5. Gone with the flume

Humo | XIUMIN

—Min Seok, los invitados ya están aquí —anunció una voz femenina al otro lado de la puerta cerrada.

Min Seok dejó el marco que sostenía en la cubierta del escritorio. Era su fotografía favorita de uno de los días más memorables de su vida. La observaba cuando estaba triste, cuando se sentía abrumado, cuando quería pensar en otra cosa que no fuera la maldita profecía.

El día que la Luna se torne roja y se separe del Sol,

ya no podremos estar juntos.

Cuando la Luna Roja recupere su brillo y se vuelva una con el Sol,

cuando las estrellas resplandezcan en el cielo y en tu corazón,

tú y yo nos volveremos a reunir.

Últimamente era imposible liberarse del peso de las palabras cuando estaban a una noche de cumplirse.

—Min Seok, es hora de que salgas. Bea está aquí y van tres veces que pregunta por ti —dijo de nuevo su hermana mayor, tratando de convencerlo.

Ante la mención de su mejor amiga, Min Seok volvió a mirar la fotografía. Bea compartía la escena de la imagen con él y ambos sonreían ampliamente mientras detrás se extendía el paisaje marítimo. Fue uno de los días de sus vacaciones de verano, el más especial de todos. Habían escapado del hotel resort que sus familias habían reservado y se alejaron de los lujos turísticos para conocer el verdadero encanto de la costa. Pasaron horas en el muelle: compraron e intercambiaron pulseras como amuletos de amistad, contemplaron la inmensidad del mar, vieron a los barcos zarpar y al final decidieron inmortalizar su día con una foto, un recuerdo de su inquebrantable amistad.

Sin duda, extrañaría a Bea. No sólo había crecido con ella, sino que era la mitad de su alma, la única persona que lo comprendía y con quien podía sentirse en paz. Bea era la única que podía regresarlo a la realidad cuando su ansiedad lo dominaba; Min Seok siempre tranquilizaba a Bea después de sus ataques de pánico. Su cercanía era tan fuerte que no podían estar separados el uno del otro.

Es por ello que Min Seok había evitado contarle la verdad sobre su partida. Sabía que si le contaba sobre la profecía, Bea no lo dejaría ir sin que le dijera sobre su regreso. Ni siquiera él sabía cuando volvería. Por ello tenía que mentirle y evitarle el gran dolor de la realidad.

—¿Min Seok, estás ahí? —preguntó quien reconoció al instante como su mejor amiga—. Si no bajas en este instante, me acabaré las galletas que preparó tu mamá.

Min Seok río por lo bajo y no tuvo otra opción que dejar la seguridad de su habitación. Cuando abrió la puerta, lo recibió la figura de su mejor amiga. Su cabello pelirrojo flotaba rebelde alrededor de su rostro y caía sobre sus hombros. Las pecas regadas en sus pómulos resaltaban aún más bajo el brillo de sus ojos oscuros. Su mejor amiga era muy bella, pero siempre tenía que defenderla de aquellos que se burlaban de su cabello o sus pecas.

—¡Por fin! Era hora de que salieras de tu cueva y te unieras a tu fiesta —dijo ella, con un dejo de burla—. No te preocupes, prometo que no me comí todas las galletas, tal vez te dejé la mitad de una. Vamos antes de que alguien se la coma.

Min Seok dejó que ella lo tomara del brazo y bajaron a la primera planta, donde se congregaba un pequeño grupo de personas, conformado por sus amigos más cercanos, algunos parientes y la familia de Bea. En el arco que dividía la cocina y el comedor estaba colgado un cartel que decía: «¡Suerte, Min Seok!». En cuanto los presentes lo vieron al pie de las escaleras, se acercaron a saludarlo y a hablar con él.

—¡Nunca pensé que llegaría tan pronto el momento en el que despediríamos al pequeño Min Seok en su viaje a la universidad, mucho menos que algún día se iría al extranjero! —expresó una de sus tías, con bastante emoción.

Obviamente lo de la universidad era una mentira. Él nunca iría a la universidad. Ni siquiera sabía a dónde lo estaba llevando la profecía. Este hecho le dolía tanto, porque en realidad él sí quería asistir a la universidad y, sobre todo, quería hacerlo con su mejor amiga. Cuando le contó que tendría que romper la promesa que habían hecho a los 12 años sobre asistir a la misma universidad, ella se decepcionó mucho, pero con el tiempo lo aceptó y le dijo que estaba bien, pues era una gran oportunidad. Min Seok se odió por hacerle eso, pero era mucho mejor que cargar con la incertidumbre de la profecía.

Los demás invitados lo congratularon y le desearon lo mejor en su nueva etapa, y eso le hizo sentir mucho peor, así que después de cenar, se escabulló al jardín con Bea. Prefería pasar el mayor tiempo posible con su mejor amiga que con cualquier otra persona.

—Aún es difícil aceptar que vas a irte, Minnie —externó Bea, con el apodo que había inventado—. Vendré a verte mañana en la noche para despedirme definitivamente.

—No necesitas venir mañana —contestó él, inmediatamente—. Será mucho más triste, y no quiero irme pensando en que te dejaré con ese sentimiento. Promete que nos despediremos esta noche y que no vendrás mañana.

Bea no respondió al instante, como si meditara que decir. Después de un rato, dijo: —Está bien.

•••

La noche siguiente habría eclipse lunar. La Luna Roja se cumpliría y él desaparecería. En su escenario inventado se suponía que esa noche tomaría un avión rumbo a Alemania, donde comenzaría sus estudios universitarios.

El eclipse ya había comenzado. Min Seok, su mamá y su hermana mayor se encontraban en el jardín trasero. Ellas eran las únicas que sabían sobre la profecía. Se habían despedido hace algunas horas y, aunque le devastaba dejarlas, ellas le habían asegurado que tenían la esperanza de que su regreso no sería tan lejano.

—¡Hola! ¿Hay alguien en casa? Llamé a la puerta, pero nadie abrió, así que entré por mí misma —irrumpió la voz de Bea en el jardín.

La familia se volvió alarmada hacia su dirección.

—¡Oh, también están viendo el eclipse! —exclamó Bea, inconsciente de las miradas tensas de los demás—. Mis padres y yo estábamos mirándolo en el jardín, pero vine acá porque quería contemplarlo con mi mejor amigo, como última cosa que hagamos juntos.

—¡Bea! ¿Por qué viniste? —preguntó Min Seok, bastante irritado ante el suceso imprevisto—. Prometiste que no vendrías.

—Y no lo iba a hacer, pero al final recordé que no prometí no venir, solo dije que estaba bien lo que decías, pero nunca acepté —respondió ella, con su característica astucia.

—Lo siento, Beatrice, pero tienes que irte —le dijo la madre de Min Seok, e intentó acompañarla de regreso por donde había venido.

Fue entonces cuando Bea pareció ser consciente de la situación y de los rostros acongojados de las personas frente a ella. Min Seok sabía que ahora no se iría por nada del mundo.

—¿Qué sucede? ¿Está todo bien? —preguntó, con incipiente preocupación.

—No del todo, pero pronto se resolverá —respondió la hermana de Min Seok.

Ella no pareció tranquilizarse con aquella respuesta y Min Seok intuyó que no se movería hasta que alguien le dijera lo que estaba pasando. El eclipse estaba terminando, y ya no había tiempo para explicaciones largas. Min Seok le hizo una seña a su mamá y su hermana, y se acercó a Bea. Le sonrió ligeramente para inspirarle confianza y tomó sus manos.

—Bea... lo siento por no haberte dicho la verdad. No hay tiempo para que te explique, pero después mi madre y mi hermana te contarán todo. Desearía nunca tener que irme, créeme que si pudiera hacer algo para impedir esto, lo intentaría hasta mi último aliento. Pero no se puede evitar lo que ya está escrito. Lo que sí puedo hacer es prometer que algún día volveré. No sé cuándo, pero trataré de que sea pronto, porque no puedo vivir esta vida apartado de mi mejor amiga.

La Luna Roja estaba perdiendo su brillo y Min Seok poco a poco dejó caer las manos de Bea, así como lo hicieron sus lágrimas. Se alejó unos pasos sin dejar de mirar su rostro confundido y asustado. Hubiera preferido que la última imagen de su mejor amiga fuera de ella sonriendo, pero al menos estaba ahí frente a él... por última vez.

—Mientras las estrellas resplandezcan en el cielo, existirá la esperanza de volver a reunirnos.

Eso fue lo último que dijo Min Seok, antes de desaparecer en una nube de humo gris a mitad de la noche.

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