BIG CITY LIGHTS



Esta vez yo hice la valija con tiempo. Al chequear si los documentos estaban en su lugar y habiendo quedado bastante satisfecha con mi reflejo en el espejo (como en Nueva York todo es top, quería tener un aspecto particularmente prolijo), eché una mirada al reloj –ya era la hora.

Ya en el taxi, el SMS de mamá: "¡Esta nevando en Europa!". ¡A mediados de julio! Bromeaba... seguro. Pero, en cuanto el auto arrancó, como si se confirmaran sus palabras, en Buenos Aires comenzó una tormenta terrible. Incluso, extraña, ya que de repente y bruscamente empezó a quebrar los árboles y a arrancar los carteles publicitarios, haciendo que los autos y micros impotentemente se acercaran apretados a los cordones para esquivar los montones formados. Así que llegamos al aeropuerto con gran dificultad sin saber si íbamos a volar.

Pero, gracias a Dios, despegamos y, obviando los detalles superfluos, aterrizamos felizmente entonces en la tierra americana.

Después de pasar por el procedimiento estandarizado de las preguntas obligatorias del soñoliento aduanero, nos encontramos al otro lado de las grandes puertas de cristal del aeropuerto neoyorquino. En la cara calurosamente sopló el húmedo aire estival, la calle empezó a pulular con caras de piel morena y fílmicos taxis amarillos –yo entendí que estaba en Nueva York.

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