una y otra vez que solo era un sucio juego de mi mente, él caminaba hacia mí, dando pasos firmes.
El corazón comenzó a latirme muy rápido. Como acto reflejo, llevé mis manos a mi abultado vientre y di traspiés, en un pobre intento de retroceder.
Él aceleró y bajó su mirada escarlata a mi vientre, examinándolo.
Su ceño se frunció.
Yo traté de decir algo, pero nada salió de mi boca. Mis palabras quedaron atrapadas en mi garganta.
Sasuke extendió su brazo para tocarme, pero algo lo detuvo.
Una brisa muy fuerte se interpuso entre nosotros. De inmediato noté que se trataba de Naruto, quien me colocó detrás de él en modo protector.
— Aléjate de ella, Sasuke —gruñó mi hermano.
Entonces, supe que no era una pesadilla.
Era él.
De alguna forma, Sasuke estaba allí.
Sasuke estaba con vida; había vuelto.
¿Por mí?
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