7
Billy era feliz cuando manejaba. Representaba la mayor de las libertades. No podía recordar cómo o cuando prendió a montar, era solo algo que siempre había hecho. Un gran mito había nacido acerca del vínculo especial entre el vaquero y el caballo. La verdad, Billy nunca había sentido tal conexión con ningún animal, pero conoció a algunos que sí. Cuidas de un caballo de la misma manera de la que harías con un coche. Te lleva de un punto A a un punto B más rápido de lo que llegarías caminando. Pero sí que recordaba el preciso momento en que compró su primer auto. Había sido, naturalmente, un Modelo T, y en 1916, le había costado cerca de setecientos dólares, lo que era una fortuna en esos días. Había manejado Fords durante los siguientes cuarenta años, hasta que compró el Thunderbird 1960 convertible. Se enamoró instantáneamente con el auto y nunca compró otro. En las cinco últimas décadas había utilizado una fortuna manteniendo el Thunderbird, y no se arrepentía de ningún centavo. Ese coche era su orgullo y su alegría. Acomodandose en el asiento, apretó suavemente el acelerador y el gran motor V8 se abalanzó con un ligero gruñido.
—Ten cuidado —dijo Scathach, las primeras palabras que decía en las últimas trescientas millas—. No queremos que nos detengan por exceso de velocidad.
—Siempre tengo cuidado —Billy sonrió.
La mujer pelirroja se enderezó en el asiento y subió las gafas a la cabeza. Miró alrededor. La carretera estaba sumida en la oscuridad de la noche, sólo iluminados brevemente por luces de las señalizaciones— ¿Dónde estamos?
Hicimos buen tiempo. Acabamos de pasar Barstow y entrado en la Interestatal 15. Tal vez lleguemos a Las Vegas en dos horas y media. Deberíamos estar ahí al amanecer.
Scathach se estiró, moviendo la cabeza de atrás para delante.
—Has estado manejado toda la noche. ¿Cómo te sientes?
—Estoy bien. Amo conducir. Uno de estos días me gustaría conducir de un lado del país al otro. Costa a costa.
Scathach asintió.
—Fui en tren una vez hace tiempo —relató—. No te he agradecido por esto, ¿verdad? Sé que no fue exactamente voluntario.
—No, no lo fue —admitió, luego sonrió—. Pero pienso que no estaba en posición de protestar. Pensé que ibas a arrancar la cabeza. No me di cuenta de que eras un vampiro.
—No bebo sangre —aclaró con una sonrisa, mostrando deliberadamente sus colmillos. El tablero de mando iluminó su rostro desde debajo, convirtiéndolo en una máscara aterradora—. Mi clan, el de los vampiros, con i, es vegetariano. Los otros vampyros, con una y, son quienes beben sangre.
—Es bueno saberlo. Pensaba que todos eran bebedores de sangre. ¿Cómo puedo distinguirlos?
—No puedes. El mejor consejo que puedo darte es que te mantengas apartado de todos. Somos malas noticias.
—¿Hasta tú? —preguntó.
—Especialmente yo.
Billy hizo una mueca.
—Entonces —comenzó, cambiando el tema—, tu amigo que está en problemas, ¿qué vas a hacer por él?
—Rescatarlo.
—¿Tú sola?
—De verdad no tienes idea de quién soy, ¿cierto?
El inmortal negó.
—Nunca había escuchado de ti hasta hoy.
—Bueno, entonces espera nunca averiguarlo.
—Mira... —empezó Billy despacio. Había estado pensando mientras conducía—. No me siento bien con la idea de ti enfrentando un montón de vampyros, con y, por tu cuenta. Tal vez debería ir contigo y ayudarte.
A la Sombra le tomó un momento antes de poder responder. Echó la cabeza para atrás y rió, el sonido sonó fuerte y puro en el aire del desierto. Y luego, tan pronto como llegó, la risa murió.
—¿Por qué? ¿Piensas que no puedo con ello?
Billy sacudió la cabeza.
—No, no, nada de eso. Pero probablemente habrá muchos de ellos y, además, todos necesitan una mano a veces.
Scathach se irguió y rápidamente levantó los nunchaku del piso junto a sus pies. La cadena que conectaba los extremos de madera tintineó al levantarlo.
—¿Pasa algo malo? —Billy echó un vistazo por el espejo retrovisor. Ellos eran el único coche en la larga y recta Interestatal 15.
—Tenemos compañía —dijo Scathach en voz baja. Apuntó su lado de la carretera con la punta del nunchaku.
Durante un momento, el inmortal no vio nada, y luego una docena de círculos dorados brillaron brevemente antes de desvanecerse.
–¿Coyotes? —preguntó.
Scathach negó.
—Muy grandes. Lobos.
—No hay lobos en esta parte de California.
—Exactamente.
Él escudriñó la oscuridad.
—¿Dónde están?
—Están aquí.
El camino se curvó un poco y las luces del Thunderbird alumbraron cuatro grandes lobos grises cerca del borde de la carretera. Cuando las luces bañaron sus hocicos, sus ojos se tornaron dorados.
—Supongo que no son naturales —opinó Billy por lo bajo.
—¿Tú qué crees? —preguntó Scathach. Se inclinó hacia atrás para que Billy pudiera ver a través de la ventanilla. Los lobos corrían silenciosamente junto al coche, siguiéndole el paso.
Billy revisó el velocímetro.
—Vamos a setenta y cinco millas por hora. ¿Qué clase de cosas son esas?
—Cucubuths. Cambiadores de forma. Abominaciones. Son el resultado de la cruza de un vampiro y uno de los clanes Torc*. ¿Puedes ver sus auras?
Billy entrecerró los ojos. Jirones de humo salían de los lobos.
—¿Gris sucio?
—En su forma humana tienen colas, pero sus auras siempre los revelan.
—¿Atacaran?
—No. Sólo están monitoreando nuestro progreso.
—Así que, nos estaban esperando.
—Me estaban esperando —aclaró.
—Tu dijiste que tu amigo fue capturado por los vampiros.
—Eso dije.
—Entonces, ¿quién les dijo que venías? —preguntó Billy—. ¿Y desde esta dirección?
La Sombra negó. Los mismos pensamientos habían estado dando vueltas en su cabeza.
—Suena a que estas yendo a una trampa —murmuró Billy.
—No sería la primera vez —Scathach mostró sus colmillos vampíricos—. Y sigo aquí.
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