Nueva York
Después de pasar por el procedimiento estandarizado de las preguntas obligatorias del soñoliento aduanero, nos encontramos al otro lado de las grandes puertas de cristal del aeropuerto neoyorquino. En la cara calurosamente sopló el húmedo aire estival, la calle empezó a pulular con caras de piel morena y fílmicos taxis amarillos –yo entendí que estaba en Nueva York.
El taxista de piel negra, sin dejar de hablar por teléfono ni por un minuto, nos llevó velozmente y con seguridad al centro de la ciudad –allá, donde los vigorosos rascacielos desalojaron -sin ceremonia- prácticamente a todas las casas bajitas y a las endebles construcciones de un piso, desplazándolas hacia las afueras de la ciudad.
Nuestro hotel ¡de 25 pisos! se encontraba en pleno centro de Manhattan. La extraña mezcla chino-turca de la decoración interior fue completada con un cóctel multinacional de chinos indiferentes, de mejicanos relativamente amables y de procedentes de los lugares más remotos de Rusia, también bastante respetuosos. Sin embargo, esta opinión favorable sobre la «amistad de los pueblos» fue estropeaba fuertemente por las desaseadas vistas de las habitaciones con las ventanas sucias y los vetustos muebles empolvados. Y la noticia sobre la limpieza una vez cada ¡tres días! afectó cruelmente mis impresiones estéticas.
Pero, de manera milagrosa, conseguimos cambiar la habitación (descendiendo del piso 23 al 19) y, en concepto de compensación moral por perder altura, nos dieron una cama enorme, un baño completamente decente y, lo más inesperado, una vista desde la ventana -absolutamente urbanística pero también absolutamente lujosa.
A propósito, nunca pude entender cómo en el centro de la ciudad se las ingenian para insertar hoteles tan viles, a unos precios, sin embargo, correspondientes en gran medida a la altura del edificio y a la ubicación envidiable. Pero, si tengo que elegir entre el confort y la cercanía al centro, conscientemente opto por lo último. En nuestro caso el sitio ideal donde estaba el hotel, nos permitía, literalmente, en 3 minutos estar en la plaza más conocida y animada de Nueva York.
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