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El apartamento ocupaba todo el último piso de una de las nuevas torres en Las Vegas. Las paredes eran completamente de vidrio, ofrecían una vista de 360 grados de la ciudad y del paisaje que la rodeaba. Y mientras cada cuarto en el hotel y casino de debajo estaban decorados con las más particulares especificaciones, el penthouse estaba inacabado. Serpenteantes cables caían desde el techo de metal, las columnas de soporte eran sólo metal y el piso de concreto seguía cubierto por gruesas capas de plástico. Las herramientas de los trabajadores estaban apiladas en una esquina del gran cuarto, latas de pintura y escaleras de mano en otra.

El joven de cabello dorado ataviado en un impecable traje negro hecho a la medida se reflejaba en los sucios ventanales. Abriendo la puerta deslizable, salió a un amplio balcón curvado. Muy por debajo de él, desplegándose en brillantes colores, yacía Las Vegas. Amaba esa vista. Los edificios más altos estaban en Las Vegas, al igual que los más espectaculares hoteles y casinos, pero ninguno de ellos tenía esa vista. El apartamento había sido elegido y designado para permitirle mirar la ciudad que secretamente dirigía, pero él paró la construcción a medio camino de completarse. Antes de que estuviese terminado, había algo que debía hacer. Alguien que debía matar.

Amargos recuerdos agriaron su expresión, convirtiendo su bello rostro en una máscara cruel. Tal vez, cuando la noche terminará, podría llamar a la constructora para que completaran el trabajo. Regresando dentro, miró alrededor. Sabía exactamente cómo debía ser: blanco puro. Mármol blanco italiano en el piso y pequeñas luces en el techo delineando la constelación de Cygnus. En algunas culturas del Este y africanas, el blanco es el color del luto. Mantendría la habitación como un santuario a la memoria de la mujer que una vez amó... antes de que lo traicionara.

Repentinamente, el seco y arenoso aire se llenó con una indefinible esencia almizclada y sintió una vibración. Ajustó su corbata y, un instante después, una figura salió de las sombras detrás de él.

—Ella viene —la criatura habló en la antigua lengua de los celtas.

El joven se giró y abrió los brazos.

—Morrigan, Gran Reina —dijo en la misma lengua—. Es bueno verte.

De piel pálida y cabello negro, la mujer tenía un rostro estrecho y angular, con mejillas prominentes y barbilla puntiaguda. Sus ojos estaban ocultos detrás de unas pequeñas gafas oscuras. Morrigan estaba vestida de pies a cabeza con cuero negro. Usaba un corsé ornamentado con brocados de plata, dándole la apariencia de una coraza medieval, y sus guantes de cuero tenían estoperoles cuadrados cosidos por detrás de los dedos. Los guantes no tenían puntas, dejando al descubierto las largas uñas negras de la Inmemorial. Llevaba un pesado cinturón también de cuero, decorado con trece escudos redondos y, colgando de sus hombros, una capa hecha enteramente de plumas de cuervo. Los antiguos celtas la llamaron la Diosa Cuervo. La adoraban y rendían culto como la Diosa de la Muerte y Destrucción.

El hombre tomó su mano e inclinó la cabeza sobre ésta, presionando los labios en su fría piel.

—Gracias por venir.

Morrigan permaneció de pie frente a la ventana y miró la ciudad debajo de ellos. Incluso en las tempranas horas de la mañana, era un caleidoscopio de luces.

—¿Estás seguro de querer hacer esto?

El joven parpadeó en sorpresa.

—Nunca pensé que te escucharía decir algo así.

—He conocido a la Sombra por más tiempo que tú. La he seguido por milenios a través de éste y otros Mundos de Sombras. Ella es intrépida y mortal.

Él se giró y permaneció hombro con hombro con Morrigan. Sacando un pañuelo blanco de su bolsillo, lo pasó por el vidrio. La tela blanca terminó manchada de negro y él la lanzó a un lado.

—Ah, pero contamos con una gran ventaja —Morrigan lo miró, con las cejas levantadas en una pregunta silenciosa—. Tenemos el elemento sorpresa —continuó—. Scathach cree que viene aquí a rescatarme —rió y su respiración creó un círculo húmedo en el cristal—. Y ese momento de sorpresa será su condena. Tendré mi venganza.

—La venganza es siempre un juego peligroso Morrigan por lo bajo. Abrió la puerta corrediza y salió al balcón. Una ráfaga de aire seco, acompañado de un tenue sonido de tráfico llegó desde la ciudad. Luego, subiendo en el barandal, la Diosa Cuervo alzó el vuelo a la noche, sobrevolando la ciudad que nunca duerme.

Desinteresado por el vuelo de Morrigan, el joven se alejó de la ventana, sacó un delgado teléfono del bolsillo de su camiseta y marcó un número de marcación rápida. La llamada fue contestada en el primer tono.

—Ella viene —anunció—. Recuerden, la mujer pelirroja es mía y sólo mía. Cualquier acompañante es todo suyo —su atractivo rostro se tornó bestial—. Si ella es herida por alguien que no sea yo, mi venganza será terrible.    

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