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—Los veo la próxima semana. Sigan practicando.

La esbelta joven pelirroja con impactantes ojos verdes despidió con una reverencia a los últimos estudiantes del dojo, luego cerró la puerta y regresó a la amplia habitación. La sonrisa artificial que siempre usaba al tratar con humanos cayó y sus rasgos se tornaron afilados, incluso crueles. Aparentaba alrededor de diecisiete, pero Scathach había nacido en los días oscuros tras la caída de Danu Talis, diez mil años antes. Había pasado más de dos miles y medio de esos años en el Mundo de Sombras de la Tierra. No se sintió cómoda cerca de los humanos; la experiencia le había enseñado a no ser cercana a ellos. Siempre era más feliz cuando estaba sola. Y había pasado la mayor parte de su vida sola.

Silbando una melodía que había sido popular en la corte del Tutankhamen, Scathach abrió una angosta alacena y sacó una escoba. Comenzando por la parte trasera de la habitación, comenzó a barrer el piso en largos y rítmicos movimientos.

El dojo de artes marciales era plano y sin adornos, pintado en tonos de blanco y crema con tapetes negros dispersos por el brillante suelo de madera. Largos rayos de sol del atardecer entraban por las ventanas, mostrando espirales de motas de polvo en el aire ligeramente viciado.

Cuatro tardes a la semana Scathach enseñaba Karate y cada viernes en la mañana, daba clases de autodefensa para mujeres. Dos veces a la semana, instruía a un puñado de estudiantes especiales en el antiguo arte hindú de Kalarippayattu, el arte marcial más viejo del mundo. Ninguno de sus estudiantes se daba cuenta de que su maestra había sido una de las creadoras del antiguo sistema de pelea, el cual había inspirado las artes marciales chinas y, después, las japonesas.

—Será mejor que vaya a comprar algo de comida más tarde —decidió mientras barría. Scathach era un vampiro. No necesitaba alimentarse, pero tiempo atrás se había dado cuenta de que, a fin de mezclarse con el mundo humano, necesitaba hacer lo que ellos hacían. En un pasado lejano, algunos de su mismo clan se habían dejado al descubierto, bien por estupidez o por arrogancia. Y el error más común era dejar ver que no requerían de necesidades básicas como la comida: fruta, leche, té. Ella se aseguraba de que la mayoría de los vendedores del barrio la conocieran. Incluso fingía un pobre mandarín o cantones al hablarles. Sabía ambos lenguajes a la perfección, pero pensaba que eso la haría menos llamativa si parecía esforzarse.

Cuando terminó de barrer, Scathach entró a la pequeña oficina en la parte trasera del dojo. Igual que el resto del lugar, tan liso que bordeaba la austeridad: solo un simple escritorio de madera dándole la cara, una desvencijada silla de cocina detrás. No había certificados de artes marciales en las paredes (nadie cuestionaba sus habilidades), pero una de ellas estaba adornada con armas antiguas de alrededor del mundo: espadas y guadañas, hachas, lanzas, nunchakus y sais, khandas y espadas escocesas. Todas ellas deterioradas y abolladas por siglos de uso en incontables batallas en cientos de Mundos de Sombras.

El teléfono inalámbrico y la contestadora en la esquina del escritorio eran los únicos artículos modernos en el cuarto. La contestadora estaba parpadeando.

Una mueca de sorpresa pasó por el rostro normalmente inexpresivo de Scathach. Rara vez recibía llamadas a ese teléfono. El número no sólo era privado, sino que ni siquiera la compañía telefónica lo tenía registrado. Cualquier llamada era transferida por una docena de puntos de cambio y rebotada a través de dos continentes y un satélite, haciendo el número ir rastreable. Scathach podía contar con los dedos de una mano a las personas que sabían cómo contactarla. Hacía un año (no, catorce meses) desde la última llamada, y era alguien vendiendo un seguro de vida.

Scathach sacudió la cabeza. Sólo podía significar problemas. Y problemas quería decir que tendría que mudarse. Suspiró. Realmente amaba San Francisco; esperaba poder quedarse por otra década, hasta que su apariencia sin cambios la forzara a buscar otro lugar para no levantar sospechas. Podría regresar en un siglo o así, cuando todos aquellos que la conocieran estuviesen muertos. Pero no quería irse tan pronto.

Presionó Reproducir.

—Tiene dos nuevos mensajes.

—Tengo entendido que has estado buscando cierta pithos —la voz tenía un tono arrogante, hablaba en un lenguaje que no había sido utilizado en América en milenios—. Estoy en posición de ofrecértelo.

—Por supuesto que lo estás —susurró Scathach con una sonrisa. Quetzalcóatl la había llamado deliberadamente, dándole a entender que él sabía que estaba viva. Ella había descubierto recientemente, más por accidente, que el Inmemorial tenía el artefacto en su colección de antigüedades. Durante las semanas pasadas, visitó a una docena de sus agentes y les hizo saber que lo quería. Sabía que el mensaje llegaría a Quetzalcóatl tarde o temprano, y sabía también que él la contactaría. El inmemorial conocido como la Serpiente Emplumada le daría gustoso la pithos para evitar que arrasara con su Mundo de Sombras en su busca. Scathach planeaba dejar solo ruinas humeantes.

—A pesar de que la pithos tiene un gran valor personal para mí, me gustaría presentarlo como un gesto de buena voluntad.

"¡Buena voluntad!". Scathach estaba sorprendida de que Quetzalcóatl supiera siquiera como pronunciar las palabras. Sus labios se curvaron en una sonrisa cruel. Le estaba dando el jarrón porque le tenía miedo.

La cinta de la contestadora siseó por un minuto y luego hubo un sonido parecido a una tos, Scathach se dio cuenta de que Quetzalcóatl estaba intentando reír.

—Deseo no hacerte mi enemiga. Era buen amigo de tus padres. De hecho, creo que podríamos estar emparentados por la familia de tu madre. No somos tan diferentes, tu y yo.

—No tienes idea de cuan diferentes somos —murmuró en la pausa siguiente.

—Mi representante te llamará más tarde hoy. Es un humano inmortal y sabe de tu naturaleza. Puede ser un poco arrogante, pero estaría agradecido de que no lo mataras. Me es útil.

Hubo un clic y después el mensaje se detuvo.

—Bueno eso fue fácil —rió Scatty. Estaba preparada para invadir el Mundo de Sombras del Inmemorial en busca de la famosa pithos. Presionó de nuevo el botón de Reproducir y escuchó el segundo mensaje.

—Hace un tiempo me dijiste que, si alguna vez me encontraba en problemas, podía llamarte.

—El aliento se le atoró en la garganta. Esa era una voz que no había escuchado en mucho tiempo, la voz de un hombre joven con un leve acento. Un hombre que ella sabía muerto.

—Pero cuando llame no llegaste, y pagué un terrible precio. Me fallaste una vez. Scathach, estoy en problemas ahora. Graves problemas. Te necesito, Sombra. Hay vampiros en Las Vegas, están cazándome. Estoy en...

Antes de que terminara la oración, la llamada secortó. 

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