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—Billy, déjame ser muy claro —dijo el Inmemorial Quetzalcóatl—. No abras el jarrón.

El joven vestido con una camiseta desteñida de la Ruta 66 y unos jeans azules deslavados asintió. Enganchando sus pulgares en su cinturón, con las yemas de los dedos posadas en su ornamentada hebilla, se inclinó hacia delante y observó el bellamente decorado jarrón de barro en el centro de la mesa. La amplia boca estaba sellada herméticamente con lo que parecía cera negra, grabada al agua fuerte con una escritura delgada.

—No abrir el jarrón —repitió Billy en tono quedo para sí, luego preguntó—, ¿Por qué...? ¿Qué hay en él?

Quetzalcóatl se mantuvo sin expresión.

—No quieras saberlo.

—Quiero, en realidad —Billy the Kid miró a la esbelta criatura con nariz de halcón y sólidos ojos negros de pie al otro lado de la habitación—. Si quieres que entregue esto, lo menos que puedes hacer es decirme que hay dentro.

Una mirada de irritación cruzó el rostro color cobre del Inmemorial. Su larga cola de serpiente, cubierta de escamas y plumas, silbó bajó el dobladillo de su toga de seda blanca y se movió de atrás para delante sobre el suelo.

Billy alargó el brazo para tocar el jarrón. Pero antes de que pudiese tocarlo, una chispa crujió desde una de las decoraciones ornamentales de la superficie. Billy saltó hacia atrás, sacudiendo sus repentinamente entumecidos dedos. Metió el pulgar en su boca y lo chupó.

—Eso dolió.

—Te dije que no lo tocaras.

—Me dijiste que no lo abriera —Billy corrigió al Inmemorial.

Los ojos negros de Quetzalcóatl se fijaron en Billy. El inmortal americano se encogió de hombros.

—"No lo abras" dijiste, no "no lo toques".

—No lo toques —estalló Quetzalcóatl.

Billy sonrió. — ¿Entonces cómo voy a cargarlo?

La boca del Inmemorial se abrió y su lengua negra pasó entre los dientes afilados.

—Esa inteligente boca tuya va a hacer que te maten algún día.

—Tal vez —dijo Billy—, pero solo cuando ya no sea de ninguna utilidad para ti.

Quetzalcóatl se inclinó hacia él. Jirones de su barba rozaban el jarrón, provocando que saltaran pequeñas chispas verde-azuladas. —¿Sabes cuántos sirvientes humanos tengo?

—No —los fríos ojos azules de Billy miraban fijamente, sin vacilar, la cara del Inmemorial—, ¿cuántos?

Remolinos de color grasiento se movieron sobre la superficie de los oscuros ojos de Quetzalcóatl. Luego se irguió y abrió la boca en una mueca que asemejaba una sonrisa.

—Tal vez debería dejarte abrirla—dijo. Golpeteó el jarrón con un dedo con la uña pintada de negro—. Es una pithos*.

—Pensé que era un jarrón —musitó Billy. Miró devuelta a la mesa. El jarrón medía aproximadamente cuatro pies de alto, con una boca ancha sobre un cuerpo estrecho de base circular. El cuerpo del artefacto estaba grabado con líneas horizontales de escrituras antiguas y decoraciones en espiral parecidas a olas.

—Un jarrón, una pithos. ¿No aprendiste nada en la escuela?

Billy sacudió la cabeza.

—Pasamos mucho tiempo en carretera cuando era joven, no había mucho tiempo para la escuela, y comencé a trabajar cuando mi mamá murió. Tenía catorce. Todo lo que sé, lo aprendí por mi cuenta.

Quetzalcóatl negó.

—A veces me pregunto por qué te hice inmortal.

—Porque salvé tu vida —le recordó Billy con una sonrisa. Levantó el índice y el pulgar—.Si mal no recuerdo, estabas a esto de terminar con tus diez mil años en esta tierra.

Quetzalcóatl se dio la vuelta y comenzó a moverse por la habitación. La luz del atardecer se colaba por las grandes ventanas abiertas, el aire olía a especias exóticas.

—Sólo recuerda, Billy, puedo arrebatarte tu inmortalidad tan fácil como te la concedí.

Billy the Kid se tragó su respuesta y cruzó los brazos sobre su pecho. Él nunca pidió ser inmortal, pero estaba comenzando a disfrutar de su larga vida y sabía que, si era cuidadoso, podría vivir por otros cien años. O doscientos, o hasta trescientos. Había escuchado historias de inmortales europeos que habían vivido por más de medio milenio. Su amigo Black Hawk le había contado que una vez había conocido un humano inmortal que tenía la reputación de tener mil años. Billy no estaba seguro de creer eso; Black Hawk era cien años mayor que él, y disfrutaba contándole las más más extravagantes historias.

Quetzalcóatl regresó a la mesa con un grueso costal café. Agitó el costal abierto y un puñado de nudosos granos café rebotaron en la mesa.

—Toma esto —ordenó. Billy tomó el costal, tosiendo por la amarga ráfaga de esencia de cacao se escapaba del interior. Quetzalcóatl era adicto al chocolate y tenía los más finos granos traídos desde Sudamérica cada mes. Levantando la pithos, el Inmemorial la puso cuidadosamente dentro del costal y cerró este con una tira de cuero.

—Quiero que lo lleves a esta dirección en el Barrio Chino. Dáselo a la persona de ahí. La llamaré tan pronto como te vayas y le diré que se lo llevaras. Ella lo está esperando. Y Billy —Quetzalcóatl agregó con una sonrisa irregular—, no hables con ella. No trates de pasarte de listo, no seas gracioso o ingenioso. Sólo dale la pithos y vete. Asegúrate de ponerla en sus manos. Y después olvida que alguna vez la conociste.

—¿Tratando de asustarme? —Billy levantó una ceja.

—Trato de advertirte.

—Bueno, no me asusto tan fácil —Billy the Kid levantó la bolsa. Era sorpresivamente pesada—Suenas un poco nervioso —le molestó— ¿Quién es esta mujer?

—No una mujer humana. Es la mejor guerrera entre guerreros, a veces llamada la Asesina de Demonios o la Hacedora de Reyes. Es Scathach la Sombra.








*Una tinaja oval de origen griego, utilizada para guardar cualquier cosa..

Y este es mi intento de meter a más personas a mi decadente fandom.

Disfruten!

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