I
Sus pasos rompían el silencio absoluto por cada vez que los zapatos que llevaba golpeaban el piso de madera. Había hecho ese recorrido ya demasiadas veces tras los numerosos ensayos, así que ya sabía en qué lugar debía situarse antes de que la cortina se abriese.
Inhaló.
Miró hacia un lado, desde donde su hermana se había asomado un poco, siendo seguida al poco tiempo por su hermano mayor, que le tomaba de la mano. Él le mostró una sonrisa que claramente demostraba que le estarían animando.
También sonrió un poco y asintió.
Fue cuando el pasado telón se partía en dos, empezando a recorrerse hacia un lado cada parte, presentándolo ante los invitados a la fiesta de aquella noche. Como siempre, el auditorio lleno. Sus hermanos y sus padres estaban en los primeros asientos... Al igual que su bisabuela.
Era el primer concierto que tenía. ¿Margen de errores? Ni siquiera debía cometer errores. Después de las prácticas tan extensas que tuvo, no había razón para cometer aquellos errores. Todo debía ser perfecto en ese momento.
Las luces le daban una iluminación que se reflejaba en dorada al chocar con la adornada ropa que usaba, a modo de que pareciese un disfraz de príncipe, bastante sencillo a decir verdad, pero que definitivamente resaltaba bajo ese halo dorado. Su cabello blanco casi plateado también era bañado por esas luces, siguiendo sus movimientos de cabeza mientras continuaba pasando el arco sobre las cuerdas del violín, entonando una dulce melodía.
Cualquiera diría que era un ángel el que estaba dando la presentación en ese momento, pues la serena expresión de su rostro era como si se hubiese quedado dormido mientras su brazo ejecutaba rápidos pero elegantes movimientos conforme la canción se acercaba a la cúspide. Igualmente, traía una sensación de paz maravillosa el simple hecho de escuchar cualquier pieza que sea interpretada por él que, claro, también eran de su autoria como bien sabían todos los presentes. Era por eso que habían asistido.
Y él lo sabía.
Efectivamente, él mismo sentía como si pudiera quedarse dormido en ese momento. Incluso de forma breve... Entonces se lograba desconectar por completo. Y una vez completamente desconectado del mundo, pudo ver aquel lugar por primera vez.
. . .
Ese lugar de paredes blancas y ventanas gigantes, con un jardín que se extendía muchísimo más allá de donde él se encontraba, donde un sol maravilloso relucía.
Observó por un momento. ¿Y el concierto? ¿Cómo había llegado ahí exactamente?
Dio algunos pasos antes de ser detenido por una mano. Un niño idéntico a él, vestimenta, rostro... En todo.
--Aquí.
Incluso la misma voz.
El niño le señalaba ahora una mesa y un par de sillas. ¿Quería que se sentara allí?
Caminó hacia la silla y la movió un poco para sentarse. El otro niño hizo exactamente lo mismo. Se quedaron mirando de frente algunos segundos hasta que el niño extendió una hoja.
Partituras. Muchísimas partituras.
--¿Son para mí...?
Asintió.
. . .
Una cuerda rota.
El fino sonido de que una de las cuerdas del instrumento se había roto. Pero él continuó tocando, sin advertir si quiera lo que había sucedido. Y pronto la audiencia se olvidó también de ello, pues ahora sus movimientos eran mucho más rápidos, danzando entre nuevas notas que se colaban entre la repetición de la pieza hasta convertirla en una nueva completamente diferente. Las notas pareciesen arremolinarse de forma agresiva antes de estallar en una armonía majestuosa que vibraba desde el interior del violín, resonando de una manera que pareciese que podría atravesar las cuatro paredes del auditorio sin ningún problema.
La música iba aumentando y los movimientos de él eran más rápidos, pero siempre precisos. No parecía perder ninguna nota y seguramente se había aprendido aquello de memoria, pues todavía mantenía los ojos cerrados desde el inicio y su expresión impasible reforzada más la teoría.
Pero un inconveniente con las cuerdas de inmediato alarmaría a cualquiera.
Fue cuando una segunda cuerda se rompió que pareció que empezaba a abrir los ojos. Pero eso no lo hizo detenerse, al contrario. Incluso dio unos pasos al frente en el escenario, una posición mucho más firme que la que había estado manteniendo antes y continuó tocando.
No parecía querer detenerse en ningún momento mientras continuaba ejecutando la melodía. La gente ya estaba demasiado atónita en ese momento como para darse cuenta del fino sonido de una tercera cuerda tensándose de a poco por los movimientos tan agresivos.
Las melodías empezaban a volverse cada vez más extraordinarias, casi a un punto sobrenatural. Empezando por la forma en la que el músico empezaba a caminar de un lado a otro, luego en círculos. Al poco rato parecía que empezaba a dramatizar un poco su presentación fingiendo caídas hacía adelante, con alguna que otra vuelta o elevando un poco más el instrumento mientras extendía más su brazo, dejando intervalos más largos que permitían a cada nota nueva un espacio para ella.
Algo empezaba a suceder conforme aquella hechizante melodía pareciese que estaba por llegar a su fin. De alguna forma, mientras las últimas notas se esfumaban, parecían dejar un rastro de ellas. Pareciese como si se te quitara algo en el momento que la pieza musical se iba acabando de a poco. No podía terminar... Nadie quería que terminará tan pronto.
Y cuando los últimos ecos del violín terminaron de resonar entre las paredes, el niño por fin abrió sus ojos. Unos ojos marrón oscuro con un titilante brillo que reflejaban a una persona exhausta: a alguien que realmente había dejado su alma y corazón en cada nota ejecutada en el violín.
Agradeció el ruido de los aplausos, pues logró exhalar con fuerza. Su respiración estaba ya bastante agitada y el corazón le empezaba a latir a un punto que era como si hubiera varios corazones latiendo por todo su cuerpo, haciéndolo temblar un poco. Se sintió incapaz de moverse por unos segundos antes de tomar aire una vez más y hacer una reverencia frente a los presentes. Normalmente no le hubiera gustado la idea de mirar a estas personas al rostro, pero lo intentó y...
Vio a múltiples personas, múltiples rostros. Rostros y personas de todo tipo. Familiares, conocidos, desconocidos, completos extraños que él mismo podría asegurar que no alcanzaría a recordar sus rostros en absoluto.
Y pronto, el resto de los rostros también empezaban a ser difíciles de identificar para él. El sonido de los aplausos desaparecía y él no escuchaba nada más allá de su propia respiración, permaneciendo inmóvil mientras el telón frente a él se cerraba de nuevo.
Una vez más en las sombras, caía rendido al suelo. No entendía aquella sensación que obtuvo al final, pero su corazón seguía palpitando con más fuerza incluso. Sólo quería dormir...
Una mano se aferró a él y empezó a llevarlo a través de lo que supuso que sería el resto del teatro hasta lo que parecía ser una puertecilla al exterior, pues de inmediato la luz cambió.
Apenas vio el cielo azul de nuevo pareció recobrar la consciencia por completo. Afuera, el sol brillaba tanto como en aquella breve visión que tuvo, iluminando el pequeño parque que se extendía a sus pies, bajo las escaleras del pequeño balcón en el que ambos se encontraban. Cierto, la otra persona.
Su hermana le tomaba de la mano. Ella ya llevaba un rato queriendo que reaccionara, al punto de que incluso recibió la mano de la niña en la cara, quien le dejó el rostro salpicado de agua.
--¿Estás bien? ¿Qué pasó?
Por un momento quiso contarle la pequeña visión que vio mientras tocaba, pero se dio cuenta de que ella señalaba el violín que él llevaba en su otra mano, él cual tenía ya una sola cuerda.
Ya había dejado de temblar hace rato, definitivamente se sentía mejor que hacia unos segundos. Simplemente sonrió.
--¿Lo hice bien?
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